El martes 7 de diciembre, la Comunidad y la Escolanía celebraron las Primeras Vísperas solemnes de la Inmaculada Concepción en la Basílica. El motivo de este cambio del día 8 al 7 se debe a la negativa de la Delegación del Gobierno a que las familias de los niños y otros fieles pudieran acceder a la Basílica. Con el fin de que los niños pudieran estar con sus familias el día 8, la Comunidad decidió hacer este adelanto. Las primeras Vísperas terminaron con la tradicional procesión desde el coro hasta la capilla de la Inmaculada, donde se renovó la consagración que realizan anualmente todos los monasterios de la Congregación de Solesmes a la Santísima Virgen. Las segundas Vísperas se celebraron este año en la capilla del monasterio, únicamente por parte de los monjes, sin la presencia de los niños.
Santa Misa en la explanada posterior – domingo 5 de diciembre
Un domingo más, la Santa Misa conventual, precedida del rezo del Santo Rosario, ha tenido que celebrarse en la explanada posterior situada en el conjunto formado por la Abadía, la Escolanía y la Hospedería. En esta ocasión, la imagen no podía ser más impresionante: tuvo lugar en medio de la nieve, en el espacio limpiado por las máquinas quitanieves y por las palas de los monjes y de varios seglares que quisieron colaborar generosamente. Los niños, por su parte, disfrutaron con la nieve. A pesar de la situación y del anuncio de próxima reapertura, la asistencia fue masiva y las “setas” de calefacción se quedaron cortas para acoger a tantos fieles. El celebrante principal, P. Joaquín Montull, recordó el sentido reconciliador de la Cruz y que España, en palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II, posee un “alma católica”. La Escolanía solemnizó una vez más la Misa con sus voces blancas e Intereconomía TV la retransmitió en directo, con un elevado índice de audiencia. El frío fue algo menos intenso que la semana anterior, pero al final comenzó a lloviznar. El P. Abad, en sus palabras finales, recordó que la Comunidad tiene el objetivo de lograr la plena normalización de la situación del Valle de los Caídos, que se rompió desde hace un año. Después de la Santa Misa, se ofreció el caldito que ya se ha hecho habitual y que favorece un ambiente de hermandad.
Misa en la explanada el domingo II de adviento
Introducción
Bienvenidos seáis todos a esta celebración sagrada.
El Señor viene a salvarnos, proclamamos de muy diversas maneras a lo largo de este tiempo de Adviento. Él nos salva iluminando el sentido del presente, y el futuro que anuncia este presente. Abrid a Cristo las puertas de vuestro corazón: él colmará vuestro espíritu de optimismo y alegría.
Por eso, antes de esta celebración eucarística pidamos al Señor que nos descubra lo irredento, ya que ahí se halla el origen de nuestros pecados.
Homilía
1.- En la oración que habéis hecho vuestra con vuestro Amén, hemos pe-dido al Señor que los afanes de este mundo no nos impidan salir animosos al encuentro de Jesucristo, pues queremos participar plenamente de su vida. Que las preocupaciones del momento no nos abrumen ni impidan salir animosos al encuentro de Cristo.
El profeta Isaías, con sugerentes expresiones, anunciaba los tiempos me-siánicos: habitarán juntos el lobo y el cordero, la pantera se tumbará con el ca-brito… porque sobre el renuevo del tronco de Jesé, esto es, sobre Jesucristo, se posará el espíritu del Señor; en sus días florecerá la justicia y la paz abundará eternamente.
Las Sagradas Escrituras anuncian estas certezas; han sido escritas para nuestra enseñanza, nos decía San Pablo; las Escrituras reflejan siempre la acción providente de Dios en la historia. Ellas nos exhortan a mantener viva la esperanza; las desolaciones que nos afectan purifican siempre la virtud de la esperanza.
Vemos, pues, cómo las Escrituras nos guían al encuentro de Cristo; ellas dan un sentido más pleno a la exhortación del Bautista: Convertios, porque está cerca el reino de Dios. Cambiad de actitud ante esta vida temporal, que sólo ofrece la muerte cómo final de todo; vuestro espíritu, creado por Dios, anhela una existencia sin fin.
2.- A la conversión nos invita la Cruz de Jesucristo, que aquí en el Valle de los Caídos tiene un significado tan singular. Su Cruz anuncia siempre su resurrección. El misterio de la Cruz nos transforma en vida a imagen de Jesucristo, y nos permite vivir en el tiempo anticipos de lo que será el reino de los cielos; anticipos que anuncian los tiempos mesiánicos de Isaías.
No os extrañe que os sintáis oprimidos mientras vivís vuestro propio misterio de la Cruz; la Cruz ilumina siempre lo irredento que existe en nosotros para conocer mejor los propios pecados, la acción de la gracia y cuál debe ser nuestra colaboración para sentirnos hijos de Dios; por eso necesitamos ser sostenidos por la celebración cristiana del domingo, la comunión frecuente y la frecuente celebración de la reconciliación sacramental.
A esa conversión nos exhorta la muerte cruenta de todos aquellos que aquí en el Valle la vemos asociada a la muerte redentora de Cristo; todos ellos, nuestros héroes y nuestros mártires, nuestros Caídos, que ya conocen el miste-rio de sus vidas, interceden por nosotros, interceden por España, y anuncian conjuntamente que sólo Cristo es nuestra paz, que sólo él puede reconciliar en la verdad a los pueblos enfrentados; a judíos y griegos, decía San Pablo; a iz-quierdas y derechas, podemos, debemos decir nosotros, que tenemos a Cristo como punto de referencia. Cristo, con su muerte derriba el muro del odio que separa a los pueblos (Cf. Ef 2,13-18).
3.- Revistiéndonos de Cristo, viviendo las circunstancias de nuestra vida con el espíritu de Cristo, nos convertimos en instrumentos de paz, en instrumentos de reconciliación, porque vemos sobre todo la huella divina presente en las personas y no las lacras del pecado; Cristo ha muerto por todos. No cabe el pesimismo ante las angustias del tiempo presente. El alma cristiana de España, que evocó Juan Pablo II en su momento, saldrá siempre adelante purificada; se quedarán en el camino quienes no sintonicen con el espíritu de la verdad, con el espíritu de Cristo. Dios se halla siempre presente; la sucesión de ciclos históricos, la sucesión de culturas, la sucesión de pueblos, es el resultado de la vitalidad impresa en el espíritu de la creación; consecuentemente, por muchas que sean las alternancias de los acontecimientos, los progresos y retrocesos, la dirección es siempre positiva. Porque la dirección de la historia es siempre positiva, las decisiones erradas, en contra de la verdad, generan siempre su propio antídoto; ya se encargará la historia de rectificar en su momento.
4.- Que estas ideas os mantengan animosos mientras avanzáis al encuen-tro del Señor; animosos, sobre todo, porque ya comprobáis cómo Dios llega siempre a tiempo; su tiempo no es el tiempo de nuestra impaciencia, sino el tiempo de su misericordia. Muy cerca de vosotros se halla la presencia maternal de la Virgen María; dentro de unos días celebraremos el misterio de su Concepción Inmaculada; que podáis sentir cómo ella os conduce hacia el Señor._x000D_ Que Así sea.
Próxima reapertura del Valle de los Caídos
El miércoles 1 de diciembre, el Ministro de la Presidencia, D. Ramón Jáuregui, ha anunciado oficialmente la próxima reapertura de la Basílica de la Santa Cruz y de todo el recinto del Valle de los Caídos. Al parecer, la fecha será el día 15 del presente mes de diciembre o incluso antes, en cuanto esté terminada la protección de la imagen de la Piedad, con un mallado sobre ella y un andamiaje que permita el acceso a la Basílica por la puerta principal sin problemas de seguridad.
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Como dijo el P. Abad al final de la Misa del domingo 28, la Comunidad sostiene que la reapertura del Valle de los Caídos debe ser completa y se debe restaurar la normalidad previa al cierre realizado hace un año, así como que sea reconocido el derecho del ordinario del lugar (que es el propio Abad) de señalar los tiempos de apertura, y que la visita esté abierta a todos los fieles que en público o en privado deseen orar, así como a toda otra persona que quiera visitar el lugar.
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Santa Misa del domingo 28 de noviembre en la explanada
Una semana más, los monjes han celebrado la Santa Misa del domingo en la explanada posterior del Valle de los Caídos. Este 28 de noviembre ha sido el primer domingo de Adviento y, como es propio ya de las fechas, hizo un frío intenso de alrededor de 0º que, lejos de ahuyentar a los fieles, nos robusteció a todos en el cuerpo y en el espíritu. Incluso cayeron hacia el final de la Misa algunos copos de nieve helada. Se trató de combatir el frío con un total de 20 “setas” o estufas altas de butano, distribuidas para la Comunidad, los niños de la Escolanía y los fieles. El celebrante principal fue el P. Prior, Dom Alfredo Maroto, quien en su homilía hizo referencia a la comunidad de oración y de fraternidad de tantas personas que está surgiendo en torno a la Comunidad benedictina y al Valle de los Caídos. Al final se distribuyeron unas medallas de la Virgen Milagrosa, donadas por la Basílica de la Milagrosa de Madrid para unirse así a la Santa Misa de la explanada, y unas oraciones por España. No faltó, desde luego, el caldito que contribuyó al hermoso ambiente de hermandad. La Misa fue retransmitida por Intereconomía TV y significó el máximo nivel de audiencia del domingo en los programas de esta cadena.
Misa en la explanada el domingo I de adviento
Queridos hermanos:
Desde el día mismo de la Ascensión de Jesús al cielo, los cristianos vivimos con la certeza de que Cristo en persona, “con gran poder y gloria”, vendrá de nuevo, como lo afirmaron los ángeles a los discípulos: “El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse”. Ésta es nuestra firme y consoladora esperanza, aunque no sepamos en qué día sucederá, pues no nos toca a nosotros conocer el tiempo fijado por Dios con su autoridad.
Por eso anualmente la liturgia de Adviento, que hoy comenzamos, actualiza esta segura promesa de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos, renovando en nosotros el ardiente deseo de su retorno definitivo y disponiéndonos a salir a su encuentro. La liturgia en este tiempo nos invita a exclamar con fuerza, como lo hacían los primeros cristianos, “Maraña tha”, “ven, Señor, Jesús”.
Pero al mismo tiempo, como hemos escuchado en el Evangelio, Jesús nos advierte que debemos estar vigilantes y preparados para ese día. San Pablo nos ha exhortado asimismo a ser conscientes del momento en que vivimos, llevando una vida santa conforme a nuestra dignidad de cristianos. Nos amonesta a dejar las actividades de las tinieblas y pertrecharnos con las armas de la luz. Estas palabras son de una especial actualidad. Vivimos, en efecto, unos tiempos recios: el Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, es objeto aún de los ataques de los poderes del mal, que nos ponen a prueba. Y nosotros mismos, débiles y cobardes, a veces desfallecemos. Por eso la hora presente es tiempo de combate, de espera esforzada y de vigilia responsable.
Sin embargo, hay algo que debe prevalecer sobre todo: la certeza de que el mal ha sido vencido en su raíz por Cristo; de que la transformación de este mundo se llevará a cabo de manera irrevocable por el mismo Cristo; de que cuando Él vuelva pronunciará su palabra definitiva sobre todos y cada uno de los hombres, también sobre los que no quisieron reconocerle. En aquel día conoceremos los caminos admirables, muchas veces sorprendentes y desconcertantes, por los que Dios ha conducido todas las cosas a su fin último. Cristo ha triunfado y en aquel día todos lo constataremos, contemplando su gloria y postrándonos en adoración y alabanza ante su divina Majestad. El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa sobre todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.
Pidamos, queridos hermanos, en esta Eucaristía, que “venga a nosotros su Reino” y que, por su misericordia, “vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación”, para alcanzar estar ya para siempre con Él.
Pero permitidme que ahora, a la luz también de las lecturas bíblicas que se ha proclamado, os haga algunas reflexiones sobre los acontecimientos que están sucediéndose entre nosotros en estos últimos domingos, aquí, en esta Abadía benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.
¿Qué está pasando? Creo que es bueno que nos lo preguntemos. Cada domingo, un grupo significativo de cristianos, sin contar aquellos que están unidos a nosotros espiritualmente porque no lo pueden hacer físicamente, afrontando dificultades de todo tipo (desplazamientos, inclemencias del tiempo…), nos estamos congregando aquí… ¿para qué?, sencillamente para celebrar la Santa Misa. ¡Nada más y nada menos!
De este modo, casi sin darnos cuenta, se está formando, en torno a este grupo de monjes benedictinos, una verdadera Comunidad de adoración a Jesús presente realmente en la Eucaristía; se está formando una verdadera Comunidad de oración a los pies de la Cruz de Cristo que nos protege, guía y preside desde lo alto del monte. La Iglesia venera la Cruz porque en ella Jesús consumó su sacrificio redentor ofreciéndose libremente y has-ta el extremo de su amor al Padre por medio del Espíritu Santo y devolviendo al hombre a la comunión con Dios, reconciliándole con Él; se está formando una verdadera Comunidad de oración a imagen del discípulo fiel y de las santas mujeres que, en el calvario, en torno a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, se mantuvieron en pie y no huyeron en la hora de la prueba. Como ellos, también nosotros estamos aquí, a los pies de la cruz, para velar en oración juntamente con María y toda la Iglesia. Vuestra actitud de profundo respeto, silencio y recogimiento así lo ponen de manifiesto.
¿Os dais cuenta, hermanos? Se está cumpliendo entre nosotros lo que el profeta Isaí-as nos decía: “Venid, subamos al monte del Señor, a la Casa del Dios de Jacob. Él nos ins-truirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas”. Sí, es verdad, esta Basílica y esta Abadía, edificadas “en la cima de los montes, encumbradas sobre las montañas”, se man-tienen firmes porque están edificadas sobre la Roca que es Cristo y están sostenidas por la oración unánime de la Iglesia a la que significan y sirven.
Los monjes, custodios de este lugar sagrado, no buscamos nada para nosotros mismos, pero no podemos renunciar a nuestra vocación de centinelas de la Casa de Dios. Oramos y trabajamos (ese es nuestro lema: “ora et labora”), como se ha proclamado en el salmo, para que haya “paz dentro de los muros” de este recinto sacro, imagen de la misma Iglesia, y podamos dar testimonio, ante todos los hombres de buena voluntad, de nuestra vida consagrada y contemplativa, en comunión siempre con toda la Iglesia, en libertad, amor y paz. Que desde aquí se irradie la luz del Señor y la fuerza salvadora de su Cruz. Dios, junto con su esposa la Iglesia, quiere ser el arbitro pacífico de las naciones y el juez justo y misericordioso de todos los pueblos. Él quiere hacer de las espadas arados y de las lanzas podaderas. Él quiere la paz entre los pueblos y las gentes de España y del mundo. Dios quiere la reconciliación y no el enfrentamiento ni la crispación.








