El sábado 25 de abril la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos ofreció un concierto en el Convento de Carmelitas Descalzas de Malagón (Ciudad Real), fundado por Santa Teresa, dentro de los actos del V Centenario de su nacimiento. Asimismo, los escolanes preparan la que será su tercera participación en el Festival Internacional de Canto Gregoriano de Watou (Bélgica) a partir del 8 de mayo. Durante su gira tienen previsto actuar en Boëseghem (Francia: día 8 de mayo), en Dunkerque (9 de mayo), en Koksijd (Bélgica: 10 de mayo), en la Catedral de Bruselas (11 de mayo) y en la Catedral de Amberes (12 de mayo). Por último, el día 14 en Remscheid (Alemania) cantarán la Misa de la Ascensión en la Iglesia de San Buenaventura.
Nuestros estudiantes de teología en el monasterio de La Oliva
Desde el lunes 13 de abril, fr. Javier Martín y fr. Miguel Torres se encuentran en el monasterio trapense de La Oliva (Navarra) para asistir a los cursos de teología dentro del Plan Regional de Estudios Monásticos (PREM), que cuenta con el reconocimiento de la Facultad de Teología de la Universidad San Dámaso de Madrid. Entre las materias cursadas durante estos días, con una modalidad intensiva, figuran psicología, pensamiento medieval, cristología y sacramentos de iniciación.
Domingo III de Pascua
Hermanos queridos en el Señor Jesús: La celebración de la Pascua nos está abriendo perspectivas de esperanza de salvación, de perdón de nuestros pecados, de vida en el espíritu, en un mundo que se niega a tener otras miras que las egoístas centradas en el tener, en el poder y en el placer. Este cambio de horizonte no nos resulta fácil a ninguno. Pero cuando hemos tenido experiencia de lo bueno que es el Señor no queremos que se nos borre de nuestro ser este conocimiento tan rico de la vida sobrenatural.
Las lecturas ilustran cómo se ha producido en la historia humana el cambio que ha tenido lugar con la muerte y resurrección de Jesucristo.
Los apóstoles lo pasaron muy mal cuando tuvieron que decir la verdad sobre la muerte de Jesucristo. Las autoridades judías no dejaron de responder con la violencia para disuadirles de predicar tales cosas, que les hacían a ellos responsables de una muerte homicida. Pero enseguida, en armonía con las palabras de Jesús en la cruz, añaden que lo hicieron por ignorancia. Y así es: los hombres no somos capaces de entrar en la hondura del pecado. Cuando estamos en contacto con el pecado solo pasamos una pizca del horror que le acompaña. Sólo Dios alcanza a ver el horror del pecado. Y sin embargo somos responsables de nuestros pecados conscientes, aunque gracias a esa ignorancia de la inmensidad del pecado Dios encuentra una buena excusa para perdonarnos si hay por nuestra parte suficiente arrepentimiento. El apóstol no da un rodeo para no hablar del pecado: dice que lo entregaron cuando Pilato ya estaba decidido a soltarlo, que prefirieron el indulto del asesino y la muerte del inocente, matan al autor de la vida que resucita. Pues bien este que muere y resucita es el Salvador de los hombres e intercede día y noche por nosotros.
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Pedro, cabeza de la Iglesia naciente no está resentido con los perseguidores judíos que había dado muerte a su querido Maestro de Galilea y lo único que les pide que se arrepientan y se conviertan. Les invita a que se hagan beneficiarios de su amor. En la historia humana esto nunca se ha visto: que alguien por impulso humano perdone tan gran culpa y encima le invite a participar de sus riquezas. Solo de Dios puede venir tanto amor, o de personas que están llenas de Dios.
Otro tanto hace el Apóstol Juan quien recomienda al que cometa pecado que pida a Jesús que abogue ante el Padre Dios, porque Él es víctima de propiciación de nuestros pecados. Esto es lo que celebramos en cada Eucaristía. El Señor se olvida de que le hemos ofendido cuando pedimos perdón. ¿Qué nos pide Dios? Que nos alejemos del pecado, que cambiemos nuestras vidas, y que vivamos felices en Su Amor. El Señor nos ama tanto y nos bendice. Guardemos Su Palabra. Seamos fieles a Sus mandamientos y esperemos el gran día que ha de llegar. Si nos pide compasión para su pobre Corazón que sufre día a día la ignominia de nosotros, que somos un pueblo rebelde y malvado. ¿A quién odiamos? A nuestro Hacedor, a nuestro Salvador, a quien nos ama desde el Sagrario, en un amor insondable y perdido. ¿No vamos a cambiar ante tanto amor que se nos ofrece tan generosa, tan gratuitamente?
Los discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan. Es la oportunidad que tenemos hoy aquí y ahora. No podemos perder esta oportunidad. Es el año de gracia que ha convocado el papa Francisco. Y que no hay que esperar al día de la Inmaculada para aprovecharnos de él. Siempre es año santo para el que asiste a la Eucaristía con renovado amor, con la confianza de que las palabras de salvación que ha escuchado iban dirigidas a él. San Benito nos dice en la Regla que cuando hagamos esto, apartarnos del mal y hacer el bien, buscar la paz y seguirla, el Señor nos dirá: “pondré mis ojos sobre vosotros y mis oídos atenderán a vuestros ruegos, y antes de que me invoquéis os diré: Aquí me tenéis”. Y sigue san Benito: “Qué cosa más dulce para nosotros, hermanos carísimos, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo en su piedad nos muestra el Señor el camino de la vida.”
Confirmación de un grupo de alumnos de la Escolanía
El pasado sábado 7 de marzo recibieron el sacramento de la confirmación ocho miembros de la Escolanía del Valle de los Caídos de 2º de ESO y tres familiares en una emotiva celebración presidida por Mons. Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid. El obispo pudo conversar con ellos antes y después de la celebración, que tuvo lugar en la Basílica a las 11h00, y comió con la comunidad benedictina. Nuestra enhorabuena a los recién confirmados.
Noticia del Valle en Religión en Libertad
En el diario online “Religión en Libertad” ha sido publicada una noticia sobre el Padre Albino Ortega, monje benedictino que llegó a ser superior de la abadía del Valle de los Caídos.
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La noticia hace referencia al licor Alkuino, cuyo creador es el citado Padre Albino y que se ha convertido en el legado más perdurable de este monje en la historia de la Abadía.
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Domingo de Resurrección
Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo Emérito de Segovia; Rvdmo. P. Abad Emérito y queridas Comunidad Benedictina y Escolanía; queridos hermanos todos en el Señor:
Como hemos escuchado al final del relato del Evangelio (Jn 20,1-9), estaba profetizado: Cristo “había de resucitar de entre los muertos”. Las santas mujeres y los Apóstoles estaban desconcertados ante su Muerte, ante su aparente fracaso, y no daban crédito al principio de lo que había sucedido con la Resurrección. Pensaban incluso que se lo había llevado alguien del sepulcro. Tuvieron que verlo ya resucitado con sus ojos, palparlo con sus manos e incluso hasta comer con Él e introducir –en el caso de Santo Tomás– su dedo en los agujeros de los clavos y la mano en la herida de su costado, para creer realmente que aquello era verdadero, que realmente había resucitado. Por eso resulta imposible pensar que los Apóstoles inventasen el relato de la Resurrección: lo que los evangelistas recogen es una realidad y una verdad ante la que se toparon los primeros discípulos y que no estaban predispuestos a creer y menos aún a inventar.
Siempre debemos afirmarlo, por tanto, y lo repito tal cual lo decía esta noche en la Vigilia Pascual: la Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe y un auténtico dogma que hay que creer sin temor. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia (Catecismo de Iglesia Católica, nn. 639, 647 y 656). No fue una sugestión colectiva de los Apóstoles y discípulos, ni una presencia simplemente espiritual entre ellos. El cuerpo de Jesucristo realmente resucitó. Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes, con un cuerpo glorioso, a las santas mujeres, a los Apóstoles y a otros discípulos.
La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la culminación de su Pasión redentora, que hemos celebrado y conmemorado especialmente estos días, pues con ella ha vencido a la muerte, al pecado y al demonio. Los misterios de dolor conducen a los misterios de gloria, y su Ascensión a los Cielos hará posible también que sea enviado sobre la Iglesia el Paráclito, el Espíritu Santo. Por eso la realidad de la Resurrección define y determina por completo la vida de la Iglesia y del cristiano.
El relato expuesto por San Lucas en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (Hch 10,14.37-43), resume a la perfección esta verdad: Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, y luego lo mataron colgándolo de un madero. Hasta aquí, todo podría haber sido una gran labor social y de predicación moral y religiosa, pero habría sido un fracaso si terminara ahí. Ciertamente, el nombre de Jesús podría haber pasado a la historia como el de una persona buena que habría muerto injustamente y nos habría dejado un ejemplo, pero su obra habría quedado incompleta. Por eso añade San Lucas: “Pero Dios lo resucitó al tercer día” y lo hizo ver “a los testigos que Él había designado” para dar “solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”. Por tanto, Jesucristo ha triunfado, ha vencido sobre la muerte, sobre el pecado y sobre el demonio; ha resucitado y vive eternamente y es el Juez supremo, como verdadero Dios que es, y es el único Mediador entre Dios y los hombres, como Dios y Hombre verdadero que es.
Nuestra fe es una fe de esperanza porque cree de lleno en la Resurrección de Cristo. San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe. […] Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados. […] Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad” (1Cor 15,14.17.19).
En efecto, si todo hubiera terminado con la muerte en la Cruz, habría sido realmente un fracaso. Sin embargo, Jesucristo es verdadero Dios y una de las pruebas más grandes de su divinidad es precisamente su Resurrección gloriosa. Gracias a ella, nosotros podemos tener la esperanza de nuestra inmortalidad, la certeza de que nuestra alma es inmortal y de que nuestro cuerpo resucitará como el suyo al final de los tiempos para reunirse definitivamente con el alma. Gracias a su Resurrección, podemos estar seguros de la existencia de la vida eterna y de que estamos llamados a gozar de Dios en ella. Así puede decir entonces San Pablo en la misma primera Carta a los Corintios: “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1Cor 15,20). Él ha sido el primero en resucitar para siempre, abriéndonos la esperanza de la vida eterna que habíamos perdido por el pecado de Adán.
Pidamos a María Santísima, que vivió con singular gozo la alegría de la Resurrección de su Hijo, que seamos capaces de penetrar en la comprensión de estos misterios de gloria para poder llegar al Cielo.
A todos, feliz Pascua de Resurrección.








