Entre el sábado 24 y el viernes 30 de agosto, se ha celebrado en el Valle de los Caídos la tradicional Semana de Canto Gregoriano, que ha alcanzado ya su XXXIV edición. Ha estado organizada por la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos y por la Asociación Hispana para el Canto Gregoriano (Sección Hispana de la Asociación Internacional para el Canto Gregoriano), contando con la colaboración del Secretariado Nacional de Liturgia. Según la práctica de siempre, las clases han discurrido en las instalaciones de la Hospedería y los cursillistas han podido cantar con la Comunidad Benedictina las Vísperas en la Capilla del Monasterio y la Santa Misa en la Basílica. Como de ordinario, han acudido algunas de las más destacadas personalidades de los estudios y del canto Gregoriano en España y a nivel internacional, siendo este año D. Juan Carlos Asensio el encargado de pronunciar la conferencia magistral de apertura. La matrícula ha sido similar a la de los últimos años. Varios de los cursillistas eran sacerdotes y otros procedían de diversos seminarios mayores donde cultivan su formación. El jueves 29 a las 17 h. cantaron las Vísperas en la Basílica de la Santa Cruz.
Profesión Jubilar del P. Joaquín
El jueves 22 de agosto, memoria de Santa María Virgen, Reina, el P. Joaquín Montull Belío celebró su profesión jubilar de 50 años o bodas de oro de sus votos monásticos en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Al regresar ese día el P. Abad de una breve estancia hospitalaria, en su lugar presidió la ceremonia el P. Prior, quien recibió la renovación de los votos. Afortunadamente, a las pocas horas pudo unirse el P. Abad a las felicitaciones y a la alegría comunitaria. También asistió un grupo de familiares del monje jubilar.
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El P. Joaquín nació en Albalate de Cinca (Huesca) en 1942. Su primera formación la recibió en el Seminario de Lérida, diócesis a la que pertenece su población natal, y de allí vino a la Abadía benedictina del Valle de los Caídos, donde hizo sus primeros votos monásticos en 1963 ante el P. Abad Dom Justo Pérez de Urbel y fue ordenado sacerdote en 1967. Ha desempeñado varios cargos en la Comunidad y siempre ha mostrado una gran inclinación por el estudio y el conocimiento de la Sagrada Escritura.
Domingo XXI del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos:
La lectura de Isaías (Is 66,18-21), el salmo (Sal 116) y el texto del Santo Evangelio (Lc 13,22-30) nos hablan de la vocación de todos los pueblos a la salvación universal. Los hombres de todas las naciones están llamados por Dios a darle gloria y alabanza, como hemos escuchado en el salmo, y todos están convocados a la dicha eterna, a subir al “monte santo de Jerusalén” (Is 66,20), a sentarse “a la mesa en el Reino de Dios” (Lc 13,29). Sin embargo, no todos entrarán finalmente en éste, como leemos en el mismo pasaje evangélico, porque una cosa es estar invitado y otra aceptar la invitación; una cosa es ser llamado y otra comprometerse con lo que exige esa llamada. Por eso “hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos” (Lc 13,30).
¿Cuál es la recomendación o, más bien, la exigencia que nos hace el Señor? “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha” (Lc 13,24). Podemos tener la tentación de contentarnos con la puerta ancha, la del camino fácil y cómodo, la de la ausencia de entrega y de sacrificio, la de la carencia de compromiso vital con aquello que decimos creer. La puerta ancha es sin duda más holgada para nuestro gusto y capricho: es la tentación de fabricarnos un cristianismo a la carta, de no querer aceptar en su totalidad el Magisterio de la Iglesia y quedarnos sólo con las cosas que de él nos agradan; es la tentación del subjetivismo moderno y de un egoísmo que tratamos de justificar diciendo que somos creyentes, pero no practicantes, o que creemos en Cristo pero no en la Iglesia, o con otras mil excusas.
Sin embargo, en el Evangelio vemos que el camino de la puerta ancha es una vía muerta y que a la hora del juicio, particular y final, no nos va a dar acceso al Reino de los Cielos. La puerta estrecha, por el contrario, es la de la fidelidad a Cristo en el seno de la Iglesia, aceptando las enseñanzas de ésta, viviendo la vida de la gracia que se nos transmite fundamentalmente por medio de los sacramentos y de forma más habitual por el de la Eucaristía y el de la Penitencia o Reconciliación, y esforzándonos en la práctica de las virtudes y en ser santos a los ojos de Dios. Dios es un Padre que nos corrige para nuestro bien, nos dice la lectura de la carta a los Hebreos (Heb 12,5-7.11-13). Por tanto, no podemos caer en la presunción, pensando que nos vamos a salvar simplemente por la bondad de Dios y sin poner nada de nuestra parte, pues ello no supone un acto de confianza en la misericordia de Dios, sino burlarse de ella. Puede ser muy recomendable, conforme a la Tradición de la Iglesia, la meditación asidua de la muerte, no en un sentido tétrico, sino para descubrir el sentido trascendente de la vida humana.
Pero estas lecturas son también una exhortación a la acción evangelizadora por nuestra parte. Tenemos el deber de llevar el anuncio de Cristo a todos los hombres y pueblos de la tierra. Hoy hemos perdido en gran medida el auténtico sentido misionero, porque muchas veces las misiones se han acabado entendiendo como una labor meramente solidaria en lo temporal, según los parámetros del mundo contemporáneo, y porque un respeto mal entendido a todas las culturas y religiones se ha convertido no pocas veces en un relativismo que no cree en la verdad absoluta. Pero, como ha señalado el Papa Francisco, la Iglesia no es una ONG y el verdadero sentido de la misión es evangelizador: es decir, se trata ante todo de anunciar a Jesucristo como único y verdadero Salvador del hombre. Si un cristiano no hace esto, allá donde se encuentre, puede decirse que ha perdido el celo por la salvación de las almas y ha perdido, sobre todo, la fe auténtica en Cristo Salvador y el amor más profundo a Él, pues si algo se posee y se ama, se tiende a comunicar a los demás.
En esta semana de Canto Gregoriano, los que os encontráis aquí reunidos como cursillistas debéis tomar conciencia de que éste no es simplemente una expresión musical de valor cultural. La esencia del Canto Gregoriano, lo sabéis bien, es espiritual, y su raíz es la meditación de la palabra de Dios en los textos de la Sagrada Escritura. Es un canto destinado a alabar a Dios y a elevar el alma hacia Dios. Por tanto, vosotros podéis y debéis ser evangelizadores conociendo y fomentando el Canto Gregoriano. Podéis hacer que muchas personas lleguen al conocimiento y al amor de Dios por medio del Canto Gregoriano. ¡Qué grande es la Tradición de la Iglesia y qué poco la valoramos muchas veces los mismos católicos! Vosotros, que tenéis la dicha de poder penetrar en la entraña de este canto, debéis asimismo tomar conciencia de vuestro deber de llevar almas a Dios a través de él, así como de cultivar vuestra propia vida espiritual en el seno de la Iglesia, pues el Gregoriano no se comprende sino dentro de la vida litúrgica de la Iglesia.
En fin, en este domingo en el que hemos hablado de la vocación de todos los hombres y pueblos de la tierra a la salvación y, por tanto, del deber de procurar su previa evangelización, no quisiera dejar en el olvido a los cristianos del Próximo Oriente (y muy especialmente a los de Egipto), herederos de una riquísima tradición espiritual y litúrgica, pues todos ellos vienen padeciendo una terrible persecución. Es un hecho ya que poblaciones de Palestina como Belén y Nazaret, que eran de mayoría cristiana, han dejado de serlo porque muchos tienen que marchar ante la opresión que sufren. Todos sabemos que los cristianos de Irak están viendo arder sus iglesias con notable frecuencia. Y sólo entre el 15 y el 17 de agosto pasados, en Egipto fueron destruidos 58 iglesias, monasterios y conventos cristianos, además de 9 instituciones y de más de 100 viviendas, tiendas, vehículos y otros bienes de cristianos, a lo que hay que sumar 7 cristianos asesinados y 17 secuestrados, amén de cientos de heridos y de los datos que todavía no conocemos en los días siguientes. Elevemos nuestras plegarias a Dios por estos hermanos nuestros y para que los musulmanes puedan descubrir en Cristo a Alguien que es mucho más que un gran profeta, al verdadero Salvador del hombre, al Dios encarnado, y que en Él puedan descubrir asimismo el maravilloso misterio del Dios Uno y Trino, misterio infinito de amor por el que es posible amar a todos los hombres y creer en la verdadera misericordia y en el perdón. Que María Santísima, a la que profesan gran devoción los cristianos orientales, alcance esta gracia que pedimos.
Bodas de oro de profesión monástica del P. Joaquín Montull
Querido P. Joaquín, querida Comunidad y queridos hermanos en el Señor:
Las circunstancias han hecho que el P. Abad no pueda presidir esta celebración jubilar y que tenga que suplirle este pobre instrumento que no lo hará tan bien como lo habría hecho él. Celebración jubilar por los 50 años de profesión monástica y celebración que es además de verdadero júbilo para toda la Comunidad, porque, como dice San Pablo, “cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan” (1Cor 12,26). En estos momentos, toda nuestra Comunidad debe sentirse unida a nuestros PP. Abad y Manuel en su enfermedad (y me consta que usted, P. Joaquín, les llama diariamente para saber qué tal se encuentran y darles ánimos) y, por otro lado, debemos alegrarnos todos de un día como el de hoy, en el que un hermano nuestro celebra sus 50 años de consagración a Dios en la vida monástica.
La caridad tiene que ser uno de los fundamentos esenciales de nuestra vida comunitaria entre todos y en torno a la figura del Abad, que hace las veces de Cristo entre nosotros (RB II, 2). Muy bien nos ha señalado N. P. S. Benito este proyecto de vida en el precioso capítulo penúltimo de la Santa Regla, con unas palabras que nunca estará de más recordar: “se anticipen a honrarse unos a otros; que se soporten con la mayor paciencia sus debilidades, tanto físicas como morales; que se obedezcan a porfía unos a otros; que nadie busque lo que le parezca útil para sí, sino más bien lo que lo sea para los otros; que practiquen desinteresadamente la caridad fraterna; que teman a Dios con amor; que amen a su abad con afecto sincero y humilde; que no antepongan absolutamente nada a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna” (RB LXXII, 4-12).
La ruta, pues, nos la marcó muy clarita N. P. S. Benito hace ya quince siglos; nosotros tenemos que seguirla ahora con fidelidad y esforzarnos por ponerla en práctica cada día, que es sin duda lo más difícil, ya que todos estamos heridos por el pecado original. Sin embargo, si de verdad queremos, con la gracia de Dios podremos. Y quince siglos atestiguan que es posible vivir como el Santo Patrono de Europa nos enseñó. En estos quince siglos, la Orden Benedictina ha dado a la Iglesia muchos motivos de gloria, pero sobre todo ha contribuido a hacer brillar lo más importante en ella, aquello sin lo cual la Iglesia jamás reluciría a pesar de todas las glorias terrenas que pudiera tener: la santidad, fruto del Espíritu Santo entre los cristianos.
¿Cómo se enlazan 50 años de profesión monástica con 15 siglos de historia y tradición? Entre otras cosas, por el valor del primero de los votos establecidos por el santo legislador de Nursia: la estabilidad (RB LVIII, 17). Y sin duda la estabilidad es uno de los grandes valores que la vida monástica puede y debe transmitir al mundo de hoy, a este mundo del cambio constante, de la inquietud permanente, del disgusto continuado con uno mismo, de la insatisfacción más completa ante la vida. El Papa Francisco ha incidido en varias ocasiones, sobre todo al dirigirse a los jóvenes y muy en especial a los religiosos jóvenes, que hoy impera lo que ha llamado una “cultura de lo provisional”, de la carencia del compromiso definitivo por una opción, de la inestabilidad. Él mismo ha invitado a ir contracorriente y romper esta dinámica, apostando por una elección de por vida. Así, frente a ese hacerse y deshacerse continuo de matrimonios y de vocaciones sacerdotales y religiosas al que hoy lamentablemente asistimos, el voto benedictino de la stabilitas es a un mismo tiempo tradicional y revolucionario ?empleo términos del Papa?, porque se fundamenta en una experiencia fructífera de siglos y a la vez rompe con todos los moldes de un mundo que parece buscar su propio suicidio por una inestabilidad constante; inestabilidad, por otra parte, que en el fondo es aquella tentación de la acedia que los santos monjes del Desierto supieron detectar con sabia discreción y combatir con firmeza interior ya en el siglo IV. En este sentido, 50 años de consagración suponen un testimonio ante el mundo.
Otro testimonio cualificado de la Tradición monástica ante el mundo y al que nuestro P. Joaquín se ha entregado con una dedicación que todos reconocemos, es el deseo de conocer, profundizar y penetrar la Sagrada Escritura, amándola cuanto más se la estudia y cuanto más se rumian sus textos, que son los textos de la Palabra de Dios, sobre todo en la lectio divina, en esa lectura orante bajo la guía del Espíritu Santo. La Sagrada Escritura, conocida y rumiada por los monjes a través fundamentalmente de la lectio divina y de la Liturgia a lo largo de los siglos, ha sido siempre el pilar esencial de la sabiduría monástica. Y ante el mundo de hoy, tan pendiente de las últimas noticias, de las novedades más recientes, de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías ?de las que no niego sus aspectos positivos, pero que con frecuencia llegan a causar una auténtica obsesión alienante para el ser humano?, la Sagrada Biblia siempre aportará al hombre el conocimiento de las verdaderas realidades últimas y la respuesta a las preguntas más profundas: aquellas que se refieren a Dios, al hombre y al mundo. Por eso San Benito nos exhorta a los monjes a “escuchar con gusto las lecturas santas” (RB IV, 55), pues en todas ellas, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontraremos “normas rectísimas para la vida humana” (RB LXXIII, 3).
En fin, que en este día en que la Iglesia conmemora a la Santísima Virgen María en su Realeza, Ella, a la que nuestro P. Joaquín siempre ha profesado singular devoción, le bendiga y le proteja, porque como “Reina de los Monjes” ?según la hemos invocado secularmente? no desatiende a ninguno de los que han consagrado su existencia a Dios en este precioso modo de vida que es el camino monástico. Que Ella nos enamore cada día más de nuestra vocación monástica, que es un privilegio dado por Dios, nos haga percibir que las dificultades no son insuperables y nos lleve a vivirla con autenticidad y entrega.
Domingo XX del Tiempo Ordinario
Hermanos: Hoy, como siempre ha ocurrido, el ir contra corriente ha sido motivo de persecución y causa de muchos trastornos y hasta la muerte para aquel que se enfrenta a un modo de pensar o a unas costumbres depravadas. El simple hecho de confesar su fe cristiana les supone la muerte y el ser quemadas iglesias y sus pertenencias a muchos hermanos nuestros en Oriente, cuando nos gloriamos de vivir en mundo civilizado. E increíblemente Occidente calla y consiente, mientras no tenga noticia de que corren peligro los pozos de petróleo. Tenemos escasez de profetas; no pedimos como Moisés: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor profetizara!” (Núm 11,29). Hemos hecho una opción imposible: vivir en paz sin Dios; pretendemos una civilización en que se respete la justicia, mientras que nosotros no respetamos la vida del no nacido ni otros muchos supuestos de la ley natural, que es reflejo de la santidad y sabiduría de Dios, y nos extrañamos de la violencia y la corrupción que se manifiesta por todas partes.
Al profeta Jeremías la tradición cristiana le ha considerado no sólo mensajero que anuncia la verdad que Dios le comunicaba, sino testigo o figura del que había de llamarse Verbo encarnado o la Palabra de Dios hecha carne, Jesucristo, ya que su misma vida superó en fuerza testimonial a su palabra.
Se puede hablar con elocuencia y agradar a los que han cultivado su mente; se puede hablar con la convicción de quien se cree sinceramente lo que predica y conmover a los que buscan la verdad; pero nadie tiene el poder de arrastrar tras de sí como quien rubrica con su sangre la verdad de la que da testimonio.
Jeremías se enfrentó valientemente a los que se oponían a la verdad, pero no con la violencia, sino soportando la agresión ajena por no plegarse a los deseos de emancipación política que buscaban muchos de sus conciudadanos. Les molestaba y humillaba estar sujetos al poder babilonio. Pero Jeremías les hacía ver que por encima de esa pretensión inviable estaba la fidelidad a la Alianza con el Señor, en ese momento en que Dios había decretado el castigo a Israel, que estaba a punto de ir al destierro a Babilonia. El castigo pedagógico a Israel no nos tendría que sonar a nosotros como cosas del pasado, puesto que se han hecho encuestas sociológicas en que aparece dibujada una silueta del pueblo español nada conforme a su confesión católica, o siquiera en armonía con la presunción de ser una sociedad civilizada. En esas encuestas, que vosotros conocéis mejor que un servidor, resulta que la crisis económica la consideramos los españoles como el interés prioritario y más urgente de solucionar mucho antes que acabar con el aborto o con la corrupción moral de nuestra sociedad. Ved si hemos progresado mucho después de tantos siglos. Israel fue enviado al destierro por pecados mucho menos graves que los nuestros. ¿Creéis que Dios ha cambiado de parecer, o que ha evolucionado en sus planteamientos? ¿Creéis que se deja manipular por nuestros plebiscitos democráticos? ¿No sabéis que está pendiente un juicio intrahistórico en el que el Espíritu Santo convencerá al mundo de su pecado haciendo que se conmuevan cielo y tierra porque nos hemos hechos sordos a todos los avisos y mensajeros que nos ha enviado? Un célebre converso francés Léon Blois decía: “Cuando quiero saber las últimas noticias leo el Apocalipsis.” Hermanos, si queréis poneros al día y no vivir en la luna, leed el Apocalipsis con serenidad y espíritu de fe y preparémonos como Jeremías para dar testimonio de nuestra fe en medio de un mundo que le ha dado la espalda a Dios.
Pero todavía tenemos un modelo más perfecto de fidelidad a Dios. Imagen perfecta de Dios en cuanto hombre y reflejo de su gloria asequible a nuestra vista humana. Jesús “soportó la cruz sin miedo a la ignominia”. Sorprende que no diga soportó la cruz sin miedo al dolor. En realidad, mucho más doloroso que los látigos y que los clavos fue para Él la ignominia de ser considerado impío por blasfemo cuando nos había enseñado a llamar a Dios, Padre, con la confianza de un hijo, sino hasta llamar a Dios lo que sería irreverente para un judío: papá, para adentrarnos en la inocente y absoluta confianza de un bebé judío que balbucea cuando llama a su padre: abbá: “querido papá”. Toda su vida fue una pasión incruenta por la dureza del corazón humano, inasequible a su amor; y por eso dijo, parafraseando sus palabras: “ojalá que se cumpla el bautismo de sangre que he de pasar y con el que vais a consumar todos vuestros desprecios e indiferencias, y en donde os he de manifestar mi amor hasta lo indecible, a ver si así abrís los ojos”.
En Hebreos se dice con cierta ironía: “todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”. Además de ironía, para nosotros debe ser un reto que nos debe llevar a luchar valientemente y con incansable constancia por evitar el pecado, por vivir centrados en nosotros en lugar de vivir centrados en la voluntad de Dios, hasta el punto de que los que vivan junto a nosotros se sientan movidos a confiar en el Señor como se ha cantado en el Salmo responsorial.
Hermanos qué oportunidad ésta de nuestra celebración eucarística en la que podemos contemplar el rostro de Jesús no sólo en el grandioso crucifijo que se alza sobre el altar y en tantas imágenes, y de manera sacramental en la hostia consagrada, sino que además se digna hacerse visible en alguna gotera de esta basílica, para que pasemos a contemplarle interiormente, para que acudamos a Él en cada instante, pidiéndole fuerza para poner resistencia a las tentaciones, para pedirle consejo en nuestras decisiones importantes y en las de cada día, que también son importantes. Contemplémosle con su corona de espinas para evitar ser nosotros una de ellas, y tratemos de recibirle con el respeto y preparación que requiere la comunión eucarística y de ese modo no desdiga nuestra vida de un discípulo verdadero de tan gran maestro.
Asunción de la Santisima Virgen María
Queridos hermanos:
La Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos en cuerpo y alma, llevada por los ángeles, es el broche de oro y la coronación de todos los privilegios marianos, según lo expresó el Venerable Pío XII cuando definió este dogma en 1950 (Munificentissimus Deus, 3, 8 y15-16). Es antiquísima la celebración de la fiesta y el culto a este privilegio en la Tradición de la Iglesia, que contempla a María como la “figura portentosa en el cielo” de la lectura del Apocalipsis, la “mujer vestida del sol, con la luna por pedestal, coronada con doce estrellas” (Ap 12,1).
Por su Maternidad divina y su labor corredentora, convenía que María, que había compartido tan estrechamente la vida y la misión de su Hijo, fuera asociada a la gloria de Jesucristo resucitado y reinante en el Cielo. Por eso, al final de su vida terrena, fue elevada a los Cielos en cuerpo y alma por los ángeles. Lo hemos escuchado en la primera carta de San Pablo a los Corintios (1Cor 15,20-26): Cristo ha resucitado el primero de todos, como primicia de la resurrección de los cuerpos y garantía de la inmortalidad del alma.
Pío XII definió como dogma la Asunción, pero no que la Santísima Virgen hubiera muerto o no: en esto, la Iglesia permite opinar, aunque lo más lógico es que que muriera, pero desde luego sin que su cuerpo llegara a corromperse, y después sería elevada al Cielo; en la Tradición cristiana y muy especialmente entre los orientales, se habla de la “Dormición” o “Tránsito” de María. Pío XII se inclina a que muriera, porque es lógico que corriera la misma suerte que su Hijo, al que estaba tan unida, y algunos teólogos y autores espirituales dicen que hubo de morir “de amor”, porque habría en Ella tanto amor a Dios, que ya no podía contenerse en esta vida y tenía que pasar al Cielo.
¿Qué lecciones nos enseña la Asunción de María? De las muchas que pudiéramos extraer, vamos a centrarnos en cinco. En primer lugar, supone un estímulo a nuestra identificación con Cristo. Hemos dicho que la Asunción de la Virgen, así como su posterior coronación en el Cielo como Reina y Señora (aspecto al que Pío XII dedicó otra importante encíclica y cuya fiesta celebraremos dentro de una semana), es el punto culminante de una vida de completa identificación con su divino Hijo. A María se le pueden aplicar a la perfección aquellas palabras de San Pablo a los Gálatas: “Estoy crucificada con Cristo y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19). Con razón dice San Bernardo que “ni la Virgen merecía otro Hijo, ni Dios otra Madre”, pues sólo a Ella le fue concedido el privilegio de la virginidad fecunda (Sermón 4 en la Asunción de Santa María, 5). Otro monje cisterciense, San Rafael Arnáiz, señaló la ruta con claridad: “Todo por Jesús, y a Jesús por María”.
En segundo lugar, la Asunción de María nos infunde esperanza en la vida eterna, pues en este privilegio observamos cuál es la verdadera meta a la que estamos llamados. Nuestros objetivos reales no deben estar aquí en la tierra: ¿para qué la ambición de poder, de riqueza, de gloria, de brillo o de fama, si nada de todo esto vamos a llevar con nosotros cuando nos llegue la hora de la muerte? ¿Acaso tales cosas nos van a ser valederas ante el juicio de Dios? Somos peregrinos en este mundo y nuestra meta última es el Cielo, donde María Santísima reina junto con su Hijo. La Pasión redentora de Cristo y la Compasión corredentora de María explican la gloria de la Realeza de ambos en el Cielo.
Una lección más atañe a la dignidad del cuerpo humano. La Santísima Virgen, siguiendo los pasos de su divino Hijo, no conoció la corrupción del sepulcro y ha sido asunta al Cielo con su cuerpo en estado glorioso. Esto revela que nuestros cuerpos están llamados a resucitar al final de los tiempos y a reunirse para siempre con nuestras almas. En el estado presente, debemos procurar nuestra santificación considerando que el cuerpo es templo del Espíritu Santo, como nos enseña San Pablo (1Cor 6,19-20). Si tuviéramos esto en cuenta, ¡cómo recuperaríamos el sentido natural y sobrenatural casi perdido del pudor y nos alejaríamos de las modas que hoy desnudan casi por completo a la mujer y la convierten en mero objeto! ¡Y cuánto nos cuidaríamos de acudir a la Sagrada Comunión digna y decentemente vestidos!
Otra lección que quisiera señalar se refiere a las criaturas espirituales. La Santísima Virgen ha sido elevada al Cielo por los ángeles, sobre quienes es ensalzada como Reina y Señora. Acudamos con frecuencia a la intercesión de los santos ángeles y no dejemos de rezar a nuestro ángel de la guarda, ya que Dios nos ha regalado a todos los hombres la compañía de uno de estos seres que Él ha creado para que le alaben y le amen y para ayudarnos en nuestro camino en la tierra. María y los ángeles santos nos auxilian además frente al “dragón rojo” del Apocalipsis (Ap 12,3) y a todos los demonios: recemos con devoción al final de la Santa Misa la oración a San Miguel.
En fin, otra enseñanza es la Mediación de María en nuestro favor. Ella, la humilde enaltecida (cf. Lc 1,48.52), es verdaderamente Madre espiritual de todos los hombres y Madre de la Iglesia, en especial desde que Jesús se la entregó a San Juan Evangelista al pie de la Cruz (Jn 19,26-27) y por su permanencia entre los Apóstoles (Hch 1,14). Y ahora, tras su Asunción gloriosa a los Cielos, intercede ante su Hijo por nosotros y nos alcanza de Él las gracias que necesitamos, como verdadera Abogada y Medianera. Nunca desesperemos de Ella para conseguir lo que necesitamos, así como el perdón divino por nuestros pecados y poder entrar en el Cielo, pues, como decía el Siervo de Dios Tomás Tyn, filósofo y teólogo dominico checo en proceso de beatificación que ofreció su vida en inmolación por la libertad de la Iglesia en su Patria y murió justo al día siguiente de la caída del comunismo en la antigua Checoslovaquia, “el Corazón maternal de María conoce bien el Corazón de Jesús y sabe bien que Jesús no le puede rehusar nada” (Sermón sobre Santa María, Reina de los Ángeles y de los Santos). Unamos así nuestra plegaria a la de San Bernardo, que no duda en llamar a María “Madre de misericordia” y le pide “que tu bondad manifieste al mundo la gracia que Dios te ha concedido: suplica y consigue perdón para los pecadores, alivio para los enfermos, entusiasmo para los pusilánimes, paz para los afligidos, apoyo y libertad para los que se hallan en peligro” (Sermón 4 en la Asunción de Santa María, 9; y del Domingo 3º de la octava de la Asunción, 15).





