Durante los días 6 y 8 de mayo ha tenido lugar en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo (Roma) el X Congreso Internacional de Liturgia. Bajo el título “Carmina Laudis: respuesta en el tiempo al eterno”, el argumento central ha sido la Liturgia de las Horas. Nuestra abadía ha estado representada por el P. Juan Pablo Rubio, que es profesor de este centro de la Orden Benedictina, quien presentó una comunicación titulada: “El Oficio divino en la vida del clero a finales de la Edad Media: una visión a través de las constituciones sinodales hispanas”. A él también le fue encomendada la dirección de la schola de cantores que actuó en las celebraciones litúrgicas. La apertura fue presidida por el Abad Primado de la Confederación benedictina Dom Notker Wolf, mientras que en la clausura estuvo presente el Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos.
Ascensión del Señór
Queridos hermanos:
Al igual que la Resurrección del Señor, su Ascensión a los cielos es un hecho real y verdadero, acontecido en un momento histórico determinado y en un lugar geográfico concreto. No se trata de un hecho imaginario ni de un producto de la sugestión de los Apóstoles, que eran bastante incrédulos hacia este tipo de fenómenos extraordinarios. Tanto el relato de los Hechos de los Apóstoles como el del Evangelio del mismo autor, San Lucas, que no corresponde leer este año, lo dicen expresamente. El primero nos ha indicado que los Apóstoles “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” y que ellos “miraban fijos al cielo, viéndole irse”, cuando dos ángeles les aseguraron que volvería (Hch 1,9-11). En cuanto al Evangelio de San Lucas, dice que “mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo” (Lc 24,51).
La Ascensión del Señor es, por tanto, una verdad que debemos creer y por eso lo vamos a profesar al rezar el Credo. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos con una prefiguración de este acontecimiento en la asunción de Enoc (Gén 5,24; Sir 44,16) y en la del profeta Elías (2Re 2,11; Sir 48,12).
De las varias lecciones que podemos extraer de este hecho, hay dos que quizá debamos destacar ahora.
Por una parte, la Ascensión hace efectivo el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor de enviarnos al Espíritu Santo como Paráclito, como Abogado, como Defensor y Consolador que iluminará y dará fuerza a la Iglesia naciente para predicar el Evangelio: “os conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7). Jesucristo no nos abandona, pues lo ha dicho claramente en el Evangelio de hoy: “sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esta presencia, que nos da fuerza para anunciar la buena nueva, se hace efectiva por la misión del Espíritu Santo, por el envío de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, hace eficaz la gracia divina que se derrama a través de los sacramentos, de la oración y de las buenas obras, y nos permite conocer así a Jesucristo, quien a su vez nos muestra al Padre y nos conduce a Él (cf. Jn 14,6-11). La acción del Espíritu Santo, que se ha hecho posible plenamente a raíz de la Ascensión de Jesús, nos introduce de este modo en la vida de la Santísima Trinidad.
Otra lección muy importante de la Ascensión del Señor es la promesa del Cielo para nosotros. Jesucristo nos ha abierto el camino a la gloria eterna. El descenso de su alma humana al seno de Abraham después de la muerte en la Cruz, yendo a rescatar a los justos del Antiguo Testamento para llevarlos al Cielo, así como su Resurrección en la carne, nos dan la clave de su misión entre nosotros: Cristo ha venido al mundo, enviado por el Padre, para rescatarnos del pecado, para reconciliarnos con Dios y para abrirnos las puertas de la gloria eterna. Su cuerpo resucitado nos enseña el estado glorioso al que nuestro cuerpo está llamado también cuando tenga lugar la resurrección de la carne al final de los tiempos, algo que no sólo la fe nos enseña, sino que además la realidad metafísica de la persona humana exige, como enseña la filosofía iluminada por la fe.
San Beda el Venerable, monje inglés de los siglos VII-VIII, lo expresa claramente: “He aquí que con la Ascensión al cielo del Mediador entre Dios y los hombres hemos sabido que les había sido abierta a éstos la puerta de la patria celestial. Por tanto, apresurémonos con todo nuestro afán hacia la eterna felicidad de esa patria” (Homilía en la Ascensión del Señor).
Este mismo Doctor exhorta a buscar el cielo por medio de las obras de caridad. En esta semana podemos centrar de un modo especial nuestra caridad en la oración y también en la ayuda económica a favor de los cristianos perseguidos, acogiendo la iniciativa de la Iglesia y de un modo muy especial de la Iglesia española y de nuestro Arzobispo. Todos sabemos la cruda realidad que están viviendo hermanos nuestros de fe en muchos países, sobre todo en estos tiempos en varias naciones del Próximo Oriente y de África bajo la presión del islamismo más violento, que además supone una amenaza para Europa y el mundo entero. La pretensión de esos grupos islamistas es acabar por completo con las minorías religiosas y de un modo particular con el cristianismo, y se corre el riesgo auténtico de que esto llegue a suceder, como estamos comprobando en Irak. Sin embargo, a pesar de esa presión y del terror más salvaje, no deja de sorprendernos el ejemplo heroico de aquellos cristianos, que en no pocas ocasiones están afrontando el martirio de manera admirable, con la mirada puesta únicamente en Dios y en la vida eterna. En medio de nuestras comodidades, ellos deben ser un estímulo para nuestra fe aletargada.
Que María Santísima cubra con su manto protector a estos hermanos perseguidos y ruegue por nosotros para que el Espíritu Santo nos llene de semejante fe y fortaleza.
Domingo VI de Pascua
Queridos hermanos:
En la celebración de la Pascua conmemoramos el acontecimiento central de nuestra fe: Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado de entre los muertos al tercer día, según las Escrituras. Dios Padre ha aceptado su sacrificio por nosotros. La victoria de Cristo, que es la victoria de un amor llevado hasta el extremo, es también la nuestra. Por eso, como nos recuerda la oración colecta, estos son días de alegría y gozo: ¡Cristo vive resucitado y nos ha prometido su presencia hasta el final de la historia! La palabra de Dios, escuchada y meditada en nuestro interior, nos ayuda también en este otro sentido: la luz de la resurrección no hace desaparecer la cruz, sino que ayuda al creyente a comprender el misterio del amor que se desprende de ella (C.M. Martini). El tiempo pascual no se vive tratando de olvidar nuestras cruces o de evadirnos de nuestros problemas, sino mirándolos con ojos nuevos, a fin de penetrar en el valor y el sentido que tienen en nuestra propia vida.
La palabra que vertebra e ilumina la celebración de este domingo es el amor; ese amor que ha alcanzado su expresión máxima en la muerte y la resurrección de Cristo. Las lecturas nos proporcionan dos de sus cualidades esenciales: que la fuente del amor es Dios, que ha tenido la iniciativa de amarnos primero, y que es universal, es decir, que alcanza a la humanidad entera.
El relato evangélico nos indica que Dios es la fuente del amor: el amor procede del Padre, pasa a través del corazón de Jesús y llega hasta nosotros. Pensar que la fuente somos nosotros es una falsa ilusión. Es más, san Juan se atreve a decir que «Dios es amor», que no es una potencia despiadada, un juez intransigente o un tirano. La Biblia nos lo revela como generosidad absoluta y benevolencia infinita (A. Vanhoye). Estamos ciertamente en el punto más elevado de la revelación del Nuevo Testamento. La frase de san Juan no es el resultado de muchos años de estudio e investigación. El discípulo amado fue testigo de la hora de la Cruz y fue allí, contemplando a Jesús traspasado por nuestros pecados, perdonando a sus verdugos e implorando la misericordia de Dios sobre todos, fue allí –digo– donde Juan comprendió que el misterio de Dios es ante todo un misterio de Amor. Considerad, de nuevo, cómo el recuerdo de la Cruz a la luz de la Resurrección ayuda a entender el amor que Dios nos tiene. Por eso os decía que este tiempo es propicio para dirigir una mirada diferente, sanadora y esperanzada, hacia nuestras propias cruces, hacia nuestras pruebas y heridas, a fin de descubrir en ellas el sentido positivo que encierran en el proceso de asemejarnos a Cristo.
Que Dios es amor o caridad, como traducen algunas biblias, indica al menos dos cosas: que en Jesucristo, Dios se ha manifestado a sí mismo como alguien que nos ama; y que Dios actúa así porque él mismo es pura donación personal desinteresada (M. Iglesias). Jesús es consciente de que recibe el amor del Padre, de que él es el mediador de ese amor y nos lo debe transmitir, y lo hace dando su vida por nosotros. En la Última cena dio gracias al Padre, que ponía en su corazón un amor infinito y al que se adhería con todo su ser humano y divino. Así, pretendía ofrecer su propia vida por las personas que amaba: no sólo por sus discípulos, sino también por todos los hombres.
De esta manera, Jesús nos hace comprender que nuestro amor no puede reducirse a un amor afectivo, un sentimiento superficial, sino que ha de ser también efectivo, que se manifiesta en la observancia de sus mandamientos: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor». El amor ha de resplandecer en las obras de la vida concreta, debe brillar en las acciones y gestos cotidianos; de lo contrario, se torna un amor ilusorio.
El reto que se nos plantea es amar como Jesús, pero esto nos resulta imposible si no tenemos en nuestro interior su mismo corazón. La Eucaristía tiene precisamente la finalidad de poner en nosotros el corazón de Jesús, de modo que éste sea eficaz en nuestra vida y toda ella esté guiada por sus sentimientos generosos (A. Vanhoye).
Fijaos, además, que el Señor nos muestra un amor lleno de delicadeza y de generosidad: «Ya no os llamo siervos… A vosotros os llamo amigos». El amor de Jesús lleva el sello de la amistad. No sé hasta qué punto somos conscientes de que ser amigos de Jesús es algo extraordinario, porque él es el Hijo de Dios, lleno de santidad y de perfección. ¿Quiénes somos nosotros o qué hemos hecho para merecer su amistad y su amor? Esta amistad él la manifiesta con la confianza, con la comunicación de los pensamientos y de los sentimientos de Dios: «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer». La vida cristiana es una vida de confianza con Jesús, y esto también es maravilloso. Naturalmente, por nuestra parte, debemos estar atentos para acoger sus mensajes de amor. Para ello es fundamental la oración: si no oramos, si no meditamos, no podremos acoger lo que Jesús quiere decirnos en el fondo de nuestra alma. Vivir en esta intimidad con Jesús, ser guiados por él, vivir en el amor efectivo es lo que infunde en nosotros la alegría más perfecta.
Teresa del Niño Jesús, sobrecogida por este misterio, oraba así: «Dios mío, lo único que te pido es el Amor. No puedo hacer obras brillantes, pero mi vida se consumirá amándote». Y su programa era muy concreto: «aprovechar todas las pequeñas cosas y hacerlas por amor». Cuando descubrimos, como san Juan, que Dios es amor de donación, ya sólo tiene sentido en nuestra vida agradecer, alabar, hacerse disponible para amar en toda circunstancia. No esperes a que las cosas cambien para empezar a amar. En las circunstancias más adversas, no tienes nada que perder, puesto que nada ni nadie te puede impedir hacer lo mejor, que es amar. Cristo siempre pensó en ti amándote y esto te basta para no sentirte frustrado.
Pidamos a María, que concibió al Hijo creyendo y creyendo esperó su resurrección, que nos disponga para dejarnos transformar por los misterios que estamos recordando y así seamos testigos audaces y valientes del Resucitado, presente en su Iglesia hasta el fin del mundo.
Celebración de la fiesta del Obispillo en la Escolanía
El viernes día 1 de mayo se celebró en la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos la tradicional fiesta del Obispillo, que antiguamente tenía lugar el 28 de diciembre. Las dignidades fueron Abraham Molero (obispillo), Sergio Alonso (vicario) y Jorge López (secretario). Antes de la misa conventual se procedió a la investidura. Acto seguido, la celebración eucarística comenzó con la solemne procesión encabezada por los tres escolanes. Más tarde, ya en la Escolanía, se tuvo el beso del anillo y la comida familiar en la Hospedería externa. Por la tarde, el acto central fue la representación teatral protagonizada por los escolanes de 2º de ESO. No faltó tampoco la entrega de trofeos, premios y diplomas, que culminó con un recital dirigido por los propios alumnos
XXXVII Capítulo General de la Congregación de Solesmes
Entre los días 14 y 25 de abril se celebró en la Abadía de San Pedro de Solesmes (Francia) el Capítulo General de la Congregación de Solesmes. Nuestro superior, el P. Santiago Cantera asistió junto con los abades de Silos y Leire. Durante esos días cada uno se leyó un informe sobre el estado de cada comunidad. Asimismo, se trató el tema de la paternidad espiritual, con una serie de conferencias impartidas por Mons. Martín de Elizalde, OSB, obispo de Nueve de Julio (Argentina), Sor Clara de Sazilly (abadesa de Santa Cecilia de Solesmes), dom Richard Yeo (abad-presidente de la Congregación benedictina Inglesa), Mons. Tony Anatrella (psicoterapeuta) y del obispo de Le Mans. El miércoles 25 de abril los participantes visitaron el antiguo monasterio maurino de Evron, que en la actualidad es la casa principal de la Comunidad de San Martín. Al término del Capítulo, los superiores españoles pudieron visitar también los monasterios de Ligugé, Randol y Ganagobie.
Nuestra Señora del Valle
Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de El Paular y el Valle de los Caídos –y recordamos también a nuestros hermanos jerónimos de El Parral, que no han podido venir–, hermanos todos en el Señor:
La Iglesia siempre mira a María como Madre que nos acoge y como modelo de virtudes, como estrella que nos guía y como puerta del Cielo. Sin Ella, la vida del cristiano sería mucho más triste. Y es que Dios, en su infinita bondad y en su conocimiento perfecto de la naturaleza humana que Él mismo ha creado, no ha querido dejar de darnos a los hombres aquello que más necesita un hijo: una Madre. Él mismo, desde toda la eternidad, dispuso dar una Madre a su propio Hijo, quien había de encarnarse para redimirnos del pecado y elevar nuestra condición introduciéndonos en la vida divina por la acción eficaz del Espíritu Santo.
Elegida amorosamente por Dios desde la eternidad para ser la Madre de su Hijo, María es por eso la más perfecta, la más excelsa y la más hermosa de las criaturas salidas de sus manos de Dios, hasta el punto de que, siendo por naturaleza inferior a los ángeles, ha sido sin embargo elevada por Él a la dignidad de Reina de los Ángeles y a Ella le sirven como Señora todas las criaturas espirituales. La Maternidad divina es, en efecto, la raíz de todos los otros privilegios y gracias con que Dios ha ennoblecido a María.
Hemos dicho que es Madre que nos acoge. Ella ha estado asociada estrechamente a su Hijo como auténtica Corredentora y Él nos la ha querido dejar por Madre a todos los hombres desde la Cruz, cuando se la encomendó a San Juan Evangelista y a él se lo entregó como hijo. De aquí nace su Maternidad espiritual sobre la Iglesia y sobre toda la humanidad, que Ella ejerce como Abogada y Medianera de todas las gracias desde el Cielo. En consecuencia, como bien se le dice en la bella oración del “Acordaos”, “jamás se ha oído decir que ninguno que haya acudido a Vos, implorado vuestra asistencia o reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos”. Por eso acudimos desde las dificultades de la vida confiados en que nos escuchará y nos sostendrá. Como la invocamos en las letanías lauretanas, María es verdaderamente para nosotros salud, refugio, consuelo y auxilio.
También es modelo de todas las virtudes. Colmada por Dios de gracias y privilegios en razón de su Maternidad divina, es el ejemplo más sublime de pureza de alma y de cuerpo por su Virginidad intacta, y al ser verdaderamente Inmaculada desde el mismo instante de su Concepción, a Ella debemos acudir en nuestra lucha contra el pecado. María reúne en sí la síntesis más completa y más perfecta de todas las virtudes: las teologales, las cardinales y las otras virtudes morales. En su fiat al ángel descubrimos su fe, en su serenidad ante la muerte de Jesús y a la expectativa de su Resurrección encontramos una Mujer llena de esperanza, y en su solicitud hacia todos los que la rodean palpamos su caridad desbordante. En Ella observamos asimismo la justicia, la prudencia, la fortaleza, la templanza, la obediencia, la humildad, la laboriosidad y todas las virtudes que podamos buscar.
En consecuencia, María es la estrella que nos guía en esta vida y la puerta que nos abre el Cielo. Es conocida la homilía de San Bernardo en la que exhorta repetidamente al fiel a buscar el amparo de María, la “estrella del mar”: ante la duda, ante la tribulación, ante la tentación, ante el peligro, como una barca en el mar –nos dice él–, “mira la estrella, invoca a María” (En alabanza de la Virgen Madre, homilía II, 17).
Por tanto, María, que es el Acueducto por el que Dios nos envía sus gracias y es nuestra Abogada ante Él, es igualmente la puerta del Cielo, como nos recuerda el nombre de una de las cartujas españolas. Ella, Madre de misericordia, nos alcanza el perdón de Dios para poder llegar al Cielo, donde reina sobre toda la Creación en unión de su Hijo.







