El lunes 9 de abril y el miércoles 9 de mayo, respectivamente en las parroquias madrileñas del Buen Suceso y de San Germán y en ambos casos por la tarde, el Superior de la Comunidad benedictina del Valle de los Caídos, P. Santiago Cantera, impartió sendas conferencias sobre “La acción social de la Iglesia en la Historia”, a partir de su libro sobre el mismo tema, editado como nueva versión sobre el asunto por Digital Reasons (Madrid, 2016; de 2005 en Voz de Papel fue la precedente “Historia breve de la caridad”). Estas publicaciones y el ciclo de conferencias sobre el tema, de las cuales la primera este año tuvo lugar el jueves 18 de enero en la Basílica de la Concepción de Madrid, forman parte de las actividades externas correspondientes a uno de los fines fundacionales del Valle de los Caídos, cual es el Centro de Estudios Sociales.
Profesión solemne de Fr. Miguel Torres, monje del Valle de los Caídos
El sábado 5 de mayo a las 11 h., solemnidad de Nuestra Señora del Valle, Fr. Miguel Torres hizo su profesión solemne como monje de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos. La Misa en la Basílica, en la que tuvo lugar la ceremonia, fue celebrada por el P. Superior de la Comunidad benedictina y en ella participaron numerosos sacerdotes, amigos del nuevo profeso solemne, y fue cantada por la Escolanía. Asistieron también los familiares y otras personas cercanas a Fr. Miguel y a la Abadía. Al final de la Misa, como ya se viene haciendo desde hace unos años en la solemnidad de la Virgen del Valle, se hizo una ofrenda floral ante su imagen en la Basílica, obra del valorado escultor Ramón Lapayese.
Fiesta del Obispillo
El martes 1 de mayo se celebró en la Escolanía del Valle de los Caídos la tradicional Fiesta del Obispillo, de orígenes medievales, según se explica en otro lugar de esta página web. La toma de posesión del Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispillo, Monseñor Fran G. H., acompañado de su Vicario, el Ilustrísimo Señor Rafael F. B. (el primer miembro de una terna africano, concretamente de origen ecuatoguineano), y de su Secretario, el Ilustrísimo Señor Santiago T. P., tuvo lugar en la Capilla de la Virgen del Pilar antes de la Santa Misa conventual de 11 h., cuya procesión de entrada estuvo presidida por la terna. Después de la Misa y de las fotos de rigor, las familias visitaron la cúpula y a continuación tuvo lugar el beso del anillo y el reparto de golosinas para todos los niños en el claustro de la Escolanía. Tras la comida familiar de hermandad en la Hospedería, el acto de la tarde se celebró a las 16 h. en el Salón de Actos: el Sr. Obispillo leyó el pregón y luego los escolanos de 2º de ESO representaron una obra de teatro compuesta por el profesor de Lengua y Literatura, D. Jorge M. Q.: “La galería”. Como siempre, al término del teatro se procedió a la entrega de trofeos deportivos y de diplomas y premios del área escolar, para finalmente concluir con algunas canciones dirigidas por los alumnos de 2º. Después del acto, las familias organizaron una simpática gymkana y juegos en el patio de la Escolanía y en los campos de deportes. La jornada concluyó con el canto de las flores a María en el claustro del monasterio, pues durante todo el mes de mayo tiene lugar este bello acto de piedad mariana a las 21,30 h., antes del rezo de Completas: los monjes entonan primero un canto gregoriano a la Virgen y a continuación los niños de la Escolanía hacen lo propio con un canto monódico o polifónico.
Corpus Christi 2018. Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Queridos hermanos:
La Eucaristía es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana”, según la definió el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 11), porque ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 5). Por eso decía San Ireneo de Lyon en el siglo II que es el compendio y la suma de nuestra fe. Es “el misterio de la fe” o “el sacramento de la fe” (mysterium fidei), como proclama el sacerdote en la consagración.
En consonancia con esto, San Juan Pablo II afirmó que “la Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia” (Ecclesia de Eucharistia, 2003, n. 1). Y Benedicto XVI, recogiendo la denominación ofrecida por Santo Tomás de Aquino, señaló: “Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre” (Sacramentum caritatis, 2007, n. 1). Por su parte, el Catecismo Romano publicado tras el Concilio de Trento enseña que la Eucaristía es el más excelso de los siete sacramentos, porque contiene a Jesucristo mismo, autor de la gracia y de los sacramentos.
Las lecturas de hoy, tomadas del Éxodo (Ex 24,3-8) y de la carta a los Hebreos (Hb 9,11-15), así como el salmo que se ha cantado (Sal 115,12-13.15-18), introducen al texto del Evangelio de San Marcos que hemos escuchado (Mc 14,12-16.22-26). Todas ellas nos muestran que la Eucaristía es el Sacrificio de la Nueva Alianza instituida por Jesucristo con su Sangre. Y por eso se dice correctamente que la Santa Misa es la renovación y actualización del mismo Sacrificio de Cristo en la Cruz, así como de su Resurrección y de su Ascensión a los Cielos. Cada vez que se celebra la Santa Misa, sobrepasando el tiempo y el espacio, nosotros nos hallamos presentes en todo este misterio.
Cristo se ofrece en la Eucaristía a la vez como Víctima, Sacerdote y Altar; se ofrece a Sí mismo al Padre por nosotros. Él es la Víctima, la Hostia pura, la Oblación perfecta y única que puede mediar entre Dios y los hombres porque es a la vez verdadero Dios y verdadero Hombre; el único Mediador es Víctima y Sacerdote, porque ofrece el Sacrificio y éste no es otro que la ofrenda de Sí mismo. Y Él mismo es también el Altar sobre el que se celebra el Sacrificio: Él ofrece su propio Cuerpo y sobre su Cuerpo se derrama su propia Sangre.
¿Cómo debemos, en consecuencia, obrar nosotros ante la Eucaristía, tanto en la Santa Misa como al encontrarnos ante Jesús Sacramentado reservado en el sagrario o expuesto en la custodia?
Nuestra actitud debe ser de amor, de adoración y de agradecimiento, que debemos expresar incluso físicamente, porque Él se ha quedado con nosotros en el Pan y el Vino consagrados para que podamos verlo y gustarlo alimentándonos de Él. Siempre que nuestras condiciones físicas lo permitan, debemos arrodillarnos ante Él, sobre todo en el momento de la consagración en la Santa Misa y cuando se encuentra expuesto en la custodia, al menos al principio y al recibir su bendición. Debemos hacer la genuflexión ante el sagrario donde queda reservado, o una inclinación si no podemos físicamente hacer la genuflexión. Debemos hacerle compañía cuando está expuesto en la custodia o reservado en el sagrario, orando ante Él con devoción. Debemos recibirlo en la comunión estando en gracia de Dios, sin pecado mortal, recordando a Quién recibimos y con el alma enamorada de Él. Debemos acudir a recibirlo y presentarnos ante Él decentemente vestidos: ¡cuidado con las modas del verano, no perdamos el sentido de lo sagrado y de que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo! (cf. 1Cor 6,19-20). Debemos recordar con cuánta delicadeza y ternura han de tratarlo los sacerdotes, cuyas manos han sido ungidas para conferir este Sacramento y tratar con las especies consagradas, e igualmente los diáconos, a quienes se ha ordenado para el servicio del altar y de la comunidad.
Para terminar, quiero agradecer a los padres de los escolanos actuales y de los candidatos para el curso próximo que nos hayáis confiado a vuestros hijos para poder formar parte de una Escolanía cuya finalidad no es otra que dar culto a Dios, sirviéndole de un modo especial en la celebración de estos santos misterios, realzando la Santa Misa y reverenciándolo en la Sagrada Eucaristía. Y quiero también exhortaros a que, durante el verano, prosigáis en vuestros hogares la misma obra: llevad con vosotros a Misa a vuestros hijos, cultivad en ellos y en vosotros la vida espiritual, rezad con ellos, animadles a confesarse y confesaros vosotros. Que la vida de la gracia que aquí queremos alentar en ellos no se quede de repente cortada al llegar a vuestras casas en vacaciones. Si el ser humano olvida a Dios en su vida, lo ha perdido todo, aunque crea haber ganado el mundo. Sólo Dios da sentido a nuestras vidas y sólo Dios podrá llenar de verdad vuestros corazones y los de vuestros hijos.
Al final de la Santa Misa de hoy, acompañemos todos procesionalmente a Jesús Sacramentado y hagámoslo con María, la Mujer Eucarística, como la han definido los Papas recientes.
Toma de hábito de Fr. Carlos
Querido Fr. Carlos:
Dirigiéndose San Juan Crisóstomo a los padres paganos que se oponían a que sus hijos abrazasen el estado monástico, señalaba el hábito como signo de pobreza y del cambio de vida que implica el monacato y ensalzaba su valor por encima de las ricas vestimentas de los emperadores, advirtiendo que éstas no les convertían en seres admirables, mientras que “el monje, en cambio, en solo su hábito, lleva muchos motivos para que se le admire. Luego, si nadie admira al rey porque se vista de púrpura y todos se maravillan del hábito del monje, síguese que el sayal hará más conspicuo y glorioso a tu hijo [monje] que la púrpura del emperador” (Contra los impugnadores de la vida monástica, discurso II, 6).
Podríamos decir que el monacato nació con el hábito puesto, a la par que el hábito definía al monacato ante el resto de los hombres como signo externo de un modo de vida que suponía entregarse de lleno a la búsqueda de Dios en el seguimiento y la imitación de Cristo orante, pobre y penitente. Los Padres del Desierto, con su “melota” característica, habían puesto sus ojos en los vestidos de Elías, Eliseo, las comunidades veterotestamentarias de profetas y San Juan Bautista: un manto, unas pieles, la descalcez… Todo ello exteriorizaba la austeridad y el desprendimiento de una vida que anhelaba alcanzar el Cielo. Aquellos antiguos monjes dieron con frecuencia un significado espiritual a cada pieza del hábito, como lo exponen Evagrio Póntico (Tratado Práctico, prólogo) y Juan Casiano (Instituciones cenobíticas, lib. I). Y Nuestro Padre San Benito, a quien el monje Román le impuso el hábito (San Gregorio Magno, Diálogos, II, 1), entiende que el abandono de las vestimentas seglares para recibir las monacales conlleva un cambio total de vida (RB 58, 26-28).
Esta doctrina antigua conserva a día de hoy toda su perennidad y actualidad, pese a las versiones secularizadoras de la vida religiosa consagrada y a la práctica más común a la que éstas han llevado. De hecho, el valor del hábito ha quedado realzado por el Magisterio reciente de la Iglesia: bastaría con recordar las enseñanzas del Concilio Vaticano II (Perfectae caritatis, n. 17) y de los Papas recientes (Bto. Pablo VI, Evangelica testificatio, n. 22; S. Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 25); todos ellos lo han definido como “signo de consagración” y han pedido vivamente su uso a los religiosos y a las religiosas.
Hoy, querido Fray Carlos, vas a recibir el hábito monástico como signo de la nueva vida que deseas abrazar. La Iglesia establece unos tiempos prudenciales de discernimiento y progreso en la vocación religiosa, pero todos queremos confiar en que la gracia de Dios se irá derramando sobre ti en cada paso y podrás ser un buen monje, viviendo las virtudes que el santo hábito exige. No dudes que, si bien es cierto que “el hábito no hace al monje”, contribuye a hacer al monje y le ayuda. El fundador de nuestra Congregación Solesmense, Dom Guéranger, lo consideraba “signo visible de la separación del mundo” y pedía a los monjes un soberano respeto hacia él (Notions sur la vie religieuse et monastique, I, 1). Dom Delatte, en su Comentario a la Regla, dice que “nos recuerda también y sin cesar nuestra condición sobrenatural: […] nos advierte que no somos ya del siglo y que hay mil cosas mundanas a las que hemos dicho adiós. […] Por razón misma de esta bendición [en la ceremonia de imposición] que le hace llegar a ser un sacramental, nuestro hábito nos protege, es parte de nuestra clausura y la perfecciona: nos retiene en la dulce cautividad de Dios” (cap. 55).
No dudes que, ciertamente, el hábito se puede constituir en una guarda personal de tu clausura, porque, dentro y fuera del monasterio, él te recordará constantemente que perteneces a Dios y no al mundo, que has entregado tu vida a Cristo, que a tu consagración son ajenas las costumbres que en los seglares pueden ser legítimas, que no puedes ir o frecuentar ciertos lugares que una vestimenta seglar te permitiría. No dudes que el hábito puede evitarte muchas ocasiones de pecado, porque te recordará tu condición de consagrado. Y si bien puede alguna vez suscitar una burla, comprobarás que estás serán muy escasas y que, por el contrario, se multiplicarán por mil los beneficios espirituales que, al llevarlo, Dios concederá a tantos seglares, para los cuales, en medio de una sociedad que ha perdido prácticamente el referente y el sentido de lo sobrenatural, será cuanto menos el testimonio silencioso pero elocuente de la existencia y de la primacía de Dios, que es la esencia misma de la vida monástica.
Por nuestra parte, no dudes que rogaremos a Santa María, Reina de los monjes, para que en esta fiesta de la Visitación a su prima Santa Isabel, interceda ante Dios para que te conceda la fidelidad en el camino de tu vida monástica.
Actuaciones de la Escolanía del Valle de los Caídos en abril
El sábado 14 de abril por la tarde, la Escolanía del Valle de los Caídos llevó a cabo dos actuaciones musicales de carácter distinto: por una parte, los niños pequeños ofrecieron un musical sobre “El Rey León” en Alpedrete (Madrid), bajo la dirección de D. Raúl N. Trincado Dayne, director de polifonía; por otro lado, los alumnos veteranos interpretaron canto gregoriano en una Misa en Montiel (Ciudad Real), dentro de un ciclo sobre el Montiel medieval, y en este caso lo hicieron dirigidos por el P. Laurentino Sáenz de Buruaga.








