El domingo 9 de septiembre por la tarde regresó el bullicio de los niños al edificio de la Escolanía del Valle de los Caídos y al día siguiente dieron comienzo las clases, tanto del área escolar como del área musical. Vienen 44 chavales de 4º de Educación Primaria a 2º de Educación Secundaria Obligatoria, siendo muchos de ellos nuevos, principalmente de los tres cursos de Primaria y uno de 1º de ESO. Por lo tanto, la Escolanía crece en dos niños con respecto a los que terminaron el curso pasado. Dos de los alumnos nuevos son naturales de Ecuador y de Guinea Ecuatorial, de tal forma que en el momento presente contamos ya con dos chicos de cada uno de estos países hispánicos, además de otro boliviano, que es el actual Obispillo. En estos días también nos han visitado varios escolanos que terminaron el curso pasado y que se sienten muy vinculados al Valle y han señalado de hecho su intención de venir con frecuencia a cantar y a pasar uno o varios días. Por otra parte, la Escolanía cuenta para el curso que comienza con un nuevo y joven profesor en el área musical, D. José Manuel Martín, también antiguo escolán, quien ya ha realizado labores de dirección en la Basílica en los días que llevamos.
Solemnidad de la Exaltación de la Santa Cruz
Desde tiempos muy tempranos en su historia, la Iglesia celebra en esta fecha la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, en memoria de su descubrimiento en Jerusalén por la madre del emperador Constantino, Sta. Elena. La Iglesia venera esta Cruz en el árbol material con que fue confeccionada, y también como el símbolo de la redención del mundo. Pero es notorio que en muchos sectores de lo que fue la antigua sociedad cristiana esa veneración se ha desvanecido o se ha convertido en oposición a cuanto ella significa.
En realidad, hemos dejado de venerar la Cruz porque no nos sentimos ya concernidos por ella, ni nos interesa cuanto representa en la historia de Dios y del hombre, a pesar de que en ella se encierran todas las claves del amor y de la sabiduría que el mundo necesita para su salvación. Hoy volvemos a saber lo que significa la necesidad de ser salvados, porque tenemos conciencia de la devastación creciente que nos envuelve. Nos alejamos de esa Cruz que, sin embargo, expone el misterio de Dios y del hombre. En ella leemos la actitud que el hombre opuso a Dios y la respuesta que Dios contrapuso al hombre: a la transgresión y a la ruptura Él responde con el perdón y la reconciliación al precio de la sangre y de la muerte del propio Hijo de Dios.
Por eso, el hombre necesita inexcusablemente mirar hacia la Cruz para conocer su propia realidad y para reconocer al que en ella quiso restaurarla en su verdad original. En ella está la palabra decisiva sobre la dirección que deben tener los actos humanos y sobre el juicio que Dios hace sobre ellos, el único que al hombre le importa tener en cuenta, porque es el único verdadero, y porque de él depende la suerte presente y futura de todos.
Ese juicio nos pone ante la realidad de un hombre que ha abandonado el seno materno que es Dios, que se ha salido de su historia, de su camino y de su destino, y que ha invertido las direcciones y los proyectos de su vida, a pesar de que no podían ser los que él mismo se asignara sino los que han sido establecidos por el Creador. Ocurrió así desde el principio: “Toda carne había extraviado su camino” (Gen 6, 5), o como advierte el profeta: “las naciones se fatigan en balde” (Hab 2, 13).
Esto es lo que nos explica la Cruz. En ella Cristo no hizo solamente un juicio y llevó a cabo una salvación, sino que desde ella nos repite sin descanso que el Creador nos ha dejado un depósito de principios, de moralidad, de justicia, de racionalidad y de verdad para orientar los diversos modos posibles de vida y dar la forma apropiada a la existencia humana. Y ello, en paralelo a que sucede en el mundo natural donde todo responde exactamente a sus leyes y a sus fines.
La cruz se erige ante nosotros como la palabra definitiva de Dios sobre el contenido, el valor y la responsabilidad de la vida humana. En ella, de manera definitiva, Dios se pronunció de nuevo, como al comienzo de la historia, acerca de la absoluta seriedad de los compromisos y tareas que el hombre asume en el tiempo de su existencia. Desde ella le muestra el precio que Dios ha pagado por ese desvarío reiterado, pero también el que el hombre tendrá que pagar si no rectifica eficazmente esas desviaciones. Porque la Cruz que Dios hizo recaer sobre el Inocente recaerá sobre los culpables si no volvemos a la sensatez y a la obediencia debidas a Él.
Si lo consideramos desde la perspectiva de la Cruz, hoy podemos constatar que lo que está en crisis no es tal o cual dimensión de la existencia humana, sino las bases mismas de la vida colectiva y de los individuos. Perdido el sentido de lo esencial, de los valores y objetivos fundamentales, perdemos también el sentido de la realidad y la dirección del acontecer de la evolución humana. Lo cual es patente también para nuestra propia sociedad española. Por eso, mientras España no ponga en orden sus cuentas (y sus deudas) con Dios le va a ser muy complicado ajustarlas con sus vecinos y con ella misma. Y lo mismo les va a ocurrir a todos esos vecinos nuestros.
Cristo sigue siendo la fuente del único orden auténticamente humano, en el que se encuentra la norma del comportamiento personal y social en todos los niveles de nuestra actuación. * Él es el brazo fuerte que ha realizado las obras de Dios pero al que nosotros queremos sustituir por el poder de nuestro ingenio y de nuestra fuerza ** cuando intentamos edificar sin Él la ciudad de los hombres, a pesar de que sabemos: “si no es Dios quien construye la ciudad, en vano se cansan los que la edifican”
Ciertamente, el hombre vive en el mundo pero no vive sobre él, como si fuera su señor absoluto. Es su huésped pasajero, al que se ha dado la tarea de regirlo y disfrutarlo, pero con estricta sujeción al orden de la creación y al ecosistema espiritual, o más exactamente divino, previsto por Dios. Igualmente, el mundo puede ser marcado con la firma del hombre, pero sin que ella borre el nombre de Dios, ni intente imponerle la marca de su soberanía, ni establecer por sí mismo las líneas maestras de la evolución humana. Ese parece que es su empeño. Pero el silencio del hombre sobre Dios anula la eficacia de todos sus discursos y empresas.
Nosotros hoy, al pie de la Cruz más impresionante del universo, tenemos que recordar que la realidad de la Cruz es la consecuencia y la denuncia del máximo error humano, que no estamos eliminando sino prolongando y acrecentando. La consecuencia es que el mundo se eclipsa espiritualmente. La luz del sol ya no sirve para conducir nuestros pasos. Sólo la Cruz ilumina ahora nuestro camino entre las tinieblas. Pero volvemos a escuchar: ‘Con esta señal venceréis’.
(*“Fuera de Él nadie puede poner otro fundamento” (1 Cor 3, 11 ), “ni se nos ha dado otro Nombre en el que podamos ser salvados” (Hch 4, 12), ni en la eternidad ni en el tiempo. Los poderes humanos, sean de la naturaleza que sean, son absoluta impotencia ante Él: “Él desbarata las naciones, frustra los proyectos de los pueblos”. Porque sólo “a Él le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28 8), en la que “todo ha sido creado por Él y para Él, y en la que todo se sustenta en Él” (Col 1, 17). Por eso, Él es el principio de toda verdad, de toda rectitud y justicia. Por eso, “Él es nuestra paz “ (Ef 2, 14). )
** (Ahora bien, “si Dios no construye la ciudad, en vano se cansan los que la edifican” (Sal 26, 1). ) Nosotros intentamos…
Nosotros hoy, al pie de la Cruz más impresionante del universo, tenemos que recordar que la realidad de la Cruz es la consecuencia y la denuncia del máximo error humano que no estamos eliminando sino prolongando y acrecentando. Sin embargo, desde ella seguimos escuchando el mensaje: “Dios ha reinado desde la Cruz”; desde ella “Dios anuncia la paz a su pueblo”. Y (se) nos recuerda:
Encuentro de la Familia Silense en Oña
El jueves 6 de septiembre se recuperó una bonita costumbre que se había perdido desde hacía unos años: el Encuentro anual de la Familia Silense, esto es, de las Comunidades Benedictinas de las Abadías de Santo Domingo de Silos (casa-madre de la Congregación de Solesmes en España), San Salvador de Leyre y Santa Cruz del Valle de los Caídos, así como del Priorato de Nuestra Señora de Montserrat de Madrid, perteneciente a la Abadía de Silos.
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Las tres comunidades (o cuatro si se desglosa la del “Monsterratico”, que realmente forma parte de la de Silos) se encontraron a las 11 h. en el Monasterio de San Salvador de Oña, antiguo monasterio benedictino de gran relevancia, para visitar la exposición de “Las Edades del Hombre”, que este año se titula “Monacatus” y está dedicada a la vida monástica. Precisamente se habían tomado en vídeo algunas imágenes de monjes del Valle de los Caídos trabajando, así como de algunos otros monasterios, para uno de los capítulos o partes de la exposición, concretamente el dedicado a “Los trabajos y los días”. Entre otras piezas, se puede contemplar un cáliz elaborado por el orfebre ya fallecido de Silos, Fray Regino. Las explicaciones resultaron de gran interés y la atención por parte de la organización y de las personas que recibieron a los monjes fue magnífica.
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Hacia las 13,30 h. se celebró la Santa Misa en el Santuario de Santa Casilda, a unos 10 km. de Briviesca, la capital de la comarca de La Bureba. En ese recóndito, escarpado y precioso lugar se había retirado a vivir como ermitaña dicha santa, hija de un rey moro en los tiempos de la Reconquista. Las comunidades benedictinas comieron a continuación en la Hospedería perteneciente al Cabildo Catedral de Burgos en el mismo Santuario.
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De allí se marchó a visitar la ermita románica del pueblo llamado Monasterio de Rodilla y por último a Vivar del Cid, lugar natal de Rodrigo Díaz de Vivar, el “Cid Campeador”, a pocos kilómetros de Burgos, para cantar las Vísperas con las monjas clarisas, quienes luego ofrecieron una merienda-cena preparada con toda delicadeza. Lo mismo que el resto del día, fue un momento muy agradable de encuentro fraterno, en esta ocasión en el amplio locutorio del Monasterio, y nos agradó ver las vocaciones jóvenes con que cuentan. Los monjes de Leyre hubieron de retirarse hacia las 19,30 h. y los del Valle en torno a las 20 h., teniendo en cuenta el recorrido de vuelta.
XXXIII Semana de Canto Gregoriano
Como todos los años, se ha celebrado en el Valle de los Caídos la Semana de Canto Gregoriano, que ha alcanzado ya su XXXIII edición. Ha tenido lugar entre el viernes 24 y el viernes 31 de agosto. Según la práctica de siempre, las clases han discurrido en las instalaciones de la Hospedería y los cursillistas han podido cantar con la Comunidad Benedictina las Vísperas en la Capilla del Monasterio y la Santa Misa en la Basílica. Como de ordinario, han acudido algunas de las más destacadas personalidades de los estudios y del canto Gregoriano en España y a nivel internacional. La matrícula ha superado este año los 40 cursillistas, un número muy bueno y mayor que alguna de las veces anteriores; varios de ellos procedían de diversos Seminarios donde cultivan su formación para el sacerdocio. El jueves 23 a las 20 h., como otros años, cantaron las Vísperas en la parroquia de San Lorenzo de El Escorial.
Visita de los novicios al monasterio de El Tiemblo
El jueves 23 de agosto después del rezo de Vísperas adelantadas, los novicios de Santa Cruz del Valle de los Caídos (Fr. Luis, Fr. Javier y Fr. Miguel), así como uno de los dos aspirantes que, D. m., ingresarán dentro de unos pocos meses en la Abadía, fueron por la tarde al Monasterio de las MM. Benedictinas de El Tiemblo (Ávila) juntamente con el P. Alfredo, Maestro de Novicios. Es costumbre anual hacer esta visita a las monjas de nuestra Orden de esa localidad abulense, que cuentan desde hace muchos años ya con abundantes y arraigadas vocaciones jóvenes de El Salvador. Los novicios recogieron diversos productos de la huerta, principalmente higos y uvas, y después tuvieron un rato de tertulia y merienda fraterna en el cenador exterior.
Domingo XXII del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos en Xto, Jesús:
Fariseo es un término que hoy empleamos cuando nos referimos a alguien hipócrita, alguien que es mentiroso dado que sus obras no corresponden con sus palabras, alguien que no vive como predica, que exige pero no cumple, alguien, es suma, que es un fraude.
El fariseísmo es una de las características más fuertemente arraigadas en la sociedad occidental; ésta habla de solidaridad, de ecología, de igualdad, de democracia, de defensa del débil, de ayuda al desfavorecido, de libertad, de paz y de un sinfín de grandes principios que luego vemos que no se cumplen ni por casualidad. Y no se trata de falta de capacidad para vivir dichos principios y tampoco se debe a la debilidad propia de los humanos, ojala fueran estos los motivos, se trata más bien de una decisión firme de no vivirlos; defenderlos sí pero no ponerlos en práctica. Esto lo podemos constatar todos los días en los ámbitos de la política, de la economía, del trabajo, de la familia, de la educación, etcétera. La sociedad occidental, desgraciadamente, es profundamente farisaica e hipócrita.
Este gran problema de occidente sería menos grave si no fuera por el hecho de que también los cristianos participamos de la misma hipocresía. Nosotros hablamos de caridad, de mansedumbre o de misericordia, de fidelidad al dogma, de apostolado, de entrega a Dios, de obediencia a la jerarquía…, y, sin embargo, la realidad es muy distinta. Podemos ir más allá, incluso, que los fariseos del tiempo de Xto: ellos olvidaron el mandato de Dios para ceñirse a la tradición y costumbres de los hombres, nosotros, en ocasiones, no nos sometemos ni a nuestras propias tradiciones y nos vamos detrás de la innovación, de lo que nos gusta, de lo último que nos ofrecen, sin pararnos a pensar en la moralidad o conveniencia de lo que vamos a seguir. Creemos, desde luego, pero creemos lo que nos apetece o lo que no nos complica la vida; en otras ocasiones somos más papistas que el papa y queremos dar lecciones de todo a todos porque vivimos tan imbuidos de nuestra propia convicción que si el papa dijera algo que no nos agrada, no dudaríamos en no hacerle caso en absoluto.
Xto recrimina a los fariseos que dejan de lado los mandamientos de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres; nosotros hacemos otro tanto cuando damos más importancia a la forma que al fondo, a lo material que a lo espiritual. Si, por ejemplo, nos quedáramos simplemente con el aspecto externo de la liturgia de la Eucaristía y no profundizáramos en su significado auténtico en cuanto memorial de la Muerte y Resurrección de Xto, en cuanto la alabanza que Xto y su esposa, la Iglesia, tributa al Padre, estaríamos desvirtuando el auténtico sentido de esta liturgia. Ejemplos similares podemos encontrarlos en muchas de nuestras actitudes cotidianas: consideremos el motivo por el cual asistimos a misa los domingos; los bautismos, primeras comuniones, bodas y funerales, ¿los hemos transformado en simples actos sociales?; ¿acudimos frecuentemente a los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía, o comulgamos sin más?; en el caso de los religiosos, ¿para qué, por qué, cómo, cuándo y a quién obedecemos?; podríamos multiplicar, casi hasta el infinito, los ejemplos y, pudiera ser, que descubriéramos que realmente nos quedamos en la superficie y no profundizamos lo que deberíamos.
Vivimos en un mundo extremadamente superficial, materializado y hedonista que no quiere ni oír hablar de algo que le coarte a la hora de buscar su propia satisfacción; los creyentes, aunque un poco más disimuladamente, buscamos mil artimañas para aferrarnos a nuestros intereses y justificarnos ante Dios como buenos cumplidores cuando, en la realidad, no estamos más que ajustando los mandamientos de Dios a nuestra propia conveniencia egoísta.
Pero Xto es muy claro y no admite componendas, maquinaciones o excusas vanas; Él perdona siempre al arrepentido pero al hipócrita y al fariseo lo condena. La religión pura e intachable a los ojos de Dios es visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo; lo que hace impuro al hombre es lo que sale de dentro de él._x000D_ Dejémonos, de una vez por todas, de excusas que no van a ninguna parte, reconozcamos nuestra pobre situación y obremos como Dios quiere y manda.








