El lunes 11 de julio, el Arzobispo Castrense de España, Mons. Juan del Río, compartió la fiesta de San Benito con la comunidad de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Celebró la Santa Misa conventual de 11 h., en la cual dirigió unas sentidas palabras sobre la figura y la labor de San Benito y su edificación de Europa, y luego visitó la biblioteca del Centro de Estudios Sociales en la Biblioteca. A continuación, participó en el rezo de Sexta y en la comida de comunidad en el refectorio, seguida del café en el salón de recreo. Le acompañaron otros sacerdotes, entre ellos el Vicario General de la Armada, amigo de la comunidad desde hace años, y también asistieron otros muchos sacerdotes y seglares a la celebración.
Santiago Apóstol
Queridos hermanos:
Los dos hijos de Zebedeo, los pescadores Santiago y Juan, fueron llamados por Jesús para seguirle y colaborar con Él en una gran misión (Mt 4,18.21; Mc 3,17), para fundar sobre ellos y sobre los otros Apóstoles su Santa Iglesia. Hizo de ellos Apóstoles, enviados para proclamar el Evangelio a los pueblos de la tierra. Ellos dos, junto con Simón Pedro, fueron sus más íntimos discípulos. Pero eso no quita que, por esa misma cercanía, que en algunos momentos a ellos les pudo llevar a dejar nacer la vanidad y la soberbia, les reprendiera con cariño o, en ocasiones, con notable severidad. Así, en el Evangelio que acabamos de escuchar (Mt 20,20-28), les dio y nos da a todos una enseñanza sobre la humildad. Y es que, ciertamente, Jesús, y después el Espíritu Santo enviado por Él para proseguir su misión, transformó por completo a todos los Apóstoles, entre ellos a Santiago el Mayor y a San Juan Evangelista, los “Hijos del Trueno”, como se observa en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,33.5.12) cuando todos ellos, encabezados por San Pedro, pierden el miedo a predicar el nombre de Cristo, llegando a ser Santiago el primero de los Doce en derramar su sangre por Él.
Según una venerable tradición, Santiago vino a predicar el Evangelio a España y fue sostenido en su empeño por la Santísima Virgen. A partir de aquí, fue muy pronto tenido por Patrono de España, y así el monje San Beato de Liébana, a finales del siglo VIII o principios del IX, le invocó como “áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono nacional” (Himno O Dei Verbum). En la misma Edad Media se rogó su intercesión frente a la invasión musulmana y se le denominó de forma habitual “luz de las Españas”. Gonzalo de Berceo le llamó “primado de España” (Vida de San Millán, estr. 422, v. 4) y el benedictino anónimo que compuso el Poema de Fernán González afirmaba que “fuertemente quiso Dios a España honrar cuando al santo apóstol quiso enviar” (cap. V).
La figura de Santiago como Patrono nacional, por lo tanto, arraiga con firmeza desde los siglos medievales en los condados, reinos y coronas de España. Las peregrinaciones a su sepulcro en Compostela favorecieron la vinculación de España con el resto de Europa, de una Europa que era y es en su esencia cristiana, como recordara San Juan Pablo II. Y no sólo eso, sino que los misioneros españoles extendieron también su culto a América.
El patriotismo es una virtud, la virtud del recto amor a la Patria, según lo comprendió el pensamiento clásico grecorromano, el de la China tradicional y la moral católica, que lo hace derivar de la piedad filial, del amor a los padres, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios, como se expresa con claridad en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2239). San Juan Pablo II llegó a hablar incluso de una “teología de la Patria” (Memoria e identidad, Madrid, 2005, caps. 11-15). Hay un deber de gratitud hacia el legado de una rica tradición heredada de nuestros antepasados y que nosotros a su vez debemos transmitir a las generaciones futuras con fidelidad y enriqueciéndola, aspirando a contribuir en un proyecto de vida común.
Hoy se nos hace urgente, una vez más, invocar a Santiago para que proteja a su Nación, como le canta el himno que se le entona con tanta devoción en la catedral de Compostela. Hoy España es casi irreconocible, al igual que muchas naciones de Europa a las que se viene tratando de ahogar sistemáticamente su alma cristiana. Aquel soneto de nuestro Quevedo, caballero de Santiago, resulta de perfecta actualidad: “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados de la carrera de la edad cansados por quien caduca ya su valentía”.
A nivel mundial se trata de imponer hoy un pensamiento único, desarraigando a las naciones de su ser; y naciones que han sido especialmente cristianas, como España, han sido tomadas como laboratorio de pruebas de una ingeniería social que, en estos momentos, aspira incluso a la disolución de la naturaleza del ser humano para que éste sea construido desde una nueva visión que parte de la negación misma de la realidad sexuada del ser humano que define su masculinidad o su feminidad. La llamada “cultura de la muerte”, la inversión del orden natural y la imposición del pensamiento único a nivel global, como ideología incapaz de sostener y de resistir un debate intelectual de carácter filosófico y científico, se establece entonces a fuerza de ley con sanciones de multa y de cárcel, amén de difundirse cada vez con mayor fuerza por la mayoría de los medios de comunicación, que aprovechan el sentimentalismo para calar en los corazones de la gente.
Pero en los pueblos existirá siempre, al menos, un “resto” que se esforzará por mantener viva la esencia de sus patrias. Varias naciones del este europeo son hoy luz que nos están recordando la esencia cristiana del continente y la perpetuidad de los valores tradicionales, y por eso se las combate desde el poder globalizador. Y al mismo tiempo, en Europa occidental surgen muchas iniciativas que se niegan a la desaparición de la identidad de sus patrias históricas.
Confiemos en que Santa María de España, como la invocó el rey Alfonso X el Sabio, juntamente con Santiago, conduzcan de nuevo a nuestra patria y a todas las patrias de Europa a descubrir y recuperar su esencia cristiana.
Magníficos resultados académicos en la prueba CDI de 6º de EP de la Comunidad de Madrid
Los alumnos de la Escolanía han obtenido unos magníficos resultados académicos en las pruebas que la Consejería de Educación realiza en todos los colegios de la Comunidad de Madrid en 6º de Educación Primaria a inicios de mayo. Los resultados colocan nuevamente a la Escolanía por encima de la media de la Comunidad de Madrid: en Lengua, Matemáticas y Tecnología ha quedado un punto por encima o incluso más de un punto, y en Inglés (sin ser un colegio bilingüe, a diferencia de otros muchos de la Comunidad de Madrid), ha quedado al mismo nivel. Concretamente, en Lengua ha quedado casi un punto por encima de la media de la CAM (8,01 frente a 7,1). En Inglés, era la primera vez que se pasaba la prueba en la CAM y resultaba ser un auténtico examen para conocer el nivel general de cada colegio en esta materia, el resultado ha sido muy satisfactorio, pues sin una potenciación tan fuerte del Inglés hasta esa fecha, ha quedado en la media de la CAM (6,87 el centro, 6,96 la CAM; y, como se ha señalado, hay que considerar el incremento de colegios bilingües en la CAM). En Matemáticas ha quedado más de un punto por encima de la media de la CAM (7,66 frente a 6,43; el año pasado, los resultados de la Escolanía en Matemáticas fueron excelentes, aún mayores). Y en Tecnología ha quedado exactamente un punto por encima de la media de la CAM (7,99 frente a 6,99). Desde el último trimestre de este curso, por otra parte, la Escolanía viene reforzando la formación en Inglés mediante un profesor nativo para conversación, cuyas clases se suman a la profesora titular de la asignatura, y a través de un programa informático con conexión a internet. Además, desde el curso próximo, la Escolanía ofrecerá el examen para el título de una prestigiosa entidad británica en Lengua Inglesa, así como otros títulos internacionales en formación musical.
Viaje de la Escolanía a Tarragona
Los niños han disfrutado de su viaje de fin de curso entre el martes 21 y el sábado 25 de junio. Este año ha contado con la visita al Monasterio de Piedra (provincia de Zaragoza, 21 de junio), donde pudieran gozar de la maravilla del paraje natural y sobre todo de las cascadas, así como de un espectáculo de aves rapaces. El destino era Tarragona, con la finalidad de ir al parque “Port Aventura” y al parque acuático del mismo (22 y 23 de junio). El viernes 24 lo dedicaron a la visita al Monasterio de Poblet (provincia de Tarragona), donde se encuentra el panteón real de los Reyes de Aragón. La Escolanía cantó allí la Misa conventual con la comunidad cisterciense de Poblet a las 10 de la mañana. Por la tarde, los niños fueron a la playa. Al regreso, el sábado 25 de junio, se hizo la visita de la Basílica del Pilar de Zaragoza. Todo este viaje ha sido un premio merecido a su esfuerzo durante el curso.
XVI Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos en Cristo Jesús: Cada Eucaristía que celebramos es una visita del Señor, un banquete que toma con nosotros y también una invitación a participar en su sacrificio, en su misma muerte y resurrección. Tal es la grandeza de este misterio que, incluso para vivirlo en toda su profundidad, debemos prolongarlo en adoración, en trato de amistad con quien sabemos que nos ama y desea sigamos escuchando el eco de su palabra en nuestro corazón y le respondamos con el afecto más íntimo en la oración. La visita de los tres personajes a Abraham y Sara y la que Jesús haría a la casa de los hermanos Lázaro, Marta y María puede aplicarse a nuestros encuentros con el Señor en los sacramentos o en la intimidad de la oración.
En la visita junto a la encina de Mambré se pone de relieve la caridad tan obsequiosa de Abraham y de su mujer, que le secunda con su trabajo silencioso y absorbente. Pero después de atender esa necesidad corporal son llamados los dos esposos para recibir la comunicación de la que era objeto la misión que traían los tres visitantes. La promesa no es el pago por la hospitalidad con que eran obsequiados, sino un don que viene del Señor y que no tiene precio. Pero los dones especiales los otorga el Señor o bien cuando les preceden detalles amorosos y desinteresados, con Él o con el prójimo o bien cuando el Señor sabe que esa persona va a ser muy agradecida con lo recibido previamente. Se ha proclamado cómo Abraham se volcó con sus huéspedes sin esperar nada, pero también sabemos de su fe inconmovible en la promesa de Dios, a pesar de no tener esperanza humana de que su mujer, anciana y estéril, le pudiera dar una descendencia numerosa como las estrellas del cielo.
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María, hermana de Marta y de Lázaro, conquista el corazón del Señor por el interés tan grande en escuchar su Palabra. María también sentía el gusto de obsequiar a Jesús preparándole una comida exquisita, pero guiada por el Espíritu Santo descubrió que Jesús suspiraba por otro alimento, como diría a sus apóstoles en el pozo de Sicar: “Mi alimento es hacer la Voluntad del Padre”. María supo que Jesús gozaba mucho más que con un banquete cuando había alguien que tenía hambre y sed de la Palabra de Dios y acudía a Él deseando escucharle. La voz del Padre en su bautismo y en la Transfiguración nos dio un solo consejo: “Éste mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle”.
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María y Abraham fueron pues excelentes anfitriones del Señor, se dejaron instruir por el Espíritu Santo y acogieron en su corazón la palabra de Dios y sus promesas, cualquiera de sus inspiraciones como cimiento de toda su vida, como luz en su camino, que permanece aun cuando tratasen de imperar en sus vidas las tinieblas de las dudas o la propia voluntad o vanidad intentasen llevarlos por sendas equivocadas.
S. Pablo es otro hombre convencido de que el mensaje del Señor había que anunciarlo completo, sin disminución interesada introducida por la voluntad humana, plenamente obediente a la Voluntad de Dios. Eso le acarreó sufrimientos y discrepancias dolorosas con S. Pedro. Pero lealmente le hizo ver que no se podía rebajar el mensaje de Cristo y había que anunciarlo tal cual. Sin eso no se puede llegar a la madurez de la vida cristiana.
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De esta Eucaristía tendríamos que salir convencidos de que en la Palabra de Dios hay un tesoro que no debemos dar de lado, cuya escucha reclama toda nuestra atención y todas nuestras fuerzas, para dar gloria a Dios y conducir nuestras vidas y las de nuestros hermanos a la salvación. La Eucaristía es un momento fuerte de esa escucha, pero no debe ser el único. Y no solo es escuchar la Palabra, también debemos meditarla y convertirla en oración, entrar en comunicación directa con el Señor, hablarle de corazón a corazón, como dos enamorados. La oración no debe ser sólo pedir cosas. También debemos consolar al Señor con nuestro amor, sintiendo con Él todos los desprecios, blasfemias, indiferencias y esa tibieza tan extendida entre los que nos decimos sus seguidores. Eso le duele enormemente. ¿Hemos pensado alguna vez en reparar tantas agresiones a su amor? ¿Vamos por fin a llevar a cabo nuestro propósito, siempre diferido, de realizar una buena confesión y mejor todavía si es general? ¿Vamos a prescindir de nuestros respetos humanos y a animar por fin a nuestros familiares y amigos a que antes de noviembre se confiesen para no dejar escapar esta oportunidad del jubileo de la misericordia?
Precisamente en este año de la misericordia, por deseo de Su Santidad el Papa Francisco, Santa María Magdalena se eleva al grado de fiesta desde este viernes 22 de julio, para resaltar la figura de esta mujer, a la que confió, antes que a nadie, la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual. Fue la primera en ver el sepulcro abierto y en escuchar la verdad de la Resurrección, experimentó la misericordia divina en lo más hondo de su ser y mereció ser apóstol de apóstoles, por lo que su celebración tendrá el mismo grado de fiesta que ellos.
Por último, queridos hermanos, el 17 de julio de 1958, hace hoy 58 años, en la fiesta litúrgica del triunfo de la S. Cruz, en el aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa, se inició la vida monástica en el Valle de los Caídos. Durante los 7 papas que en estos años se han sucedido, esta comunidad, muchas veces contra viento y marea y contra toda esperanza, ha resistido todo tipo de tribulaciones. Sin embargo, nuestra mirada debe estar llena de optimismo, sabiendo que Dios nunca nos abandonará. Cuando un monje renueva sus primeros votos en la profesión jubilar, utiliza una fórmula muy apropiada para un día de acción de gracias a Dios como hoy: “agradecido por el pasado y lleno de humilde confianza para el futuro, apoyado en la misericordia de Dios y en la oración de los hermanos”. Necesitamos vuestra oración, queridos hermanos, para seguir desarrollando nuestra labor espiritual aquí.
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No quisiera terminar sin evocar el mensaje de S. Juan XXIII al Cardenal Cicognani con motivo de la dedicación de esta basílica en 1960: “Los anales gloriosos de España, los encantos de su paisaje, lo que de grande y elevado se ha forjado con su dolor en los años duros del pasado, se han dado cita en ese hermoso valle, bajo el signo de la paz y concordia fraternas, a la sombra de esa cruz monumental que dirige al Cielo las oraciones de la fervorosa Comunidad Benedictina y de los devotos visitantes por la cristiana prosperidad de la Nación, y que quedará como en alerta permanente para transmitir la antorcha de la fe y de las virtudes patrias a las generaciones venideras”. Y continuaba diciendo el papa bueno y santo: “Nuestra súplica confiada va en estos momentos a la Virgen Santísima, venerada con tanta devoción en España, la que en sus más significativas advocaciones tiene puesto de honor en ese Santuario y a la que pedimos cobije bajo su manto las almas de cuantos en él duermen fraternamente unidos su último sueño. Que Ella proteja a esa grande Nación y a los que rigen su suerte”. Que así sea.
XIV Domingo del Tiempo Ordinario
Hermanos amados en el Señor: Qué regalo tan grande estar reunidos como asamblea del Señor, como pueblo suyo que somos para proclamar las grandezas del que nos sacó de las tinieblas y nos ha traído a su luz maravillosa, la luz de la Verdad. La Verdad que es Jesucristo. El cual no sólo habla y dice la Verdad. Sino que su misma persona toda es la Verdad. Es la Verdad del hombre, pues cuando el hombre responde mejor a la imagen y semejanza de Dios su vida también se llena de verdad, de coherencia entre lo que cree y lo que vive, y se llena de armonía con su Creador y Redentor del que depende, aunque respeta nuestra libertad, y eso que somos rebeldes e ignorantes, y obramos en contra de Él tantas veces.
La Palabra de Dios debe ser meditada y objeto de nuestra oración cada día. Que no falte nuestro encuentro cotidiano con ella, porque ahí nos espera el Señor para hablarnos, consolarnos, fortalecernos. Aprovechemos ahora que la tenemos a nuestro alcance, pues el Señor, por el profeta Amós, nos dice que llegará el día, antes de que Él restaure todas las cosas, en los días y años previos de purificación, en que tendremos hambre y sed de la Palabra de Dios y entonces sufriremos por no encontrarla y disponer de ella como ahora.
Acabamos de escuchar esa revelación grandiosa guiados por el profeta Isaías en que el Señor anuncia cómo todas las naciones acudirán a Jerusalén con todas sus riquezas deseosas de dar culto y honrar al Señor, y allí se manifestará la mano del Señor a sus siervos. Ese día de su segunda venida o Parusía que esperamos ansiosos y anhelantes como cantamos después de la Consagración del pan y del vino para convertirse en Cuerpo y Sangre del Señor: «Ven, Señor, Jesús.» Pues ese día tiene otros muchos anticipos no tan clamorosos y brillantes, pero nada desdeñables, cada vez que dejamos que el Señor actúe en nuestras vidas y recibimos los sacramentos con la debida preparación y agradecimiento.
En el Evangelio se nos ha dicho cómo los 72 enviados a los Samaritanos, como anticipo de la gran misión a todo el mundo después de la Resurrección, volvieron contentos de ver los signos que Dios había obrado en su predicación curando enfermos y arrojando demonios. Todavía hoy tienen lugar esos signos cuando se administran los sacramentos, pues son la huella de Cristo. Cada vez que se reciben bien la Eucaristía y la Reconciliación o Penitencia obra hoy el Señor esos signos en nuestras almas. Por eso es necesario que nosotros nos aprovechemos de esas ayudas que el Señor pone a nuestro alcance, para que cuando venga la gran prueba de nuestra fe estemos bien dispuestos. Una confesión general bien preparada es sumamente conveniente como paso para disponerse a esa confrontación en la que «todo el ejército del enemigo» como acabamos de escuchar en el Evangelio proclamado va a desplegar sus filas contra los creyentes. Somos pecadores, pero amados hasta el extremo por nuestro Señor, que nos espera y aguarda fundirse con nosotros en un abrazo de misericordia. Él nos espera en el sacramento de la Penitencia. Acudamos a él. Lavemos en ese encuentro con Cristo, a través del sacerdote, nuestras manchas. No lo dejemos para cuando no podamos encontrar sacerdotes, pues posiblemente sean los más perseguidos. Invitad vosotros a los sacerdotes a llenar los confesionarios de todas las iglesias con su presencia. Que esperen, que el Señor no dejará de impulsar a los fieles y a los mismos sacerdotes a beneficiarse de la Buena Nueva del Perdón en este año de gracia promulgado por el Papa Francisco, sin duda por una inspiración profética.
San Pablo declara que, en la lucha contra la confusión reinante en su tiempo, al abandonar el judaísmo y definir lo propio del cristianismo, se requiere tener claro qué es lo que justifica o salva a una persona, y también es imprescindible que la fe vaya unida al abrazarse a la Cruz de Cristo. Es decir, no sólo confesar que nuestra salvación se debe a la Redención obrada por la muerte de Cristo en la Cruz, sino que tan innegociable es la aceptación de la cruz, del sufrimiento y del fracaso en nuestra vida como el adherirse a la fe en Cristo y no renegar de Él. Hoy día se pretende en amplios sectores eclesiales relajar la enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio y se pretende que, sin dejar de afirmar esa verdad de fe, en la práctica habría casos en los que se podría autorizar o aprobar vivir en adulterio y recibir la comunión sacramental. Este sería uno de tantos casos en los que nos sentimos tentados a no aceptar la Cruz de Cristo en nuestra vida de cristianos.
La participación en esta Eucaristía es una confesión de nuestra fe, es un paso adelante en nuestra adhesión a Cristo. No podemos descuidar nuestra vivencia de la fe en unos momentos en los que si flaqueamos nos arriesgamos a ser arrastrados por lo que piensa la mayoría, ese pensamiento único del mundo en el que no hay lugar para Cristo, porque el príncipe de este mundo quiere desplazar a Dios para colocarse en su lugar, empezando por ocupar el primer lugar en nuestros corazones. Si no le queremos dar cabida es necesario recurrir al ejemplo de la primera comunidad cristiana: se nos dice que «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y las oraciones» (Hch 2,42). Dicho con otras palabras: nuestro diario encuentro con la Palabra de Dios, la comunión o caridad de unos con otros y el restablecimiento de la misma por el sacramento de la reconciliación, la Eucaristía y la oración.







