En la tarde-noche del día de Navidad, fallecía el P. Laurentino Sáenz de Buruaga, atendido en la enfermería de nuestro propio monasterio por sus hermanos de comunidad, después de sufrir un duro cáncer de vesícula descubierto hace seis meses. En este tiempo, el P. Laurentino ha dado muestras de la fortaleza que siempre le caracterizó, sabiendo afrontar la enfermedad y la muerte anunciada con una naturalidad que sin duda era de origen sobrenatural y dando ejemplo a todos. Nacido en Gauna (Álava) en 1931, ingresó de niño en la Abadía de Santo Domingo de Silos y fue uno de los monjes fundadores de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos, donde casi desde sus orígenes en 1958 puso en marcha la Escolanía junto al P. Díaz de Tuesta y a otros monjes, habiendo sido en estos 60 años su figura más destacada y su principal impulsor. Afianzó sus estudios gregorianos en Solesmes y París, donde obtuvo diplomas de formación en este campo de la música, y fue reconocido desde muy pronto a nivel nacional e internacional como autoridad de referencia. Maestro de muchas generaciones de escolanos, esto se hizo patente en la multitudinaria y emotiva Misa exequial celebrada en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos el jueves 27 de diciembre, seguida de su entierro en el cementerio de los monjes. Presidida por el P. Prior Administrador, asistieron también el Abad de Silos, el Prior del monasterio silense de Nuestra Señora de Montserrat y más de 20 sacerdotes, así como la Abadesa y varias monjas benedictinas de Valfermoso (Guadalajara) y cistercienses de Casarrubios del Monte (Toledo), Hermanitas de los Ancianos Desamparados, Religiosas de Leuca, Marianistas… (entre ellas su hermana Elena), el Sr. Delegado de Patrimonio Nacional en El Escorial y algunos miembros actuales y antiguos del consistorio municipal de San Lorenzo de El Escorial. El canto en la Misa y en el entierro, con larga procesión al cementerio, estuvo al cargo de varias generaciones de escolanos: la actual Escolanía y los coros Schola Antiqua y Nova Schola. El P. Laurentino fue también el impulsor de las Semanas de Estudios Gregorianos celebradas en agosto en el Valle y de otros encuentros gregorianistas en diversos puntos de la geografía española, y sus enseñanzas se extendieron a muchos seglares, religiosos, religiosas y seminaristas en diversos cursos, conferencias y contactos. Para conocer mejor su figura y su hacer, remitimos a la homilía colgada en esta misma página web y a las semblanzas y notas necrológicas que se ofrecen en el área de documentos y descargas.
P. Laurentino Sáenz de Buruaga. Misa Exequial
Rvdmo. P. Abad de Silos, queridos concelebrantes y queridos hermanos todos en el Señor:
La enfermedad y la muerte de nuestro P. Laurentino nos han golpeado con mucha fuerza, tanto a la Comunidad benedictina, como a tantos que os habéis acercado hoy y muchos otros que no han podido hacerlo, pero que nos han expresado sus condolencias y su cercanía. Nos han llegado testimonios preciosos de agradecimiento por sus enseñanzas y por su amistad y hemos leído otros muy emotivos en internet. Gracias a todos por este afecto que mostráis a su persona, a nuestra Abadía y a los años que muchos habéis pasado como niños en la Escolanía y que demostráis llevarla en vuestros corazones.
Como comentaba el otro día con uno de sus discípulos más cercanos, sin haber sido un intelectual o un investigador, el P. Laurentino ha sido sin embargo una autoridad en el campo del canto gregoriano y un verdadero maestro. Ha sido el alma de la Escolanía durante prácticamente sus 60 años de existencia y ha sido forjador u orientador de muchas vocaciones musicales, así como punto de referencia fundamental para numerosos coros, directores y otros músicos.
Ciertamente, su enfermedad y su muerte nos han golpeado porque, a pesar de sus 87 años, todos hemos conocido su vitalidad, su energía inagotable, su capacidad de afrontar y de reemprender proyectos con ilusión frente a toda adversidad, y, ¿por qué no decirlo?, todos hemos conocido asimismo ese espíritu de mando y ese genio que parecía a veces ser el motor que le daba vida y que, al lado de la aspereza, pronto dejaba descubrir su profunda entraña humana, con un encanto que dejaba huella.
Como ayer le comenté a nuestra Comunidad, pese a que pueda parecer chocante lo que voy a decir, su enfermedad y su muerte anunciada debemos entenderlas como una gracia de Dios, tanto para él, como para los monjes del Valle y para todos los que le hemos conocido. Lo que corresponde a él, lo dejo para el final.
En cuanto a la Comunidad benedictina y a los que podéis haberlo tratado más de cerca en esta última etapa, nos ha hecho posible ver de primera mano cómo esa naturaleza llena de vitalidad se deterioraba en pocos meses y al final de manera casi precipitada en muy pocos días. Esto nos ha permitido unirnos más a su sufrimiento, acercarnos más a él, compadecernos en el sentido puro de la palabra: es decir, “padecer con” él, sobre todo al ver su dura agonía. Dios nos ha facilitado por su medio poder volcarnos con él, vivir el espíritu de caridad fraterna que debe reinar en una comunidad monástica, atender al hermano enfermo como si del mismo Cristo se tratase, según nos pide N. P. S. Benito. Podemos dar gracias a Dios porque ha vivido su enfermedad en el monasterio y ha muerto en él, atendido por los hermanos de su comunidad, como él quería.
Pero además, para todos, su enfermedad y su muerte anunciada deben ser comprendidas como una gracia, pues Dios nos ha hablado a través de ellas ofreciéndonos una meditación profunda acerca del misterio de la vida y de la muerte. Una naturaleza enérgica y llena de vitalidad, que parecía inmortal para la propia vida terrena, se ha desmoronado y agotado en seis meses, especialmente en los últimos tres y de forma muy llamativa en los últimos días. ¿No debería esto hacernos reflexionar acerca de que todos habremos de afrontar un día el trance de la muerte? La vida del monje, vivida en plenitud, es una preparación para el paso a la vida eterna, a la vida que nunca se acaba, a la vida junto a Dios. El monje y cualquier cristiano han de caminar siempre con la perspectiva de esta meta, pues nuestra peregrinación en la tierra habrá de apuntar hacia el Cielo.
En fin, la enfermedad y la muerte anunciada también han sido una gracia para el propio P. Laurentino. Aunque no era un hombre dado a expresar sus vivencias interiores más profundas y podía dar una impresión incluso equivocada con relación a su vida espiritual, debéis saber que él lo vivió así, como os lo voy a demostrar. Y murió como deberíamos desear morir: aceptando la enfermedad y la muerte anunciada como venidas de la voluntad de Dios, pudiendo prepararse para el encuentro con el Señor de la vida, haciendo en los días previos una confesión general y recibiendo el sacramento de la Unción. Algunos hemos recibido de Dios la dicha de tener en estos días conversaciones preciosas con él, en las que hemos podido comprobar la plena conciencia de su situación y que ya tenía toda su confianza puesta únicamente en Dios y en la Virgen María, a la que siempre amó y rezó con asiduidad el Santo Rosario. Notó muy favorablemente la fuerza que Dios le daba por la oración de muchas monjas y religiosas, así como a través del P. Santiago Alameda, monje de Silos muerto en olor de santidad, a quien siempre tuvo en gran estima y de quien me dijo haber advertido siempre su intercesión. Mirando a un cuadrito de Jesús en su celda, me dijo dos días antes de morir que en la Cruz veía a Cristo y que en Cristo veía su Sagrado Corazón.
No es esto un elogio ni una alabanza de sus virtudes, sino que creo de verdad que su manera de afrontar y vivir la muerte y la enfermedad es un motivo de edificación, al igual que sus propias palabras en una carta que envió a las MM. Carmelitas de la Encarnación de Ávila en julio y que os voy a leer, aunque nos alarguemos un poco más y aunque sea mi homilía más larga hasta la fecha, pues merece realmente la pena y sé que a ninguno os va a importar que tardemos unos minutos más. Estuvo un año impartiéndoles clases de gregoriano y disfrutó mucho con ellas y ellas con él. Para él fue una especie de año de ejercicios espirituales que sin duda le preparó para afrontar la prueba que el Señor le iba a dar. Cuando fui a pasar unos días de retiro a la Encarnación este verano, me dio una carta para ellas. Aunque el sobre venía abierto y lógicamente me habría apetecido leerla, no lo hice por guardar su intimidad y su confidencialidad, pero unos días después la priora con las demás carmelitas me la quisieron leer para que tuviera conocimiento de ella, pues les había emocionado. Ahora les he pedido que me faciliten una copia para leerla hoy y así lo han hecho. Leo sus palabras, en las que podemos descubrir al hombre, al monje y al maestro.
“Abadía de Santa Cruz, 16 de julio de 2018.
Rvda. Madre (Carmen de Jesús, Priora), Sor Mª Teresa del Sgdo. Corazón y queridas Hermanas de mi amado Monasterio de la Encarnación:
‘Hágase tu voluntad’ es lo que pido al Señor en todo momento y sobre todo en los Laudes y Vísperas, momento en los que N. P. San Benito nos pide escuchemos al superior, ahora lo cantamos todos, la Oración dominical. Desde el mismo momento en que supe lo que el Señor me ha mandado, noté una ‘fuerza’ superior, la ayuda de vuestras oraciones y de otras muchas Religiosas (tengo una hermana Marianista) y personas que me conocen, que me ayudó a recibirlo con serenidad y alegría interior, porque el Señor se ha acordado de mí. Me pongo en las manos del Señor y pido a Ntra. Madre de Clemencia me ayude a aceptar con alegría lo que Él quiera de mí en cada momento.
Aun me encuentro débil, pero recuperando las fuerzas, poco a poco. Curiosamente, los dolores de rodilla, que comenzaron hace ahora un año y que me impedían subir y bajar escaleras, han desaparecido totalmente. Tampoco he tenido, ni antes ni en todo este tiempo, desde el 27 de mayo, dolor alguno, simplemente fiebre en algunos momentos, lo cual ha causado extrañeza a los médicos y a mí mismo.
Recuerdo con ilusión y satisfacción los momentos pasados con vosotras, repitiendo una y otra vez las piezas gregorianas que había que preparar para los diversos tiempos litúrgicos y sobre todo la salmodia, que es a la vez lo más fácil, una simple lectura, y lo más difícil, que debe ser bien hecha y llegar a ser verdadera oración cantada. Los esfuerzos no eran en vano, pues pude apreciar que poco a poco la salmodia resultaba más ágil y bien acentuada, consiguiendo el ritmo propio de las palabras. Me gustaría poder seguir cantando con vosotras, pero eso lo dirá el Señor.
Confío en vuestras oraciones y me uno a ellas pidiendo al Señor sigan siendo verdaderas hijas de Ntra. Madre Santa Teresa,
Laurentino Sáenz de Buruaga, osb”
Tenemos la impresión de que en el día de Navidad en que ha muerto el P. Laurentino, el Niño Jesús ha venido a buscarle a nuestro Valle, junto con su Madre, la Virgen María, cuyos prefacios estuvo musicalizando hasta sólo unos pocos días antes de morir. En sus manos ponemos su alma y encontramos también el consuelo por su partida de este mundo.
Navidad 2018
Recordemos el comienzo de este texto del Evangelio: ‘En el principio ya existía la Palabra; la Palabra era Dios, y mediante Ella se hizo todo. Ella era la Vida y la Luz de los hombres. Brilló en las tinieblas, pero las tinieblas no la aceptaron’. Dentro de su brevedad, probablemente estas son las palabras más decisivas que se han escrito en cualquier tiempo.
Desde hace 20 siglos Cristo ha polarizado la historia de la parte más dinámica de la sociedad humana, sea como referencia central de la existencia humana, o bien, en sentido contrario, para polarizar en él el rechazo de la mayoría de los hombres, que le señalan hoy como el mayor obstáculo para el progreso de una humanidad que cree poder caminar sola y libre hacia la plenitud de sí misma, liberada ya de los viejos dogmas que habrían desviado el auténtico dinamismo de la historia.
Esta actitud de ruptura del hombre con la Verdad, a la que la Sagrada Escritura califica como apostasía (2Tes 2, 3), tiene el significado de deserción, retractación o repudio de la palabra inalterable de Dios. Esa palabra en la que hemos escuchado que se hizo hombre y habitó entre nosotros. La misma que había creado los mundos y en ellos al hombre, para que ambos se gobernaran por las leyes que debían regir la estructura interna de que habían sido dotados por la mano de su Autor.
Sabemos que Cristo, Hijo de Dios, el mismo cuyo nacimiento histórico renueva y celebra la Iglesia todos los años, y cuya presencia se ha hecho permanente en el tiempo a través del sacrificio y sacramento eucarísticos, está llamado a reunir en Sí mismo todas esas realidades, de las que es único Soberano, y presentarlas al Padre en nombre de todas las criaturas. Ello constituirá el acontecimiento final de la historia, porque tal es el designio de Dios y la finalidad de la encarnación. En torno a esta proyecto divino gira toda la historia humana y cósmica, y en ella estamos totalmente implicados cada uno de nosotros, lo aceptemos o no.
Pero entretanto, Cristo, el Niño, el Hombre y el Rey recién nacido, sigue siendo la cumbre de la historia. Ningún proyecto de anular su memoria o sus símbolos va a afectar a su presencia real en ella. Por el contrario, como de hecho está ocurriendo, Cristo sigue creciendo y actuando poderosamente, aunque ello esté oculto a nuestros ojos, y sigue burlando los poderes de este mundo, como ocurrió en el caso de Herodes y los Reyes Magos.
_x000D_
Por eso, “en medio de las tinieblas ha aparecido una gran Luz”, porque “la omnipotente Palabra de Dios descendió hasta nosotros desde su sede real en las alturas”, de manera que “el pueblo que caminaba en la oscuridad vio una luz grande., y en ella apareció “el Nombre de quien es maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”.
En realidad, en esta hora en que aparentemente hemos situado a Dios en las catacumbas, el suyo sigue siendo “el único Nombre en el que podemos ser salvados”. Él es el Salvador, la referencia máxima de toda plenitud y perfección para quienes las buscan en su fuente. Él es la Verdad, la Sabiduría, la Justicia únicas para quienes buscan un terreno firme sobre el que asentar los fundamentos estables de la tierra y del hombre. De hecho, no se nos ha dado otro Nombre en el que podamos ser salvados”…
_x000D_
Todo lo que estamos declarando como final de Dios y de cuanto ha representado su Nombre, el Nombre de este Niño de Belén, Jesús, es la declaración de nuestro propio final como civilización, el final de cuanto hasta ahora ha supuesto la condición humana, que sólo tiene en Dios su razón de ser.
Cristo es el quicio fundamental de la historia humana , y lo ha sido muy especialmente de nuestra nación. Ante el nuevo paganismo que nos envuelve repitamos con los justos del Antiguo Testamento: “Que se abra la tierra y que germine el Salvador”. Que Él sea de nuevo la enseña bajo la que se acojan todos los pueblos, y que nuestro mundo y nuestro tiempo encuentren en Él el camino que le conduzca por el desierto hacia la única tierra prometida en la que el hombre puede encontrarse de nuevo consigo mismo y con Dios.
Misa del Gallo
Queridos hermanos:
Desde niños, todos hemos vivido con un gozo especial esta “noche santísima”, como la ha denominado la oración colecta, y no por algo tan mundano como las luces, los adornos, los regalos o incluso algo más bello como son las reuniones familiares con todo su encanto. En ocasiones, la falta de alguien que siempre nos acompañaba en estas fechas y que ya ha fallecido o se encuentra gravemente enfermo, nos causa tristeza. Pero, a pesar de ello, nada elimina un motivo profundo de alegría en esta noche santa, y es, por supuesto, la celebración del Nacimiento de Jesús.
Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo encarnado y, por lo tanto, verdadero Dios y verdadero hombre, es “irradiación esplendorosa de su gloria” (de la gloria del Padre), como nos dice el libro de la Sabiduría y lo repite la Carta a los Hebreos (Sab 7,25; Hb 1,3) y es “la luz del mundo” que nos otorga “la luz de la vida”, como Él ha dicho de sí mismo (Jn 8,12). Esto nos hace comprender la afirmación que hemos escuchado al profeta Isaías cuando nos ha hablado de la “luz grande” que ha brillado en medio de la tiniebla (Is 9,2-7). Y es así como esta luz grande, Dios que es luz, ha envuelto de claridad a los pastores en Belén, según nos ha descrito el Evangelio (Lc 2,1-14).
Durante el tiempo de Adviento hemos venido preparándonos para este acontecimiento que desborda todos los cálculos humanos: que Dios asuma nuestra naturaleza para hacerse uno de nosotros y reconciliarnos consigo, viniendo al mundo para vivir entre nosotros, morir y finalmente resucitar. Cristo nos ha reconciliado así con el Padre, nos ha devuelto su amistad y nos ha alcanzado incluso el ser hechos hijos adoptivos de Dios, comunicándonos la vida divina por el Espíritu Santo.
El Adviento, en efecto, nos ha preparado para celebrar, rememorar y revivir esta primera venida del Hijo de Dios al mundo, la venida del Verbo encarnado. Asimismo, nos ha recordado que debemos estar vigilantes para su segunda venida gloriosa, la Parusía, que tendrá lugar en un momento que nosotros no podemos conocer, para vencer definitivamente al demonio, al pecado y a la muerte y juzgar a todos los hombres y que todo sea recapitulado e instaurado en Él (cf. Ef 1,10).
Pero además, el Adviento nos tiene que haber venido haciendo recalar en otra venida intermedia de Jesucristo, de la que habla San Bernardo, y de la que debemos tomar singular conciencia en el tiempo de Navidad. Es su venida a nuestras almas y a nuestros corazones, y muy especialmente también en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Alabemos al Niño Jesús en el pesebre y cantémosle villancicos, agradecidos por su primera venida para redimirnos del pecado y otorgarnos la salvación. Mirémosle pequeño, humilde, necesitado y mendigo de nuestro amor, y unámonos a María y a José para darle todo lo que precisa. Adorémosle con los ángeles, con los pastores y con los magos, porque en Él reconocemos al Dios verdadero, al Mesías Salvador y al modelo perfecto del hombre.
Pero también hagamos que su venida sea posible realmente en nuestro interior, en nuestras almas y en nuestros corazones. Preparémonos para ser nosotros mismos el portal de Belén, conscientes de que, si evitamos el pecado mortal y lo confesamos cuanto antes, y si tratamos asimismo de evitar todo pecado y de hallarnos en estado de gracia, limpios y puros para Jesús, Él vendrá a morar en nosotros, a habitar en nuestras almas, a depositar todo el amor de su Sagrado Corazón dentro de nuestro pobre corazón.
Él lo ha prometido, y ha prometido que con Él vendrán también el Padre celestial y el Espíritu Santo, para que seamos así realmente morada santa de la Santísima Trinidad, casa de Dios, refugio de su amor infinito: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23); “Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,16-17). De este modo, también nuestro cuerpo se convierte en templo del Espíritu Santo, como afirma San Pablo (1Cor 6,19-20).
Queridos hermanos: si somos conscientes de esta riqueza inmensa, de este tesoro inagotable de gracia y de vida espiritual que es conocer y alentar la vida divina en nuestro interior, en nuestras almas y en nuestros cuerpos, entonces la realidad de Belén se hará verdadera y permanentemente actual en nosotros y estaremos preparados para cuando el Señor vuelva en gloria y majestad o para cuando venga a llamarnos al final de nuestras vidas. Descubramos al Niño Jesús también muy especialmente presente en la Santísima Eucaristía, en el momento de la consagración, al recibirlo en la comunión, cuando esté reservado en el sagrario y cuando lo veamos expuesto en la custodia. No olvidemos en estas Navidades asistir a la Santa Misa, sobre todo en los domingos y en los días de precepto, cosa que pido a los padres de los escolanos que recordéis a vuestros hijos.
Al término de la Misa, la Escolanía ofrecerá el tradicional recital de villancicos delante del coro. Cabe destacar que justamente hoy se cumplen los 200 años del villancico “Stille Nacht”, “Noche de Dios, noche de paz”, que se estrenó en Oberndorf, una aldea del Imperio Austro-Húngaro, en la Misa del Gallo del 24 de diciembre de 1818. La letra fue escrita por el sacerdote Joseph Mohr y la música fue compuesta por Francis Xavier Gruber.
A todos, que el Niño Jesús os bendiga y os conceda una Feliz Navidad.
Profesión solemne de Fr. Javier Martín
El viernes 7 de diciembre, memoria de San Ambrosio de Milán y víspera de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Fr. Javier Martín García hizo la profesión solemne de los votos monásticos de estabilidad, obediencia y conversión de costumbres según la Regla de San Benito, en la Misa conventual de 11 h. en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Recibió la profesión el Superior de la Abadía benedictina, P. Santiago Cantera, en una ceremonia muy emotiva y solemne que contó con el canto de la Escolanía y de un grupo de antiguos escolanos de Nova Schola, así como de una representación de la comunidad de Santa María de El Paular, numerosos sacerdotes y familiares del neoprofeso y amigos suyos y de nuestro monasterio. También hubo algunos antiguos escolanos representando a Schola Antiqua. Otro de los grupos participantes que hay que destacar es el de los sacerdotes de la diócesis de Toledo. Fr. Javier procede de nuestra Escolanía, donde estudió desde 5º de Educación Primaria hasta 2º de ESO, y luego se formó en el Seminario Menor de Santo Tomás de Villanueva, en Toledo. Ingresó como postulante en nuestra Abadía al terminar sus estudios en el Seminario Menor y cumplir los 18 años. De este modo, en el año que nos disponemos a clausurar, hemos celebrado dos profesiones solemnes, un paso al noviciado canónico, una toma de hábito y otra más que tendrá lugar en los próximos días. El espíritu y el ambiente existente entre estas jóvenes vocaciones en nuestro monasterio es magnífico. Indudablemente, Dios bendice en medio de las adversidades.
Toma de hábito de Fr. Pablo
Querido Fr. Pablo:
Cuando los llamados “doce apóstoles de México” llegaron a la Nueva España, los habitantes de Tlaxcala quedaron impresionados por la pobreza de aquellos misioneros franciscanos, reflejada en sus hábitos y en su modo de vida, y comenzaron a repetir: motolinía, motolinía. Al saber fray Toribio de Benavente que aquella palabra náhuatl significaba “pobrecito”, decidió adoptarla como sobrenombre y unirla definitivamente al de fray Toribio, porque comprendió que la austeridad de sus hábitos reflejaba el espíritu de pobreza propio de los hijos de San Francisco.
El hábito religioso, como ha recordado el Magisterio reciente de la Iglesia en el Concilio Vaticano II (Perfectae caritatis, n. 17) y por parte de los santos Papas Pablo VI (Evangelica testificatio, n. 22) y Juan Pablo II (Vita consecrata, n. 25), es “signo de consagración”. Es decir, significa exteriormente el modo de vida que hemos abrazado. Por eso ha tenido una importancia notable desde los mismos orígenes de la vida monástica, según se descubre entre los “Padres del Desierto” y lo reflejan textos como los Apotegmas, las disposiciones de San Pacomio y los escritos de Evagrio Póntico y Casiano.
De siempre, el hábito monástico quiso ser signo de pobreza, evitando lo superfluo y la mundanidad. Así, N. P. San Benito no dispuso nada concreto acerca del color y la tosquedad de los hábitos, sino que los monjes se contentasen con lo que hallasen allí donde vivieran o con lo que pudieran comprar más barato, y estableció lo que creyó podía ser suficiente para cada uno (RB LV); discreción benedictina que tuvo en cuenta García Jiménez de Cisneros en las Constituciones para los monjes de Montserrat a finales del siglo XV (cap. 12). Sin embargo, sobre todo desde la reforma cluniacense (y bueno será recordar que nuestra Congregación de Solesmes es heredera canónica de las de Cluny, San Mauro y San Vitón y San Hidulfo), el hábito benedictino de color negro y tal como lo conocemos y vestimos quedó ya prácticamente establecido como una seña de identidad de nuestra Orden, hasta el punto de que los cluniacenses serían denominados popularmente “monjes negros” y los cistercienses “monjes blancos”.
Por lo tanto, el hábito religioso es en verdad signo de consagración y quiere expresar que quien lo viste ha entregado su vida a Dios por completo para configurarse con Cristo pobre, obediente y casto. Es signo de consagración que exige vivir en verdad los consejos evangélicos y que recuerda que el modo de vivirlos ha de ser conforme al espíritu propio de una Orden concreta, en nuestro caso la benedictina, pues se convierte además en un signo de identidad y de pertenencia a una familia religiosa, de cuya historia y espiritualidad deben estar enamorados sus miembros.
No en balde advertía Santa Teresa de Jesús que “no está el ser fraile en el hábito –digo en traerle– para gozar de el estado de más perfección que es ser fraile” (Libro de la Vida, cap. 38, 31), lo cual coincide con el famoso dicho que con razón afirma: “el hábito no hace el monje”. Por eso decía también un autor espiritual de nuestra Orden, Ludovico Blosio: “No traigas el hábito de monje en vano, haz obras de monje” (Espejo de monjes).
En consecuencia, el hábito nos exige vivir como monjes, ser monjes de verdad; y es ahí donde el hábito puede y debe contribuir a que el monje sea un auténtico monje. El hábito debe ser nuestro signo de consagración y, en consecuencia, debe ser una muralla contra la mundanidad y el secularismo. ¡Cuántas congregaciones religiosas han sufrido en el posconcilio un proceso de secularización que siempre ha ido de la mano del abandono del hábito!
Pero, para configurarte con Cristo como monje, ¿qué mejor modelo que la Santísima Virgen? Ella es modelo de todas las virtudes y, por lo tanto, la imitación de María te hará más fácil la imitación de Cristo, su Hijo, a quien ha estado asociada en su obra redentora. La Virgen María es mirada como modelo por todas las Órdenes religiosas, hasta el punto de que muchas la han invocado como Madre de Misericordia y la han representado acogiendo bajo su manto protector a los religiosos o las religiosas de su Orden. Tal vez una de estas pinturas más conocidas y hermosas sea la “Virgen de los Cartujos” de Zurbarán. El hábito de algunas Órdenes incluso contiene un significado mariano, y así Santa Teresa recuerda a sus monjas varias veces que llevan el que la familia carmelitana considera ser el hábito de la Virgen.
Al revestirte, pues, del hábito monástico, para revestirte del hombre nuevo creado a imagen de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Col 3,10 y Ef 4,24), revístete de las virtudes de nuestra Madre Santísima. Ten presente en tu interior la imagen de la Virgen de Guadalupe, a quien hoy recordamos. La advocación de Guadalupe une a España con México y con toda América, como hace unos días me recordabas con una bonita anécdota.
Que la belleza de María quede impresa en tu interior como quedó impresa en la tilma de San Juan Diego. Que las constelaciones de estrellas del manto que cubre la imagen de la Virgen de Guadalupe y que son las mismas que había en el momento de la aparición, te cubran al revestirte del santo hábito y se transformen en ti en las estrellas de las virtudes de María, que brillen en tu interior y resplandezcan para bien de tu comunidad y de las almas. Y, cuando te pesen las cruces que conlleva abrazar el hábito religioso porque significa abrazar el seguimiento de Cristo hasta la Cruz, mira a María y escucha de su boca aquellas palabras de consuelo que dijo a San Juan Diego: “¿Acaso no estoy aquí Yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra?”






