Los niños han disfrutado de su viaje de fin de curso entre el martes 21 y el sábado 25 de junio. Este año ha contado con la visita al Monasterio de Piedra (provincia de Zaragoza, 21 de junio), donde pudieran gozar de la maravilla del paraje natural y sobre todo de las cascadas, así como de un espectáculo de aves rapaces. El destino era Tarragona, con la finalidad de ir al parque “Port Aventura” y al parque acuático del mismo (22 y 23 de junio). El viernes 24 lo dedicaron a la visita al Monasterio de Poblet (provincia de Tarragona), donde se encuentra el panteón real de los Reyes de Aragón. La Escolanía cantó allí la Misa conventual con la comunidad cisterciense de Poblet a las 10 de la mañana. Por la tarde, los niños fueron a la playa. Al regreso, el sábado 25 de junio, se hizo la visita de la Basílica del Pilar de Zaragoza. Todo este viaje ha sido un premio merecido a su esfuerzo durante el curso.
XVI Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos en Cristo Jesús: Cada Eucaristía que celebramos es una visita del Señor, un banquete que toma con nosotros y también una invitación a participar en su sacrificio, en su misma muerte y resurrección. Tal es la grandeza de este misterio que, incluso para vivirlo en toda su profundidad, debemos prolongarlo en adoración, en trato de amistad con quien sabemos que nos ama y desea sigamos escuchando el eco de su palabra en nuestro corazón y le respondamos con el afecto más íntimo en la oración. La visita de los tres personajes a Abraham y Sara y la que Jesús haría a la casa de los hermanos Lázaro, Marta y María puede aplicarse a nuestros encuentros con el Señor en los sacramentos o en la intimidad de la oración.
En la visita junto a la encina de Mambré se pone de relieve la caridad tan obsequiosa de Abraham y de su mujer, que le secunda con su trabajo silencioso y absorbente. Pero después de atender esa necesidad corporal son llamados los dos esposos para recibir la comunicación de la que era objeto la misión que traían los tres visitantes. La promesa no es el pago por la hospitalidad con que eran obsequiados, sino un don que viene del Señor y que no tiene precio. Pero los dones especiales los otorga el Señor o bien cuando les preceden detalles amorosos y desinteresados, con Él o con el prójimo o bien cuando el Señor sabe que esa persona va a ser muy agradecida con lo recibido previamente. Se ha proclamado cómo Abraham se volcó con sus huéspedes sin esperar nada, pero también sabemos de su fe inconmovible en la promesa de Dios, a pesar de no tener esperanza humana de que su mujer, anciana y estéril, le pudiera dar una descendencia numerosa como las estrellas del cielo.
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María, hermana de Marta y de Lázaro, conquista el corazón del Señor por el interés tan grande en escuchar su Palabra. María también sentía el gusto de obsequiar a Jesús preparándole una comida exquisita, pero guiada por el Espíritu Santo descubrió que Jesús suspiraba por otro alimento, como diría a sus apóstoles en el pozo de Sicar: “Mi alimento es hacer la Voluntad del Padre”. María supo que Jesús gozaba mucho más que con un banquete cuando había alguien que tenía hambre y sed de la Palabra de Dios y acudía a Él deseando escucharle. La voz del Padre en su bautismo y en la Transfiguración nos dio un solo consejo: “Éste mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle”.
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María y Abraham fueron pues excelentes anfitriones del Señor, se dejaron instruir por el Espíritu Santo y acogieron en su corazón la palabra de Dios y sus promesas, cualquiera de sus inspiraciones como cimiento de toda su vida, como luz en su camino, que permanece aun cuando tratasen de imperar en sus vidas las tinieblas de las dudas o la propia voluntad o vanidad intentasen llevarlos por sendas equivocadas.
S. Pablo es otro hombre convencido de que el mensaje del Señor había que anunciarlo completo, sin disminución interesada introducida por la voluntad humana, plenamente obediente a la Voluntad de Dios. Eso le acarreó sufrimientos y discrepancias dolorosas con S. Pedro. Pero lealmente le hizo ver que no se podía rebajar el mensaje de Cristo y había que anunciarlo tal cual. Sin eso no se puede llegar a la madurez de la vida cristiana.
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De esta Eucaristía tendríamos que salir convencidos de que en la Palabra de Dios hay un tesoro que no debemos dar de lado, cuya escucha reclama toda nuestra atención y todas nuestras fuerzas, para dar gloria a Dios y conducir nuestras vidas y las de nuestros hermanos a la salvación. La Eucaristía es un momento fuerte de esa escucha, pero no debe ser el único. Y no solo es escuchar la Palabra, también debemos meditarla y convertirla en oración, entrar en comunicación directa con el Señor, hablarle de corazón a corazón, como dos enamorados. La oración no debe ser sólo pedir cosas. También debemos consolar al Señor con nuestro amor, sintiendo con Él todos los desprecios, blasfemias, indiferencias y esa tibieza tan extendida entre los que nos decimos sus seguidores. Eso le duele enormemente. ¿Hemos pensado alguna vez en reparar tantas agresiones a su amor? ¿Vamos por fin a llevar a cabo nuestro propósito, siempre diferido, de realizar una buena confesión y mejor todavía si es general? ¿Vamos a prescindir de nuestros respetos humanos y a animar por fin a nuestros familiares y amigos a que antes de noviembre se confiesen para no dejar escapar esta oportunidad del jubileo de la misericordia?
Precisamente en este año de la misericordia, por deseo de Su Santidad el Papa Francisco, Santa María Magdalena se eleva al grado de fiesta desde este viernes 22 de julio, para resaltar la figura de esta mujer, a la que confió, antes que a nadie, la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual. Fue la primera en ver el sepulcro abierto y en escuchar la verdad de la Resurrección, experimentó la misericordia divina en lo más hondo de su ser y mereció ser apóstol de apóstoles, por lo que su celebración tendrá el mismo grado de fiesta que ellos.
Por último, queridos hermanos, el 17 de julio de 1958, hace hoy 58 años, en la fiesta litúrgica del triunfo de la S. Cruz, en el aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa, se inició la vida monástica en el Valle de los Caídos. Durante los 7 papas que en estos años se han sucedido, esta comunidad, muchas veces contra viento y marea y contra toda esperanza, ha resistido todo tipo de tribulaciones. Sin embargo, nuestra mirada debe estar llena de optimismo, sabiendo que Dios nunca nos abandonará. Cuando un monje renueva sus primeros votos en la profesión jubilar, utiliza una fórmula muy apropiada para un día de acción de gracias a Dios como hoy: “agradecido por el pasado y lleno de humilde confianza para el futuro, apoyado en la misericordia de Dios y en la oración de los hermanos”. Necesitamos vuestra oración, queridos hermanos, para seguir desarrollando nuestra labor espiritual aquí.
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No quisiera terminar sin evocar el mensaje de S. Juan XXIII al Cardenal Cicognani con motivo de la dedicación de esta basílica en 1960: “Los anales gloriosos de España, los encantos de su paisaje, lo que de grande y elevado se ha forjado con su dolor en los años duros del pasado, se han dado cita en ese hermoso valle, bajo el signo de la paz y concordia fraternas, a la sombra de esa cruz monumental que dirige al Cielo las oraciones de la fervorosa Comunidad Benedictina y de los devotos visitantes por la cristiana prosperidad de la Nación, y que quedará como en alerta permanente para transmitir la antorcha de la fe y de las virtudes patrias a las generaciones venideras”. Y continuaba diciendo el papa bueno y santo: “Nuestra súplica confiada va en estos momentos a la Virgen Santísima, venerada con tanta devoción en España, la que en sus más significativas advocaciones tiene puesto de honor en ese Santuario y a la que pedimos cobije bajo su manto las almas de cuantos en él duermen fraternamente unidos su último sueño. Que Ella proteja a esa grande Nación y a los que rigen su suerte”. Que así sea.
XIV Domingo del Tiempo Ordinario
Hermanos amados en el Señor: Qué regalo tan grande estar reunidos como asamblea del Señor, como pueblo suyo que somos para proclamar las grandezas del que nos sacó de las tinieblas y nos ha traído a su luz maravillosa, la luz de la Verdad. La Verdad que es Jesucristo. El cual no sólo habla y dice la Verdad. Sino que su misma persona toda es la Verdad. Es la Verdad del hombre, pues cuando el hombre responde mejor a la imagen y semejanza de Dios su vida también se llena de verdad, de coherencia entre lo que cree y lo que vive, y se llena de armonía con su Creador y Redentor del que depende, aunque respeta nuestra libertad, y eso que somos rebeldes e ignorantes, y obramos en contra de Él tantas veces.
La Palabra de Dios debe ser meditada y objeto de nuestra oración cada día. Que no falte nuestro encuentro cotidiano con ella, porque ahí nos espera el Señor para hablarnos, consolarnos, fortalecernos. Aprovechemos ahora que la tenemos a nuestro alcance, pues el Señor, por el profeta Amós, nos dice que llegará el día, antes de que Él restaure todas las cosas, en los días y años previos de purificación, en que tendremos hambre y sed de la Palabra de Dios y entonces sufriremos por no encontrarla y disponer de ella como ahora.
Acabamos de escuchar esa revelación grandiosa guiados por el profeta Isaías en que el Señor anuncia cómo todas las naciones acudirán a Jerusalén con todas sus riquezas deseosas de dar culto y honrar al Señor, y allí se manifestará la mano del Señor a sus siervos. Ese día de su segunda venida o Parusía que esperamos ansiosos y anhelantes como cantamos después de la Consagración del pan y del vino para convertirse en Cuerpo y Sangre del Señor: «Ven, Señor, Jesús.» Pues ese día tiene otros muchos anticipos no tan clamorosos y brillantes, pero nada desdeñables, cada vez que dejamos que el Señor actúe en nuestras vidas y recibimos los sacramentos con la debida preparación y agradecimiento.
En el Evangelio se nos ha dicho cómo los 72 enviados a los Samaritanos, como anticipo de la gran misión a todo el mundo después de la Resurrección, volvieron contentos de ver los signos que Dios había obrado en su predicación curando enfermos y arrojando demonios. Todavía hoy tienen lugar esos signos cuando se administran los sacramentos, pues son la huella de Cristo. Cada vez que se reciben bien la Eucaristía y la Reconciliación o Penitencia obra hoy el Señor esos signos en nuestras almas. Por eso es necesario que nosotros nos aprovechemos de esas ayudas que el Señor pone a nuestro alcance, para que cuando venga la gran prueba de nuestra fe estemos bien dispuestos. Una confesión general bien preparada es sumamente conveniente como paso para disponerse a esa confrontación en la que «todo el ejército del enemigo» como acabamos de escuchar en el Evangelio proclamado va a desplegar sus filas contra los creyentes. Somos pecadores, pero amados hasta el extremo por nuestro Señor, que nos espera y aguarda fundirse con nosotros en un abrazo de misericordia. Él nos espera en el sacramento de la Penitencia. Acudamos a él. Lavemos en ese encuentro con Cristo, a través del sacerdote, nuestras manchas. No lo dejemos para cuando no podamos encontrar sacerdotes, pues posiblemente sean los más perseguidos. Invitad vosotros a los sacerdotes a llenar los confesionarios de todas las iglesias con su presencia. Que esperen, que el Señor no dejará de impulsar a los fieles y a los mismos sacerdotes a beneficiarse de la Buena Nueva del Perdón en este año de gracia promulgado por el Papa Francisco, sin duda por una inspiración profética.
San Pablo declara que, en la lucha contra la confusión reinante en su tiempo, al abandonar el judaísmo y definir lo propio del cristianismo, se requiere tener claro qué es lo que justifica o salva a una persona, y también es imprescindible que la fe vaya unida al abrazarse a la Cruz de Cristo. Es decir, no sólo confesar que nuestra salvación se debe a la Redención obrada por la muerte de Cristo en la Cruz, sino que tan innegociable es la aceptación de la cruz, del sufrimiento y del fracaso en nuestra vida como el adherirse a la fe en Cristo y no renegar de Él. Hoy día se pretende en amplios sectores eclesiales relajar la enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio y se pretende que, sin dejar de afirmar esa verdad de fe, en la práctica habría casos en los que se podría autorizar o aprobar vivir en adulterio y recibir la comunión sacramental. Este sería uno de tantos casos en los que nos sentimos tentados a no aceptar la Cruz de Cristo en nuestra vida de cristianos.
La participación en esta Eucaristía es una confesión de nuestra fe, es un paso adelante en nuestra adhesión a Cristo. No podemos descuidar nuestra vivencia de la fe en unos momentos en los que si flaqueamos nos arriesgamos a ser arrastrados por lo que piensa la mayoría, ese pensamiento único del mundo en el que no hay lugar para Cristo, porque el príncipe de este mundo quiere desplazar a Dios para colocarse en su lugar, empezando por ocupar el primer lugar en nuestros corazones. Si no le queremos dar cabida es necesario recurrir al ejemplo de la primera comunidad cristiana: se nos dice que «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y las oraciones» (Hch 2,42). Dicho con otras palabras: nuestro diario encuentro con la Palabra de Dios, la comunión o caridad de unos con otros y el restablecimiento de la misma por el sacramento de la reconciliación, la Eucaristía y la oración.
XIII Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos en Cristo:
En el tiempo de verano que acabamos de comenzar nuestro corazón siente también la necesidad de escuchar palabras que iluminan y dan sentido a la vida. En medio de tantos mensajes fascinadores y seductores, a menudo vacíos y efímeros, nuestro interior se encuentra muchas veces como tierra reseca y sedienta, que anhela ser empapada por el rocío del Espíritu Santo. La celebración eucarística nos brinda la oportunidad semanal de saciarnos con la palabra de Dios, palabra verdadera, palabra de vida eterna. Nos ayuda también a tomar conciencia de que formamos un cuerpo en Jesucristo, una preciosa comunión en Él. Podríamos decir que la misa dominical afianza nuestro corazón en la «cultura del nosotros», de la pertenencia a la comunidad cristiana. Necesitamos participar en ella para resistir a la «cultura del yo», al feroz individualismo que invade el pensar y el actuar del hombre contemporáneo. Reunidos en torno al altar experimentamos una gran certeza: que somos amados por Dios, lo cual nos hace sentirnos valiosos y empujados a salir hacia fuera, en dirección al hermano (J.Mª. Fernández-Martos). Aquí Dios toca nuestro corazón; lo toca y lo transforma en un corazón abierto y entregado a los demás, que presenta a Dios las calamidades del mundo, que arriesga por los otros, que se implica, que se alegra, que sufre y que comparte.
A mi modo de ver, dos palabras están en el corazón de la liturgia de este domingo: seguimiento y libertad. El seguimiento es fruto de una llamada, de una vocación. Nos habla de la iniciativa de Dios: Él es el primero, el que comienza, quien llama y envía. El hombre es el segundo, es quien responde. Dios es el protagonista; el hombre es eco de su palabra. Hay una gran sabiduría en conservar esta certeza a lo largo de la vida: Dios tomó la iniciativa conmigo y yo, tras su llamada, respondí y convertí mi existencia en un sí; un sí que me hace libre porque me hace vivir en la verdad. Seguimiento de Cristo, libertad y verdad son realidades que no se pueden separar.
La primera lectura nos remonta a la vocación profética de Eliseo. Elías había recibido el encargo de ungirle como sucesor suyo. Mientras estaba arando con los bueyes, Elías pasó a su lado y le echó encima su manto, para significar que tomaba posesión de él y lo convertía en discípulo suyo (A. Vanhoye). Después de despedir a su familia, Eliseo siguió a su maestro y se puso a su servicio.
El Evangelio, por su parte, nos presenta de modo muy escueto algunas escenas en las que Jesús llama o en las que alguien muestra deseos de seguirle; todo ello sucede de camino hacia Jerusalén, donde sabe que va a consumar su ministerio. En todos los casos, queda de manifiesto es que la llamada de Jesús es exigente. Él es consciente de la importancia radical de su propia misión, por eso no admite la mínima duda, la mínima demora por parte de sus seguidores. Cuando Jesús llama, uno debe mostrarse dispuesto a seguirle. Es más, para seguir a Jesús es preciso dejarlo todo; es necesario dejar la propia comodidad y aceptar una situación difícil. Esto no debe hacernos olvidar, sin embargo, que la exigencia de Jesús es una exigencia inspirada en el amor, no en la severidad. Él ha venido para salvar al mundo, y él nos llama y nos envía –según el estado de cada uno– para colaborar en esa misión de suprema importancia.
La segunda lectura, tomada de la Carta a los Gálatas, nos ofrece un mensaje que completa la perspectiva del Evangelio. San Pablo explica que, en la nueva condición de hijos de Dios, los cristianos no están obligados a cumplir todas las prescripciones de la ley de Moisés. El apóstol insiste en que Cristo nos ha liberado con su muerte y añade esta frase: «Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo». La libertad cristiana no puede confundirse con el libertinaje, con la vida disoluta, sino que va en la dirección del amor y del servicio: «sed esclavos unos de otros por amor». La verdadera libertad no consiste en satisfacer el propio egoísmo, sino en el ejercicio del amor generoso (A. Vanhoye).
Esta enseñanza de Pablo es siempre actual y la debemos poner en relación con el seguimiento. Seguir a Jesús implica tomar nuestra cruz cada día y caminar tras sus huellas; exige comprometerse con él en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Es el seguimiento coherente el que nos hace verdaderamente libres, desprendidos de las ataduras del materialismo y del hedonismo, libres para amar, para servir y para adorar.
Hoy asistimos a la eucaristía probablemente con cierta inquietud ante el resultado de las elecciones que se celebran. Disipemos todo temor. Dios sabe escribir derecho en los renglones torcidos de los hombres; sabe sacar un bien incluso cuanto las cosas parecen torcerse. Suscita testigos valientes y audaces cuando los tiempos lo requieren. Un apóstol cercano a nosotros, en una situación tremendamente difícil, oraba con esta confianza: «Yo me siento, más que nunca, en las manos de Dios. Es lo que he deseado toda mi vida, desde mi juventud. Y eso es también lo único que sigo deseando ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Le doy gracias por ello y me abandono totalmente en sus manos» (cf. P. Arrupe). No lo olvidemos, hermanos, a Dios no se le ido de las manos la historia de los hombres, ni la historia de España. Él sigue guiando y protegiendo la nave la Iglesia, sigue iluminando y dando fuerza a sus hijos para que den testimonio de la única esperanza que nos puede salvar.
Pidamos al Señor, por mediación de María, que nos haga mensajeros intrépidos de su evangelio allí donde transcurre nuestra vida; que nos ayude a comprender y secundar su proyecto de ternura y misericordia sobre el mundo; que nos dé su gracia para combatir y vencer el mal sólo con la fuerza del bien, para ser instrumentos de su paz; pidámosle que sostenga nuestra plegaria para que aumenten los obreros de la mies y para que nuestra alegría consista en que nuestro nombre se halla inscrito en el libro de la vida.
Visita del Juniorado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados
El martes 14 de junio, el Juniorado (profesas temporales) de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, con sede en Carabanchel Alto (Madrid), visitó el Valle de los Caídos. Antes de la Misa, recibidas por el P. Prior Administrador, visitaron con él la Basílica. Asistieron a la Misa conventual de 11 h. y a continuación subieron a la Escolanía, donde rezaron el Ángelus con los niños, quienes les ofrecieron algún canto. Después, quedando al cargo de su atención otros dos monjes y algunos niños, visitaron la Hospedería y el cementerio de los monjes y, tras la comida y un tiempo de descanso, rezaron Nona con la Comunidad benedictina en la capilla del monasterio.
Concierto de la Escolanía del Valle de los Caídos en Camarena
El viernes 10 de junio por la tarde, la Escolanía ofreció un concierto en la Iglesia Parroquial de Camarena (Toledo), con ocasión de la restauración del órgano, dentro del programa de restauración de órganos barrocos de Castilla – La Mancha patrocinado por la Junta autonómica y por la Iglesia. Los niños del Valle cantaron piezas gregorianas y polifónicas alternando con el órgano o sostenidos por éste, a cargo del cual se encontraba José Manuel Martín-Delgado. La dirección musical la llevaron el P. Laurentino Sáenz de Buruaga e Ignacio Muñoz.







