El jueves 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, ingresó en la Abadía benedictina de Santa Cruz del Valle de los Caídos un nuevo postulante. Se trata de D. Javier Expósito, sacerdote natural de Jaén e incardinado en la diócesis de Getafe, en cuyo seminario precisamente se había formado. Actualmente se encontraba al cargo del Santuario del Cerro de los Ángeles, donde era muy apreciado como confesor. Es además licenciado en Filología y domina varias lenguas extranjeras, entre ellas el sueco. Con él son en total cuatro las personas que se encuentran en el Noviciado, dos de ellos ya novicios y otros dos postulantes, a la espera del ingreso de otro sacerdote joven en enero próximo, Dios mediante.
Grupos de peregrinos a inicios de noviembre
El jueves 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, acudieron casi 40 peregrinos de Italia a la Santa Misa conventual de 11 h. en la Basílica del Valle de los Caídos.
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El sábado 3, asistieron alrededor de 50 peregrinos franceses, con un sacerdote a la cabeza, el cual es ya conocido de la Comunidad benedictina por su asiduidad en venir con grupos de Francia. Este día también estuvieron presentes numerosos fieles que quisieron unirse a la Santa Misa ofrecida por todos los Caídos de uno y otro bando en la Guerra Española de 1936-1939.
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El domingo 4 de noviembre, la Basílica estuvo abarrotada de fieles en la Santa Misa de 11 h. y muchos hubieron de quedar de pie. Este día coincidieron grupos de peregrinos provenientes de Italia, Lorca (Murcia) y varias localidades de Granada, pero el grupo más grande fue sin duda el llegado desde Portugal.
Domingo XXXI del Tiempo Ordinario
Hermanos: La Palabra de Dios que hemos escuchado es posible que nos haya dejado un poco indiferentes, pues, en ocasiones, la primera sensación que nos dan los mandamientos es de carga pesada y molesta. Pero si la releemos con calma la sensación va cambiando. También es cierto que para calar en muchos textos de la Sagrada Escritura nos tenemos que ayudar de comentarios, aunque no todos son buenos o acertados.
La primera cosa que hemos de considerar es de quién proceden los mandamientos. Dios es quien ha promulgado los mandamientos, pero no porque necesite Él establecer una especie de carrera de obstáculos para comprobar quién es capaz de mantenerse en pie y llegar a la meta. Dios nos conoce a fondo, y en todo caso el examinar nuestra conducta, diaria y aún constantemente, nos conviene a nosotros hacerlo para no salirnos de esta vía segura y sabia que Dios nos ha revelado para nuestro bien.
Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. No podía darnos mayor dignidad ni tampoco una muestra de amor más grande. Pero hemos de evitar que la imaginación nos traicione y nuestra inteligencia acepte como real el espejismo de considerar mirar a Dios bajo el prisma de nuestra pequeña naturaleza humana. A partir de ponernos a la altura intelectual de Dios podríamos considerar cantidad de disparates que nos ofrece generosamente nuestra imaginación como es considerar que Dios es demasiado intervencionista llevando cuenta de las más mínimas acciones. Bajo este aspecto se me hace molesto Dios, al que no tengo más remedio que confesar que existe. También la imaginación, aliada con nuestro egoísmo, puede llegar a pensar que hoy día las cosas han cambiado mucho y los mandamientos ya no son un referente válido en la sociedad actual; en todo caso serían una pauta indicativa o ideal que habría que ir acomodando cada uno a su caso: ‘no como otros, que jamás serán personas adultas, pues no saben trazarse sus propias metas como es propio del que ha llegado a la madurez de su personalidad’.
Para llegar a tener una imagen de Dios que corresponda a la realidad, es decir, a un conocimiento verdadero de Dios, hemos de saber primero dónde podemos encontrar una fuente fiable de información. No basta con buscar entre los sabios de este mundo, o en los libros que nos han legado, el verdadero conocimiento sobre Dios, el más auténtico que el hombre pueda tener del totalmente Otro. Sólo si Dios se digna darse Él mismo a conocer podremos alcanzar ese conocimiento profundo y válido de Dios. Es lo que, en su divina misericordia, se ha dignado revelarnos a través de los libros inspirados de la Sagrada Escritura, que a pesar de estar escrita por hombres reconocemos que el conocimiento que allí se contiene no proviene de ciencia humana adquirida por el simple raciocinio. Y no sólo contamos con nuestra comprobación racional, sino que a través del ministerio de los obispos juntamente con el Papa, que en virtud de la sucesión apostólica recibida en la imposición de manos tienen el carisma de enseñar las verdades de fe y moral infaliblemente, sabemos que la Biblia no se halla en el mismo nivel que los demás libros escritos por los hombres, sino que nos transmite un conocimiento sobrenatural que el hombre no puede alcanzar por sí mismo.
Pero la Biblia no es simplemente una fuente de información. Es mucho más. El conocimiento sobrenatural no se dirige sólo a la razón humana. Compromete al hombre entero y llena toda su existencia, sin privarle de su libertad. Todavía más. La libertad del hombre sale fortalecida y enriquecida, porque si nos dejamos llevar por el Espíritu que nos ilumina cuando leemos la Biblia con la conciencia de que es Palabra de Dios y con el deseo de recibir su luz y su fuerza para ponerla en práctica, entonces nos liberamos de nuestro egoísmo y de aquellas influencias externas que nos esclavizan.
Desde esta perspectiva los mandamientos no son yugo esclavizador ni carga insoportable. Son, más bien, la participación en la sabiduría y en la santidad de Dios. Por los mandamientos tiene acceso a Dios tanto el santo como el pecador. El primero para adentrarse más en el ser divino, porque el amor a Dios no sólo es el primer mandamiento en el orden en que los nombramos, sino que además es el principal como dice san Mateo en el pasaje paralelo al proclamado hoy. Y esto lo saben muy bien los místicos mucho más profundamente que nosotros, quienes han hecho suyas esas palabras del salmo responsorial que se ha cantado: “Dios mío, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora… Invoco al Señor de mi alabanza”. De tal manera han hecho suyos el primer mandamiento y el segundo que le llaman a Dios “el Señor de mi alabanza”, porque toda su vida es una alabanza de esa acción continua de Dios que le permite, como hemos dicho en la oración colecta de esta Eucaristía, “hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles”. Para el santo los mandamientos son como un ordenamiento celestial en el que si el hombre libremente entra se encuentra feliz al verse realzado a una categoría divina. Se cumple así la Palabra de Jesús en esa revelación cumbre de la última Cena: “Vosotros no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia” (Jn 15,19).
El que se llama elegido de Dios y comunica mensajes supuestamente transmitidos por Él, pero no practica los mandamientos, sino que se permite y encubre o justifica el incumplimiento de alguno de ellos, es inequívocamente un impostor. No podemos caer en el fideísmo con respecto a estos líderes religiosos falsos. Si a un político no se le consiente comportamientos claramente injustos, cuánto más escandaloso y delatador de su falsedad es encontrar dicha contradicción en un supuesto enviado de Dios.
¿Y para el pecador? Para la mayoría de nosotros, que entramos y sobre todo salimos con frecuencia de este camino real que conduce a Dios, los mandamientos es inevitable que nos produzcan amargor muchas veces, pero eso es buena señal. Porque nos hace percibir nuestra mala salud espiritual. Es la voz de alarma que nos avisa de que algo estamos haciendo mal, de que andamos por camino equivocado.
Qué diferente perspectiva, a la de nuestra imaginación contaminada por el mal, es la que nos brinda la Palabra de Dios. Sólo con la ayuda de Dios logramos andar por el camino correcto –“sin Mí no podéis hacer nada” y hasta podemos prestarle al Señor un servicio digno y agradable. El que anda por el sendero de los mandamientos de Dios obtiene los bienes que nos ha prometido. Pero aquellos que se fían totalmente de Dios y que creen que los mandamientos de Dios siempre han sido la única orientación válida de la vida humana, nunca como ahora, en esta época contaminada por las ideologías que esclavizan al hombre, una época en la que se manipula el lenguaje para presentarnos como buenas o inocuas los más deshumanizadores comportamientos, ahora es cuando resulta más necesario que nunca adherirnos a los mandamientos de Dios para no andar a la deriva.
Estamos celebrando la entrega plena y total de Jesús al Padre en el sacrificio de la Cruz. Entrega ejemplar que hace posible nuestra propia entrega, y que la reclama, para que podamos tener parte en su herencia bienaventurada. ¡Qué dolor será para el Señor que salgamos de esta Eucaristía sin haber sido tocados en lo íntimo por ese amor, que le ha llevado a compartir con nosotros el secreto íntimo para ser el Hijo muy amado del Padre: su obediencia hasta la muerte y muerte de cruz! Jesús espera que por la comunión sacramental, o al menos espiritual en la que tenéis que desear reconciliaros cuanto antes con Él, los mandamientos que Él nos ha ofrecido como la manifestación de su propia santidad nos los tomemos, como diría nuestro Padre san Benito, como un camino por el que se corre, dilatado el corazón, con inenarrable dulzura de caridad, participando, sí de los sufrimientos de Cristo, pero para merecer también acompañarle en su Reino (Regla, Prólogo 49-50). En consecuencia, no será la misma la bienaventuranza del que se ha esforzado en cumplir los mandamientos aun a costa de no comprender muchas veces con su razón todas sus exigencias, pero optó por fiarse de Dios, y la de aquel otro que se ha guiado por sus preferencias y su manera de entender la vida, y al final se arrepiente de no haber sido fiel a Dios. No será lo mismo contemplar y gozar de Dios con claridad y cercanía que entre nebulosas y a distancia.
Funeral por todos los Caídos
Desde hace tres años la Basílica del Valle de los Caídos viene celebrando en este día el funeral por todos los Caídos en la guerra española. La comunidad de monjes recibió desde su fundación el encargo de ofrecer anualmente una Misa en sufragio por cuantos cayeron en aquella contienda, significando así la voluntad de hermanar a todos, no sólo ofreciéndoles la misma sepultura común, sino el mismo rito religioso por el que se extiende a todos los hombres el acontecimiento de la muerte y de la resurrección reconciliadoras de Cristo.
Desde una perspectiva a la vez humana y trascendente no es posible invocar una realidad superior a esta para ofrecerla como lugar de encuentro y como garantía para sellar una confraternidad recíproca. Dios mismo no halló otra para demostrar su voluntad de encontrarse con el hombre y de que el hombre sellara la paz con Él. Cuando no se acepta un compromiso de paz junto a un altar, cualquier otro intento resulta estéril.
Pero no sólo una vez por año sino cada día, desde que llegamos hace cincuenta y tantos años, nosotros renovamos esta memoria de todos los caídos en la propia Basílica que los cobija aquí en el Valle. No es un gesto solamente nuestro. La fe cristiana nos dice que aquellos en cuyo sufragio se dice la Misa se unen de alguna manera a la misma. Por eso creemos que ellos y nosotros formamos una sola asamblea en la que participamos, cada uno a nuestro modo, en el mismo sacrificio eucarístico. En él, y en la oración diaria de los monjes, nosotros hacemos presente todo lo que afecta a nuestra comunidad nacional, ahora y en su futuro: el bien, la paz, la prosperidad, la fe de los españoles.
En especial, insistimos en el progreso de la reconciliación y de la convivencia pacífica, también ahora en lo que se refiere a la paz religiosa, sobre la que se ciernen amenazas que se creían superadas, y que se expresan en ese antagonismo hacia los símbolos religiosos y las opciones morales profesadas por tantos cristianos españoles. A pesar de la censura extrema que a veces se expresa en relación al Valle de los Caídos, este lugar ha nacido y ha persistido con una voluntad expresa de ser llamada y conciencia de la necesidad de reconciliación en nuestra sociedad. Esa voluntad que se expresó en los símbolos que una nación de cultura cristiana reconoce fácilmente en su significado reconciliador, como es la Cruz, pero también en la inspiración y en los fines que expresaban la razón de ser de este monumento.
Fines que se centraron en la voluntad expresa de contribuir a superar los desgarramientos internos de la sociedad española. El mensaje de esos símbolos no se refiere a la memoria de un triunfo, sino el llamamiento a nuestra nación para que, sobre la base de una concordia recobrada y sobre un proyecto de magnanimidad y tolerancia recíprocos, recuperara la conciencia de su unidad espiritual y social. Esa es la condición de cualquier proyecto común entre nosotros. Un proyecto que cuente con el factor espiritual porque cuando éste es abandonado, cuando una nación rompe con Dios, corre el riesgo de romperse en sí misma, porque entonces su aglutinante esencial se ha disuelto.
La palabra que nos ha de sanar de nuestras discordias hereditarias no es la que digan las leyes, o los partidos o los formadores de la opinión pública, sino la que pronuncien los corazones y las voluntades dirigidos por el sentido del bien común y por el respeto a la ley suprema de Dios. Entonces estaremos en el buen camino para poner fin de verdad a nuestras contiendas, para sepultar todos los enconos, y para que nos decidamos a consolidar, en lugar de resquebrajar, nuestra convivencia. Todo esto es posible a la sombra de una Cruz, al pie de un altar.
Solemnidad de todos los Santos
En las postrimerías del año litúrgico la Iglesia recoge en una sola fiesta la celebración de todos los Santos ¿Qué representan estas personas, hombres y mujeres, conocidos o no por nosotros, pero reconocidos y especialmente predilectos de Dios y de la Iglesia? No es una porción de privilegiados que hayan sido seleccionados caprichosamente por Dios para darles la corona de la santidad. Son hombres y mujeres que se han hecho a sí mismos santos, sobreponiéndose a la debilidad humana y entregándose a la gracia y a la acción de Dios sobre ellos. Cada uno de ellos ha sido como uno de nosotros, hecho del mismo barro, pero permitieron que esa acción transformara su fragilidad en fortaleza: “Dios los puso a prueba y los halló dignos de Sí; los probó como oro en el crisol” (Sab 3, 5-6). Ello les hizo ‘fuertes en la fe’, que es una de las características de los santos y ha de serlo de todo cristiano.
Es esa fe la que les condujo a la santidad. No sólo porque ella nos muestra la necesidad de conquistarla, sino porque sabemos que la fe implica la vida entera y no es sólo una cuestión de la mente. La fe es un acto vital en el que interviene toda nuestra persona, con la cual prestamos un asentimiento total, que supone al mismo tiempo la aceptación de las enseñanzas de la fe y la concordancia de nuestra vida con ella. Fe es la adhesión a la palabra de Dios que nos dice lo que hemos de creer pero también lo que debemos practicar, cómo hemos de ajustar nuestra existencia a la voluntad de Dios, para que también en nosotros se cumplan las palabras que Cristo hizo propias: “Aquí estoy, oh Dios, como está escrito en mi libro, para hacer tu voluntad” (Sal 39 17).
La fe no nos muestra sólo un conjunto de verdades que nos hablan de Dios, sino que se dirigen también a nosotros, y nos explican cuál es, acerca de nosotros, el pensamiento de Dios, como cuando nos dicen: “Os he elegido del mundo para que deis fruto – de santidad- y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16); de manera que lleguemos a “hacernos santos, sin mancha y sin reproche, en su presencia” (Col 1, 22).
Entramos en comunión con Dios cuando las verdades de fe se convierten para nosotros en verdades de vida, que ponen nuestra existencia en conformidad con esas afirmaciones de la fe. Mediante ellas conocemos a Dios y en Él al modelo primero de toda santidad. Jesús, el Hijo propio de Dios, decía de Sí mismo: “Yo le conozco (a Dios) y guardo su palabra” (Jn 8, 55), de manera que, como expone S. Pablo,“la palabra de Cristo habite en nosotros con toda su riqueza” (Col 3, 16) Ocurre que con frecuencia aceptamos los dogmas de la fe cristiana mediante los que conocemos a Dios, pero nos resistimos a ‘guardar su palabra’, es decir, a vivir según las obras que Él nos ha enseñado a practicar. Son esas obras, hechas según Dios, las que nos hacen crecer en el orden de la santidad.
Santidad que consiste vivir en armonía habitual con Dios, de acuerdo con el designio según el cual “Él nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1, 4). Una santidad que supone el abandonar los caminos que nos distancian de Él y preferirle a todas las cosas, “llevando una vida sobria, honrada y religiosa” (Ti 2, 12). Por eso, los santos son los que se han comprometido totalmente con la vocación humana y cristiana fundamental: la búsqueda de Dios, la imitación de Cristo, la práctica fiel de la ley divina, el seguimiento de lo más perfecto de acuerdo con la imagen divina diseñada en nosotros.
Podríamos decir que hay una santidad elemental que es la que nos permite considerarnos al menos cristianos, y que consiste en la fidelidad a Dios, la adhesión a la fe y al Evangelio, la observancia de la ley natural y de la ley divina, el respeto a nuestra condición de hijos de Dios, la práctica frecuente de los sacramentos y de la oración, el no ocultar nuestra condición cristiana cuando sea preciso dar testimonio de ella.
A todos nosotros se nos ha dicho: “si no te dejas lavar los pies no tendrás parte conmigo” (Jn 13, 8), es decir, si no te dejas limpiar y purificar de tus culpas y de tu inclinación al mal; si no adquieres un corazón y un espíritu en sintonía con el mío, no podrás participar de mi Vida. Ahora bien, este participar de su Vida es nuestra única razón de ser, porque la vida a la que aspiramos no puede ser otra que la que Dios nos ha ofrecido, que es una participación en la suya propia. Fuera de ella toda existencia es quimérica. No participar en ella es la frustración máxima de nosotros mismos. No podemos pensar que se puede prevaricar sistemáticamente de todo lo que vincula al hombre con Dios sin que ello afecte ruinosamente a todas las demás dimensiones de nuestra existencia.
Es la santidad la que nos hace verdaderamente hombres, la que nos da toda nuestra dimensión humana. Porque la santidad es la convergencia del hombre con Dios. Llegamos a poseer plenamente la condición humana en la medida en que nos acercamos a ese modelo de hombre perfecto según Dios. De hecho, Dios aparece en el horizonte del hombre no para desviarle de su trayectoria o para frustrar su proyecto humano, sino para hacerle crecer hasta Él, para darle la medida y la estatura a que está destinado.
Antes o después todos tendremos que reconocer el fracaso de cuanto hemos construido fuera de Dios, de todo lo que no haya sido la búsqueda del reino de Dios y su justicia. Esta es la sabiduría y la lección de los santos: que sólo Dios merece la pena, que ‘sólo Dios basta’.
Participaciones de Lotería Nacional, agendas y calendarios de la Escolanía
Con el fin de obtener recursos con los que poder abaratar los gastos del viaje de fin de curso de los niños, se han elaborado unas participaciones de Lotería Nacional de la Escolanía del Valle de los Caídos, que los propios chavales y sus familias se están encargando ya de vender. También se van a preparar muy pronto agendas y calendarios del año 2013 (éstos serán de mesa o para colgar) y se están estudiando otras posibilidades más.
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Todos los años y con frecuencia coincidiendo con alguna actuación musical, los niños escolanos realizan un bonito viaje de fin de curso como premio a su esfuerzo durante todo el año, bien dentro de España, bien en ocasiones al extranjero. El año pasado se hizo a Bélgica en mayo, aprovechando la invitación para participar en el Festival Internacional de Canto Gregoriano de Watou, y hace dos años fueron a Croacia y Bosnia-Herzegovina, uniendo los conciertos en Dubrovnik y en Medjugorje con la peregrinación y el viaje cultural y lúdico. Los años anteriores se había unido peregrinación, canto y viaje yendo a Fátima y Santiago de Compostela (pasando también por Évora y las Islas Cíes), y a Lourdes y Tarragona, y en el año 2008 la Escolanía peregrinó a Tierra Santa, donde cantó tres conciertos benéficos en Jerusalén, Belén y Nazaret para ayudar a los cristianos de esos santos lugares.
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