En la tarde del miércoles 15 de octubre, la Escolanía del Valle de los Caídos estuvo presente por segunda vez en el pregón de la Jornada Mundial de las Misiones (Domund) en la Catedral de la Almudena de Madrid, invitada por las Obras Misionales Pontificias. Igual que lo hiciera dos años atrás, la Escolanía ofreció su canto para la ocasión y fue felicitada por numerosas personas, entre ellas el propio Cardenal Arzobispo D. Antonio María Rouco y D. Anastasio Gil, responsable de las O.M.P. El pregón fue leído por D. Manuel Pizarro. Algunas de las piezas más destacadas fueron el Himno de las Misiones y el Himno de la Virgen de la Almudena. Al final del acto, el Cardenal se situó entre los niños, cantó con ellos y les regaló unos “pins” de la Virgen de la Almudena.
Toma de hábito de Fray Pelayo
Querido Fr. Pelayo:
Cuenta un hermoso Apotegma de los Padres del Desierto, aquellos primeros monjes de Egipto, que en una ocasión el obispo Epifanio de Chipre, antiguo monje, quiso reencontrarse con el abad Hilarión, y que, en la comida, aquél le ofreció un ave, a lo que éste dijo: “Padre, discúlpame, pero desde que he vestido este hábito, no he comido carne”. A lo cual respondió el obispo Epifanio: “Y yo, desde que tomé este hábito, jamás he permitido que nadie se acostara teniendo algo contra mí ni yo me he dormido con resentimiento contra alguno”. Hilarión le contestó entonces: “Perdóname, tu práctica es mejor que la mía”.
Son muchos los Apotegmas de los “Padres del Desierto” que exponen con una sencillez bellísima el valor del hábito como signo de una nueva vida. Aquellos monjes, revestidos de la “melota” o piel de camello, habían puesto sus ojos en los hábitos vestidos por Elías, Eliseo, los profetas del Antiguo Testamento que vivían en comunidad y San Juan Bautista: un manto, unas pieles, la descalcez… Todo ello exteriorizaba la austeridad y el desprendimiento de una vida que miraba a la consecución de la dicha eterna. Incluso dieron con frecuencia un significado espiritual particular a cada pieza del hábito, como lo reflejan Evagrio Póntico y Juan Casiano.
También San Gregorio Magno nos cuenta cómo N. P. S. Benito, habiéndolo dejado todo para buscar únicamente a Dios, se retiró del mundo y recibió el hábito monástico de manos del monje Román (Diálogos, II, 1). En el monacato antiguo, la vestición de hábito venía a identificarse con la profesión de los votos monásticos. Y cuando San Gregorio Magno emplea la designación conversationis habitus al describir este pasaje, manifiesta la eso, un cambio a un nuevo estilo de vida, una transformación para abrazar toda una vida dedicada al servicio de Dios.
En la Santa Regla, la toma de hábito y la profesión de los votos van unidas en el pensamiento de San Benito. Por eso, el abandono de las vestimentas seglares para recibir las monacales significa y conlleva el cambio total de vida, la asunción del estado monástico (RB 58, 26-28).
El conocido dicho “el hábito no hace el monje” tiene una gran parte de verdad, pues lo que hará al monje ser realmente tal será su vida de monje. Sin embargo, también es verdad que el hábito puede y debe contribuir no poco a que el monje sea un auténtico monje, según nos recuerda Ludovico Blosio: “No traigas el hábito de monje en vano, haz obras de monje” (Espejo de monjes). El hábito, en efecto, conlleva una exigencia de vivir como monje; recuerda de continuo a quien lo lleva su consagración a Dios y sus deberes de estado, sus obligaciones y aquello que no es propio que haga. Su vigor queda realzado por el Magisterio reciente de la Iglesia: el Concilio Vaticano II (Perfectae caritatis, n. 17) y los Papas recientes (Bto. Pablo VI, Evangelica testificatio, n. 22; S. Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 25) lo han definido como “signo de consagración” y han pedido vivamente su uso.
Y el fundador de nuestra Congregación Solesmense, Dom Próspero Guéranger, nos recuerda que el hábito es “signo visible de la separación del mundo”. Por eso los monjes le tendrán un soberano respeto y se revestirán siempre con este sentimiento; se esforzarán en conservarlo con una gran limpieza y no se lo quitarán jamás sin necesidad (Notions sur la vie religieuse et monastique, I, 1).
Querido Fray Pelayo: que la santa librea que ahora vas a vestir sea también de verdad para ti signo de esta nueva vida que deseas abrazar. La Iglesia establece unos tiempos prudenciales de discernimiento en la vocación religiosa, por parte del candidato y por parte de los formadores y de la comunidad que le acoge. Pero todos queremos confiar en que cada paso lo des con convencimiento y que la gracia de Dios se derrame sobre ti para ser un buen monje, viviendo las virtudes que el santo hábito exige. Y si principalmente eres capaz de vivir la humildad y la obediencia, en las que más insiste N. P. S. Benito, y buscas de veras a Dios y eres solícito en el Oficio Divino, como él pide, podrás correr con inefable dulzura de amor por el camino de sus mandamientos con el corazón ensanchado (RB, Pról., 49). Sé fiel al hábito que ahora vas a recibir y él te ayudará a ser fiel en la vida monástica.
Que Santa María, Reina de los monjes, y todos los santos de nuestra Orden, a los que hoy conmemoramos, intercedan ante Dios para que te conceda la fidelidad.
Nuevo arzobispo de Madrid
El sábado 11 de octubre, a las 12 h., se celebró una Misa de despedida del Cardenal Arzobispo de Madrid, D. Antonio María Rouco Varela, en la Catedral de Santa María de la Almudena de la capital de España. El Cardenal ha estado veinte años al frente de la diócesis y asistieron numerosos sacerdotes y fieles, contándose entre ellos algunas autoridades.
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A los quince días, el sábado 25 del mismo mes y a la misma hora, también en la Catedral de la Almudena, tuvo lugar la Misa de recepción del nuevo Arzobispo, D. Carlos Osoro, a la que igualmente asistieron un gran número de sacerdotes y fieles, destacando el nutrido grupo de obispos de España. Mons. Renzo Fratini, Nuncio de Su Santidad en España, hizo tomar posesión de la diócesis al nuevo Arzobispo.
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El P. Prior Administrador de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos acudió en representación de la Comunidad benedictina en ambas ocasiones.
Conmemoración de todos los fieles difuntos
Queridos hermanos:
Todo el mes de noviembre, pero muy especialmente el día de hoy, está dedicado a la intercesión por las almas de los difuntos. Ayer celebrábamos la solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad ante Dios, a la salvación eterna, a gozar de la dicha del Cielo con Él. Por su parte, la conmemoración litúrgica de hoy fue instituida por un abad benedictino, el cluniacense San Odilón a inicios del siglo XI, y nos recuerda la verdad del Purgatorio y el deber que tenemos de ofrecer nuestras oraciones, penitencias, limosnas y el Santo Sacrificio de la Misa para que las almas que se encuentran en ese estado puedan pasar a disfrutar de Dios. Ésta es la verdadera celebración cristiana de los difuntos: no adoptemos modas subculturales venidas de fuera y de remotos orígenes paganos e incluso con un trasfondo demoníaco, como la fiesta de “Halloween”, que ha recibido las acertadas críticas de numerosos obispos. Evitemos también que nuestros niños y jóvenes caigan en prácticas y juegos espiritistas como la “ouija”, donde no se respeta el descanso de los difuntos y se abren las puertas a la acción del demonio, según avisan continuamente los exorcistas.
La Iglesia Católica afirma la existencia del Purgatorio y lo definió solemnemente como un dogma en el II Concilio de Lyon en 1274. Por lo tanto, no es materia opinable, que a uno le pueda parecer aceptable y a otro no, sino que todos los católicos debemos creer en esta verdad. En la Sagrada Escritura, pero muy especialmente en los libros de los Macabeos, hay numerosos textos en los que se fundamenta la fe en el Purgatorio o unas penas purgatorias, pues, para poder pasar a contemplar la belleza infinita de Dios en la eternidad, las almas deben estar limpias de toda mancha dejada por sus pecados. Lo mismo que cuando una persona asiste a una boda o a un encuentro importante tiene que ir con un vestido limpio, para ver a Dios tenemos que estar perfectamente purificados.
Entre los Padres de la Iglesia, San Agustín y el papa San Gregorio Magno fueron algunos de los que trataron el tema del Purgatorio con mayor profusión. El segundo incidió mucho en la fuerza inmensa del Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por las almas de los difuntos para que queden liberadas de las penas purgantes y puedan pasar a la gloria celestial. Esa fuerza viene del propio valor de la Santa Misa, porque en ella se realiza la renovación y actualización del Sacrificio de Cristo en el Calvario, así como de su Resurrección y Ascensión. Por eso, no hay nada más grande sobre la faz de la tierra que la Santa Misa. A ella debiéramos acudir siempre con devoción, con admiración y con asombro renovado ante lo que sucede delante de nosotros. El milagro más grande posible se produce cada vez que el Cuerpo y la Sangre de Cristo se hacen realmente presentes en las manos del sacerdote al pronunciar las palabras de la Consagración. Y por este motivo, la Iglesia permite en el día de todos los Fieles Difuntos que los sacerdotes puedan celebrar tres Misas.
El mes de noviembre, por lo tanto, nos coloca ante las realidades de lo que tradicionalmente se ha conocido como los “Novísimos” y de los cuales hoy por desgracia no hablamos mucho los sacerdotes.
Nunca debemos olvidar que el bien o el mal que hagamos en esta vida tienen repercusiones de cara a nuestra salvación eterna, a la que Dios nos invita. Nuestra vida no se termina con la muerte: más bien comienza. Todos debiéramos meditar acerca de la muerte, no con un sentido tétrico, sino como una realidad de la vida humana ante la que ésta encuentra su sentido y ante la que debe decantarse por el bien o por el mal, teniendo presente que tras ella vendrá la realidad eterna, ya de gloria en el Cielo, ya de pena en el Infierno, porque éste también existe. El Infierno no lo ha originado un Dios cruel, sino la obstinación diabólica y humana en el mal hasta el último momento, que se cierra a la misericordia divina.
El mes de noviembre, por lo tanto, nos introduce de lleno en la meditación de una parte de los “Novísimos”, mientras que en el Adviento que le sigue podremos penetrar en la otra parte de ellos: aquella que se refiere al final de los tiempos, la aparición del Anticristo, la Parusía o segunda venida de Jesucristo y el Juicio Final. Pero los “Novísimos” se deben meditar siempre con esperanza. Es erróneo hacerlo con espíritu morboso, tétrico, catastrofista o adivinatorio. La actitud cristiana es de esperanza, virtud teologal infundida por Dios en nuestra alma para confiar en la grandeza de la Bondad y de la Misericordia de Dios, que nos invita al arrepentimiento y a la conversión para alcanzar la vida eterna.
“Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1Tim 2,3-4), dice San Pablo. Y Jesús nos habla de la inmortalidad y de que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos” (Mc 12, 27; Lc 20,38). Dios desea que todos podamos llegar a gozar del Cielo, de la visión de Él mismo. Y por eso quiere que le roguemos por la liberación de las ánimas benditas del Purgatorio, que esperan nuestras oraciones y sacrificios y que ofrezcamos por ellas el Santo Sacrificio de la Misa. En todo el mes de noviembre se puede ganar en esta Basílica indulgencia plenaria aplicable por las almas del Purgatorio, con las debidas condiciones de confesión sacramental, comunión eucarística, oración por el Papa y aversión al pecado.
Que María Santísima, que esperó con fe la Resurrección de su Hijo, interceda por las ánimas del Purgatorio y nos lleve a meditar en los misterios que ahora la Iglesia nos propone.
Solemnidad de todos los Santos
Queridos hermanos:
Al celebrar la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia honra a todos aquellos hermanos nuestros que han alcanzado ya la gloria celestial para toda la eternidad, tanto los que están oficialmente beatificados y canonizados, como aquella ingente multitud de hombres y mujeres que, habiendo pasado en su mayor parte desapercibidos y siendo desconocidos para nosotros, vivieron la vida cristiana con fidelidad a Dios y ejercitando las virtudes. Entre ellos pueden contarse muchos familiares y amigos nuestros cuya imagen seguramente nunca veremos en una hornacina o en un altar, pero que han sido para todos los que los conocieron un verdadero ejemplo de vida cristiana.
Una de las cuatro notas de la verdadera Iglesia, según lo vamos a proclamar en el Credo, es la santidad: la Iglesia es santa. Lo dice el Salmo 92: “La santidad es el adorno de tu casa” (Sal 92,5). Y lo es porque su fundador, Nuestro Señor Jesucristo, es santo y envía sobre ella el Espíritu Santo para que la vivifique y la santifique, produciendo en ella frutos de santidad. Por eso, desde sus mismos orígenes, la Iglesia rindió un culto especial a los mártires y los tomó como modelo, y muy pronto asoció a ellos a otros hombres y mujeres que, sin haber derramado su sangre por Cristo, vivieron con una fidelidad y una entrega a veces semejables incluso al martirio. Entre esos mártires y santos de los primeros siglos, no debemos olvidar que un número destacable de ellos son niños y niñas, porque a la santidad estamos llamados todos desde que nacemos.
San Bernardo de Claraval apreciaba el valor de los santos como mediadores y como ejemplo para nosotros, además de merecer nuestro reconocimiento por haber logrado la corona de la gloria. Nos enseña que ellos no necesitan los cantos y los homenajes de los hombres, pues están saciados por el Señor, pero la celebración de su memoria nos es muy provechosa a los hombres de la tierra y suscita en nosotros el que Cristo se nos manifieste como nuestra vida, lo mismo que a ellos, y el deseo de que seamos glorificados en Él. En definitiva, “tres cosas debemos considerar en las fiestas de los santos: la ayuda que nos dan, su ejemplo y nuestra confusión” (Sermón en la vigilia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo). Entendamos aquí por “confusión” el hecho de que todavía nos encontramos en medio de las penalidades de la vida terrena.
La santidad y el logro de la salvación eterna es la meta del cristiano, porque suponen la fidelidad y entrega absoluta a Dios y el disfrute de su contemplación para siempre. Por eso, el ideal cristiano debe seguir cifrándose en la santidad: “¡Ser santos!”, han proclamado y exhortado muchos santos. “¡Hagámonos santos, que todo lo demás es tiempo perdido!”, nos han dicho muchos de ellos. Y no se referían a la santidad reconocida públicamente y a un deseo de ser un día oficialmente venerados, sino que se referían a la santidad a los ojos de Dios. Como enseñaba un bonito devocionario de nuestra guerra de 1936-39: “Ante Dios nunca serás héroe anónimo”.
La santidad consiste básicamente el ejercicio heroico de las virtudes. Hoy se habla poco de virtudes, porque suponen un esfuerzo ascético de autosuperación, de dominio de sí, de vencimiento sobre las pasiones ilícitas y sobre las malas tendencias, de victoria sobre el pecado y el vicio. Pero la virtud, que es una disposición permanente del alma para obrar el bien y evitar el mal, es condición sine qua non para la santidad; y para poder ejercitarla de un modo perfecto necesitamos la ayuda de la gracia divina, que es ya un anticipo de la gloria celestial y se nos comunica por medio de los sacramentos, la oración y las buenas obras.
La solemnidad de Todos los Santos, por tanto, es un doble estímulo a ser santos en la tierra y a alcanzar la gloria de los santos en el Cielo. Los santos son los que, con su vida y con su ejemplo, han sido capaces de aportar al mundo caridad y justicia. Pero además, nos sirven de modelo para alcanzar la dicha eterna en el Cielo. Son un aliciente para la esperanza cristiana, la cual es una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad, por la cual confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para llegar a ella apoyados en el auxilio omnipotente de Dios. Lo dijo San Juan Pablo II: “No podemos vivir sin esperanza. Hay que tener una finalidad en la vida, un sentido para nuestra existencia. Tenemos que aspirar a algo. Sin esperanza, comenzamos a morir” (Los Ángeles, 1987). “La fe cristiana y la esperanza cristiana miran más allá de la muerte. Pero ni la fe ni la esperanza son mero consuelo en el más allá. Transforman ya ahora nuestra vida terrena” (Salzburgo, 1988).
Viviendo santamente en la tierra y transformando así la realidad que nos rodea, aspiremos al Cielo, a la vida eterna. Deseemos vivir las Bienaventuranzas que Jesús nos ha proclamado en el Evangelio (Mt 5,1-12) y anhelemos pertenecer al séquito de los santos que eternamente glorifican a Dios, según la descripción del Apocalipsis (Ap 7,2-4.9-14), sabiendo que entonces como nos ha dicho el Apóstol San Juan en su primera carta, “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,1-3). ¡Qué gozo, queridos hermanos, alcanzar la gloria eterna, la contemplación eterna de Dios en compañía de los ángeles y los santos, aquello que con nuestras limitaciones terrenas ahora nos es imposible comprender bien! Entonces, como dice San Agustín, “allí descansaremos y contemplaremos; contemplaremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que será la dicha que no tiene fin” (De civ. Dei, XXII, 30). Que la Santísima Virgen, la toda santa y asunta al Cielo, nos ayude a llegar a esta meta.
XXX Domingo del Tiempo Ordinario
Las lecturas bíblicas nos enseñan, queridos hermanos, que nuestra vida de relación con Dios no puede estar separada de la relación con nuestros semejantes. Los hombres y Dios formamos una familia irrompible. Si el hombre se empeña en poner barreras que le separen de los hombres, se aleja de Dios también y se pone en conflicto con quien le ha creado y redimido. Si el hombre, por el contrario, se precia de tener una buena relación con los hombres, pero se separa y aleja de Dios, esa pretendida buena relación con los hombres es inconsistente y acaba por desaparecer o por limitarse a un grupo de amigos, con los que concuerda solo en pequeños objetivos, pero que al final acaban enfrentándose por pequeñas cosas, porque han dejado de lado la fuente misma del amor. Solo con la ayuda de Dios puede uno ser leal a los demás hombres.
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El amor a Dios y al prójimo no son dos mandamientos iguales el uno al otro. Hay una jerarquía que se impone por sí misma. Principal y primero es el amor a Dios, como es lógico para quien conozca su obra creadora y redentora. Dios nos ama con amor infinito. No debemos tanto al hermano como a Dios. El amor al prójimo tiene que estar fundado e inspirado por el amor a Dios. Nada más y nada menos porque es su fuente, de la que parte todo, también el conocimiento del lugar que ocupa el amor a Dios y al prójimo.
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Otras religiones, al carecer de una revelación sobrenatural conocen el carácter principal del amor a Dios, pero no son capaces de relacionarlo bien con el amor al prójimo. Cuando los cristianos afirmamos que el amor a Dios es el mandamiento principal y primero, según la revelación de Dios, no por eso consideramos que el amor al prójimo sea irrelevante o muy secundario. Aunque no sea el principal, su importancia es tanta, que si se suprime el amor al prójimo, el amor a Dios queda falsificado y simplemente desaparece en aquel que persistiera en esa actitud. Porque también se puede decir que el mandamiento del amor es uno solo con dos vertientes. Pero aunque una de sus vertientes sea la principal y primera, la una sin la otra dejan de ser el mandamiento que Dios nos ha revelado y enseñado en su propia vida.
Si hemos escuchado en la lectura del Éxodo que no se debe oprimir ni ofender al extranjero, la vida y enseñanza de Jesús es mucho más exigente y coherente con la revelación que Dios nos ha hecho de su misericordia. Dios nos ha perdonado faltas que por nuestros propios méritos somos incapaces de satisfacer. Y sólo nos pide que cumplamos el mandamiento en sus dos vertientes: pidiendo perdón de corazón a Dios y perdonando al prójimo setenta veces siete, es decir siempre. ¿Es posible vivir en paz sin el perdón de Dios? Demos esa pequeña misericordia del perdón de las deudas que pudiera tener nuestro semejante con nosotros y a cambio obtendremos el perdón de la gran deuda que todos tenemos con Dios por nuestros pecados, pues todos ellos son ofensa a Dios.
Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda a todos la gracia de cumplir con todas las exigencias del amor a Dios y al prójimo. Que así sea.






