Una semana más, los monjes han celebrado la Santa Misa del domingo en la explanada posterior del Valle de los Caídos. Este 28 de noviembre ha sido el primer domingo de Adviento y, como es propio ya de las fechas, hizo un frío intenso de alrededor de 0º que, lejos de ahuyentar a los fieles, nos robusteció a todos en el cuerpo y en el espíritu. Incluso cayeron hacia el final de la Misa algunos copos de nieve helada. Se trató de combatir el frío con un total de 20 “setas” o estufas altas de butano, distribuidas para la Comunidad, los niños de la Escolanía y los fieles. El celebrante principal fue el P. Prior, Dom Alfredo Maroto, quien en su homilía hizo referencia a la comunidad de oración y de fraternidad de tantas personas que está surgiendo en torno a la Comunidad benedictina y al Valle de los Caídos. Al final se distribuyeron unas medallas de la Virgen Milagrosa, donadas por la Basílica de la Milagrosa de Madrid para unirse así a la Santa Misa de la explanada, y unas oraciones por España. No faltó, desde luego, el caldito que contribuyó al hermoso ambiente de hermandad. La Misa fue retransmitida por Intereconomía TV y significó el máximo nivel de audiencia del domingo en los programas de esta cadena.
Misa en la explanada el domingo I de adviento
Queridos hermanos:
Desde el día mismo de la Ascensión de Jesús al cielo, los cristianos vivimos con la certeza de que Cristo en persona, “con gran poder y gloria”, vendrá de nuevo, como lo afirmaron los ángeles a los discípulos: “El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse”. Ésta es nuestra firme y consoladora esperanza, aunque no sepamos en qué día sucederá, pues no nos toca a nosotros conocer el tiempo fijado por Dios con su autoridad.
Por eso anualmente la liturgia de Adviento, que hoy comenzamos, actualiza esta segura promesa de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos, renovando en nosotros el ardiente deseo de su retorno definitivo y disponiéndonos a salir a su encuentro. La liturgia en este tiempo nos invita a exclamar con fuerza, como lo hacían los primeros cristianos, “Maraña tha”, “ven, Señor, Jesús”.
Pero al mismo tiempo, como hemos escuchado en el Evangelio, Jesús nos advierte que debemos estar vigilantes y preparados para ese día. San Pablo nos ha exhortado asimismo a ser conscientes del momento en que vivimos, llevando una vida santa conforme a nuestra dignidad de cristianos. Nos amonesta a dejar las actividades de las tinieblas y pertrecharnos con las armas de la luz. Estas palabras son de una especial actualidad. Vivimos, en efecto, unos tiempos recios: el Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, es objeto aún de los ataques de los poderes del mal, que nos ponen a prueba. Y nosotros mismos, débiles y cobardes, a veces desfallecemos. Por eso la hora presente es tiempo de combate, de espera esforzada y de vigilia responsable.
Sin embargo, hay algo que debe prevalecer sobre todo: la certeza de que el mal ha sido vencido en su raíz por Cristo; de que la transformación de este mundo se llevará a cabo de manera irrevocable por el mismo Cristo; de que cuando Él vuelva pronunciará su palabra definitiva sobre todos y cada uno de los hombres, también sobre los que no quisieron reconocerle. En aquel día conoceremos los caminos admirables, muchas veces sorprendentes y desconcertantes, por los que Dios ha conducido todas las cosas a su fin último. Cristo ha triunfado y en aquel día todos lo constataremos, contemplando su gloria y postrándonos en adoración y alabanza ante su divina Majestad. El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa sobre todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.
Pidamos, queridos hermanos, en esta Eucaristía, que “venga a nosotros su Reino” y que, por su misericordia, “vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación”, para alcanzar estar ya para siempre con Él.
Pero permitidme que ahora, a la luz también de las lecturas bíblicas que se ha proclamado, os haga algunas reflexiones sobre los acontecimientos que están sucediéndose entre nosotros en estos últimos domingos, aquí, en esta Abadía benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.
¿Qué está pasando? Creo que es bueno que nos lo preguntemos. Cada domingo, un grupo significativo de cristianos, sin contar aquellos que están unidos a nosotros espiritualmente porque no lo pueden hacer físicamente, afrontando dificultades de todo tipo (desplazamientos, inclemencias del tiempo…), nos estamos congregando aquí… ¿para qué?, sencillamente para celebrar la Santa Misa. ¡Nada más y nada menos!
De este modo, casi sin darnos cuenta, se está formando, en torno a este grupo de monjes benedictinos, una verdadera Comunidad de adoración a Jesús presente realmente en la Eucaristía; se está formando una verdadera Comunidad de oración a los pies de la Cruz de Cristo que nos protege, guía y preside desde lo alto del monte. La Iglesia venera la Cruz porque en ella Jesús consumó su sacrificio redentor ofreciéndose libremente y has-ta el extremo de su amor al Padre por medio del Espíritu Santo y devolviendo al hombre a la comunión con Dios, reconciliándole con Él; se está formando una verdadera Comunidad de oración a imagen del discípulo fiel y de las santas mujeres que, en el calvario, en torno a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, se mantuvieron en pie y no huyeron en la hora de la prueba. Como ellos, también nosotros estamos aquí, a los pies de la cruz, para velar en oración juntamente con María y toda la Iglesia. Vuestra actitud de profundo respeto, silencio y recogimiento así lo ponen de manifiesto.
¿Os dais cuenta, hermanos? Se está cumpliendo entre nosotros lo que el profeta Isaí-as nos decía: “Venid, subamos al monte del Señor, a la Casa del Dios de Jacob. Él nos ins-truirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas”. Sí, es verdad, esta Basílica y esta Abadía, edificadas “en la cima de los montes, encumbradas sobre las montañas”, se man-tienen firmes porque están edificadas sobre la Roca que es Cristo y están sostenidas por la oración unánime de la Iglesia a la que significan y sirven.
Los monjes, custodios de este lugar sagrado, no buscamos nada para nosotros mismos, pero no podemos renunciar a nuestra vocación de centinelas de la Casa de Dios. Oramos y trabajamos (ese es nuestro lema: “ora et labora”), como se ha proclamado en el salmo, para que haya “paz dentro de los muros” de este recinto sacro, imagen de la misma Iglesia, y podamos dar testimonio, ante todos los hombres de buena voluntad, de nuestra vida consagrada y contemplativa, en comunión siempre con toda la Iglesia, en libertad, amor y paz. Que desde aquí se irradie la luz del Señor y la fuerza salvadora de su Cruz. Dios, junto con su esposa la Iglesia, quiere ser el arbitro pacífico de las naciones y el juez justo y misericordioso de todos los pueblos. Él quiere hacer de las espadas arados y de las lanzas podaderas. Él quiere la paz entre los pueblos y las gentes de España y del mundo. Dios quiere la reconciliación y no el enfrentamiento ni la crispación.
Santa Misa en la explanada posterior – domingo 21 de noviembre de 2010
Una vez más, ante la imposibilidad de que los fieles entren en la Basílica a consecuencia de las normas impuestas por la Delegación del Gobierno en Madrid, el domingo 21 de noviembre, solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, se celebró la Misa conventual de la Comunidad benedictina, con el canto de los niños de la Escolanía y la asistencia de gran número de personas, lo que ocasionó nuevamente serios atascos en las carreteras de venida al Valle de los Caídos. Con el fin de que pudiera llegar el mayor número posible de fieles y a pesar de que la Guardia Civil cerró el acceso desde determinada hora, hubo de retrasarse el comienzo de la Misa, para lo cual se rezó antes el Santo Rosario. A unos 4º de temperatura y con la nieve en lo alto del monte Abantos, se pudo iniciar hacia las 11,30 h. Celebró el P. Carlos y concelebraron casi todos los sacerdotes de la Comunidad y otros externos que quisieron acompañar a ésta.
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Dada la situación actual, el próximo domingo 28 se prevé que la Santa Misa tenga también lugar en la explanada a las 11 h.
XXXIV DOMINGO T. O. (CICLO C)
Queridos hermanos en Xto, el Señor:
Hoy celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, último domingo del año litúrgico con lo que nos situamos a las puertas del Adviento para disponernos a preparar la Navidad. Hoy la Iglesia exalta la omnipotencia, el señorío y la majestad de Xto, único Señor del universo, de la historia y del hombre. Y, paradójicamente, el evangelio que se nos acaba de proclamar nos lo muestra en la Cruz, vencido, humillado y a las puertas de la muerte.
Hace dos mil años, los enemigos de Xto consideraron que el mejor modo de acabar con Él y con su doctrina era sometiéndole a la más cruel de las muertes que, en aquel entonces, alguien pudiera imaginar; no comprendieron que con esta acción, colaboraron directa, aunque inconscientemente, con la Redención de la Humanidad, que era precisamente la Voluntad del Padre que acató y cumplió el Hijo.
Como el hombre no siempre aprende de sus errores, los mismos que crucificaron a Xto, al ver que sus discípulos no se disolvían hasta desaparecer, los acosaron y les pusieron enormes dificultades en su misión, consiguiendo con ello que el cristianismo se propagara por el mundo de entonces.
Poco después, los emperadores romanos se esforzaron en acabar con los seguidores de Jesús, logrando con ello que en poco más de dos siglos el mismo imperio romano se convirtiera al cristianismo. Desde entonces hasta hoy todos aquellos que han puesto más o menos dificultades a la misión que Xto encomendó a su Iglesia, no han comprendido que cuando más insistente se muestran en su asedio, más fuerte se hace la Iglesia. La razón nos la apunta el mismo apóstol Pablo cuando nos dice que la fuerza se realiza en la debilidad; y esto es tan cierto que, precisamente, partiendo de la debilidad de un Dios-Hombre crucificado, el Padre nos abrió las puertas del Reino de los Cielos.
¿Qué vio el buen ladrón en Xto, en el momento en el que con toda seguridad estaba más abandonado y hundido, para rogarle que se acordara de él cuando llegara a su reino? Alrededor de la cruz, en ese momento, había mucha gente y hemos escuchado cómo reaccionaban ante Él; y, sin embargo, el buen ladrón supo ver lo que el resto no vio.
La majestad de Xto no se muestra, principalmente, en este mundo, en el poder o en la grandeza, se muestra, pues así lo dijo Él, en el pobre, en el humilde y en el abatido; Xto se manifiesta en el sufrimiento y en el dolor, Xto se muestra en los momentos en los que las cosas parecen que nos superan; Xto nos habla mejor cuando nuestro ser se encuentra atribulado. Pero aceptar esto no es nada sencillo, por ello en el Evangelio se nos apunta que las autoridades, el pueblo, los soldados e, incluso, uno de los que compartía su misma muerte, se burlaban de Él.
No es nada fácil aceptar a Xto, a todo Xto sin excepciones, cuando el camino de la aceptación es la Cruz. No es en absoluto atrayente el olvido de sí mismo, el precepto del amor a los enemigos, el consejo de tomar la cruz de cada día, no ya con resignación, sino hasta con alegría y siempre con paz de espíritu. Los creyentes de todos los tiempos, los que han luchado por serlo de verdad, los que han vivido con coherencia su fe en Xto y en su doctrina, han tenido que aceptar, por un lado, unos principios que el mundo condena y ridiculiza; y, por otro lado, han tenido que desechar otros que el mundo nos ofrece de un modo atrayente a los sentidos; pero, los que se han mantenido, sin importarles el precio a pagar, los que no han valorado tanto su propia honra o estima o su propia vida como para renegar de la única Verdad que supone el Camino que nos lleva a la Vida, al final han vencido al mundo y ahora están reinando con Xto para toda la eternidad.
Esto es lo que, de un modo u otro, se nos pide a todos y cada uno de los discípulos de Xto hoy y siempre: sufrir con Xto para poder reinar con Él.
Queridos hermanos, Xto nunca abandona a los que le son fieles, a pesar de las debilidades que podamos tener; Xto es nuestra garantía, Xto es nuestro valedor; por ello dejémonos guiar por Él para que Él, al igual que hiciera con el buen ladrón, se acuerde de nosotros ahora que ya está en su reino.
Tercera Misa en la explanada de la Abadía (domingo 21 de noviembre)
El próximo domingo 21 de noviembre, ante la previsión de una nueva asistencia de un importante número de fieles, la Comunidad benedictina celebrará otra vez la Santa Misa en la explanada a las 11 hs, se ruega asistir con anticipación para poder acceder con facilidad, además se han previsto mas guardias y voluntarios, unidades de protección civil y dos autobuses para el traslado desde los aparcamientos hasta la explanada.
Se ruega que durante su estancia en el interior de este recinto religioso y de culto, se observe el respeto y el comportamiento adecuado a los lugares sagrados y muy especialmente un profundo silencio y una gran piedad religiosa. _x000D_
Segunda Misa en la explanada de la Abadía
A la semana siguiente, domingo 14 de noviembre, ante la gran cantidad de fieles que se preveía, el Ministerio del Interior facilitó que la multitud acceda a la explanada existente entre la Abadía y la Hospedería, como efectivamente tuvo lugar.
En consecuencia, la Santa Misa se celebró allí con la asistencia de más de 4.000 personas, a pesar de lo cual también se produjeron serios problemas de tráfico en la autopista A6 debido a los más de 2000 vehículos que no pudieron acceder.








