El P. Juan Pablo Rubio Sadia, profesor en la Facultad de Teología de la Universidad «San Dámaso» de Madrid, lleva a cabo durante los meses de septiembre y octubre algunas actividades docentes relevantes. En la Universidad de Navarra, entre los días 17 y 21 de septiembre, ha intervenido en el Curso de Actualización en Teología Litúrgica titulado Tiempo y rito. Forma y contenido de la oración de la Iglesia, con dos ponencias sobre «El canto en la oración de la Iglesia». Durante la primera quincena de octubre impartirá un curso sobre Teología y Pastoral de la Música sagrada en el Seminario «San Jerónimo» de la archidiócesis de Arequipa (Perú). Asimismo, dará un curso de perfeccionamiento de Canto de Gregoriano al Coro de Niños de la Catedral de esa archidiócesis peruana. Entre sus artículos científicos publicados recientemente figuran «Un foyer d’avant-garde dans l’introduction du chant grégorien en Castille: La cathédrale de Palencia (1034-1080)» (Viena, 2012) y «Alleluia non meremur in perenne psallere. Notas sobre la evolución del oficio aleluyático de Septuagésima en Cataluña y el Languedoc» (Miscel•lània Litúrgica Catalana, vol. 20). Cabe mencionar, además, su participación en el Proyecto de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid, que tiene por título El canto llano en la época de la polifonía: pervivencias, transformaciones, interacciones y transferencias entre ambos repertorios (ca. 1250-1550), dirigido por la profesora Carmen Julia Gutiérrez.
Nuevos uniformes para los escolanos
Este curso que comienza, los escolanos del Valle de los Caídos cuentan con nuevos uniformes, si bien manteniendo los mismos colores de los años anteriores. Hasta ahora, los padres compraban las prendas en las tiendas, pero este año se les ha facilitado hacerlo en la propia Escolanía. Gracias a una magnífica oferta de la empresa “Mc Yadra”, los precios son muy baratos (esto ha llamado la atención de las familias) y la calidad es buena. No obstante, salvo para las salidas exteriores y las actuaciones musicales, se permitirá a los niños hacer uso de los uniformes antiguos mientras estén en buenas condiciones para ser empleados. Los nuevos tienen la novedad principal de llevar el escudo de la Escolanía con la leyenda “Escolanía de la Santa Cruz – Valle de los Caídos” en el jersey, en el polo (tanto de manga corta como de manga larga), en la camisa y en la parka-abrigo. Dado que el escudo es muy complejo y va bordado, nos hemos visto obligados a simplificarlo algo, ya que resultaba imposible recogerlo a la perfección por entero. Como novedad también aparece la parka, que es impermeable y consistente y lleva un chaleco de forro polar desmontable, de cara sobre todo a tantas salidas exteriores, pues hasta ahora los niños iban uniformados por dentro, pero el aspecto de grupo se perdía en los abrigos. Teniendo en cuenta que se trata de un centro escolar con gran proyección exterior (conciertos, visitas, apariciones en televisión y en medios de comunicación, etc.), ha parecido muy conveniente tanto incluir un abrigo como pieza del uniforme, como insertar el escudo de la Escolanía en las prendas de la parte superior del cuerpo.
Clausura del proceso diocesano de la M. Ana Alberdi, O.I.C.
El martes 18 de septiembre, a las 19 h., tuvo lugar en la Iglesia del Monasterio de la Concepción Francisca de Madrid (“La Latina”, C/ Toledo, 52) la clausura de la fase diocesana del proceso de beatificación de la Sierva de Dios Madre Mª Ana Alberdi Echezarreta, monja concepcionista franciscana de esa Comunidad religiosa. Estuvo presidido por el Cardenal Arzobispo de Madrid, Mons. D. Antonio Mª Rouco Varela y hubo una nutrida asistencia, tanto de religiosos de varias órdenes (franciscanos, agustinos…), religiosas, sacerdotes y personas seglares. Al no poder asistir personalmente el Sr. Arzobispo de San Sebastián, Mons. Munilla (la M. Ana era guipuzcoana), le representó su Secretario. Estuvo invitado también el P. Prior del Valle de los Caídos, quien conoció personalmente a la Sierva de Dios, declaró en su proceso de beatificación y guarda estrecha relación espiritual con la Comunidad de “las Latinas” y en particular con la actual M. Abadesa, Sor Ascensión Gutiérrez. Estaban presentes asimismo monjas concepcionistas de otros monasterios españoles (Toledo, Madrid, Cuenca, Peñaranda de Duero…). La Escolanía cantó en esta iglesia hace un año, con motivo del V Centenario del Monasterio.
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El acto, iniciado con la invocación al Espíritu Santo mediante el canto del “Veni Creator”, constó de las rigurosas partes protocolarias de este tipo de procesos y concluyó con unas palabras del Sr. Cardenal. Posteriormente, las MM. Concepcionistas ofrecieron una cena preparada con toda delicadeza.
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La M. Mª Ana Alberdi, nacida en una familia de labradores en mayo de 1912 en Azcoitia (Guipúzcoa), ingresó en el Monasterio de la Concepción Francisca de Madrid (“La Latina”) en octubre de 1931, profesó en 1936 y murió en olor de santidad en 1998. Durante la Guerra de 1936-39, la Comunidad hubo de refugiarse en la casa de las Hermanitas de los Pobres de la C/ Almagro, amparadas por el pabellón francés ante la persecución religiosa en el Madrid marxista. Luego, las monjas regresaron y debieron restaurar los daños existentes en el monasterio, del que, después de ejercer la M. Ana varios cargos como el de maestra de novicias, sería elegida abadesa en 1953. Desde entonces, caso muy especial, se mantendría como tal durante unos 33 años, hasta que por fin se le aceptó la renuncia. Asimismo, en 1974 fue nombrada presidenta de la Federación de las Concepcionistas Franciscanas “Santa Beatriz de Silva”.
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Fue una mujer profundamente contemplativa y sencilla. Su vida espiritual refleja una sobreabundancia de la gracia, que en gran medida se reflejó en su caridad fraterna en la Comunidad y en sus dotes de gobierno. Sus grandes amores fueron Dios y la Santísima Virgen, con una devoción especial hacia el misterio trinitario, el Santísimo Sacramento y la Inmaculada Concepción de María. La alegría de su vida en Dios fue una clara muestra de su fidelidad a San Francisco, y con esa paz y alegría, sin quejarse de nada y uniéndose a Cristo, “Varón de dolores”, acogió la dolorosa enfermedad con la que finalmente el Señor le probó en sus momentos últimos. Siempre llamó la atención, como sigue haciéndolo a través de las fotografías de sus estampas, la paz que transmitía y la prudencia.
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La Orden de la Inmaculada Concepción (concepcionistas franciscanas), fundada por Santa Beatriz de Silva con el apoyo de su amiga íntima Isabel la Católica, ha dado a lo largo de sus cinco siglos de historia figuras de una talla espiritual muy elevada, tales como la M. María de Jesús de Ágreda, la M. Patrocinio de las Llagas, la M. Ángeles Sorazu y varias mártires españolas en 1936, todas ellas en proceso de beatificación. Además, se encuentra abierto el proceso de beatificación de la Reina Isabel la Católica y el de Teresa Enríquez, vinculadas a la Orden, y sin duda alguna podría plantearse el de Beatriz Galindo, fundadora del Monasterio de la Concepción Francisca de Madrid.
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Para mayor información: MM. Concepcionistas Franciscanas “La Latina – C/ Toledo, 52 – 28005 Madrid – Tlf.: 91.365.56.82
Via Crucis. Exaltación de la Santa Cruz
El sábado 15 de septiembre, fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, unida a la celebración de la Santa Cruz, se llevó a cabo el segundo Vía Crucis por el recorrido monumental del Valle de los Caídos desde su reapertura en marzo pasado. Fue convocado y organizado por la Abadía benedictina y el Foro San Benito de Europa, participando de un modo especial en ello D. Daniel Medina y D. Juan Losada, como en la ocasión anterior. Contaron en todo momento con el apoyo de Patrimonio Nacional y de otros servicios.
Aunque estaba preparado para las 16 h. en la zona de los Juanelos, la salida dio inicio casi a las 16,30 h. La afluencia de gente fue muy grande, con varios centenares de fieles. Una vez más, se siguió el texto preparado por el Papa Benedicto XVI antes de su elección como Sumo Pontífice, en unos folletos facilitados a los asistentes. También se les ofrecieron botellas de agua, teniendo en cuenta el calor de la jornada y el recorrido (unos 5 km. con notables alteraciones del terreno que suponen más de 2.300 escalones). En esta ocasión estuvo presente la Escolanía, que en cada estación concluía las meditaciones y oraciones con cantos apropiados. La culminación del Vía Crucis en la Basílica concluyó alrededor de las 20,30 h. El “Lignum Crucis” o reliquia de la Santa Cruz, regalado por el Beato Juan XXIII con motivo de la consagración de la Basílica en 1960, presidió todo el recorrido y fue ofrecido al final para la adoración de los fieles.
Del acontecimiento se hicieron eco varios medios de comunicación, como el diario “ABC” (durante varios días), “Intereconomía TV” y el semanario religioso “Alfa y Omega”, entre otros.
Exaltación de la Santa Cruz
El viernes 14 de septiembre fue la solemnidad de la Exaltación de la Santa Cruz, titular del Valle de los Caídos. La Santa Misa conventual de las 11 h., cantada por la Escolanía y “Schola Antiqua”, fue celebrada por el P. Abad Dom Anselmo y después se invitó a algunas personas allegadas a la Comunidad benedictina a un aperitivo y a la comida con los monjes en el refectorio. También asistieron el P. Prior del Monasterio de Nuestra Señora de Montserrat de Madrid (priorato dependiente de la Abadía de Silos) y otro monje del mismo; no vinieron en esta ocasión monjes de Silos y Leyre, ya que todas las comunidades de la Familia Silense se habían reunido en un encuentro fraterno en Oña la semana anterior, según se informó en esta misma página web. Al final de la Santa Misa se ofreció para la adoración de los monjes y de los fieles el “Lignum Crucis” o reliquia de la Santa Cruz, regalado por el Beato Juan XXIII con motivo de la consagración de la Basílica en 1960.
Domingo XXV del Tiempo Ordinario
Muy queridos hermanos:
Nos reunimos este domingo, en torno a este altar, porque necesitamos expresar el asombro eucarístico del que tanto hablaba el beato Juan Pablo II; ese asombro que brota ante el amor extremado de Cristo, que me amó y se entregó por mí. Venimos hoy a esta basílica, no para cumplir con un precepto, sino porque no podemos vivir sin celebrar «la locura de la Eucaristía», instituida por Jesús en el Cenáculo: gesto supremo de entrega, generosidad sin límites, sacrificio que nos libera de toda atadura al pecado, alianza nueva y eterna que nos llena de esperanza. Nadie que ame sabe cómo agradecer este don. Nosotros hemos de vivir dando gracias y ofreciendo nuestra vida por amor a Jesús. En la Eucaristía nos debe asombrar que Dios haya querido vivir mi vida para que yo viva la suya. Tened la certeza de que a Él le interesa todo lo humano, todo lo tuyo, todo lo que te sucede, tus alegrías, tus penas, tus anhelos.
El evangelio, tomado del capítulo 9 de san Marcos, que acabamos de escuchar contiene, si os habéis fijado, dos partes diversas: primero, contemplamos el anuncio de la Pasión y la Resurrección (es la segunda vez que Jesús lo hace) y, a continuación, vienen unos versículos que giran en torno a la cuestión sobre quién es el más grande. Mientras el Maestro y sus discípulos recorrían Galilea, Jesús trata de explicar cuál es el sentido de su Pasión. El Señor no buscaba el sufrimiento por sí mismo, sino que se entregaba sin reservas para que todos los hombres tuvieran vida. Su pasión era y sigue siendo el extremo, el colmo del amor. Precisamente por ello Dios-Amor le resucita. Es decir, Dios no ha podido amarnos más en Jesucristo. Sin embargo, Marcos indica que los discípulos no sólo no comprendieron aquellas misteriosas y trágicas palabras de su Maestro, sino que además tuvieron miedo de pedirle que se las aclarase. ¿Qué sucedía? Que para ellos, el Mesías debía ser un héroe, un gran vencedor y no entraba en su cabeza que fuera entregado y ejecutado.
Ahora bien, de forma inmediata se abre otro episodio que se desvela al llegar a Cafarnaúm. «Por el camino –nos dice el evangelista– habían discutido quién era el más importante». Qué contraste tan grande entre Jesús que se hace Siervo, que se abaja hasta nuestra nada, y los discípulos que anhelan grandezas y aspiran a honores. Y Jesús es muy claro: son los últimos los que serán primeros; aquellos que parecen más débiles y pequeños, como los niños, ocupan el primer lugar de su corazón. Esta enseñanza de Cristo trastoca por completo los criterios del mundo. Estamos ante el mundo al revés, que es el mundo del Magnificat que María había cantado: los humildes son ensalzados y los ricos despedidos con las manos vacías. Es la lógica del amor: dándose es como se gana, abajándose para servir es como se engrandece. Dios resiste a los soberbios, resiste a los poderosos, a los que se fían de sí mismos, a los que se creen importantes y superiores a los demás. Viene a la mente aquella oración que Jesús pronuncia lleno de gozo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido mejor». Fijaos que Jesús eligió como predicadores de su evangelio a gente ruda, sin una formación especial, que entendía sólo de barcas, peces o impuestos. Ni siquiera para hablar del Reino acudió el Señor a un lenguaje muy elevado, como podía ser el de los escribas, sino que narra cuentos poblados de personajes y realidades de la vida cotidiana: campesinos que siembran y cosechan, mujeres que amasan y encienden candiles, un pastor desvelado en busca de una oveja extraviada, un padre asomándose al camino por si vuelve a casa el hijo que se le marchó… Los santos se han admirado de la sencillez con que se inició el misterio de nuestra Redención. Porque Dios no envió al arcángel Gabriel a un palacio de gente ilustre y rica, sino a una joven doncella, que vivía en una humilde casa de Nazaret. En María Dios pudo hacer cosas grandes justamente porque lo que encontró en su corazón fue humildad, acogida, actitud de servicio y disponibilidad.
Las dos partes de esta página del evangelio de san Marcos, y todos los textos de este domingo, se esclarecen mutuamente: es la propia ley del amor la que establece su unidad, una ley de amor perfectamente realizada por Cristo en su Pasión en favor de los hombres. Él es el Justo acechado y perseguido que presentan la primera lectura, Él es la sabiduría que viene de arriba y la paz de las que habla Santiago en la segunda lectura, Él es el Siervo, aquel que se ha abajado para amar a los más pequeños, y por ello ha sido ensalzado por Dios y resucitado.
Como a los discípulos, también a nosotros nos cuesta recibir este anuncio de Cristo de una manera coherente. Como ellos aspiramos a grandezas, a reconocimientos y honores, a que nos estimen y nos aplaudan. Todo esto es incoherente, porque nosotros, como los discípulos, seguimos a un maestro que no sólo no busca puestos de honor, sino que quiere servir hasta dar su propia vida en rescate por todos. La eucaristía que celebramos nos está invitando a revisar y replantear las motivaciones de nuestra vida. El principio evangélico nos enseña que la verdadera grandeza consiste en servir: el que no sirve no es grande, no puede ser el primero. Para que se nos inculque mejor esta enseñanza, Jesús coge a un niño, lo pone en medio, y, abrazándole, dice a los discípulos: «Quien acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge». De este modo nos hace comprender que el servicio consiste en acoger a las personas y, sobre todo, a los humildes, a los niños. Veis que se trata de una enseñanza exigente, pero también muy necesaria y muy bella. No penséis que es algo abstracto o irrealizable. Ahí tenemos el testimonio impresionante de tantos santos, que han entregado su vida en servicio de amor desinteresado._x000D_ Pidamos al Señor la gracia de comprender la enseñanza que quiere darnos hoy y de ser dóciles al impulso que nos viene del Espíritu Santo; la meta es hacernos cada vez más semejantes a Jesús, manso y humilde de corazón. Pidamos a María, la esclava del Señor, que nos ayude a entrar en el misterio del amor que se entrega, porque sólo se sirve a quien se ama; le pedimos un corazón libre y desprendido de las cosas como el suyo para estar dispuestos a obrar siempre el bien. Que así sea.
Confesemos ahora nuestra fe recitando el Credo.









