El sábado 22 de diciembre, la Escolanía y la Nova Schola como coro invitado (antiguos escolanos de los años recientes) ofrecieron el concierto de Navidad que desde hace años se viene ofreciendo regularmente en la nave de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. La dirección del canto gregoriano de los escolanos corrió a cargo de Fr. Javier Martín García y la de polifonía a cargo de D. Raúl N. Trincado Dayne, quien también llevó la de Nova Schola tanto en gregoriano como en polifonía y en las muchas piezas que cantaron conjuntamente. El acto, introducido por Dª Rosario Ferreira y cerrado por el P. Prior Administrador, contó con un recuerdo y un gran aplauso para el P. Laurentino Sáenz de Buruaga, en aquellos momentos gravemente enfermo en el monasterio y que fallecería tres días después. Entre las autoridades asistentes, cabe destacar a Mons. Policarpo, Obispo Ortodoxo del Patriarcado de Constantinopla en España y Portugal, y Mons. Teofil, Obispo Ortodoxo Auxiliar del Patriarcado de Rumanía en España y Portugal, así como al párroco ortodoxo ruso en Madrid, Rev. Dr. Andrey Kordochkin. Ciertamente, este concierto de Navidad viene siendo desde hace años un momento de encuentro entre la Cristiandad de Oriente y la de Occidente en el Valle de los Caídos, debido a la amistad gestada entre el Prior Administrador de la Abadía y estas comunidades ortodoxas en España, entusiastas de nuestro santuario. También estuvieron presentes, entre las autoridades civiles, el Sr. Delegado de Patrimonio Nacional en El Escorial, D. Manuel Terrón, los directores de Teletoledo y Mi Tierra Televisión de Tenerife, etc. Como otros años, el concierto fue grabado por Teletoledo – Cadena Local, con emisión posterior para toda España a través del consorcio entre diferentes emisoras regionales, y con dos programas dedicados a la Escolanía. Al final del concierto y como ya es tradicional, la Abadía y los padres de los actuales niños cantores ofrecieron un chocolate en la Escolanía para todos los asistentes. El concierto se pudo realizar, por otro lado, gracias a la colaboración de la Delegación de Patrimonio Nacional en El Escorial y al Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial, sin olvidar la colaboración existente en otros aspectos con el Ayuntamiento de Guadarrama para las actividades musicales de nuestra Escolanía.
Conferencias y retiros impartidos por monjes del Valle de los Caídos
Entre noviembre y diciembre, el P. Juan Pablo Rubio ofreció sendos triduos a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Toledo y Calahorra. Por su parte, el P. Santiago Cantera impartió un retiro a las Carmelitas de la Caridad de Santa Joaquina de Vedruna de San Lorenzo de El Escorial el sábado 15 de diciembre. De otro lado, el P. José Ignacio González dio una tanda de ejercicios espirituales para oblatos del monasterio y para otros ejercitantes en el puente de la Inmaculada Concepción. En el campo cultural, el jueves 13 de diciembre por la parte, el P. Santiago Cantera dio una conferencia en el Museo del Ejército (Alcázar de Toledo) sobre los orígenes de España en el Reino Visigodo, con motivo de la exposición especial dedicada a los 175 años de la oficialidad del uso general de la bandera española.
Actuaciones de la Escolanía del Valle de los Caídos en la clausura del proceso diocesano de la causa martirial de sacerdotes y laicos de Madrid
El sábado 1 de diciembre por la mañana, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, bajo la dirección de D. Raúl N. Trincado Dayne, colaboró con sus voces para solemnizar la sesión de clausura de la fase diocesana de la causa de beatificación y canonización por declaración de martirio de Cipriano Martínez Gil y 55 compañeros, sacerdotes diocesanos y familiares. El acto tuvo lugar en la Colegiata de San Isidro de Madrid y fue presidido por el cardenal arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro Sierra. Contó además con la presencia del cardenal arzobispo emérito de Madrid, Mons. Antonio Mª Rouco Varela, y de varios obispos más. Mons. D. Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid, hizo la presentación de la causa y recibió el encargo de llevar a Roma la documentación. La Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos estuvo también representada por su prior administrador. En nuestra Basílica hay sepultados seis de los sacerdotes incluidos en la causa.
Bautismo del Señor
Hermanos en Nuestro Señor Jesucristo: Hoy con la fiesta del Bautismo del Señor concluye el tiempo de Navidad. El Bautismo del Señor concluye también el tiempo de Epifanía; la fiesta propiamente de Epifanía es la manifestación de Dios al mundo en la infancia de Jesús, y la del Bautismo es la Epifanía con la que da comienzo la vida pública de Jesús, como predicador itinerante. En la Navidad proclamamos nuestra fe en la divinidad de Jesucristo y en su obra de hacernos partícipes de su divinidad. Nos cuesta confesar la divinidad de Jesucristo, porque lo que ven nuestros ojos es un hombre como los demás, pero también nos cuesta ver la obra de su amor en nosotros, porque personal y colectivamente nos hemos apartado de Dios. Tanto en llamar a los magos por la estrella como en la santificación de las aguas en su bautismo confesamos que Jesús se encarnó para hacernos partícipes de su divinidad. En este intercambio de naturalezas, Él asume la nuestra y nos hace partícipes de la suya: envuelve a la Navidad en el misterio y en la admiración contemplativa del cristiano. Pero sin duda que esto provoca en nosotros la pregunta: pero ¿realmente los cristianos captamos la densidad de este misterio tan grande? Y más que una respuesta directa tendríamos que tener la conciencia de que ni nosotros merecemos esta dignidad tan grande, ni tampoco nadie nos ha dado la representatividad para negarnos a recibir tan gran regalo. Somos unos privilegiados, pero sería una arrogancia imperdonable el negarnos a ser agasajados por Dios de esta manera tan generosa que supera nuestros merecimientos, por supuesto, pero la falsa humildad de no querer recibir tan gran don se convertiría en un pecado contra el Espíritu Santo.
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Ni podemos negarnos a recibirlo ni podemos despreciarlo negándonos al esfuerzo de vestirnos de fiesta, que en este caso se traduce por vivir a la altura que ese don exige. El traje de fiesta del cristiano es revestirse de Cristo, cumplir sus mandamientos, pues Dios misericordiosamente nos perdona la deuda que habíamos contraído en Adán al haber dado cabida al pecado que introdujo el demonio en este mundo por su desobediencia al mandato divino. Pero una vez que se nos ha devuelto la dignidad de hijos de Dios por el bautismo hemos de cumplir los requisitos para que nuestros pecados actuales sean perdonados.
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Hemos de confesar nuestra fe en la Iglesia y recibir los sacramentos que nos curan, que nos fortalecen, que nos alimentan y nos hacen crecer en gracia.
Las fiestas de la Epifanía, la manifestación del amor de Dios que trae la salvación a todos los hombres de todos los pueblos de la tierra en la persona de los tres Magos de oriente, y la fiesta del Bautismo del Señor que recibe su bautismo de manos de Juan no para ser purificado, sino para santificar el agua, para que así nosotros podamos ser hechos hijos de Dios por adopción, nos deben llenar de alegría y agradecimiento. Deben llevarnos a la contemplación de los misterios del nacimiento de Jesucristo, para cada día esforzarnos en no pisotear las perlas que nos regala el Señor como si fuésemos animales inconscientes, incapaces de apreciar la diferencia entre las piedras y las perlas.
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Celebramos que Jesús se dirigió al lugar donde Juan Bautista dispensaba un bautismo de penitencia. No reclamó que Juan se presentase ante Él. Jesús, a quien hemos confesado en su nacimiento como Dios, se dirige andando como un humilde peregrino hasta Juan el Bautista, el profeta del Señor; va a escuchar su testimonio, el que Dios le ha confiado: que aquel sobre el que se posase el Espíritu de Dios sería por eso mismo señalado como el Mesías, que durante siglos se había prometido y el pueblo de Israel esperaba. Pero, para hacer más creíble la señal, Jesús no interviene con un protagonismo, que en su caso no podría ser ni inconveniente ni exagerado. Era el Esposo y había de recibir el tratamiento del Esposo deseado por la Iglesia su Esposa. Y, sin embargo, se pone en la fila de los pecadores como necesitado de purificación. Pero al rasgar Dios los velos que le ocultaban a la mirada de los humanos con la aparición de la paloma, que se posa en Jesús, y la voz del cielo, que le descubre como el Hijo amado en quien el Padre se complace, reclama de nosotros que le escuchemos. De esta manera la prueba de su mesianidad se hace inconfundible a pesar de no ser una manifestación sobrecogedora, como la del Sinaí.
Jesús, a pesar de ser el nuevo Moisés anunciado tantos siglos antes, no interfiere ni le quita el papel de profeta a Juan Bautista. Se presenta como un pecador de tantos. Toda una lección para sacerdotes y fieles: No es el discípulo mayor que el maestro. Jesús recibe el bautismo de penitencia en la fila de los pecadores. Todos somos instados por este ejemplo del Maestro por excelencia a escuchar a los profetas y no arrogarnos el estar por encima de ellos; lo ha ejemplificado el que sí que estaba muy por encima de Juan el Bautista; y recibe el agua purificadora el que no había de ser purificado sino el que iba a santificar el agua, para que en adelante tuviese el poder de purificar y santificar al ser administrada sacramentalmente, y para que ninguno de sus discípulos escondiese su condición de pecador y tuviese en cambio el deber de mostrar su arrepentimiento.
Nosotros seguimos caminos de pecado e incredulidad, sólo queremos banquetear y estar en nuestras cosas, y eso tendrá un precio y será la purificación más grande que ha conocido este mundo. Lo estamos escuchando repetidamente en la Sagrada Escritura y no se nos pone la carne de gallina –¿realmente escuchamos la Palabra de Dios? ; nosotros solo miramos al suelo, pero no miramos con el anhelo del alma para encontrar la Paz, la Justicia, el Amor y la Misericordia que anhela nuestro ser en lo más íntimo. Estamos sometidos a nuestros instintos más bajos: ellos nos gobiernan y nos dicen el camino que debemos seguir. Hermanos, por compasión con los sufrimientos del Corazón de Nuestro Señor y de su Bienaventurada Madre, por compasión a este mundo, a nuestras almas perdidas y anhelantes del Bien, de la Justicia y Misericordia: hermanos, ha de venir una purificación, nuestras almas han de ser lavadas por el agua bautismal, para recuperar la pureza, y por medio del gran sufrimiento que supondrá tanto diluvio de agua y fuego, se abrirán nuestros corazones de piedra.
Mientras esperamos esta purificación, que está muy próxima, el discípulo de Jesús no sólo ha de perdonar hasta los enemigos, sino también ser perdonado siempre y pedirlo ante los fieles aunque con confesión secreta. Jesús nos propone no sólo la necesidad de confesar los pecados, sino que con su doctrina y con su abajamiento, al ponerse en la fila de los pecadores, nos deja bien claro que sólo el corazón arrepentido es depositario de su Misericordia. No basta con ponerse en la fila y acercarse al confesor, lo que nos debe estimular, tanto al santo como al pecador más empedernido, es que un arrepentimiento sincero derriba muros de acero, y el que merecía el infierno por sus pecados, es acreedor de su Misericordia. Sin nuestras lágrimas y nuestro arrepentimiento nuestros pecados permanecen, pero al que pide a Dios llegar al dolor sincero le baña la Misericordia divina. ¿Ante semejante recompensa, y todavía más: ante tal oportunidad de agradar al Señor con un arrepentimiento de corazón, vamos a privarnos de vivir en gracia, aunque un determinado confesor nos pueda caer algo antipático o nos creamos que no está a la altura de su ministerio? Si se nos pasa ese pensamiento por la cabeza, recemos por nuestros sacerdotes y no los critiquemos. Jesús no dijo ¿quién es Juan Bautista para bautizarme a mí? La disposición humilde es la que nos posibilita estar preparados a su venida purificadora.
Toma de hábito de Fr. Pablo Arnaus
El miércoles 12 de diciembre, con motivo de la fiesta de la Virgen de Guadalupe de México y aunque no se celebra litúrgicamente en nuestra Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos, el joven postulante hispano-mexicano Fr. Pablo Arnaus recibió el hábito benedictino al final del rezo de Vísperas. El P. Superior se lo impuso y estuvo presente toda la comunidad, así como dos hermanos suyos y algunas personas más, entre ellas los escolanos de los cursos superiores de 3º y 4º de ESO. Gracias a Dios, nuestra comunidad está recibiendo jóvenes vocaciones en este año y hay varias más en el entorno con un proceso de discernimiento. Así, en el año 2018 que concluye hemos celebrado dos profesiones solemnes, dos tomas de hábito y un paso al noviciado canónico.
Epifanía del Señor
Queridos hermanos:
Como todas las fiestas del tiempo de Navidad, la de Epifanía nos ha llenado de alegría y gozo desde niños, con un carácter entrañable y lleno de ilusión que nos ha hecho esperar tantas veces el paso de los Reyes Magos, deseando encontrarnos con sus regalos y sus sorpresas. Las sonrisas de los niños en este día nos hacen pensar en la belleza de la inocencia y en la pureza carente de pecado y nos mueven a la generosidad y a transmitir alegría a los demás.
Y como todas las fiestas navideñas, es Dios hecho Niño por amor al hombre caído, al cual viene a redimir, quien da sentido a esta fiesta. Él es “la luz del mundo” (Jn 8,12), la única que nos puede iluminar y demostrar que toda otra luz nace de Él y a Él orienta, como comprendieron los Magos. Y así, según hemos escuchado de la boca del profeta Isaías (Is 60,1-6), su luz ilumina ahora a la tierra que estaba cubierta de tinieblas y a los pueblos que caminaban en oscuridad. Es el misterio que San Pablo expone a los Efesios y que antes estaba reservado sólo a los judíos (Ef 3,2-3a.5-6). Esto es la Epifanía: la manifestación del verdadero Dios a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres. Los Magos venidos de Oriente, seguramente de regiones de Persia y quizá de algunas otras y muy probablemente de condición regia como ha recogido la Tradición conforme a las profecías mesiánicas, reflejan esta realidad (Mt 2,1-12): el Niño nacido en Belén es Aquel a quien ellos reconocieron como el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, el “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”, Jesús, el “Salvador”.
No olvidemos, por otra parte, que en la fiesta de la Epifanía se han celebrado tradicionalmente tres elementos de una misma manifestación del Dios Salvador: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná.
En un doble sentido, el mensaje de la Epifanía es un mensaje esperanzador, que nos anuncia la buena nueva de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. Cristo ha venido a salvarnos y debemos gozarnos de ello y transmitirlo a todos. Es decir, todos los hombres, tanto judíos como gentiles, somos invitados por Dios a la salvación eterna. Más aún, casi somos requeridos amorosamente por Él a aceptar su salvación, a acogerla, pues su Unigénito llegará hasta el extremo de dar su vida por amor a nosotros en la Cruz redentora.
El segundo sentido esperanzador en que podemos incidir, es que la Epifanía nos manifiesta a Jesucristo como Señor de la Historia. Tal como se dice al comienzo de la Carta a los Hebreos: “En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha realizado los siglos” (Hb 1,1-2).
A partir de aquí y de meditar la Historia de Israel y del mundo, al contemplar al Dios único y verdadero guiando su curso hacia el advenimiento del Salvador, varios Padres de la Iglesia comprendieron la existencia de una auténtica Teología de la Historia: es decir, la existencia de un sentido teológico en la Historia, de un plan divino sobre la historia del hombre en la tierra, enfocado a la redención de éste y al logro de su plenitud en Dios mismo. Algunos de estos Padres, como San Agustín, San Gregorio Magno, San Isidoro y San Beda, tomando como punto de partida el texto citado de la Carta a los Hebreos y mirando al conjunto de la Historia de la Salvación, delinearon unas edades del mundo que apuntaban como objetivo a la primera venida del Hijo de Dios con su Encarnación y a la segunda en su Parusía o manifestación gloriosa.
Esto nos debe proporcionar esperanza en nuestras vidas y en los tiempos que vivimos. La Epifanía del Señor es la manifestación del Dios Salvador a todos los pueblos, la manifestación de Jesucristo como Señor de la Historia, la manifestación de la Providencia divina, que vela con amor por su Creación y muy especialmente por el hombre, a quien ha querido rescatar del fango del pecado y hacer con él en Jesucristo y por Jesucristo una nueva creación (Col 1,15-20), un hombre nuevo (2Cor 5,17; Ef 4,22-24; Col 3,9-10), cuyo modelo es el Hombre perfecto, Jesucristo mismo (Ef 4,13), verdadero Dios y verdadero Hombre. La Epifanía nos habla del anonadamiento del Verbo de Dios, que se ha abajado asumiendo la debilidad de nuestra naturaleza humana para elevarnos consigo (Flp 2,6-11), haciéndonos así partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4) e introduciéndonos en la vida misma de Dios, vida íntima de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo (cf. Jn 14,16-17.23.26: inhabitación trinitaria; Jn 15,9-10; 17,21-26).
Por eso, sabiendo que Dios es providente, que mira por nosotros, que hasta los cabellos de nuestra cabeza tiene contados y nos sostiene aún con mayor amor que el que tiene hacia las aves del cielo y los lirios del campo (Mt 6,26-30; 10,30; Lc 12,7.24.27), debemos vivir sin miedo, confiados plenamente en su Bondad infinita que guía el curso de la Historia y de nuestras vidas. En medio de los avatares, de las incertidumbres, de los sufrimientos, de las persecuciones, de las cruces con que Él realmente no quiere sino bendecirnos y hacernos partícipes de su Cruz gloriosa (Gal 2,19-20; 6,14), confiemos en este Dios providente y redentor que sabe sacar bien del mal y que de la Cruz ha hecho el árbol de la vida (cf. Gn 2,9). No temamos, porque Él nos ama, nos alienta en nuestras luchas hasta el final (1Cor 1,4) y nos quiere llevar consigo al Cielo.
Miremos también a María Santísima, a quien los Magos tuvieron la dicha inmensa de conocer al llegar a adorar al Niño Dios, y con Ella mostremos en Él al Emmanuel ante el mundo.








