El sábado 20 de septiembre de 2014, el P. Santiago Cantera fue nombrado Prior Administrador de la Abadía Santa Cruz, quedando como superior al frente de la misma después de la renuncia del P. Abad Dom Anselmo Álvarez Navarrete, quien conserva su dignidad abacial como Abad Emérito. El nombramiento fue efectuado por el P. Dom Philippe Dupont, Abad-Presidente de la Congregación de Solesmes, quien al día siguiente fue acompañado por el nuevo Prior Administrador para visitar a la Comunidad de Santo Domingo de Silos y el lunes 22 para visitar el Monasterio de la Encarnación de Ávila, donde las MM. Carmelitas esperan celebrar ya en breve el inicio del centenario de Santa Teresa de Jesús.
Comienzo del curso escolar en la Escolanía del Valle de los Caídos
Entre los días 9 y 10 de septiembre ha comenzado ya el curso escolar en la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos (Colegio-Escolanía Santo Domingo de Silos), con la llegada de los niños y el inicio de las clases académicas y de las musicales. El miércoles 10 fue la primera vez que cantaron de nuevo en la Santa Misa de 11 h. en la Basílica y el domingo 14 ya han interpretado, además de gregoriano, también polifonía sacra para la solemnidad de la Exaltación de la Santa Cruz, titular del santuario. El jueves 12, una pequeña representación visitó a las MM. Carmelitas en el Monasterio de la Encarnación de Ávila; una ocasión que se aprovechó para que estos niños conocieran la ciudad de Santa Teresa de Jesús, cuyo centenario está a punto de comenzar. El sábado 13 por la tarde, los alumnos de Secundaria y algunos de Primaria participaron con sus voces en el rezo del Vía Crucis por el recorrido monumental del Valle.
XXII Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos:
Hemos comenzado la celebración con el canto de entrada gregoriano, en el que nos hemos dirigido a Dios con estas palabras del salmista: «Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día; porque tú eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan» (Sal 85, 3.5). El Dios único e infinito, que obra maravillas, es sobre todo admirable porque mira y escucha, atiende y responde a quien acude a Él con sencillez filial. El Dios que ha resucitado a Cristo de entre los muertos, en la aurora del domingo de Pascua, renueva hoy su oferta de salvación, su oferta de felicidad. De nosotros depende acercarnos a ese manantial o cavarnos cisternas agrietadas, colmar de sentido y de esperanza nuestra vida o marchar tras los ídolos que dejan vacío y seco nuestro corazón.
La liturgia de la palabra, por su parte, nos interpela con un evangelio duro y exigente; diría que poco apto para este relajado tiempo del verano. El domingo anterior contemplábamos cómo Pedro, inspirado por Dios, confesaba la condición mesiánica de Jesús. Ahora el propio Maestro explica a los suyos qué significa esto en realidad: tiene que ir a Jerusalén y allí padecer mucho, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Un programa como ése choca frontalmente con las expectativas de gloria y poder de los discípulos, que se disputaban los primeros puestos del nuevo reino. En este momento es cuando Pedro lo toma a parte y lo invita a cambiar de lenguaje, a variar el discurso, a no desalentar la moral de sus soldados: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no te puede suceder a ti».
Si os fijáis, Simón se ha colocado delante del Maestro y se ha convertido, sin darse cuenta, en obstáculo, en tropiezo en el «camino» hacia Jerusalén. Y Jesús reacciona duramente, como diciéndole: —Cambia de mentalidad, Pedro, conviértete en discípulo; ponte detrás de mí y sígueme. Pedro, como a menudo hacemos nosotros, quiere enseñar a Dios lo que tiene que hacer. Demasiadas veces, en lugar de seguir al Señor, queremos precederlo, indicándole la dirección y las soluciones a los problemas, porque en el fondo no nos fiamos de su presencia ni de su acción.
Vemos también en este pasaje de qué modo Jesús está decidido a abrazar la voluntad de Dios, porque sabe que es una voluntad llena de amor, que tiene un significado positivo. La pasión es necesaria, porque sin lucha no se puede obtener la victoria. Jesús debe enfrentarse al mal, al pecado y a la muerte para abrir un camino a través de estas realidades de la existencia humana (A. Vanhoye).
Con este primer anuncio de la pasión por parte de Jesús comienza la etapa más difícil en el crecimiento de la fe. Los apóstoles han de purificar el sentimiento primero (Mt 4, 20); no sólo han de superar el sueño nacionalista de un triunfo político-religioso, sino que deberán superar el plano de la «sabiduría» de los hombres, para vivir en el plano de la sabiduría de Dios, en lo que san Pablo llama «la locura de la cruz» (M. Iglesias).
Esta experiencia acontece también en nuestra vida, independientemente de nuestro estado. En la vida familiar, laboral, en la vocación sacerdotal o religiosa, al principio tenemos un gran ideal, mucho entusiasmo, y anhelamos conquistar nuestras aspiraciones más hermosas siguiendo a Cristo. Con el tiempo surgen las dificultades y las contrariedades. Las cosas ya no son como las imaginamos y el camino se llena de obstáculos y a veces de oscuridad. Es precisamente ahí cuando podemos dar un paso decisivo en nuestro seguimiento del Señor: de las meras motivaciones humanas a las motivaciones sobrenaturales.
El profeta Jeremías experimentó una fuerte tensión interior algo similar a la que se creó entre Jesús y Pedro. La gente se burlaba del él, porque sus profecías anunciaban siempre desgracia, violencia, opresión. Por eso ya nadie quería oírle hablar. Él preferiría ser profeta de buenas noticias, pero se ha convertido en un insoportable aguafiestas, al que todos odian. Surge entonces la tentación de abandonar, pero a Jeremías le sujeta la fuerza irresistible de la Palabra de Dios, que actúa como una llama ardiente que lo ha seducido.
La parte final del evangelio recoge la importante enseñanza que Jesús dirige a sus discípulos y también a nosotros, que queremos andar tras sus huellas. Esta enseñanza, cruda y directa, ajena a las leyes del marketing, se sintetiza en tres imperativos que resuenan como un gran reto. Si quieres ser discípulo mío: Niégate a ti mismo. No te pongas en el centro del universo, no quieras sobresalir ni hacer prevalecer tus criterios o interesas a toda costa. Sitúa a Cristo en el centro, con libertad de adulto, de hombre nuevo. Pero cuidado, negarse a sí mismo, renunciar al propio yo y a la voluntad propia, sólo vale si nace del amor. En segundo lugar, carga con tu cruz. No tengas miedo de amar hasta sufrir, de amar hasta perderte. Por desgracia, una cierta devoción ha terminado trastocando la simbología de la cruz y convirtiéndola en el emblema del dolor; la cruz, sin embargo, es para nosotros la medida del amor de Dios. Dios no ama el dolor, lo que sucede es que a veces amar significa también soportar y sufrir. Por último, sígueme. Comparte la elección de Jesús, su proyecto, su suerte. Seguir a Jesús significa cambiar el horizonte, conocer la Palabra y dejar que sea la fe quien motive y quien cambie nuestras opciones. El tiempo verbal del texto griego indica continuidad, porque seguir a Jesús no se hace de una vez para siempre, sino que debe renovarse día tras día.
Hemos sido hechos para la plenitud de la vida, para la felicidad. Hemos sido hechos, ante todo, para amar. Por tanto, debemos orientarnos en la dirección de progresar en el amor, de intentar ofrecer nuestra vida por amor a Jesús. En ese mismo sentido va la enseñanza de san Pablo, que exhorta –en la segunda lectura– a ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio vivo. El sacrificio es una realidad positiva, porque significa abrir nuestra propia vida al amor que viene de Dios. Para hacer esto, es necesario renunciar a la mentalidad de este mundo, que consiste en la búsqueda de los placeres, el dinero y el poder. Todas ellas son búsquedas egoístas que llenan de insatisfacción. El apóstol nos invita, en cambio, a renovar nuestras mentes a fin de poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada. Y su voluntad consiste en que vivamos en el amor, no en el egoísmo (A. Vanhoye).
Acojamos en esta Eucaristía esta propuesta tan exigente, sí, pero también tan prometedora. Seamos siempre discípulos que van detrás del maestro, siempre buscadores, nunca satisfechos. Que santa María, primera discípula de la nueva Ley, nos ayude con su intercesión maternal para que, haciendo más religiosa nuestra vida, el Señor acreciente el bien en nosotros y, a través de nosotros, llegue también a muchos hermanos.
Estancia del Sr. Obispo Auxiliar de Toledo
Entre el viernes 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, y el martes 19 del mismo mes, Mons. Ángel Fernández Collado, Obispo Auxiliar de Toledo, pasó unos días de retiro en la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos, como ya lo hiciera el año pasado en dos ocasiones antes de su bendición episcopal. Fue un motivo de alegría para los monjes, que este verano han contado con la estancia de varios días entre sus muros de tres obispos, siendo los otros dos Mons. Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba, y Mons. Juan Antonio Reig, Obispo de Alcalá, además de la visita del Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid para clausurar el I Congreso Internacional sobre Monacato Benedictino y orígenes de Europa. La Comunidad benedictina ha podido gozar de la cercanía humana de Mons. Fernández Collado, quien celebró la Santa Misa del domingo 17.
XXI Domingo del Tiempo Ordinario
Hermanos amados en el Señor: El Señor nos ha convocado a reunirnos en su casa de oración para hacernos partícipes de sus dones. Pero no siempre estamos preparados para recibir estos dones suyos, porque no nos hemos parado a considerar qué dones son ésos y si nos convienen. Generalmente despachamos el asunto con la pregunta implícita de si nos gustan, no si nos convienen. Y la respuesta que damos a esa pregunta se contenta con el análisis del aspecto más superficial e inmediato. Su aspecto nos parece poco cómodo e ingrato. No estamos para meternos en profundidades: tenemos muchas cosas que hacer, tenemos que pisar tierra, -nos decimos- y damos de lado lo más necesario para nuestra existencia impelidos por lo urgente valorado según lo que hace la inmensa mayoría, que es pasar de preguntas y necesidades trascendentes y contentarse con las fugaces necesidades físicas y sensibles del momento.
El Señor nos ha convocado a escucharle a Él, pues su Palabra y sus dones no se limitan a las necesidades materiales del momento o al bienestar físico actual. El Señor tiene una visión muy amplia de la realidad. La nuestra es miope, desfigura lo que está mínimamente alejado de nuestros ojos. La oración colecta que hemos rezado al principio nos descubre lo que ha hecho el Señor con nosotros sin darnos cuenta sensiblemente: “Oh, Dios que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo”. Si nosotros le agradecemos al Señor esa gracia de despertarnos a su amor continuamente Él multiplicará sus dones, como en definitiva hace pues le pedimos a continuación, inspirados por su Espíritu: “inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría”.
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Vamos pues a ver cuál es esa verdadera alegría del corazón humano y qué hay que hacer para alcanzarla. La Palabra de Dios es la que nos proporciona esa seguridad de no andar equivocados en lo que nos conviene verdaderamente, en andar acertados y salir al encuentro de Dios que es el primero que toma la iniciativa y además nos da fuerza para resistir la tentación de refugiarnos en la superficialidad.
La primera lectura nos ha relatado la comunicación que le hace el profeta Isaías de parte de Dios a Sobna, mayordomo del palacio de David, de que iba ser sustituido por Eliacín, del que se dice algo tan extraordinario que los intérpretes, gracias a Dios, convienen en que no se refiere a él mismo sino a Jesucristo, el Mesías. Nosotros podríamos decir que esta lectura es una promesa mesiánica y quedarnos tan satisfechos. Y ciertamente no es para menos. Lo que ocurre es que toda la palabra de Dios es elocuente, no sólo determinadas frases, mientras nos saltamos otras muy comprometidas para nuestros intereses rastreros. La cuestión es cómo debemos leer la Sagrada Escritura. Una buena manera de llegar a la verdad sobre nosotros mismos es buscar nuestro nombre escrito tras aquellos personajes que no quedan bien en el relato. Tenemos que tener el valor de decir: ése Sobna orgulloso que se labraba un sepulcro en un altozano para ser honrado por la posteridad aprovechándose de su poder, ése soy yo.
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Jesús es el Mesías, es Dios de quien nos dice san Pablo -en las breves, pero densas palabras de la carta a los Romanos que se han proclamado-, que es origen, guía y meta del universo. Y san Pedro también confesó que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús le colocó al frente de su Iglesia. Pero aunque no se haya leído el resto del relato todos sabéis que Pedro se atrevió a contradecir a Jesús cuando les anunció a los apósotoles que iba a ser condenado a muerte ignominiosa por los dirigentes religiosos de su pueblo. Y sorprendentemente Jesús le llama Satanás, porque de esa manera se oponía al plan de Dios sobre el Mesías, que era el del Siervo sufriente del profeta Isaías y no el Mesías Rey triunfador sobre los enemigos políticos de Israel.
En alguna ocasión sale a relucir en los Evangelios esa pretensión de los Apóstoles, antes de ser transformados el día de Pentecostés, de dar órdenes a Jesús.
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Confesar a Jesús como Mesías sin nosotros reconocer que somos pobres criaturas, sin ponernos en nuestro lugar ante Dios es una confesión inconsistente. En cuanto veamos que queda al descubierto nuestra fragilidad intentaremos salirnos del plan de Dios y entonces ya nos estamos arrogando el poder discutirle a Dios su voluntad en un plano de igual a igual. Sorprende cómo los hombres y mujeres espirituales de todos los tiempos en cuanto los hombres les alaban rebaten enseguida sus palabras, porque no quieren perder su imagen de criatura y cambiarla por la de poseedor por derecho de conquista de una virtud incuestionable o de un poder espiritual superior. Tal es así que un monje del siglo VII, Isaac el Sirio, pronunció estas palabras que evidencian una perspectiva espiritual en la que el hombre reconoce que no puede discutir a Dios sus disposiciones, sino aceptar siempre que los hombres somos infieles a la alianza de amor e incapaces de cumplir todos los mandamientos:
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«Aquel que reconoce sus propios pecados… es más grande que aquel que, por su oración resucita a los muertos. Aquel que gime durante una hora por su alma es más grande que aquel que abraza al mundo por su contemplación. Aquel a quien se le ha dado ver la verdad sobre sí mismo es más grande que aquel a quien se le ha dado ver a los ángeles.»
Para nosotros son sumamente apetecibles esos carismas espirituales que dan tanto prestigio, como ha ocurrido en las vidas de los santos. Y nos engañamos porque para nosotros pecadores sería el comienzo de nuestra perdición. Ha habido santos que han resucitado muertos, que han tenido una contemplación muy elevada, etc, pero también que ha habido otros que después de gozar de carismas extraordinarios se han perdido. Isaac el Sirio como todos los verdaderos espirituales prefirieron no tener esos gracias extraordinarias e incluso verse pecador y llorar su pecado para asegurar que sólo la misericordia de Dios puede asegurar su salvación y no sus fuerzas y méritos.
El reconocimiento no sólo de nuestra pequeñez sino aún de nuestro pecado, —lo cual supone descender mucho más—, no seríamos capaces de hacerlo sin una confianza inquebrantable en la misericordia de Dios. Tan imprescindible es nuestra humildad como la confianza en su misericordia. Si falta una u otra de modo absoluto estaríamos instalados en un pecado contra el Espíritu Santo. Ofensa es el pecado contra los mandamientos, pero el que desconfía de la misericordia de Dios y no pone los medios para alcanzarla hiere profundamente el Corazón de un Padre cuya esencia es amar. Es un insulto muy grave a su persona.
Al participar en la Eucaristía las normas litúrgicas establecen unos ritos que nos ayudan a manifestar nuestra adoración ante este hecho trascendente que celebramos: que Dios se haya hecho hombre y dado su vida por rescatarnos de la muerte eterna a la que nos conducen nuestros pecados. Así por ejemplo siempre que se pronuncia el nombre de Jesús se ha de hacer una inclinación de cabeza y profunda cuando en el Credo se dicen las palabras: «Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre». Y también ayuda a recibir bien la sagrada comunión hacerlo de rodillas como signo corporal de adoración, pues además de no tener pecado mortal que nos lo impida, el hacerlo de rodillas nos recuerda que el poder comulgar siempre es un regalo de la misericordia de Dios. Pero se necesita vencer respetos humanos, pues la costumbre mayoritaria de hacerlo de pie y en la mano es ya una barrera social. Con lo cual cuesta vencer la vergüenza y después la vanidad.
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En los cantos de esta celebración nos ayudan a los monjes los participantes en el Curso de Canto Gregoriano que tiene lugar esta semana en nuestra hospedería. Además de agradecerles esta valiosa colaboración pidamos también para ellos que aquello que cantan sea también objeto de su oración y aún lleguen a testimoniarlo con su vida.
Y sobre todo sea objeto de nuestra oración constante la persecución de los cristianos en el próximo Oriente y en África de parte de extremistas musulmanes. Ellos son un ejemplo profético para nosotros, pues la persecución amenaza a extenderse a occidente en breve plazo.
La Escolanía del Valle de los Caídos con los niños de Irak
Ante las noticias terribles que llegan de Irak y que se suman a las de Siria y otros países del Próximo Oriente y de África donde la violencia islamista está golpeando de manera salvaje a los cristianos y a otros grupos religiosos (incluso musulmanes), la Abadía y la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos no podían permanecer inmóviles. Estos días se encomienda especialmente en la oración y en la Santa Misa a nuestros hermanos cristianos y a todas las víctimas de la persecución religiosa allí. Además, la dirección de la Escolanía ha contactado con “Ayuda a la Iglesia Necesitada” (institución eclesial fundada por el P. Werenfried van Straaten, el “Padre Tocino”, tras la II Guerra Mundial), con el fin de ofrecer su ayuda en todo lo que pueda y la posibilidad de cantar algún concierto benéfico en el curso escolar para recaudar fondos destinados a los cristianos de Irak. Especialmente, en la mente de la Escolanía como institución infantil debe estar el sufrimiento de los niños iraquíes, principalmente los cristianos y los yasidíes, que están huyendo de la persecución y muriendo estos días en condiciones de lo más lamentables.
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Para conocer más de cerca la situación y la labor de apoyo, se puede consultar la página web de “Ayuda a la Iglesia Necesitada”: https://www.ain-es.org/
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También la página web “Amigos de Irak”, del Instituto del Verbo Encarnado: http://amigosdeirak.verboencarnado.net/






