Entre el jueves 12 de junio y el jueves 19 del mismo mes, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos ha viajado a Polonia para ofrecer algunos conciertos en la ciudad de Cracovia y peregrinar a Czestochowa, así como a algunas otras metas espirituales. Los sitios visitados han sido Varsovia, Cracovia, el Santuario de la Divina Misericordia en Lawietniki (a las afueras de Cracovia, donde la Escolanía cantó la Misa y ofreció uno de los conciertos, pues el otro fue en la Universidad), las Minas de Sal de Wieliczka y el santuario mariano de Czestochowa, según se ha indicado. Lo ha hecho en el año de la canonización del Papa Juan Pablo II. Y hay que destacar que ha recibido una nueva invitación para volver a tierras polacas, hecha ahora por el Obispo de Lödz. Pero para conocer más de cerca este viaje, que es el segundo de la Escolanía a tierras eslavas, es mejor pinchar en el enlace de la crónica que se ofrece en esta misma página web.
XIV Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos:
Las lecturas de hoy resultan sugerentes para tratar diversos aspectos, pero quisiera centrarme en uno solo: la atracción inmensa que ejerce Jesucristo no únicamente con sus palabras, sino en sus gestos y en sus actitudes, como sucede en el Evangelio que acabamos de leer (Mt 11,25-30). Muchas veces puede sucedernos que nos fijemos sólo en las palabras y el mensaje de Nuestro Señor, y ciertamente debemos atender de lleno a ello. Pero nunca debemos pasar por alto otros elementos y detalles que nos llevan a conocerlo y amarlo más de cerca y, en consecuencia, también a tratar de imitarlo.
¡Qué fuerza poderosa ejerce, por ejemplo, la mirada de Jesús cada vez que un evangelista se refiere a ella, como cuando se fija en los hermanos pescadores y les llama a ser sus Apóstoles, o cuando hace otro tanto al ver a Leví-Mateo, o cuando el sobrio San Marcos (que transmite el testimonio de San Pedro) señala el detalle de que Jesús miró con amor al joven rico (Mc 10,21), o cuando su mirada penetrante hace a Pedro caer en la cuenta de su traición (Lc 22,61)!
También ejerce una fuerza poderosa la figura de Jesús cuando los evangelistas nos indican que se retira a solas a orar, que se sube a una barca para predicar o que se aparta con sus Apóstoles para estar a solas con ellos. Todo en Jesús tiene una atracción misteriosa que enamora al creyente, incluso cuando escuetamente se nos dice que se sienta, se levanta o se echa a andar. Nadie en el mundo ha sido capaz de ejercer la atracción que Él, siglo tras siglo, sigue suscitando, hasta el punto de que muchos cristianos continúan hoy dejándolo todo para seguirle más de cerca en la vocación consagrada y en el sacerdocio y otros muchos confiesan su nombre a pesar de que eso les suponga la persecución y la muerte. Esta atracción de Jesucristo es una prueba evidente no sólo de que es el Hombre perfecto y modelo para el hombre, sino que es verdadero Dios. El tiempo puede con los líderes políticos, los personajes del espectáculo y del deporte y otros afamados; Jesucristo, en cambio, jamás pierde actualidad.
En el texto evangélico de hoy, Jesús nos descubre su Corazón, que es manso y humilde, y nos lo ofrece como refugio y lugar de descanso. Nos invita a depositar todo nuestro agobio, nuestra angustia, nuestras preocupaciones en su Corazón y nos anima a llevar el yugo y la carga que nos ofrece, “porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.
Precisamente hemos concluido hace unos días el mes de junio, que está dedicado de un modo especial al culto del Sagrado Corazón de Jesús, el cual no es mera sensiblería beata de épocas pasadas. Bien al contrario, y como han recordado varios Papas de la época contemporánea, en el Corazón de Jesús está simbolizado todo el Amor de Dios, de un Dios que por amor a los hombres ha querido encarnarse para redimirles del pecado y devolverles la dignidad perdida. En el Corazón de Jesús está expresado el supremo Amor del Redentor, un amor capaz de entregarse hasta la muerte, pues “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).
El evangelista San Juan nos desvela ya el misterio de este Corazón cuando, estando al pie de la Cruz en el Calvario, observa cómo un soldado romano, viendo que Jesús ya estaba muerto, le traspasó el costado con una lanza y al punto salió sangre y agua (Jn 19,34). Cristo entonces lo entregó todo, nos dio todo su Amor y nos descubrió que la vía de su Humanidad nos permite llegar a lo íntimo de su Divinidad: penetrando por la llaga de su Costado, podemos alcanzar su Corazón y sumergirnos en la inmensidad del Amor divino.
El mismo San Juan, en la Última Cena, ya había reclinado su cabeza sobre el pecho de Jesús (Jn 13,23), enseñándonos así a dejar reposar nuestras vidas en Él y escuchar los latidos de un Corazón que arde de amor hacia nosotros. Es ése el Corazón que se enterneció y compadeció ante la viuda de Naím, quien acababa de perder a su hijo único y para la cual decidió resucitárselo (Lc 7,11-17); es el Corazón que llora ante la muerte de su amigo Lázaro y también lo resucita, alcanzando así el consuelo y el gozo de Marta y María de Betania (Jn 11); es el Corazón lleno de delicadeza que se preocupa de que den de comer a la hija de Jairo, igualmente resucitada por Él (Lc 8,55); es el Corazón, en definitiva, que nos llama a resucitar en esta vida apartándonos del pecado que nos destruye y que nos invita a resucitar gloriosamente para la eternidad.
Acudamos sin miedo al Corazón de Jesús, como Él invitaba a la mística benedictina Santa Gertrudis y siglos más tarde a la religiosa salesa Santa Margarita María de Alacoque. Descubramos en Él la infinitud de la Misericordia divina, como se la mostró a Santa Faustina Kowalska. Se ha cantado en el salmo (Sal 144): “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”. El Corazón de Jesús es la síntesis del Amor infinito de Dios por el hombre, cuya manifestación más elocuente ha culminado en la Pasión de nuestro Redentor, que ha abierto a raudales la Misericordia divina sobre el mundo entero, sobre todas nuestras almas, para que arrepentidos sinceramente y confiados veamos lavados nuestros pecados en la Sangre y en el Agua que brotan del Costado abierto. Refugiémonos en el Corazón de Jesús y acudamos en Él al tesoro infinito de la Misericordia divina, con la confianza que nos da el maternal Corazón Inmaculado de María para hacerlo así.
San Pedro y San Pablo
Hermanos muy amados en Cristo: Celebramos la fiesta de los dos Apóstoles que son columnas no solo de la sede de Roma, sino de toda la Iglesia. San Pedro es columna porque el mismo Señor le cambió su nombre Simón por el de Pedro para significar que sería la piedra sobre la que se asentaría la Iglesia y fue el primero de una larga sucesión de Vicarios de Cristo; y San Pablo por haber hecho una labor misional amplísima sólo realizable bajo un impulso muy especial de la gracia, y habernos legado en sus cartas una revelación doctrinal insustituible sobre la fe cristiana.
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En las lecturas proclamadas en esta celebración podemos recolectar unos cuantos rasgos acerca del ministerio apostólico que son parte de la fe de la Iglesia. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles sobre el encarcelamiento y liberación milagrosa de Pedro hay algo conmovedor. Me refiero a la oración unánime e ininterrumpida de los fieles: «Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad no cesaba de orar a Dios por él.» La responsabilidad que pesa en las espaldas del Vicario de Cristo es enorme, como todos sabemos. Pero no todos los católicos solemos ser lo suficientemente coherentes con nuestra fe y la responsabilidad que implica de rezar y sacrificarnos para que el Papa pueda cumplir bien su ministerio. Es más frecuente leer noticias sobre lo que ha dicho el Papa o anécdotas de su ministerio y comentarios sobre el mismo, que orar con perseverancia por él. Y además resulta que hay en nuestras filas muchos que tienen fallos notables en la fe, bien sea porque se atreven a hacer comentarios negativos que minan su autoridad moral, o porque se trata de alabanzas hechas con actitud hipócrita a ciertas expresiones del Papa para reforzar sus opciones personales con silencio calculado de otras enseñanzas del Papa que no concuerdan con lo que esas personas piensan. La unión en la misma fe y en el mismo sentir supone un gran esfuerzo y no pocas renuncias, pero el fruto es nada menos que disponer de la palanca que mueve a dar el paso de fe que a tantos alejados les cuesta dar. ¡Cuántos alejados se acercarían a la Iglesia si tuviesen no sólo el impulso de la gracia para acercarse, sino también el estímulo de una comunidad de cristianos que profesan la misma fe sin grietas visibles y escandalosas!
El testimonio de San Pablo a modo de testamento que hemos escuchado en su carta a Timoteo es aleccionador para todos. A los santos ocurre que les toca llevar un fardo considerable de sufrimiento por el pecado de los demás. Pablo se vio solo muchas veces ante las fauces del león, como él mismo dice gráficamente. Cuando se quejaba ante el Señor de esta penosa situación, sintió que el Señor le respondía: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.» Y San Pablo confiesa que era el amor de su advenimiento lo que le sostenía. Quiere esto decir que la esperanza de la Parusía del Señor le proporcionaba la fuerza necesaria para no sucumbir en la adversidad. Nosotros, que rezamos diariamente en la Eucaristía: «Ven, Señor, Jesús», ¿lo decimos con el mismo convencimiento y deseo que San Pablo, o más bien le decimos en el fondo al Señor: quédate en el cielo hasta que yo muera, que no quiero pasar por la purificación previa a tu venida? Sin duda tenemos una idea falsa de la Segunda venida del Señor, que no se basa en lo que nos enseña la Sagrada Escritura, en los muchos textos que hablan de ella, y es una de tantas lagunas que están pendientes de llenar con el estudio y la profundización en la oración del testimonio que nos ofrece la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como del Magisterio de la Iglesia, aunque sólo fuera a través de ese resumen autorizado que es el Catecismo de la Iglesia Católica en su explicación de la frase del Credo: «Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos».
Vengamos a la gran revelación que es el Evangelio, donde no sólo las palabras de Jesús son revelación, sino también su misma vida es camino de salvación para nosotros y vida que se nos comunica por la contemplación de sus actitudes en las que rebosa, se clarifica y amplía la verdad enseñada por su palabra. La sorpresa es que la revelación sobre el misterio de la Persona de Jesús nos llega de la boca de Pedro, pero la certeza de que es así nos la da el Señor al decirle que esas palabras de Pedro —«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»—, se las había revelado su Padre que está en los cielos. Pedro habló inspirado sin darse cuenta. Y nosotros, ¿nos damos cuenta de que el Espíritu Santo nos ha inspirado en tantas decisiones buenas que tomamos, en tantas veces que cumplimos bien nuestro deber, en tantas palabras con las que enseñamos o simplemente comunicamos cosas buenas a personas que están relacionadas con nosotros de alguna manera? La humildad consiste, entre otras muchas cosas, en saber agradecer a Dios los dones que nos da de forma habitual a través de nuestras cualidades, o de forma puntual en esas ocasiones esporádicas en que no habíamos preparado ni discurso acomodado a la circunstancia, ni hecho propósito de actuar de tal manera. Lo malo es cuando nos lo apuntamos en nuestro haber, y por esa soberbia impedimos en gran parte la intervención del Espíritu Santo… habitualmente. Si fuésemos humildes y agradecidos veríamos la mano de Dios haciéndose presente en nuestra vida a cada paso.
La celebración de la Eucaristía es una excelente ocasión para orar por el Papa, pues la fuerza para mantener la unión en torno al Vicario de Cristo nos viene precisamente de este sacramento de la unidad. Quitemos la Eucaristía y aparecerán multitud de divisiones y sectas en la Iglesia. La celebración que se ajusta a las normas de la Iglesia y en la que se fomenta la unión personal de cada fiel con el Señor en la entrega total para participar en su sacrificio redentor es el fundamento inconmovible de la fe y sólo de ese modo se logra que podamos estar unidos en torno a un Vicario humano de Cristo. Hay en nuestro ambiente y dentro de nosotros mismos muchas fuerzas disgregadoras que nos impulsan a amoldar la fe a nuestros criterios de grupo o personales. Solo la Eucaristía tiene la fuerza de perseverar unidos. Del Papa es la responsabilidad en tantas decisiones, pero nuestra es la obligación de sostenerle en el acertado discernimiento de la Voluntad de Dios con nuestra oración y sacrificio.
Se hallan entre nosotros, junto con sus padres, los niños candidatos a reemplazar a los escolanes veteranos que han terminado su servicio litúrgico en esta basílica. Pidamos para que tengan valor de emprender animosos el servicio de contribuir a la gloria de Dios en el culto con sus voces angelicales. Y para sus padres, la capacidad de aceptar el sacrificio de la separación en aras de una formación musical y humana especial en la Escolanía.
Concierto de la Escolanía del Valle de los Caídos en Magán (Toledo)
El sábado 7 de junio, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos cantó en la Santa Misa solemne de víspera de Pentecostés a las 20 h. en la parroquia de Santa Marina de Magán (Toledo), celebrada por su párroco, D. Juan Francisco Pacheco. El P. Laurentino Sáenz de Buruaga dirigió el canto Gregoriano y D. Ignacio Muñoz la polifonía, y por su parte D. José Manuel Martín-Delgado se encargó del órgano. A continuación, tuvo lugar un concierto dedicado a la Patrona del lugar, Santa Marina de Aguas Santas, si bien el repertorio fue polifónico mariano, con piezas que van desde el siglo XIII (en galaico-portugués y en catalán) hasta el siglo XX. La Escolanía fue muy aplaudida y elogiada por el público, encabezado por varias autoridades religiosas, civiles y militares.
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A continuación, los niños fueron invitados a cenar en el polideportivo municipal. En todo momento, antes y después de la Misa y del concierto, fueron magníficamente atendidos. Después de la cena volvieron al Valle.
La Santísima Trinidad. Domingo después de Pentecostés
Hermanos amados en el Señor: La liturgia de este domingo de la Santísima Trinidad no hace sino recordarnos algo que es propio de la liturgia en su más genuino sentido. Así como en la piedad privada o en la llamada piedad popular nos dirigimos a una determinada persona de la Stma. Trinidad, o a algún santo en particular, la liturgia, bien sea en los Sacramentos o en el Oficio divino o Liturgia de las horas, siempre está dirigida a las tres divinas Personas. No a una en concreto, sino a las tres en su conjunto, aunque, por ejemplo, en la Eucaristía celebremos el sacrificio de Cristo en la Cruz y en la Confirmación el don del Espíritu Santo. En realidad, incluso en aquellas oraciones privadas o de piedad extralitúrgica no puede faltar un último objetivo que es alabar, suplicar y agradecer a Dios uno y trino, fuente última de toda vida y de la gracia.
La santísima Trinidad debe ser el sello que impregne y ratifique toda nuestra vida espiritual. Es decir, toda nuestra vida no debe ser otra cosa que una búsqueda constante de la gloria de la Trinidad. Nuestro objetivo debe ser el vivir de hora en hora sin pensar en la siguiente, como si fuera la última hora de nuestra vida. Esa hora tenemos que vivirla abandonados a la Voluntad de Dios y sólo con el fin de agradar al Dios uno y trino. Si de nuestra boca y, sobre todo del corazón, no se cayera la alabanza continua a las tres divinas Personas el hombre no sería humillado constantemente por Satanás. Qué alivio y qué luz encontraríamos en tantas ocasiones en que no sabemos qué camino tomar o en otras muchas en las que actuamos por nuestra cuenta al margen de Dios, trabajando inútil y dando pasos en falso, si entráramos en nuestro interior para adorar a la Stma. Trinidad diciendo algo así: «Hágase tu Voluntad, Padre, Hijo y Espíritu Santo», o bien: «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo» u otras oraciones similares.
No tendría que hablarse de tener devoción a la Stma. Trinidad, como nadie dice: “yo tengo por costumbre dormir por las noches”, porque lo único digno de mención sería lo contrario. Todos deberíamos tener esta devoción porque es la devoción de las devociones, la que funda todas las demás devociones.
Contemplando el misterio del Dios-con-nosotros, o del Dios-vuelto-hacia-nosotros, advertiremos enseguida con la luz del Espíritu Santo, que «la substancia del Padre es Amor. La substancia del Hijo es Amor —amor tan grande al Padre y al hombre que se entregó a sí mismo al sufrimiento para salvar a éste y dar gloria al Padre—. Y la substancia del Espíritu Santo es el Amor, concurriendo con el Padre y el Hijo a la gloria de la Trinidad, tomando parte en el misterio de la encarnación, dotando del espíritu profético a Jesucristo en su predicación, atestiguando su divinidad y sellando la obra de la redención, y amparando a la Iglesia, su Esposa inmaculada. La substancia del Padre es el Amor y el poder; la substancia del Espíritu santo es el Amor y la vida; la substancia del Hijo es el Amor y el dolor. La substancia de las tres divinas personas es la caridad, es el amor más puro de la comunicación, que por eso se llama caridad, porque se comunica y es el amor más perfecto, el amor de caridad.»
«El dolor, o sea la cruz divinizada por el Hijo, es el sólo y único escalón para subir al amor de caridad. ¿Comprendéis ahora el valor de la cruz? Si observamos a nuestro alrededor, y por lo que conocemos de la vida de los santos, los más crucificados son los que más aman, porque el amor acrisolado por el dolor, insignia de Jesús, es de muchos más quilates que cualquier otro y por ello arrastra en pos de sí a las tres divinas Personas,(244) y en el alma que sufre unida a Jesús habitan los tres con tal resplandor que irradian hacia los demás la presencia trinitaria.»
«El misterio de la encarnación nos lleva al misterio trinitario. «El Padre era desde toda la eternidad. Él produjo de sí mismo, de su misma substancia y de su misma esencia al Verbo, pero eternamente, no como nosotros nos lo representamos en la imaginación. También desde toda la eternidad, porque en el principio ya eran tanto el Verbo de Dios, como el Padre Dios, dos Personas en una misma substancia divina. Pero nunca, ni un instante, estas Personas, Padre e Hijo, estuvieron solas o fueron solamente dos, sino que en la misma eternidad, aunque producido por el Padre y el Hijo, era también el Espíritu Santo, reflejo y substancia y esencia del Padre y el Hijo, y también Persona»
«Esta comunicación de la misma substancia, de la misma esencia, de la misma vida y perfecciones que forman y es una sola esencia, substancia, vida y perfección, constituye las complacencias de la Trinidad».
Esto nos hace exclamar con la liturgia: «A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único del Padre, a ti, Espíritu Santo paráclito, santa e indivisa Trinidad, te confesamos con todo el corazón y con los labios, te alabamos y te bendecimos. ¡A ti gloria por los siglos!»
«Ante esta grandeza cada uno de nosotros nos sentimos como un átomo insignificante, pero a la vez nuestra alma con sed de infinitud, recibiendo un pequeño reflejo de aquella grandeza, se ensancha gozosa al ver la felicidad, la eternidad e incomprensibilidad de su Dios.»
«Y ¿desde ese trono descendió el Verbo al vil átomo de la tierra? ¡Oh eterno Dios!, ¿cómo aceptar que te hayas dignado a tanto? Sólo el amor divino podía descender al seno purísimo de María por obra del Espíritu Santo que desplegó su fecundidad divina de tal manera que el Verbo se hizo hombre: humillación profundísima que sólo el amor divino podía realizar, aunque no por ello dejó de ser Dios.»
«Para nosotros todo esto no debe ser una especulación sobre Dios, o cosa de místicos e inasequible para el común de los creyentes, sino una experiencia de amor que percibe, en la hondura de la vida íntima de Dios, la razón de ser de su amor a los hombres»: Lo acabamos de escuchar en el Evangelio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. (Jn 3,16)
Este amor de Dios nos llega en cada Eucaristía, pues aquí el sacrificio de Cristo cobra actualidad y eficacia y solo basta abrirnos a compartir la cruz de Jesús en nuestras vidas para participar hondamente en los sentimientos de Jesús en el momento de la entrega de su vida por nosotros. Las tres divinas Personas se hacen aquí presentes, pues la obra de la Redención no es obra exclusiva del Hijo, sino ante todo de la Trinidad, que desea que el hombre participe de la excelsitud de su misterio de amor y unidad.»(1)
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Hoy celebramos la jornada “pro orantibus”. Pedimos al Señor que los consagrados que han recibido el carisma de dedicar su vida a orar por toda la Iglesia, sean fieles a su vocación. Pero también cuando recibáis la comunión y pidáis a la Santísima Virgen que reciba en vosotros a Jesús, salid en vuestra oración a presentar a aquellos que no creen este milagro del amor de Dios que se abaja gustosísimo a habitar en la fría e inhóspita cueva de Belén que es nuestra alma, porque allí está el inmaculado seno de María para recibirle. Decidles que está deseando hacer lo mismo con ellos. Compartid con nosotros este carisma del Espíritu de orar por todos los hombres sin saber cuál será el fruto de vuestra oración. Y Jesús dará gracias al Padre en el Espíritu por aquellos que lo hagan, pues es el Padre quien les habrá revelado a los sencillos aceptar este don del Señor para bien de toda la Iglesia.
(1) Estos párrafos, con ligeros cambios para facilitar la comprensión, están tomados de la obra CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA, Diario espiritual de una madre de familia. Preparado por M.M. Philipon, Madrid. Ciudad Nueva, 1999. Pags. 244- 246
Peregrinos a inicios de junio en el Valle de los Caídos
En la primera semana de junio acudieron al Valle de los Caídos varios grupos de peregrinos, de entre los cuales cabe destacar algunos procedentes de parroquias de la Comunidad de Madrid y el rezo de un Vía Crucis.
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El martes 3 vino un grupo de catequistas con su párroco, quienes después de asistir a la Santa Misa y visitar la Basílica, comieron en el patio de la Escolanía. El sábado 7, un nutrido grupo de fieles de la parroquia de la Beata Teresa de Calcuta, de Vicálvaro, encabezado también por su párroco, asistió igualmente a la Misa conventual de 11 h. en la Basílica, al final de la cual el coro parroquial cantó dos piezas musicales. A continuación, este grupo rezó el Santo Rosario subiendo hasta la zona de la Abadía. Luego comieron en los campos de deportes de los escolanos y, después de una jornada con mucho contenido festivo, regresaron a Vicálvaro. El mismo día, otro grupo rezó el Vía Crucis por el recorrido monumental.







