Entre los días 28 y 30 de mayo la Escolanía del Valle de los Caídos ha viajado a Almería para ofrecer un concierto y participar en una celebración eucarística. Por iniciativa de la Hermandad de la Providencia, el viernes 29 los escolanes cantaron un concierto con repertorio gregoriano y polifónico de tema mariano en la iglesia de la Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús. Al día siguiente, solemnizaron con sus voces la Eucaristía presidida en el mismo templo por el P. Santiago Cantera, superior de la comunidad benedictina de Santa Cruz. Durante su estancia hubo tiempo para disfrutar de los impresionantes acantilados del Cabo de Gata y admirar la belleza de la catedral almeriense.
La Escolanía canta en Villarrobledo
El sábado 23 de mayo, la Escolanía del Valle de los Caídos ofreció un concierto en la parroquia de San Blas en Villarrobledo (Albacete). El concierto fue organizado con motivo del 450 aniversario de la Cofradía del Santo Sepulcro y de la Soledad de esa localidad. El público asistente disfrutó, en la primera parte, del canto gregoriano en el marco magnífico del templo que refleja los estilos gótico, renacentista y barroco; la segunda parte, estuvo dedicada al repertorio polifónico religioso.
Corpus Christi 2015
Queridos hermanos:
El Concilio Vaticano II ha definido la Eucaristía como “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, 11), porque ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 5). Por eso decía San Ireneo de Lyon en el siglo II que es el compendio y la suma de nuestra fe. No en balde es “el misterio de la fe” o “el sacramento de la fe” (mysterium fidei), como proclama el sacerdote en la consagración.
Según recordó Benedicto XVI en su exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007) recogiendo la denominación ofrecida por Santo Tomás de Aquino: “Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre” (n. 1). Y San Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) que nos regaló no mucho antes de su muerte, comenzaba diciendo (n. 1): “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: ‘He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mt 28, 20)”.
Por lo tanto, nos hallamos ante el más excelso de los siete sacramentos, según lo enseñaba claramente el Catecismo Romano publicado tras el Concilio de Trento, porque contiene a Jesucristo mismo, autor de la gracia y de los sacramentos.
Según hemos podido observar en las lecturas que la Sagrada Liturgia nos propone para hoy, tomadas del Éxodo (Ex 24,3-8) y de la carta a los Hebreos (Hb 9,11-15), así como el salmo que se ha cantado (Sal 115,12-13.15-18), todas las cuales introducen al texto del Evangelio de San Marcos que hemos escuchado (Mc 14,12-16.22-26), la Eucaristía es el Sacrificio de la Nueva Alianza instituida por Jesucristo con su Sangre. Por eso se dice correctamente que la Santa Misa es el mismo Sacrificio de Cristo en la Cruz que se renueva y actualiza de forma incruenta en el Altar. Cada vez que se celebra la Santa Misa, nosotros estamos presentes en el mismo Sacrificio Único de la Cruz; es algo que milagrosamente sobrepasa el tiempo y el espacio.
Cada vez que se celebra la Santa Misa, este Sacrificio único de Cristo se actualiza, se representa: no en el sentido de una representación teatral, sino de que se “re-presenta”, de que se hace presente de nuevo. Decimos también que este Sacrificio se renueva: no porque necesite ser hecho otra vez, no porque sea preciso renovarlo porque se haya quedado ya viejo, sino que con esta expresión se dice que se realiza de nuevo ante nosotros como una sola y única vez; es el mismo y único Sacrificio que Cristo ofreció una vez, del que en la Santa Misa nos hace ahora partícipes y del cual se derivan infinitos frutos, pero ahora se celebra de un modo incruento.
cristo se ofrece en la Eucaristía a la vez como Víctima, Sacerdote y Altar; se ofrece a Sí mismo al Padre por nosotros. Él es la Víctima, la Hostia pura, la Oblación perfecta y única que puede mediar entre Dios y los hombres porque es a la vez verdadero Dios y verdadero Hombre; el único Mediador es Víctima y Sacerdote, porque ofrece el Sacrificio y éste no es otro que la ofrenda de Sí mismo. Y Él mismo es también el Altar sobre el que se celebra el Sacrificio: Él ofrece su propio Cuerpo y sobre su Cuerpo se derrama su propia Sangre.
Nuestra actitud, por tanto, debe ser de amor, de adoración y de agradecimiento, que debemos expresar incluso físicamente, porque Él se ha quedado con nosotros en el Pan y el Vino consagrados para que podamos verlo y gustarlo alimentándonos con Él. Siempre que nuestras condiciones físicas lo permitan, debemos arrodillarnos ante Él, sobre todo en el momento de la consagración en la Santa Misa y cuando se encuentra expuesto en la custodia, al menos al principio y al recibir su bendición. Debemos hacer la genuflexión ante el sagrario donde queda reservado. Debemos hacerle compañía cuando está expuesto en la custodia o reservado en el sagrario, orando ante Él con devoción. Debemos recibirlo en la comunión estando en gracia de Dios, sin pecado mortal, recordando a Quién recibimos y con el alma enamorada de Él. Debemos recordar con cuánta delicadeza y ternura deben tratarlo los sacerdotes, cuyas manos han sido ungidas para conferir este Sacramento y tratar con las especies consagradas, e igualmente los diáconos, a quienes se ha ordenado para el servicio del altar y de la comunidad.
Al final de la Santa Misa de hoy, acompañemos procesionalmente a Jesús Sacramentado y hagámoslo con María, la Mujer Eucarística, como la han definido los Papas recientes.
Dedicación de la Basílica de Santa Cruz del Valle de los Cáidos
Hermanos amados en el Señor: La solemnidad de la Dedicación de esta basílica de Santa Cruz nos introduce en el misterio de la Iglesia. El edificio material que nos acoge, la iglesia como construcción recibe todo su sentido de la construcción que es el Cuerpo de Cristo, edificio no material formado por las piedras vivas que son los fieles. Jesucristo nos ha convocado a ser su Cuerpo, nos ha dado una dignidad increíble. Y para ello nos ha redimido con su muerte y resurrección, que nos disponemos ahora a actualizar sacramentalmente. Es la manera más perfecta de dar gloria al Padre en el Espíritu, ofrecerle el sacrificio de su Hijo.
El ahora San Juan XXIII, papa que concedió el título de basílica a esta iglesia, veía proféticamente acercarse a ella multitud de peregrinos cuyo objetivo naturalmente no debía ser admirar un monumento o un museo digno de fotografiar, sino un lugar de culto en el que los sacramentos instituidos por Cristo, para regenerar a la humanidad envilecida por el pecado, pudieran ser recibidos en abundancia, para que dichos peregrinos encontraran aquí una fuente donde recuperar su imagen y semejanza con Dios.
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Tan elevado cometido exige de todos nosotros sin excepción que nos penetremos bien de este espíritu con el que quiere el Señor ser servido en su templo santo. Aquí nadie está de más ni tiene una misión irrelevante, a no ser que quisiera uno excluirse a sí mismo con gran dolor para el Corazón de Cristo. Todos debemos tener muy claro que el único liturgo es Jesucristo. Todos los demás somos ministros o servidores del único que puede ser absolutamente Pontífice o puente entre Dios y los hombres. El único servicio digno a Dios lo puede ofrecer su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que al revestirse de nuestra carne mortal introdujo en este destierro terrenal el único sacrificio y la única alabanza que le agrada. Nosotros en tanto ofrecemos su único sacrificio y su única alabanza y Él se digna hacerlos suyos y presentarlos al Padre en el Espíritu Santo podremos realizar esta participación en su santo servicio en el que nos da cabida misericordiosamente, pues ha hecho de nosotros un pueblo de reyes, sacerdotes y profetas.
Muy recientemente la voz más autorizada en este terreno después del propio papa Francisco, el cardenal Sarah, Prefecto de la Sagrada Congregación para el culto y los Sacramentos, acaba de declarar que fue el Papa Francisco quien le encomendó al asumir su cargo continuase “la buena obra en la liturgia comenzada por Benedicto XVI”, en contra de los que algunos pretendían iba a ser una tarea de desmantelamiento y marcha atrás. Y esta tarea que el Papa encomienda a dicho cardenal es lograr que la liturgia sea ante todo adoración a Dios todopoderoso y no un evento social donde lo primero es expresar nuestra identidad e ideología, que suelen ser excluyentes y donde queden bien reflejadas nuestras propias ideas más allá de las opciones legítimas permitidas por los libros litúrgicos actualmente en uso. En segundo lugar se trata de promocionar una sólida formación litúrgica, pues la propia reforma litúrgica del Concilio no podría llevarse a cabo dice el mismo Concilio, si antes los mismos pastores de almas no se impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la liturgia y llegan a ser maestros de la misma”. Pero sacerdotes y fieles han sufrido en este postconcilio a un ejército de pseudo-liturgistas que han manipulado la liturgia y, en cambio, aquellos que se han esforzado por ser fieles a la letra y al espíritu de la liturgia han sufrido una marginación humillante. Dios quiera que recuperemos la paz y dignidad de la liturgia que ha sido la nota dominante durante siglos y que todavía no hemos alcanzado.
La liturgia que se celebra en cualquier iglesia del mundo por pequeña que sea o por exigua que sea la asamblea de fieles que allí se reúne, debe ser una liturgia que sea reflejo de la que se celebra en la Jerusalén celestial. Ese el privilegio que tenemos y que debemos aprovechar. No podemos que darnos en lo superficial, tenemos que hacer el esfuerzo de entrar en el misterio que celebramos y unirnos a él en espíritu y en verdad.
En cada celebración litúrgica debemos esforzarnos para que nuestra mente y nuestro cuerpo concuerden con nuestros labios. En todo momento hemos de procurar no sólo mantener la mente fija en las oraciones o lecturas atención cerebral , sino también que el cuerpo adopte una postura digna que nos ayude a rezar. Pero es sobre todo la atención cordial, ese celo por entrar en comunión con los sentimientos del Corazón de Cristo, que ardía en celo por la casa de Dios y por su gloria. Quitemos pues aquello que rebaja este alto y digno servicio que el Señor espera de nosotros.
Hay algo que nos puede ayudar de manera eficaz a conectar con los sentimientos de Cristo, y consiste en que cuando recibimos la comunión le pidamos a la Santísima Virgen que sea Ella quien reciba a Jesús en nosotros. De esa forma, Jesús vendrá muy gustoso a nosotros porque está el seno virginal de su Madre dispuesto a recibirlo. Suple en nosotros lo que no somos capaces. Pero esta mediación maternal está a nuestro alcance y acudir a nuestra Madre no es cansarla como algunos dicen, sino darle la alegría de emplear las gracias que por la misericordia de Dios puede dispensar generosamente.
Pentecostés
Queridos hermanos:
En la solemnidad de Pentecostés que hoy celebramos, recordamos cómo el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles a los cincuenta días de la Resurrección de Jesucristo, infundiéndoles luz y fuerza para anunciar al mundo sin miedo sus enseñanzas y su salvación, según hemos escuchado en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11). Por eso sabemos que el Espíritu Santo es quien guía, alienta y santifica la vida de la Iglesia después de la Ascensión del Señor a los Cielos, como nos ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios al hablar de la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas que Él suscita para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b-7.12-13).
Y sin embargo, ¡cómo ignoramos los católicos con frecuencia al Espíritu Santo! Con mucha razón, un gran teólogo dominico español fallecido hace unos pocos años, el P. Royo Marín, le denominó “el Gran Desconocido” en un libro que dedicó a la tercera persona de la Santísima Trinidad. Sin embargo, los cristianos orientales son grandes devotos del Espíritu Santo y son muy conscientes de su acción eficaz en la vida de la Iglesia y en los sacramentos.
El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo según profesamos en el Credo, es igualmente enviado por el Padre y por el Hijo para vivificar la Iglesia y para dar vida espiritual en nuestras almas. Es el Amor que une al Padre y al Hijo y es el Don, el regalo que ellos nos hacen, que nos dan, para que nos llene de vida y de santidad. Es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre: “el Paráclito, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,26). En la aparición recogida en el Evangelio de hoy (Jn 20,19-23), Jesús concedió ya el Espíritu Santo a los Apóstoles, pero no lo recibirían en plenitud hasta el día de Pentecostés, como hemos visto en la primera lectura.
Necesitamos acudir a este “dulce huésped del alma” que es el Espíritu Santo, según lo hemos invocado en la secuencia antes del aleluya. Necesitamos rogarle que nos conceda sus siete dones, esos siete regalos que nos da para que seamos dóciles a sus propias inspiraciones para elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él: son los dones de sabiduría, de inteligencia o entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios. Debemos pedir estos dones, que son disposiciones permanentes que nos hacen dóciles para seguir los divinos impulsos del Espíritu Santo.
¡Cuántas veces, hermanos, no somos conscientes de la riqueza interior a la que Dios nos llama! Nosotros nos aferramos a las cosas de la tierra, a las riquezas materiales, al bienestar temporal, y con harta frecuencia despreciamos o ignoramos la vida espiritual, que es la verdaderamente importante. Nada nos vamos a llevar de este mundo al otro cuando muramos. Y sin embargo, el Espíritu Santo nos quiere introducir en la más íntimo y profundo de la vida de Dios, en la vida de amor existente entre las tres divinas personas de la Santísima Trinidad.
Oremos al Espíritu Santo, pidámosle que nos conceda sus siete dones, que haga efectivos en nosotros sus frutos, que nos permita conocerle mejor a Él mismo y conocer mejor al Padre y al Hijo, que nos aliente el deseo del Cielo y el ansia de penetrar en la vida trinitaria. Pidamos también al Espíritu Santo que nos haga ser conscientes de que Él suscita la santidad de la Iglesia y de que Él hace realidad lo que se celebra en los sacramentos y que éstos sean eficaces para nuestras almas. Advirtamos que, cuando en esta Santa Misa tenga lugar la consagración, Él va a descender sobre las especies del pan y del vino para que se transformen realmente en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Y tomemos conciencia de que, si recibimos la Comunión en las debidas condiciones, Él va a hacer que fructifique en nosotros este alimento espiritual, haciendo que, como decía San Agustín, nos transformemos en aquello mismo que recibimos, es decir, en Jesucristo Nuestro Señor.
Momentos muy adecuados para pedir la luz y la fuerza al Espíritu Santo son, por ejemplo: cuando un sacerdote se dispone a confesar, cuando una persona debe dar un consejo, cuando tenemos un problema que no sabemos cómo resolver, cuando vamos a estudiar o a redactar algo, cuando nos asalta una tentación, etc.
Que María Santísima, que estaba presente con los Apóstoles el día de Pentecostés, nos ayude a conocer mejor al Espíritu Santo para progresar con provecho en nuestra vida espiritual penetrando en el misterio de Dios. Pidámosle también que Ella ruegue para que el Espíritu Santo fortalezca a los cristianos perseguidos, por los que la Iglesia española ha venido orando especialmente durante esta semana.
El Valle apuesta por la cultura
Durante este tiempo de primavera prosiguen en el Valle dos ciclos de conferencias, organizados por la Fundación “Foro San Benito de Europa” en colaboración con la comunidad benedictina. Desde octubre se viene celebrando el ciclo titulado “Europa: Raíces, Identidad y Misión”. El día 26 de abril el Dr. Carlos Gregorio Hernández leyó la conferencia “1648: la redefinición de Europa”. El próximo 24 de mayo el turno le corresponderá al Dr. José Luis Orellana, que disertará sobre “La Nueva Edad Media”. Paralelamente se está desarrollando el “II Ciclo formativo de Liturgia para seglares”, que este año lleva por título “Liturgia y Eucaristía: la ofrenda del ágape cristiano”. La peculiaridad de este ciclo es su doble sede, ya que varias conferencias se celebran en la Basílica de la Concepción de Madrid. El pasado 16 de mayo el P. Diego Figueroa pronunció la conferencia “Lo partió y lo dio: Liturgia y caridad”. El ciclo se cerrará en la Hospedería externa del Valle de los Caídos el próximo 13 de junio con la intervención del P. Juan Pablo Rubio y de Mons. Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo.







