En la tarde del viernes 7 de noviembre, en una emotiva ceremonia a continuación de las vísperas, tomó el hábito nuestro hermano Fr. Pelayo Azcona Lavín, postulante natural de Torrelavega (Cantabria), al que acompañaron su madre, hermanos y hermana política. Una semana más tarde, el sábado 15, durante la Misa conventual, tuvo lugar la Profesión de votos temporales de nuestro hermano Fr. Miguel Torres Montoro, natural de Madrid. Junto a sus padres y hermanos, estuvo acompañado por un nutrido grupo de familiares y amigos, tanto de su antiguo colegio como del Seminario de Madrid. Entre ellos pudimos disfrutar de la presencia de J.M. Díez-Quintanilla (presidente de Radio María), miembros de Amigos de Red Madre y del Foro Español de la Familia.
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
Hermanos amados en el Señor: En este domingo la Palabra de Dios nos descubre un secreto muy valioso para alcanzar con seguridad nuestra salvación. Tenemos que venir siempre con ese anhelo profundo. Es lo más importante en nuestra vida. El joven rico le hizo esa pregunta que siempre debemos hacernos: “¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?” Lo demás es secundario. La salvación o la condenación no son un misterio que se nos revela cuando nos presentamos al juicio particular cuando muramos. En este mundo, en nuestra vida terrena, sabemos ya si nos vamos a salvar o a condenar.
Corrijamos desde el principio nuestro lenguaje humano tan imperfecto cuando trata de lo sobrenatural. La vida eterna no la puede ganar el hombre con sus merecimientos en sentido absoluto. Es un regalo, un don de Dios. Pero no es un regalo barato. Porque nuestra pequeña contribución a nosotros nos cuesta superar una carrera de obstáculos durante toda la vida. Y, a pesar de nuestro gran esfuerzo, es un regalo de la infinita misericordia divina. Así que sobre todo es don. Pero el mismo Evangelio es el que usa la expresión “ganar” la vida eterna. Nuestros méritos son muy importantes, pero no dejan de ser una chispita en comparación con el gran precio de la Redención que Cristo ha pagado con su muerte y resurrección.
Vamos por orden. En el Antiguo Testamento se nos revela cómo uno debe aprovechar la vida para hacer el bien a los demás: como la mujer ideal, buena administradora de una parte de la hacienda familiar. Pero la posible alusión a la vida eterna queda muy velada. El libro de los Proverbios considera la simpatía y hermosura de una mujer, que para una mirada superficial es lo principal, un baremo engañoso, e incluso puede convertirse en un impedimento para alcanzar la vida eterna si se convierte en una idolatría por parte del hombre o de la mujer. Lo único que tiene consistencia, es si una persona teme al Señor. Es la expresión típica de los libros sapienciales. Pero no dice por qué. En el Antiguo Testamento sólo de una manera velada e incipiente, pero segura, se habla de la retribución eterna. Era algo grabado en el fondo en la conciencia del israelita, no lo ignoraba, pero no podía dar muchas explicaciones de ella.
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El Salmo 127 que ha cantado el salmista considera que un hogar con muchos hijos es signo de la bendición divina.
En cambio, en el Nuevo Testamento ya se habla con toda claridad de la retribución eterna. En la carta a los Tesalonicenses se aborda el tema del día del Señor, expresión que usan con frecuencia los profetas del Antiguo Testamento y constituye el tema central del Apocalipsis: todo el libro es la descripción del día del Señor (Ap 1,10). San Agustín comenta que ese día es un período en el que el Señor instaura su Reino en este mundo y que abarca también la purificación previa, denominada gran tribulación. Es un punto importante del símbolo de nuestra fe: “Y de nuevo vendrá a juzgar a vivos y muertos”. Se trata de un juicio intrahistórico diferente del juicio particular que tiene lugar inmediatamente que uno muere y del juicio final, el cual tiene lugar como colofón del fin del mundo.
San Pablo también nos da unas claves muy importantes para estar preparados para el día del Señor, que viene como ladrón, no porque el Señor no nos dé señales abundantes y claras, sino porque una de las calamidades que se procuran los hombres que dan la espalda a Dios en los últimos tiempos es precisamente la ceguera o incapacidad para interpretar los signos de los tiempos. Lo tenemos ante los ojos, lo comentamos incluso a menudo, pero nos falta la clarividencia espiritual para aplicárnoslo a nuestra propia vida. No somos capaces de tomar las medidas pertinentes que nos pondrían a salvo de sucumbir en la persecución por la fe y ser uno más de tantos apóstatas. Nos arriesgamos a no ser capaces de dar testimonio de Cristo en el momento de la prueba. Si no estamos firmemente anclados en la fe el miedo nos arrastrará a la apostasía como a muchos creyentes que no fueron fortalecidos por sus pastores, previniéndoles de lo que iba a suceder y que está anunciado en tantísimos lugares de la Sagrada Escritura, además de que en la misma Escritura hay dos libros expresamente dedicados a ello, uno en el Antiguo Testamento, el libro de Daniel, y otro en el Nuevo, el ya mencionado Apocalipsis. Es necesario estar vigilantes por medio de la oración y el examen de conciencia y la sobriedad, cuya falta hace que caigamos en el sopor y olvido de la venida del Señor y de los signos de su advenimiento.
Pero es en el Evangelio donde se nos reserva la sorpresa maravillosa capaz de unificar toda nuestra vida en torno a una clave que ordene nuestra vida espiritual bajo un enfoque que nos evite caminar como sonámbulos. Vayamos por partes. La parábola de los talentos es tan conocida y popular que ha obrado una transformación semántica por la que de una moneda histórica de Palestina ha catapultado su significación para significar en el lenguaje corriente las cualidades de una persona. “Esta es una persona que tiene muchos o pocos talentos”, solemos decir. Pero algún avisado comentador, que por desgracia no abundan, propone con notable acierto, dar la significación a la palabra talento de la parábola a toda ocasión que se nos presenta en el día a día de convertir las cosas pequeñas o grandes, las desgracias o cruces que solemos decir en el lenguaje espiritual basado en el Evangelio, y también las alegrías y dones que nos da el Señor, en ocasión de unirnos a la Voluntad de Dios o de rebelarnos contra esa Voluntad que contraría nuestros planes, o se nos presenta como un sufrimiento o una dificultad que no estamos dispuestos a afrontar. Nuestra vida pasaría de este modo a ser una continua ofrenda hecha al Señor de los mil y un instantes del día en que a nuestra libertad se nos presenta una elección : acepto o no la realidad a la que no puedo negarme sin un mayor o menor quebranto para mí y los que me rodean. Nuestra vida es en realidad un mosaico inmenso de momentos en los que nuestra libertad tiene que decidir entre dos opciones : o bien acepto lo que se me presenta en este instante como ofrenda agradable a Dios por mi elección en comunión con la Voluntad de Dios, o me cierro en banda y digo que no, que yo por ahí no paso, que ya estoy harto, que todo en la vida tiene un límite, que la cruz es para aquellos que van de santos por la vida, que yo me apeo y me organizo mi vida a mi antojo que ya soy mayorcito y que me dejen en paz.
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En la parábola se nos presenta a los dos primeros empleados que aceptan el reto de su señor que se va de viaje y les hace un depósito de dinero para que negocien con él. Se toman la cosa como suya. Asumen lo que les plantea su señor, se fían de él y lo ven proporcionado a sus fuerzas. No lo ven ni como una trampa, ni como una responsabilidad desmedida. Pero el tercero se niega a entrar en el juego y le contesta al señor: “fui a esconder bajo tierra tu talento. Aquí tienes lo tuyo”. Para este empleado el señor es un explotador que siega donde no siembra y recoge donde no esparce. Pero el señor de la parábola no se inmuta ante la acusación y demuestra al empleado que es injusto al catalogarle de esa manera, pues aceptaba como trabajo justificativo simplemente llevar el dinero al banquero. El empleado en realidad no se fía de su señor ni de los banqueros, de nadie.
La consecuencia queda patente para nosotros: nuestra salvación es una empresa que tiene su dificultad. Pero sería injusto acusar a Dios de jugar sucio y estar a la altura de los explotadores con los obreros indefensos por la falta de trabajo bien retribuido. Si somos capaces de fiarnos de Dios, de apostar por este Padre bondadoso que busca nuestro bien aunque en ocasiones tengamos que trabajar sin ver el fruto de nuestros sudores, o tarde en llegar la recompensa, para aquilatar el grado de nuestra confianza, si confiamos en Dios nuestra salvación está asegurada. Pero ojo no es una confianza facilona o barata, como la presentan ciertos pastores que han dimitido de su función: aquí todo el mundo se salva porque Dios es bueno y nadie se condena. Eso es falso.
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Nuestra salvación requiere un esfuerzo, el esfuerzo de asegurarnos con la meditación concienzuda de la Palabra de Dios y con el trato personal en la oración, además del repaso de nuestra experiencia bien objetivada, de que Dios es tan bueno que nadie puede acusarle de no ayudar a sus hijos, ni nadie es capaz de superar su bondad. Nadie puede acusarle de tacaño en sus dones. Si creo que esto no es verdad tendré que volver a leer con honestidad su Palabra y ver por mí mismo si Dios es de fiar o no.
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Pero una vez que estoy seguro de la bondad de Dios soy el más afortunado de los hombres. He encontrado un tesoro. Estoy seguro de que el más mínimo esfuerzo que yo haga encontrará una correspondencia increíble en el Padre más amoroso que jamás pueda imaginar. Me veré envuelto en un halo de luz, porque mi vida ha encontrado un sentido jamás imaginado. Ahora la confianza en Dios unifica mi existencia. No necesito otro polo de atracción. Es el resorte que me hace afrontar trabajos pesados, que me hace perdonar ofensas que me parecían imperdonables, que me capacita para sufrir mortificaciones a mis gustos, contradicciones a mis opiniones, privaciones que antes no podía soportar y ahora me parecen livianas. Por fin tengo la certeza de que voy a alcanzar la salvación. Porque podré cometer pecados que me priven de ella, pero como sé que Dios quiere mi salvación y no me ha tendido una trampa, aunque me avergüence mi pecado iré presuroso a pedir perdón me cueste lo que me cueste, porque sé que hallaré misericordia y paz para mi espíritu. Una paz y una felicidad eternas que nada ni nadie fuera de Dios me puede dar. Este Evangelio nos abre horizontes insospechados. Todos nos debemos decir: Si tengo confianza en Dios lo tengo todo. Nadie puede poseer una riqueza más grande. Si alguien quiere persuadirme de lo contrario me reiré de sus argumentos y me dará pena la actitud de quien me contradiga, pero mi opción es de por vida. Quien contradiga la confianza que un creyente tiene en Dios comete el pecado imperdonable contra el Espíritu Santo. Deposito en manos de la Santísima Virgen mi opción para que por su intercesión no permita me desdiga nunca de ella y ruego sea esta la opción de todo creyente incluso si no profesa nuestra fe católica. Que la sangre de la que participamos en esta Eucaristía rubrique nuestro compromiso de por vida.
Profesión temporal de Fray Miguel Torres
Querido Fray Miguel:
Cuenta la vida del antiguo monje celta irlandés San Enda, del siglo V-VI († 530), que era un valiente guerrero y rey de clan que llegó a comprender, gracias a su hermana Santa Fanchea, que nada de aquello en lo que había puesto hasta entonces su corazón podría darle la plena felicidad: ni el poder, ni la gloria terrena y la fama, ni un amor humano como el de la chica de la que se había enamorado y acababa de morir. Sólo Dios podría de verdad hacerle del todo feliz. Entonces acabaría abrazando la vocación monástica y fundando un monasterio en la isla de Inishmore, en un ambiente duro y con un clima severo, pero ante el cual él exhortaba a sus monjes diciendo que “no se puede sentir frío en los corazones que arden por el amor de Dios”.
El amor de Dios era la condición esencial que ponía a los candidatos a la vida monástica un verdadero “Padre del Desierto” de nuestro tiempo, el monje copto egipcio Matta el Meskin (1919-2006), impulsor del monasterio de San Macario en pleno desierto de Escete – Wadi el-Natroun: “A quien quiere entrar en el monasterio, yo simplemente le pregunto: ‘¿Amas al Señor?’ Y si él me responde: ‘Sí’, yo le hago otra pregunta más importante: ‘y ¿has sentido que Jesús te ama?’ Si a esta pregunta también responde ‘sí’, entonces puede entrar. En efecto, es el amor del Señor que nos ha reunido y quien conduce día a día nuestra vida: el único objetivo de nuestra vida es el de someternos a la voluntad de Dios por amor a él”.
San Benito exige examinar ante todo esto mismo en el candidato a la vida monástica: “si de veras busca a Dios, si es solícito para la obra de Dios (el Oficio Divino), la obediencia, las humillaciones” (RB 58, 7).
Nuestra vida, querido Fray Miguel, queda vacía de contenido si de ella desplazamos a Dios, si lo dejamos en un lugar secundario, si sustituimos su centralidad y su primacía por otras cosas, otros intereses u otros afectos internos o externos al monasterio, si nos llenamos de sucedáneos sin contenido. Estaremos totalmente equivocados si, como monjes, buscamos fuera de Dios lo que sólo en Dios podemos encontrar. Nada ni nadie será capaz de darnos jamás lo que sólo Dios es capaz de dar: la verdadera paz interior, la alegría espiritual, la felicidad del alma aun en medio de las dificultades y de los sufrimientos, que se han de vivir siempre en clave de cruz redentora, en clave de participación en la obra salvadora de Cristo.
Nuestra vida no es fácil, a pesar de que un monasterio benedictino como el nuestro no ofrezca las austeridades de las islas de la costa occidental de Irlanda ni de los desiertos de arena de Egipto. No es fácil porque exige de uno mismo crecer en el amor de Dios a través de un seguimiento absoluto de Cristo mediante el esfuerzo ascético de las virtudes, en la renuncia de sí mismo por el camino de la humildad y de la obediencia, y que culmina en la imitación y la identificación total con Él en la Cruz. Y los términos “esfuerzo, virtudes, renuncia, humildad, obediencia y cruz” no son hoy precisamente los más populares, quizá incluso entre nosotros mismos. Sin embargo, son los que mejor permiten al hombre perfeccionarse como hombre, mirándose en el Modelo perfecto, “el Hombre Jesucristo” (cf. 1Tim 2,5), que es verdadero Dios y verdadero Hombre y como tal nos da la clave de la perfección humana según la medida de Dios.
Los votos que vas a profesar por tres años son los clásicos de la Tradición monástica: estabilidad, conversión de costumbres y obediencia (RB 58, 17), el segundo de los cuales conlleva la pobreza y la castidad. Porque, ciertamente, abrazas el seguimiento y la imitación de Cristo viviendo los consejos evangélicos: pobreza, obediencia y castidad. Y al hacerlo, quieres llevar a sus últimas consecuencias lo que recibiste a la hora del Bautismo, como nos recuerda San Juan Pablo II: “En la Tradición de la Iglesia, la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo, se desarrolla en el don de una configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los consejos evangélicos” (Vita consecrata, 30).
Querido Fray Miguel, te voy a proponer, aplicadas a ti, las siguientes palabras que el Papa Francisco dirigió este verano en el encuentro con religiosos y religiosas en su viaje a Corea: “La firme certeza de ser amado por Dios está en el centro de tu vocación: ser para los demás un signo tangible de la presencia del Reino de Dios, un anticipo del júbilo eterno del cielo. Sólo si tu testimonio es alegre, atraerás a los hombres y mujeres a Cristo. Y esta alegría es un don que se nutre de una vida de oración, de la meditación de la Palabra de Dios, de la celebración de los sacramentos y de la vida en comunidad”.
Por mi parte, y teniendo además en cuenta que hoy es sábado, te añado una cosa más: acude siempre a la Santísima Virgen, “mira la Estrella, invoca a María” (San Bernardo), Modelo para todo religioso. Estate seguro de que Ella jamás te fallará.
Actuación de la Escolanía del Valle de los Caídos en el pregón del Domund
En la tarde del miércoles 15 de octubre, la Escolanía del Valle de los Caídos estuvo presente por segunda vez en el pregón de la Jornada Mundial de las Misiones (Domund) en la Catedral de la Almudena de Madrid, invitada por las Obras Misionales Pontificias. Igual que lo hiciera dos años atrás, la Escolanía ofreció su canto para la ocasión y fue felicitada por numerosas personas, entre ellas el propio Cardenal Arzobispo D. Antonio María Rouco y D. Anastasio Gil, responsable de las O.M.P. El pregón fue leído por D. Manuel Pizarro. Algunas de las piezas más destacadas fueron el Himno de las Misiones y el Himno de la Virgen de la Almudena. Al final del acto, el Cardenal se situó entre los niños, cantó con ellos y les regaló unos “pins” de la Virgen de la Almudena.
Toma de hábito de Fray Pelayo
Querido Fr. Pelayo:
Cuenta un hermoso Apotegma de los Padres del Desierto, aquellos primeros monjes de Egipto, que en una ocasión el obispo Epifanio de Chipre, antiguo monje, quiso reencontrarse con el abad Hilarión, y que, en la comida, aquél le ofreció un ave, a lo que éste dijo: “Padre, discúlpame, pero desde que he vestido este hábito, no he comido carne”. A lo cual respondió el obispo Epifanio: “Y yo, desde que tomé este hábito, jamás he permitido que nadie se acostara teniendo algo contra mí ni yo me he dormido con resentimiento contra alguno”. Hilarión le contestó entonces: “Perdóname, tu práctica es mejor que la mía”.
Son muchos los Apotegmas de los “Padres del Desierto” que exponen con una sencillez bellísima el valor del hábito como signo de una nueva vida. Aquellos monjes, revestidos de la “melota” o piel de camello, habían puesto sus ojos en los hábitos vestidos por Elías, Eliseo, los profetas del Antiguo Testamento que vivían en comunidad y San Juan Bautista: un manto, unas pieles, la descalcez… Todo ello exteriorizaba la austeridad y el desprendimiento de una vida que miraba a la consecución de la dicha eterna. Incluso dieron con frecuencia un significado espiritual particular a cada pieza del hábito, como lo reflejan Evagrio Póntico y Juan Casiano.
También San Gregorio Magno nos cuenta cómo N. P. S. Benito, habiéndolo dejado todo para buscar únicamente a Dios, se retiró del mundo y recibió el hábito monástico de manos del monje Román (Diálogos, II, 1). En el monacato antiguo, la vestición de hábito venía a identificarse con la profesión de los votos monásticos. Y cuando San Gregorio Magno emplea la designación conversationis habitus al describir este pasaje, manifiesta la eso, un cambio a un nuevo estilo de vida, una transformación para abrazar toda una vida dedicada al servicio de Dios.
En la Santa Regla, la toma de hábito y la profesión de los votos van unidas en el pensamiento de San Benito. Por eso, el abandono de las vestimentas seglares para recibir las monacales significa y conlleva el cambio total de vida, la asunción del estado monástico (RB 58, 26-28).
El conocido dicho “el hábito no hace el monje” tiene una gran parte de verdad, pues lo que hará al monje ser realmente tal será su vida de monje. Sin embargo, también es verdad que el hábito puede y debe contribuir no poco a que el monje sea un auténtico monje, según nos recuerda Ludovico Blosio: “No traigas el hábito de monje en vano, haz obras de monje” (Espejo de monjes). El hábito, en efecto, conlleva una exigencia de vivir como monje; recuerda de continuo a quien lo lleva su consagración a Dios y sus deberes de estado, sus obligaciones y aquello que no es propio que haga. Su vigor queda realzado por el Magisterio reciente de la Iglesia: el Concilio Vaticano II (Perfectae caritatis, n. 17) y los Papas recientes (Bto. Pablo VI, Evangelica testificatio, n. 22; S. Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 25) lo han definido como “signo de consagración” y han pedido vivamente su uso.
Y el fundador de nuestra Congregación Solesmense, Dom Próspero Guéranger, nos recuerda que el hábito es “signo visible de la separación del mundo”. Por eso los monjes le tendrán un soberano respeto y se revestirán siempre con este sentimiento; se esforzarán en conservarlo con una gran limpieza y no se lo quitarán jamás sin necesidad (Notions sur la vie religieuse et monastique, I, 1).
Querido Fray Pelayo: que la santa librea que ahora vas a vestir sea también de verdad para ti signo de esta nueva vida que deseas abrazar. La Iglesia establece unos tiempos prudenciales de discernimiento en la vocación religiosa, por parte del candidato y por parte de los formadores y de la comunidad que le acoge. Pero todos queremos confiar en que cada paso lo des con convencimiento y que la gracia de Dios se derrame sobre ti para ser un buen monje, viviendo las virtudes que el santo hábito exige. Y si principalmente eres capaz de vivir la humildad y la obediencia, en las que más insiste N. P. S. Benito, y buscas de veras a Dios y eres solícito en el Oficio Divino, como él pide, podrás correr con inefable dulzura de amor por el camino de sus mandamientos con el corazón ensanchado (RB, Pról., 49). Sé fiel al hábito que ahora vas a recibir y él te ayudará a ser fiel en la vida monástica.
Que Santa María, Reina de los monjes, y todos los santos de nuestra Orden, a los que hoy conmemoramos, intercedan ante Dios para que te conceda la fidelidad.
Nuevo arzobispo de Madrid
El sábado 11 de octubre, a las 12 h., se celebró una Misa de despedida del Cardenal Arzobispo de Madrid, D. Antonio María Rouco Varela, en la Catedral de Santa María de la Almudena de la capital de España. El Cardenal ha estado veinte años al frente de la diócesis y asistieron numerosos sacerdotes y fieles, contándose entre ellos algunas autoridades.
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A los quince días, el sábado 25 del mismo mes y a la misma hora, también en la Catedral de la Almudena, tuvo lugar la Misa de recepción del nuevo Arzobispo, D. Carlos Osoro, a la que igualmente asistieron un gran número de sacerdotes y fieles, destacando el nutrido grupo de obispos de España. Mons. Renzo Fratini, Nuncio de Su Santidad en España, hizo tomar posesión de la diócesis al nuevo Arzobispo.
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El P. Prior Administrador de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos acudió en representación de la Comunidad benedictina en ambas ocasiones.







