La Basílica y todo el recinto sagrado del Valle de los Caídos es un lugar de peregrinación y como tal se viene afianzando cada vez más. En fechas recientes, algunos de los grupos de peregrinos de los que tenemos constancia son los siguientes: el domingo 27 de marzo, un grupo amplio procedente de Villarrobledo (Albacete), de donde, por cierto, ha habido varios escolanos desde antiguo. El sábado 2 de abril, como es habitual en los primeros sábados de mes, un grupo de unos 60 franceses, y el domingo 3 más de 270 portugueses, también habituales. Ese fin de semana estuvo asimismo en la Hospedería un grupo de una parroquia madrileña, que asistió a la Misa conventual en la Basílica con gran devoción. El miércoles 6, vino un grupo de unos 60 chicos del Colegio “Monte Tabor” de Pozuelo de Alarcón (Madrid), quienes oyeron la Santa Misa con sumo recogimiento y a continuación rezaron un Vía Crucis por la carretera de circunvalación, retornando a la Basílica; comieron en la Hospedería y allí, en una de sus salas, tuvieron unas convivencias y charlas espirituales impartidas por el capellán del colegio. El jueves 7 por la tarde vino en peregrinación otro grupo de niños de un colegio de Toledo. El domingo 10 vinieron a la Santa Misa dos autobuses de Valencia.
Domingo V de Cuaresma
Introducción
Bienvenidos seáis todos…
Como sabéis, la Cuaresma nos lleva a la celebración de la Santa Pascua; que es la celebración del misterio de Cristo, muerto y resucitado, y la celebración de nuestro propio misterio, ya que por el Bautismo todos fuimos incorporados al misterio de su muerte y resurrección.
Que la relación con Cristo que establecemos en la Eucaristía ilumine nuestra condición sagrada para ser liberados del pecado que nos impide trascender el horizonte temporal de este mundo, que solo ofrece la muerte como el final de todo.
Homilía
1.- Os decía al principio que la Cuaresma nos lleva a la celebración de la Santa Pascua; el Papa, en su mensaje para la Cuaresma de este año, nos indicaba que dejarnos guiar por la Palabra de Dios es el medio más adecuado para caminar hacia la Pascua y celebrar la Resurrección del Señor.
Para este domingo quinto de Cuaresma el Papa ofrecía la siguiente reflexión: “Cuando se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: “Yo soy la resurrección y la vida… ¿crees esto?” (Jn 11,25-26). Es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: “Si, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia; Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe, todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la gracia para ser sus discípulos”.
2.- En el mensaje del Papa hay unas palabras que nos dan la clave de todo: “La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin con él”. La comunión con Cristo. Esta comunión se fomenta y se intensifica, mediante las celebraciones de la fe, y se desarrolla en las relaciones con el prójimo. Y al aludir a las celebraciones de la fe, no puedo menos que evocar la celebración cristiana del domingo, la participación en la Eucaristía y la proclamación de la misericordia del Señor en el sacramento de la reconciliación. En estas celebraciones encontramos la fortaleza necesaria para amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos.
3.- El relato evangélico (Jn 11,1-45), nos va a ayudar para acercarnos a la humanidad de Jesucristo. Ciertamente, tal como nos ha llegado, resulta muy difícil discernir cuáles fueron los sentimientos de Cristo en el momento histórico de los acontecimientos, de lo que el evangelista consigna por la acción del Espíritu Santo (Jn 16,13; 14,26) que le iluminó el sentido de todo después de la resurrección; como sabemos, los evangelios no son narración de lo que Jesús hizo y enseñó (Hch 1,1); sólo reflejan la predicación de los apóstoles. Con todo, vamos a intentar a acercarnos a lo que entonces vivió el Señor.
Las hermanas le mandan este recado: “Señor, tu amigo, el que amas, está enfermo” Ven pronto, antes que se muera. Y el evangelista añade: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Jesús amaba a esta familia; lo sabemos muy bien por otros lugares del evangelio (Lc 10,38-40). Jesucristo se encontraba a gusto con ellos; Marta y María, mujeres al cabo, le aman como mujeres, se sienten amadas y halagadas como mujeres; y el afecto de Cristo es el afecto de un varón. En estas relaciones podemos intuir una complementariedad afectiva en la verdad que el hombre natural no capta, pero SI el que es conducido por el Espíritu de Dios(1Cor 2,14-16).
Jesús tardó unos días en comprender que debía acudir a Betania; Lázaro se hallaba ya en el sepulcro.
4.- Cuando Marta se entera de que llega Jesús, sale a su encuentro; se desahoga dolorida por la tardanza del Maestro amado en acudir a ellas; Cristo se conmueve, se siente tocado por sus palabras. Marta quiere hacer partícipe a su hermana del alivio que le ha significado su encuentro con el Señor. María repite la amarga queja de su hermana. El evangelista añade: “Jesús, viéndola llorar y viendo llorar a los que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado?”. La compasión, la sintonía con el dolor de estas hermanas, empieza ya a desbordarle por completo. Jesús lloró; los presentes comentaban: “¡Cuánto le amaba!”.
Le llevan ante el sepulcro, solloza de nuevo, compartiendo el dolor de todos, y poseído por sentimientos que ninguna mente creada es capaz de comprender (1Cor 2,2-9), exclama: “Quitad la losa”. Poseído por la experiencia viva del Padre, experiencia de la que a todos quiere hacernos partícipes, añade: “Lázaro, sal afuera…”.
Ya conocemos lo que sigue en la historia.
5.- Os invito a que en los días que faltan para la Pascua, os invito a que, como Juan, dejéis reposar vuestras cabezas sobre el pecho de Cristo (Jn 13,23; 21,20) para sentir allí los latidos de su corazón, los pálpitos de su humanidad, para alcanzar allí sus mismos sentimientos (Flp 2,5); el camino más rápido para avanzar en esa gozosa experiencia es el de comparecer confiados ante el trono de la gracia donde se alcanza la misericordia (Heb 4,16); ese trono de la gracia no es otro que la reconciliación sacramental.
Que la Virgen Madre os conduzca hasta allí.
Domingo IV de Cuaresma
Hermanos en Nuestro Señor Jesús:
Hemos escuchado estas palabras de Jesús: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Y, efectivamente, al venir a este mundo y hacerse uno de nosotros, Jesús renovó a la humanidad dándole esos inefables tesoros que conocemos: su misma vida ejemplar única e irrepetible, sus enseñanzas que son la verdad definitiva, su muerte y resurrección cuyo efecto redentor atraviesa toda la historia, y además nos ha dejado sus huellas vivas de manera palpitante y eficaz en los Sacramentos.
Los destinatarios de esta luz son todos los hombres, lo sabemos de sobra. Pero la revelación divina nos muestra no sólo quién es Dios, también nos advierte de la dureza del corazón humano tras el pecado original. Esto hace que paradójicamente las personas más abiertas a la revelación y a la acción de Dios sean precisamente aquellas que este mundo considera de inferior categoría social o intelectual. Habitualmente no son ni los más fuertes, ni los más ricos, ni los más inteligentes, aunque hay muchas excepciones honrosas. También es conocida de vosotros una frase que me atrevería a calificar de las más reveladoras sobre el criterio y las preferencias de Dios: «Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos». Este criterio de Dios, por llamarlo de alguna forma, choca tanto con nuestra mentalidad, que aunque la hemos meditado muchas veces no informa nuestra vida. Muchos de nosotros estamos encerrados en una mentalidad muy racionalista y nos cuesta rendirnos a las comunicaciones sobrenaturales, y a percibir en los acontecimientos que están sorprendiendo al mundo entero una consecuencia de haber dado la espalda a Dios y al valor sagrado de la vida humana. Nos atrevemos a preguntar por qué Dios nos envía tales desastres naturales y no queremos reconocer que le hemos dado la espalda y pisoteado la ley eterna y universal que ha impreso en nuestro espíritu, y a cambio nos hemos echado en los brazos del Maligno al aprobar leyes que justifican el crimen de niños inocentes en el seno de su madre, leyes que favorecen la descomposición de la familia, y nos hacemos cómplices ante el increíble cinismo de dar por legítimos otros supuestos modelos de unión familiar, verdaderas aberraciones que van contra la naturaleza y el derecho natural. Nos hemos puesto de parte del príncipe de este mundo renegando de la imagen de Dios, que es nuestro tesoro más preciado; y nos sorprende que el padre de la mentira nos engañe y, en vez de ser más felices liberándonos de la responsabilidad de cuidar de las vidas que Dios nos regala y agradecerle tal don, resulta que tal asesinato no sólo siembra una inquietud incurable por medios humanos, sino que le damos poder al demonio para que trastorne la naturaleza a su antojo. Nos atrevemos a provocar la ira de Dios profanando los lugares sagrados. El Señor espera ansioso nuestro arrepentimiento y nuestra reparación para abrazarnos de nuevo. Pero, ¿daremos ese paso?
Desde que Jesucristo ascendió al cielo y hasta el próximo establecimiento de su reinado en este mundo, la luz de Cristo no aparece tan diáfana y sufre persecución en los que se atreven a ser sus testigos y hay que esforzarse para encontrarla. El ciego de nacimiento del evangelio de hoy es el modelo de todos los sencillos y esforzados héroes anónimos que han sido capaces de ver la luz cuando todo a su alrededor parecía confabulado para apartarle de Jesús. Daos cuenta de que una característica del pueblo judío es ser muy firme en sus tradiciones, ése era el sentido de la polémica expresión pro perfidis iudeis de la liturgia del viernes santo en la llamada forma extraordinaria del rito romano.
_x000D_
Hoy tenemos un ambiente cargado, lleno de confusión ideológica y hasta eclesiásticos y teólogos con muchos estudios en su currículum se ven afectados por las ideas erróneas difundidas con la apariencia de verdad o con mezcla de errores. Y la mayoría participamos en alguna medida del juego. Hemos pervertido el lenguaje, no queremos oír aquellas verdades evangélicas que conllevan una lucha constante para no suplantar el hombre a Dios, o pretendemos alcanzar la felicidad al margen de Dios sin pasar por la renuncia a lo que nos esclaviza. Hemos desconfiado del amor y la sabiduría de Dios contenida en sus mandamientos y nos hemos encontrado con que nos ha engañado y se ha reído de nosotros nuestro nuevo señor, el demonio, al que abrimos espacios amplios en nuestra vida. Preferimos verdades a medias, sólo lo positivo. Creer hoy con fe viva, es decir, acompañada de caridad, tiene un mérito similar al del ciego de nacimiento.
Al fin de cuentas resulta que una verdad a medias es más perjudicial que un error fácilmente detectable, pues la verdad a medias engaña y contamina a muchos incautos sin que se den cuenta y también somos demasiado débiles para oponernos a las corrientes de moda.
Para tener la luz de Dios nos ha dicho san Pablo es preciso buscar lo que agrada a Dios, no a los hombres que obran a escondidas: aquellos que dan la impresión de ser buenos cristianos o celosos sacerdotes, pero en realidad conducen a los fieles no hacia Cristo, sino hacia sí mismos. El papa ha advertido recientemente del peligro de comunidades cristianas que se «autocelebran». Autocelebrarse consiste en utilizar las celebraciones litúrgicas para propagar ideas opuestas al magisterio de la Iglesia, o llenar las iglesias, antes vacías, sirviéndose de procedimientos festivos novedosos que no requieren de sus adictos ningún esfuerzo, y que vacían la liturgia de su sentido trascendente. Pero mucho más vacíos quedan los que asisten a ellos por no analizar si esos engendros merecen llamarse liturgia católica.
Las imágenes difundidas por todo el mundo de la liturgia papal nos enseñan de una manera discreta cómo tener viva en la celebración la conciencia de que la liturgia es ante todo obra de Dios. Todos hemos observado en tales imágenes el gran crucifijo y los candelabros en el altar que tanto ayudan a hacer verdaderas las palabras que pronunciamos en la introducción al prefacio: «Levantemos el corazón». «Lo tenemos levantado hacia el Señor». Cuando un fiel o incluso un consagrado no se alimenta con asiduidad de la Palabra de Dios y de los sacramentos, buscando lo que le agrada a Dios, es víctima del primer embaucador con el que se encuentra, aunque haya realizado estudios de teología o haya recibido pasivamente multitud de sesiones formativas.
Pero volvamos al evangelio que os invito a releer en vuestras casas o ante el sagrario. Jesús cura al ciego de nacimiento y al punto se escabulle. Le deja libre en su decisión. El ciego, agradecido, le busca a pesar de que le cuesta ser humillado por sus jefes religiosos con la expulsión de la sinagoga y la infamia de ser un apóstata, insulto terrible, que en la enseñanza de Jesús merece el infierno al que lo pronuncia, porque siempre provoca la tentación de odiar la fe. Jesús le pregunta si cree en el Hijo del Hombre, es decir si cree que Jesús es el Mesías llamado Hijo del Hombre por el profeta Daniel. Y entonces del agradecimiento pasa a la fe.
En este domingo a los catecúmenos se les entregaba el Credo, pronunciaban su acto de fe. Nosotros en esta Eucaristía nos podemos preguntar en qué se muestra que soy creyente: ¿comparto mis bienes con los necesitados y me dejo interpelar por la palabra del Señor que dice que el mero cumplimiento de los deberes religiosos sin caridad no le agrada? ¿Leo a menudo la Palabra de Dios y conozco bien a Jesucristo, o lo considero muy aburrido porque lo apasionante para mí es tal o cual espectáculo, o viajar, etc? ¿He intentado con cierta constancia mostrar mi amor preferencial a Dios siendo puntual a Misa o adelantándome para poder rezar el rosario o sacar más provecho procurando atender a lo esencial y me uno al sacrificio de Jesús poniendo mi vida en sus manos para lo que Él disponga? Si tememos que no pasamos el examen pidamos a María nuestra Madre nos ayude a ser como Ella.
Tandas de ejercicios espirituales
En fechas recientes, varios monjes de la Abadía de Santa Cruz del Valle de los Caídos han impartido algunas tandas de ejercicios a religiosos o religiosas, como sucede habitualmente en Cuaresma. Por una parte, el P. Prior, Dom Alfredo Maroto, ha dado los ejercicios anuales a las clarisas del monasterio de las Descalzas Reales de Madrid en la primera semana de Cuaresma. En los primeros días de la segunda semana, el P. José Ignacio González ha facilitado un retiro en la propia Abadía a seis religiosos hispanoamericanos de los “Hermanos de la Divina Providencia”, de fundación colombiana, que unen el espíritu benedictino de oración con el apostolado franciscano y se dedican a la atención a sectores desfavorecidos de la población (ancianos, niños discapacitados, enfermos de SIDA…). Y entre la segunda y la tercera semana de Cuaresma, el P. Juan Pablo Rubio ha dirigido los ejercicios de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados en Guadalajara; ya son varias las ocasiones recientes en que un monje de la Abadía se los ha impartido en esa casa.
_x000D_
_x000D_
Por otra parte, ante las solicitudes que la Comunidad está recibiendo, se está planteando la posibilidad de ofrecer algunas tandas breves de ejercicios o retiros en ambas Hospederías, externa e interna. Posiblemente darían comienzo en el verano próximo.
Celebración jubilar en la Fiesta de San Benito
El lunes 21 de marzo, Fiesta del Tránsito de Nuestro Padre San Benito, se celebró conjuntamente el doble jubileo que había tenido lugar unos días antes: el LX aniversario de la ordenación sacerdotal del P. Primitivo Maté y el LX de la profesión monástica del P. Juan Antonio Pascual. La Santa Misa, en la capilla del monasterio por ser lunes, fue celebrada por el P. Abad y concelebraron los sacerdotes de la Comunidad. Después de la lectura del Evangelio, los dos jubilares se aproximaron a unas sillas situadas delante del altar, desde donde escucharon la homilía del P. Abad, que está ya recogida en la sección de homilías de esta página web. A continuación, el P. Juan Antonio renovó los votos, depositó la carta sobre el altar y lo besó; bajó para cantar el Suscipe ayudado del P. José Ignacio, con la respuesta de la Comunidad, y finalmente el P. Abad hizo la oración de conclusión. El paso siguiente, del abrazo del profeso jubilar al Abad y a la Comunidad, fue singularmente emotivo tanto para el P. Juan Antonio, como para el resto de los monjes y de las personas que asistieron. Los niños de la Escolanía, que estaban presentes, quedaron muy impresionados de la ceremonia y luego hicieron muchas preguntas acerca de ella y de la vida monástica. Después del abrazo, la Misa prosiguió en su orden normal.
_x000D_
_x000D_
Tras la comida, en la que los dos jubilares se sentaron a los lados del P. Abad, la Comunidad pasó a la sala de recreación para tomar un café en espíritu de fraternidad. Los niños esperaron al P. Primitivo y al P. Juan Antonio a que llegaran a la puerta de dicha sala y allí les cantaron Feliz en tu día y un canto mariano; los dos jubilares les obsequiaron con sendas cajas de bombones.
_x000D_
Visita del Seminario Menor de Madrid
El sábado 19 de marzo, solemnidad de San José, dos formadores y casi veinte chicos del Seminario Menor “La Inmaculada – San Dámaso” de Madrid, así como dos estudiantes del Seminario Mayor, visitaron el Valle de los Caídos. Llegaron para la Santa Misa conventual de 11 h. y a continuación uno de los monjes les acompañó explicándoles la Basílica. El templo suscitó el interés incluso de algunos de los más pequeños. Luego dieron una vuelta por el exterior y, aprovechando el buen día, comieron en los jardines, desde los que subieron a los campos de deportes de la Escolanía para compartir la tarde con los escolanes.
_x000D_
_x000D_
Hacia las 15 h. tuvieron un encuentro mutuo en el que se dieron algunos testimonios vocacionales. Los escolanes pudieron conocer mejor lo que es el Seminario Menor diocesano de Madrid y los seminaristas, a su vez, escucharon de boca de algunos escolanes cuál es la vida y la finalidad de la Escolanía. Asimismo, uno de los monjes y los dos postulantes (uno de ellos antiguo escolán: Fray Javier) expusieron el recorrido de su vocación y explicaron qué es la vida monástica benedictina. También fue muy notable, como “testimonio-puente”, el de Antonio Miguel, antiguo escolán que ahora se dispone a terminar 2º de Bachillerato en el Seminario Menor de Madrid y que recordó sus felices años en la Escolanía.
_x000D_
_x000D_
Después de estos bonitos testimonios, se jugó un partido de fútbol amistoso y los escolanes quisieron lucir una de las equitaciones de que disponen. Al término del partido, se dio un paseo para enseñar a los seminaristas la pequeña presa de agua que abastece el Valle de los Caídos y se mostró a algunos qué es el muérdago que el druida Panorámix sube a coger a los árboles. Allí la Escolanía ofreció una pequeña merienda campestre a todos y se comprobó que la generosidad es mejor que la avaricia: los escolanes comprendieron bien lo que les decían sus monjes formadores, es decir, que debían dar primero a los invitados antes que recibir ellos su propia porción; al final llegó para todos y sobró mucho, que se puso el lunes 21 en el desayuno para celebrar la fiesta del Tránsito de San Benito.
_x000D_
_x000D_
Al regresar monte abajo para que los seminaristas volvieran al autobús, era bonito ver la relación tan amistosa que se había establecido entre los chicos de uno y de otro centro y cómo varios hablaban de música, de deportes o de juegos, o cómo algún grupo conversaba también acerca de la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa. Antes de que los seminaristas subieran al autobús, los escolanes les ofrecieron dos canciones de despedida y uno de los seminaristas mayores contó a los escolanes algunos chistes.








