El jueves 24 de octubre por la tarde, en un día metido en lluvia, el Cardenal Peter Erdö, Arzobispo de Budapest y designado por el Papa Francisco para ser el Relator del próximo Sínodo sobre la Familia, visitó la Abadía y la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Afortunadamente, a pesar de la intensidad de la lluvia, él y sus acompañantes (dos sacerdotes canonistas españoles) pudieron contemplar la cruz monumental. Además de ser recibidos por el P. Abad, fueron guiados por el P. Prior y el P. Alberto para la visita de la Basílica, donde el Cardenal húngaro se detuvo en varios momentos para orar. Quedó muy gratamente sorprendido con el santuario y su cercanía resultó claramente palpable. Fue muy interesante oír la manera en que le había edificado ver al Papa emérito Benedicto XVI arrodillado en oración en su retiro en el Vaticano y se le explicó que también él había visitado el Valle en los años 80. Al marchar, se le ofrecieron como recuerdo y obsequio algunos libros sobre el Valle de los Caídos.
Domingo XXXII del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos en Cristo:
La Eucaristía dominical debe ser para nosotros un momento esperado y anhelado durante la semana. Creemos que en ella Dios habla a su pueblo, que Cristo sigue anunciando el Evangelio a todo hombre (cf. SC 33), que continúa dirigiendo su palabra salvadora a todo corazón que no le pone obstáculos. Este diálogo eminente entre Dios y los hombres, realizado en la Eucaristía, debe suscitar en nosotros una profunda aspiración a la santidad, a dar lo mejor de nosotros mismos en favor de nuestros hermanos allí donde se desarrolle nuestra vida. Os animo, pues, a que viváis esta celebración con una doble actitud: con verdadero sentido de lo sagrado, sentido del Misterio sobrecogedor y fascinante de Dios, que habla y se entrega. Acudid siempre a la santa Misa con respecto y reverencia, haciendo vuestras las palabras de Job cuando dice ante la inmensidad divina: “me siento pequeño”; sí, en verdad somos pequeños y frágiles ante el Creador del Universo. Pero también el salmista nos recuerda que el Señor es clemente, que es rico en piedad, que es bueno con todos y cariñoso con sus criaturas (Sal 144). Junto a esta actitud de amor que se asombra y agradece, se nos invita también a levantar el corazón, a ofrecer al Señor toda nuestra vida, lo bueno y lo malo, lo que nos hace felices y lo que nos causa sufrimiento. Hacedlo sobre todo cuando oigáis la invitación del sacerdote a levantar hacia Dios el corazón. Toda nuestra existencia –decía san Agustín– consiste en esto; levantar el corazón significa “poner la esperanza en Dios”.
La primera lectura que hemos escuchado nos muestra que algunos mártires judíos anteriores a Cristo tuvieron una gran fe en la resurrección. Pero esa fe fue descubierta progresivamente por el pueblo elegido. Lo que predominó durante siglos es que tras la muerte no cabía esperar sino una existencia miserable, una existencia espectral, indigna de la naturaleza humana. La muerte se les presentaba como una ruptura irreparable. De hecho, aquejado de una enfermedad mortal, el rey Ezequías exclamará: “En medio de mis días tengo que marchar hacia las puertas del abismo; me privan del resto de mis años… Ya no veré más al Señor en la tierra de los vivos, ya no miraré a los hombres entre los habitantes del mundo” (Is 38, 10-11). Sin embargo, algunos recibieron la inspiración que les llevó a creer que la intimidad y la unión con Dios durante esta vida no se podía quebrar de una manera definitiva. Así nacía la esperanza de la resurrección que se fue confirmando sobre todo en el trágico período de la persecución que los judíos creyentes sufrieron en tiempos de Antíoco IV. El relato los Macabeos nos habla del caso heroico de siete hermanos que, arrestados junto a su madre, fueron torturados por negarse a aceptar prácticas paganas. Lo que les mantenía en su resistencia contra las leyes del perseguidor era precisamente la fe en la resurrección. Estos hermanos sabían que debían morir, pero tenían la convicción de que Dios les habría de recompensar con una resurrección gloriosa. Si morían por amor a Dios, era imposible que Dios les abandonara, que no interviniera en su favor, dándoles la vida eterna. De este modo, la fe en la resurrección se reforzó a causa de aquella tremenda persecución (cf. A. Vanhoye).
Jesús, por su parte, profesó la certeza de la resurrección; más aún, anunció su propia resurrección, aunque no se dedicó a hacer descripciones detalladas de la vida más allá de la muerte. Su vida entera despierta esperanza, contagia una confianza total en Dios. Cuando un grupo de saduceos se le acerca con la idea de ridiculizar la fe en la resurrección, Jesús revela en plenitud la verdad del más allá. El grupo que se presenta ante Señor cree haber encontrado un argumento válido contra la resurrección, que sostienen los fariseos. Inventan una historia basada en un precepto de la ley de Moisés y en la que aparecen siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos. La mujer se casó, sucesivamente, con los otros seis hermanos, y todos mueren sin tener descendencia. Al final muere también la mujer. Plantean entonces la pregunta que parece ser una objeción decisiva: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”. Se trata de una situación incluso ridícula: una mujer que debe pertenecer al mismo tiempo a siete hombres.
La respuesta de Jesús es luminosa y decisiva. Les hace ver que tienen una idea equivocada de la resurrección final, que no es el retorno a la vida terrena, sino que inaugura una vida completamente nueva de relación con Dios, en la cual ya no hay necesidad de casarse. Jesús afirma que, después de la resurrección, los hombres son como ángeles, son hijos de Dios, gozan de una existencia espiritual, aunque con su cuerpo resucitado. Lo que esperamos no es una vida terrena sino una vida celestial (cf. A. Vanhoye).
Comencemos desde ahora, hermanos, a buscar los valores celestiales, que son, en primer lugar, el amor, la alegría, la paz y la unión con Dios y con todos los hermanos. Estos son los valores definitivos que debemos preparar ya en esta vida. No hemos de imaginar una vida de placeres materiales en el más allá. Dios nos llama a una felicidad mucho más hermosa, mucho más profunda, más grande y completa.
El amor de Dios, manifestado en la pasión y resurrección de Cristo, nos promete también a nosotros la resurrección y la plenitud de la alegría en la presencia del Señor.
En este tiempo de desesperanza, ¿no nos está pidiendo el Señor a todos, creyentes y no creyentes, hacernos las preguntas más radicales que llevamos dentro? Hagámoslo hoy a la luz de la fe en la resurrección. Que la Santísima Virgen María nos ayude a vivir y a irradiar esta gran esperanza siendo instrumentos de su paz y de su amor. Que así sea.
Visita de un coro estadounidense
El jueves 24 de octubre, el Coro “Saint John Neumann” de la Archidiócesis de Washington vino en peregrinación a la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y participó con sus voces en la Santa Misa conventual de 11 h., interpretando las piezas del ofertorio y de la comunión, mientras que el resto de los cantos los llevó a cabo la Escolanía del Valle. Al final de la Misa ofrecieron además un recital que resonó con gran belleza. Fueron atendidos principalmente por el P. Laurentino Sáenz de Buruaga, con quien se habían puesto en contacto este verano para poder venir e intervenir.
Actuaciones de la Escolanía en Madrid y San Lorenzo de El Escorial
El lunes 14 de octubre por la tarde, diez niños de la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos intervinieron con sus voces en un acto cultural celebrado en “Casa Sefarad” de Madrid, en el que interpretaron un salmo en hebreo, una pieza gregoriana y otra de Verdi. Ellos abrieron y cerraron el acto, al que asistieron destacadas personalidades religiosas católicas (presididas por el Cardenal Koch y también obispos como Mons. Franco y Mons. Martínez Camino, obispos auxiliares de Madrid) y judías. Entre los cantos de los niños, el conjunto del Maestro Paniagua ofreció una preciosa selección de antiguas canciones sefardíes, tanto del período medieval como de la diáspora sefardí en Europa. Los niños fueron muy bien atendidos y se les ofreció una merienda-cena antes de su regreso al Valle.
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Por otra parte, el sábado 19 de octubre la Escolanía también intervino en un concierto de canto gregoriano en San Lorenzo de El Escorial, dentro de un encuentro de canto gregoriano y en el que además participó otro coro femenino. La actuación de los escolanos fue muy valorada por la calidad del gregoriano que cantan.
Domingo XXX del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos:
Si el Evangelio del domingo pasado nos hablaba de la importancia y de la eficacia de la oración (Lc 18,1-8), el de hoy, que lo continúa, nos expone cuál debe ser nuestra actitud en ella (Lc 18,9-14).
En la parábola que Jesús utiliza, aparecen dos personajes contrastados: un fariseo y un publicano. Los fariseos eran uno de los grupos religiosos que habían surgido entre los judíos tiempos antes de la venida de Jesucristo al mundo como reacción frente a la infiltración del paganismo y de ciertos elementos de la cultura helenística que el Pueblo de Dios no podía aceptar. Quisieron en realidad esforzarse en la fidelidad a la religión judía y muy especialmente en la observancia de la Ley mosaica con el cumplimiento minucioso de todas sus máximas. Sin embargo, esto con frecuencia condujo a muchos a un mero formalismo externo, a considerarse a sí mismos como un grupo de “selectos” y “puros” (el nombre “fariseo” significa “separado”) y a actitudes hipócritas y altivas frente al resto de la sociedad. Tal imagen, que ya es una degradación del espíritu originario de los fariseos, es la que normalmente aparece reflejada en los Evangelios.
Por su parte, los publicanos eran los judíos recaudadores de impuestos al servicio de Roma. En consecuencia, disfrutaban de una buena posición económica, pero eran tenidos como unos traidores al pueblo hebreo y unos colaboracionistas del poder invasor. Por tanto, Jesús aquí no nos propone como modelo a un pobre material, sino a alguien que en su corazón alberga una pobreza más difícil de poseer: la pobreza espiritual, es decir, la humildad.
Santo Tomás de Aquino concibe la humildad como una virtud moral que procede de la reverencia a Dios y a ella nos inclina (S. Th., II-II, a. 1 in c; et a. 4, ad 1). San Benito, a quien comentaría el mismo Aquinate, la convierte en la virtud clave del monje y la asocia a la obediencia (RB V y VII). Por eso considera que es la actitud también clave en la oración: “Si cuando queremos solicitar alguna cosa a los hombres poderosos, no nos atrevemos a hacerlo sino con humildad y reverencia, cuánto más se debe orar al Señor, Dios de todas las cosas, con toda humildad y sincera devoción” (RB XX, 1-2).
San Benito recoge perfectamente el espíritu del Evangelio de hoy: nada podemos alcanzar en la oración con la actitud pelagiana del fariseo, es decir, si nos consideramos ya justificados ante Dios por nuestras obras y pensamos en el fondo que nada necesitamos de Él y que somos mejores que los demás. Pero la actitud del fariseo lamentablemente se da en nosotros más de lo que quizá pensamos, porque estamos heridos por el pecado original y con frecuencia nos creemos más perfectos y santos que nadie y además queremos aparentarlo. Cuesta más reconocernos pecadores como el publicano y sin embargo lo que agrada a Dios es el corazón arrepentido del pecador que pide humildemente perdón. No olvidemos nuestra necesidad de acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia, que es el sacramento de la reconciliación con Dios, el sacramento del perdón, el gran sacramento de la misericordia. Sin él no podemos vivir bien la vida de la gracia, que es el mismísimo amor de Dios Uno y Trino que se nos comunica a través fundamentalmente de los sacramentos.
La altivez del fariseo contrasta además con un atributo propio de Dios que hemos escuchado en la primera lectura, del libro del Eclesiástico (Sir 35,15-17.20-22): la justicia. El texto sagrado lo dice así: “El Señor es un Dios justo que no puede ser parcial”. En cambio, nosotros con frecuencia caemos en la parcialidad, en las preferencias y en las manías, miramos a unos mejor que a otros y no somos equitativos con todos y cada uno. ¿Cuál sería el remedio mejor para evitar esto? Tratar de pensar en todos nuestros actos cómo actuaría el Corazón de Jesús, cómo miraría a las otras personas el Corazón de Jesús, cómo las hablaría el Corazón de Jesús. Tratar, pues, de pensar, de sentir y de amar como el Corazón de Jesús. Es ciertamente algo muy difícil de primeras, pero podremos ir avanzando en este terreno si lo pedimos con humildad y sencillez en la oración. Por la oración podemos penetrar en la intimidad del Corazón de Jesús, conocerlo y amarlo, y lograr por la gracia que Él vaya impregnando cada vez más nuestra forma de ser y todos los actos de nuestra vida.
Confiemos ciertamente en la fuerza de la oración y en que Dios atiende nuestras súplicas hechas con sincera devoción. En la primera lectura lo hemos visto: “no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda; […] los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa”. También lo ha cantado bellamente el niño salmista de la Escolanía: “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha; cuando uno grita, el Señor lo escucha” (Sal 33).
A pesar de que podamos estar llenos de ocupaciones y de que tengamos mucho que trabajar o que estudiar, tratemos de cultivar cada día al menos algún tiempo de oración íntima con el Señor, aunque nos vengan momentos de aridez, sabiendo lo que Santa Teresa de Jesús dice que es la oración mental: “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Libro de su vida, 8,5). La oración nos ayudará sin duda en nuestro camino hacia el Cielo, hacia la dicha eterna, hacia “la meta” y “la corona merecida” de las que ha hablado San Pablo en la segunda carta a Timoteo (2Tim 4,6-8.16-18).
Quisiera terminar con dos recuerdos: uno, el del Papa emérito Benedicto XVI, quien está dedicando la última etapa de su vida a la oración escondida. Esta semana, un cardenal centroeuropeo y un sacerdote español nos contaban cómo les resultó edificante verlo (por separado) orando de rodillas sin que él supiera que alguien le contemplaba. Su oración no será, desde luego, estéril para la Iglesia y más conociendo la humildad que siempre le caracterizó. Por otro lado, desearía que todos llevemos a la oración los sufrimientos de nuestros hermanos cristianos del Próximo Oriente, y muy especialmente de Paquistán, Siria y Egipto, que en estos momentos están padeciendo un auténtico calvario que les hace participar del Sacrificio de Cristo en la Cruz.
Que María Santísima, modelo de orante humilde siempre atenta a la voz del Señor, nos ayude a vivir la virtud de la humildad, penetrando por la oración en la intimidad del Corazón Sagrado de su divino Hijo.
Constitución del grupo de antiguos escolanos “Nova Schola”
El fin de semana del 11 al 13 de octubre, varios escolanos de las promociones de 2012 y 2013 han constituido el grupo coral “Nova Schola”, con el que pretenden colaborar con la Escolanía, ayudar a los monjes en el canto cuando ésta se encuentre ausente y difundir el canto sacro también fuera del Valle de los Caídos. Es una iniciativa que ha partido enteramente de ellos y es muy bonito el significado de esto. Comenzarán dando pequeños pasos para poder ir asentando bien las cosas. En realidad es el fruto de todo un año en el que los escolanos que terminan han continuado viniendo al Valle para pasar unos días de convivencia. Musicalmente serán dirigidos por el P. Juan Pablo Rubio y cuentan con el respaldo de la Abadía. D. Juan Carlos Asensio, director de “Schola Antiqua”, también aplaudió la idea cuando se le consultó.








