El sábado 30 de noviembre, fiesta de San Andrés Apóstol, tuvo lugar la profesión de votos temporales de Fr. Carlos en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, dentro de la celebración de la Santa Misa conventual de 11 h., presidida por el P. Superior y contando con el canto de la Escolanía y de algunos antiguos escolanos de “Camerata Benedictina”. La ceremonia se lleva a cabo después de la lectura el Evangelio. Tras la homilía del P. Superior, Fr. Carlos emitió su promesa ante el Señor y ante las reliquias de los santos presentes, así como ante la Comunidad monástica y los asistentes (entre ellos, sus familiares); firmó la carta de profesión; entonó el bello canto del “Suscipe” (“Recíbeme, Señor, según tu promesa y viviré, y no me turbes en mi esperanza”) y recibió el abrazo de bienvenida del Superior. Fr. Carlos, joven gaditano, es licenciado en Filosofía por la Universidad de Cádiz y realizó también varios años de estudios del ciclo institucional en el seminario de esa ciudad andaluza antes de ingresar en nuestra Abadía.
Grupos de peregrinos al Valle de los Caídos en noviembre
Entre los grupos de peregrinos venidos al Valle de los Caídos en el mes de noviembre, hay que destacar algunos como los seminaristas de los dos primeros años de Toledo con sus formadores el jueves 21, un grupo de sacerdotes también de la diócesis de Toledo a principios de mes, y un colegio de Puerto Rico el jueves 28. Esta segunda visita ya es clásica en el Valle, pues un grupo de estudiantes de Bachillerato portorriqueños viene a conocer de primera mano la Escolanía, compartir un tiempo de experiencia con los escolanos, participar en la Misa conventual de 11 h. y visitar la Basílica. Los niños de la Escolanía también les ofrecen un pequeño recital en el salón de actos. Esta visita es organizada por el Colegio de Doctores y Licenciados. Por otro lado, cabe recordar el Oficio rezado por dos sacerdotes ortodoxos rumanos el viernes 15, por la paz en España y los caídos de ambos bandos en la Guerra Española, con la asistencia de otras personas más y de nuestro Noviciado, acto religioso del cual ya se dio noticia anteriormente.
Misa del día de Navidad 2019
“En el principio era el Verbo… y el Verso hizo carne” (Jn 1,1). Así se abre el Evangelio de hoy, como anunciándonos la misión fundamental encargada al enviado del Padre. Ese Niño que ya reposa entre las pajas de un establo porque nosotros no le dimos otro aposento, es la Palabra que dio y sigue dando vida al mundo, la que mediante ella creó y modeló al hombre; la que siendo Verbo y Palabra del Padre, se hace también Palabra encarnada para el hombre. La que antes y después de este acontecimiento que hoy volvemos a celebrar es la Palabra sobre la que reposa cuanto existe en los cielos y en la tierra, y fuera de la cual o contra la cual nada subsiste. _x000D_ Dios no es sólo el Ser que, mediante ella, da vida a los mundos y las criaturas; el que crea, en el hombre, una criatura semejante a Él para que encarne y sea reflejo de sus perfecciones, sino el que dirige sus pasos y permanece ante él como referencia y medida de la verdad de las palabras y obras que realiza. Desde que poseemos esta Palabra de Dios nosotros hemos conocido el único itinerario seguro de nuestra existencia, frente a tantas otras palabras que se han volcado sobre nosotros._x000D_
Ya desde el principio había llevado a cabo este designio. Lo había hecho a través de todas las palabras de la revelación y de los profetas, que sin embargo no parecieron muy eficaces. Por eso se nos envió la Palabra Suprema con la que Padre confió el poder remover las profundidades del hombre. Lo explicó la misma Palabra, el Verbo de Dios: envió algunos de sus siervos a su viña para recoger los frutos que le pertenecían, pero los maltrataron. Envió otros con los que hicieron lo mismo. Por fin envió a su Hijo, confiando que le respetarían, pero le quitaron la vida para apoderarse de la viña._x000D_
Ahora bien, después de esa Palabra no hay otra, porque Dios sólo tiene una Palabra para el hombre. Palabra sin alternativa. Ella abarca la visión y el destino real del hombre y de su existencia. Palabra que anuncia la Verdad, la Plenitud, el Sentido de todas las cosas. El conjunto de lo que existe, cada realidad que tenemos ante nosotros, sólo puede tener un significado: el que recibieron en el momento de su formación por el Poder y la Sabiduría creadoras. Nadie modifica esa realidad original._x000D_ En Dios no hay cambio ni evolución. En las obras de Dios tampoco. Puede cambiar en ellas lo accidental, su apariencia; pueden, y deben, crecer en perfección de acuerdo con su propia naturaleza. Pero no podemos, y ello vale especialmente para el hombre, modificar nuestro modo de ser esencial. No podemos reinventarnos permanentemente, dándonos una interpretación o un finalismo a la medida de los cambios que se sucedan en torno a nosotros, si esos cambios alteran la estructura esencial recibida con la naturaleza que se nos dio: “la palabra de Dios permanece para siempre” (Is 40,6)…, porque “Yo Soy el que Soy” (Ex 3, 14) es decir, entre otros sentidos: Soy siempre y permanezco idéntico a Mí mismo. De igual modo vosotros, porque estáis hechos a mi imagen. Por igual razón, mi ley hacia vosotros no es caprichosa sino que responde exactamente a vuestra naturaleza, y no admite ninguna modificación sustancial._x000D_
Por eso, nadie puede alterar la constitución ontológica y espiritual que ha recibido de Dios, ni sus finalismos, ni la interpretación que Él mismo ha dado de ellos, a riesgo de dejar de ser lo que somos. Cuando a pesar de todo sucede, sin rectificación por nuestra parte, ocurre lo que escucharemos en un momento decisivo: “no os conozco” (Mt 25, 12), porque vosotros no me habéis reconocido a Mí ni a vosotros mismos en la realidad que recibisteis de Mí._x000D_ Así pues, el Verbo, la Palabra, se hizo hombre y habitó entre nosotros. Calle, pues, el hombre y hable el Verbo, hable la Verdad. ¿Dónde iremos, qué podremos esperar, qué destino nos espera si prescindimos de esa Palabra eterna, infalible, la que ha hechos surgir y dirige la constitución y el curso de los mundos? La libertad de las conciencias humanas no justifica en ningún caso que nosotros podamos elegir frente a ella nuestro propio camino. Esa Palabra, que se ha manifestado como el Amor, la Sabiduría y el Poder supremos que han actuado en el mundo, vino y permanece entre nosotros para mostrarnos los caminos de la prudencia, que son los caminos de la verdad y de la sensatez._x000D_
Mediante esa Palabra, que es Palabra divina y por tanto la única verídica y exacta, Cristo se convierte en el guía de nuestra salvación” (Hbr 2, 10), en el Maestro, inspirador y conductor en todo el ámbito de lo que necesita ser iluminado y salvado. Porque “nadie puede poner otro fundamento que el que ha sido puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3, 10-11). Él “es el gran artesano del orden y la paz sobre la tierra, porque es Él quien conduce la historia humana” (Mensaje final del Concilio a la humanidad… A los gobernantes, 3)_x000D_
“La Palabra del Señor permanece para siempre” (Is 40, 8). Por ella “Yo soy la Luz del mundo”, y por ella, que es Palabra omnipotente, descendida del cielo, “se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Sobre ella Yo llevo la historia del mundo. Por eso decía también el Concilio en la Gaudium et Spes: “la Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro” (v GS, 22). Son también las palabras con que empieza la encíclica Redemptor hominis, de Juan Pablo II._x000D_
Todo lo hemos recibido de la plenitud de esa Palabra que hoy aparece en Belén. Todas las demás, incluidas las que, al margen de ella, estamos pronunciando en los tiempos presentes, son totalmente estériles o antagónicas a la causa del hombre. Es la Palabra que “existía desde el principio” (Jn 1, 1), sobre la cual Dios ha llevado a cabo la creación del mundo y del hombre. Sobre ella subsistimos, o al margen de ella perecemos. Hoy la vemos brillar sobre nosotros, como Luz y como Ley del mundo. Porque “la Palabra se hizo carne” (Jn 1, 14) en el Verbo de Dios hecho Hombre, la que los hombres ha podido ver y tocar, escucharla de sus propios labios, entrar en contacto directo con Ella, y percibirla directamente en su interior. Esa Palabra que define a Dios y al hombre en Él. Después de Ella no son necesarias más palabras. Las que se le han dicho son todas las necesarias para que el hombre se sitúe ante sí mismo, se reconozca y se autogobierne. Es la Palabra que se convierte en “la sabiduría que abre la boca de los mudos y suelta la lengua de los niños” (Sb 10, 21). La Palabra que nos ha permitido “contemplar la gloria del Unigénito del Padre” (Jn 1, 14). Ella es también nuestra gloria, y el camino a la única verdad y vida a la que estamos llamados. _x000D_
Este es el Cristo que hoy sigue naciendo para nosotros, Palabra y Sabiduría que habla en todos los tiempos, portador de toda verdad acerca de toda realidad. El que ha venido como “padre del siglo futuro y príncipe de la paz” (Is 9, 6). Sabemos, por tanto, en qué dirección mirar._x000D_
Navidad – Misa del Gallo (2019)
Queridos hermanos:
Como los pastores de Belén de los que nos ha hablado el Evangelio (Lc 2,1-14), repartiéndose entre el descanso y los turnos de vela para custodiar el rebaño, nosotros nos encontramos en medio de la noche: en medio de la noche física, por una parte, pues estamos reunidos aquí a estas horas; y en medio de la noche moral y espiritual, ya que esperamos la luz de la aurora que ilumine nuestra vida con un sentido que le dé plenitud.
Los pastores conocían bien la realidad de la noche y sus peligros. Por eso guardaban por turnos el rebaño, previendo posibles asaltos de ladrones o de animales salvajes que pudieran atacar las ovejas. Nosotros, a su vez, nos vemos con frecuencia atemorizados por la incertidumbre de nuestro futuro y ante las realidades de la sociedad en que vivimos, las cuales nos espantan muchas veces.
Y en medio de esa noche, un ángel se apareció para anunciarles la buena nueva del Nacimiento del Salvador, del Mesías Redentor, del Hijo de Dios encarnado. Dice el monje y Doctor de la Iglesia San Beda el Venerable que la Providencia divina lo dispuso así porque “convenía que, cuando el gran Pastor de las ovejas –Cristo–, es decir, el alimentador de las almas de los fieles, hubiera nacido en el mundo, dieran testimonio de su nacimiento unos pastores que velaban sobre su rebaño” (Homilías sobre los Evangelios, lib. I, hom. 6). San Ambrosio de Milán, por su parte, señala que Dios busca a los sencillos y así lo mostró manifestándose a los pastores (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, lib. II, 53).
San Lucas refiere que cuando el ángel se les apareció y la gloria del Señor los envolvió de claridad, ellos se llenaron de gran temor. En ocasiones, nosotros sentimos temor y, más aún, auténtico miedo, pavor y hasta pánico por la noche ambiental en que vivimos, por este tiempo en que el pecado y la impiedad parecen campar a sus anchas en la sociedad actual. Sin embargo, y esto debería ser más terrible para nuestras conciencias, a veces nos acostumbramos a ese ambiente y comenzamos a sentirnos cómodos en él, nos queremos adaptar a él y da la impresión de que incluso quisiéramos pactar y confraternizar con él. Cuando esto sucede entre hombres de Iglesia, es aún más escandaloso.
En esa situación, la luz de Dios nos permite ver con claridad nuestra triste realidad, descubrimos el fango del pecado ambiental y personal y cómo nos hemos ido dejando caer y arrastrar, y esto nos produce espanto. Nos causa temor el resplandor de la luz celestial que, de repente, alumbra nuestras almas y da claridad a nuestras conciencias. Pero ahí, en ese momento, el mensaje de paz y alegría, el anuncio de salvación y la llamada a la conversión que se nos trae –como les sucedió a los pastores–, debe infundirnos confianza y esperanza en el Dios Amor que viene a visitarnos, a rescatarnos de nuestra miseria y a elevarnos hasta Él. Las palabras del ángel, que vienen de Dios, resuenan entonces en nuestro interior: “No temáis”.
Fue la misma idea y el mismo mensaje que San Juan Pablo II proclamó con voz potente al ser elegido Papa y que repetiría frecuentemente: “¡No tengáis miedo!”
En efecto, el ángel de Dios nos despierta del sueño: “No temáis, no tengáis miedo”, porque Dios ha venido a rescataros, porque se ha acordado de vosotros, porque os ha enviado a su Hijo para salvaros, porque va a enviaros al Espíritu Santo para que haga fructificar en vuestras almas y en la Iglesia la obra redentora de Jesucristo. No tengáis miedo a desataros del pecado que os envilece; no tengáis miedo a los sistemas políticos y económicos que oprimen al hombre y que pretenden borrar el nombre de Dios de la faz de la tierra; no tengáis miedo del ambiente social que embrutece al ser humano y que destruye la inocencia de los niños y el ardor de la juventud. ¡Dios es más fuerte, Dios ha enviado a su Hijo para salvaros! ¿Por qué tener miedo?
Es, efectivamente, la paz y el gozo que transmite el ángel: “Os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David (Belén), os ha nacido un Salvador; el Mesías, el Señor”.
Cristo, como anunciaba el profeta Isaías en la primera lectura (Is 9,2-7), es el “Príncipe de la paz”. Si bien el nombre salvador de Jesús traerá división (Mt 10,34-35; Lc 12,51-53), porque los obstinados en el pecado y en el mal, instigados por el demonio, se opondrán a Él con todas sus energías –como tantas veces podemos comprobar en nuestro tiempo–, sólo Él es capaz de traer la paz profunda y la alegría más íntima a las almas. Por eso, precisamente, quien procura suscitar el odio y la envidia, la soberbia y el pecado, es decir, Satanás, promoverá el rechazo a Cristo entre los hombres.
Pero no tengamos miedo, como nos ha dicho el ángel. “Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera”. Y lo hace desde un humilde pesebre, dentro de un refugio encontrado por San José para que se guarezca de la noche y del frío, porque para la Sagrada Familia no ha habido posada. Cristo salva y triunfa desde la sencillez, desde la pequeñez, desde la humildad, desde la pobreza. Él busca las almas sencillas y humildes y en ellas reina, trayendo a ellas la paz y la alegría espiritual, porque en ellas ha venido a morar su Salvador y Redentor. Abramos, pues, como María y José, y como los pastores de Belén, nuestras almas a Jesucristo, para poder unirnos así a los ángeles en esta “noche santa” y cantar con ellos: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”.
Que el Niño Jesús os bendiga y os conceda una Feliz Navidad.
Encuentros de Nova Schola y Camerata Benedictina. Schola Antiqua
El fin de semana del 8 al 10 de noviembre, un grupo de integrantes de “Nova Schola”, formación coral de antiguos escolanos del Valle de los Caídos de entre 17 y 21 años, estuvo de convivencia en las instalaciones de la Escolanía, ensayando para futuros conciertos y cantando en la Basílica para suplir el fin de semana libre de los niños actuales. El fin de semana del 29 de noviembre al 1 de diciembre, los chicos de “Camerata Benedictina”, también bajo la dirección de D. Raúl Trincado y que agrupa a los escolanos de las promociones más recientes (15-17 años), tuvo un encuentro en la Escolanía con sus antiguos compañeros y para una serie intensa de ensayos, colaborando asimismo en el canto litúrgico en la Basílica. Ya es la tercera vez que este grupo más reciente se reúne en la Escolanía. A todos éstos más recientes hay que sumar la prestigiosa “Schola Antiqua”, cuyo director D. Juan Carlos Asensio y algunos de los integrantes han realizado algunas visitas a la Abadía recientemente.
Visita del Noviciado de Silos a la Abadía del Valle de los Caídos
El jueves 14 de noviembre, el Noviciado de nuestra casa-madre, la Abadía de Santo Domingo de Silos, nos visitó por la mañana, siendo recibido por los monjes de nuestra Comunidad y especialmente por nuestro Noviciado, para que así las nuevas vocaciones de uno y otro monasterio pudieran conocerse entre sí. Visitaron además la Basílica y la cúpula de la misma, la biblioteca y otras dependencias del monasterio, y participaron en la Santa Misa conventual de 11 h. Luego marcharon para visitar a la Comunidad del Monasterio silense de Nuestra Señora de Montserrat de Madrid, cuyo P. Prior también vino acompañándoles al Valle. Fue un bonito día de encuentro fraterno de las dos comunidades.








