El viernes 12 de octubre, una representación de la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos cantó una Misa en San Lorenzo de El Escorial. Más recientemente, el sábado 3 de noviembre, la Escolanía y la agrupación Nova Schola de antiguos escolanos del Valle (de promociones recientes aún) colaboraron en un concierto ofrecido en la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena de Madrid. La Escolanía interpretó al comienzo diversas piezas musicales y luego el escolán Jesús Rodríeguez M.-U., Nova Schola y el Coro Participativo de la Asociación Cultural Admanum interpretaron la Misa de Requiem en re menor, Wab 39, de Anton Bruckner. La dirección estuvo en todo momento al cargo de D. Raúl Trincado Dayne, director de polifonía de la Escolanía y contó con Valentyna Naida y Manuel Fernández como organistas. Justo a la semana siguiente, el sábado 10 de noviembre, la Escolanía y Nova Schola, de nuevo bajo la dirección de D. Raúl Trincado, ofreció un concierto de gregoriano y polifonía en el XIV Ciclo musical Tomás Luis de Victoria, en el Auditorio Municipal de San Francisco de Ávila, organizado por el Ayuntamiento de esta ciudad gracias a la colaboración de la Asociación Musical Tomás Luis de Victoria (Coral Camerata Abulense, que en el momento presente dirige D. Santiago Ruiz Torres, antiguo escolán del Valle, quien también fue profesor de la Escolanía). Ambos actos contaron con una asistencia muy nutrida de público, el cual tuvo que quedar incluso de pie, tanto en uno como en otro, al quedar todos los sitios ocupados. Hay que destacar además las magníficas atenciones ofrecidas por la Asociación Musical Tomás Luis de Victoria a los niños escolanos.
Paso al noviciado canónico de Fr. Carlos
El lunes 12 de noviembre, después del canto de Vísperas, Fr. Carlos D. fue recibido al comienzo del noviciado canónico por la comunidad benedictina, dando así por terminado su tiempo de postulantado. Ingresó en la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos el 3 de noviembre de 2017 y ahora, con 27 años de edad, comienza esta nueva fase de su formación monástica. La ceremonia, presidida por el P. Prior Administrador, tuvo lugar en la memoria de San Millán y los Santos Monjes Españoles y contó con el hermoso rito del lavatorio de los pies del nuevo novicio por el Superior y el canto del “Mandatum” durante el mismo. Asistieron los cuatro escolanos que se encuentran cursando los cursos superiores en la Escolanía, sentándose en el coro junto con los monjes.
Misa Funeral
Queridos hermanos:
En el aniversario de su muerte, ofrecemos hoy especialmente el Santo Sacrificio de la Misa por las almas de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco. A ellos unimos, como se hace en esta Basílica todos los días del año, la oración por las almas de todos los Caídos en la Guerra Española de 1936-1939, tanto del bando nacional como del bando republicano, y por las almas de otros difuntos sepultados en el Valle.
Como sabéis, la Iglesia dedica de forma singular el mes de noviembre a los difuntos. Y como también conocéis al haber estudiado el Catecismo, hay dos obras de misericordia que se refieren a los difuntos: entre las obras corporales de misericordia, está la de enterrar a los muertos, y entre las obras espirituales de misericordia, la de rezar a Dios por vivos y difuntos.
El deber de enterrar a los muertos nace de la convicción de la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos, cuando tenga lugar la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo en gloria para el Juicio Final; entonces, como nos enseña nuestra fe, los cuerpos resucitarán conforme al modelo del suyo y se reunirán definitivamente con el alma. Por eso los cristianos siempre hemos dado sepultura a los difuntos, sabiendo que sus restos corpóreos se corrompen de forma natural, pero que gozan de dignidad y respeto y deseamos que puedan reposar en paz. En esos cuerpos ya no hay vida y por eso no encontramos ningún peligro en ellos. Nosotros no creemos en fantasmas, no nos asustan los muertos y no vivimos angustiados y temerosos ante el mal que nos pudieran hacer los cuerpos de los difuntos, pues ciertamente no nos pueden hacer ningún daño. Con la altura de miras que tenía un gobernante de la talla humana de Carlos I, se explica que él dejara reposar en paz los restos de Lutero cuando estuvo ante su sepultura en Wittemberg, dejando su juicio en las manos de Dios.
En cuanto al deber de orar por los difuntos, nace de la fe que tenemos en la vida eterna. Los cristianos rezamos por todos los difuntos, no sólo por los cercanos a nosotros ni sólo por los que nos caen bien, ni tan siquiera sólo por los cristianos. Lo hacemos para rogar a Dios que por su Misericordia infinita borre sus pecados y permita que gocen de su visión y su compañía por siempre, para que, si sus almas se encuentran en el Purgatorio, puedan pasar lo antes posible al Cielo; y sabemos asimismo que, si ya se encuentran en el Cielo, la comunión de los santos hace que esta oración sea eficaz en beneficio de otras almas. Es nuestro deber orar por todos los difuntos, amigos y enemigos, así como debemos también orar por los vivos, tanto amigos como enemigos. Ésta es la grandeza del cristianismo, que supera la cortedad de miras humanas para trascender hacia la Misericordia y el Amor infinitos de Dios.
De un modo muy especial, el Santo Sacrificio de la Misa posee una fuerza extraordinaria para alcanzar la dicha eterna del Cielo a las almas de los difuntos, ya que se trata del mismo Sacrificio redentor de Cristo en la Cruz que se renueva y actualiza en el altar. Según San Gregorio Magno, el primer papa-monje y biógrafo de San Benito, la Misa alcanza ante Dios un gran valor al ofrecerse por las almas de los difuntos. Como sabe todo aquel que tiene una cierta formación religiosa, la Misa por un difunto no es un homenaje humano hacia él, sino el acto máximo de nuestra oración por él ofreciendo el mismo Sacrificio de Cristo, que ha derramado su Sangre por la salvación de su alma y por la de todas las almas, incluidas las de aquellos mismos que le llevaron a la muerte, para los cuales pidió al Padre celestial el perdón desde la Cruz.
En consecuencia, los cristianos no nos vemos turbados por los difuntos. Ellos han podido hacer bien o mal en sus vidas, pero hoy ya no pueden hacer ningún mal. De ahí que la presencia de los restos de tantos difuntos sepultados en el Valle nos conduzca a orar por las almas de todos ellos y a aprender la lección que sin duda nos quieren ofrecer: que si un día se enfrentaron y murieron en campos opuestos, hoy seamos capaces de alcanzar la paz sin odio, sin rencor, sin venganza, siendo capaces de construir el futuro de España sin destruir su pasado y venciendo el odio con el amor.
Ésta es la lección que se puede aprender también bajo los brazos redentores de la Cruz, donde el Mediador entre Dios y los hombres, el único Salvador y Redentor, Jesucristo, nos alcanzó la Misericordia divina, nos obtuvo la filiación como hijos adoptivos de Dios y perdonó a sus verdugos. La reconciliación de los hombres con Dios, de quien nos habíamos apartado por el pecado, nos la alcanzó Cristo en la Cruz, y la reconciliación entre los hombres nace así de esa reconciliación teologal.
Que María Santísima, que permaneció fiel al pie de la Cruz y recibió en sus brazos a su Hijo muerto, nos enseñe a los españoles a vivir en paz e interceda para que las almas de todos los difuntos gocen de la visión eterna de Dios.
Paso al noviciado canónico de Fr. Carlos
Querido Fr. Carlos:
España, en su esencia y en su desarrollo histórico, está unida estrechamente a la fe cristiana. Desde la primera predicación apostólica y el pronto arraigo del cristianismo en tierras como la Bética de la que eres natural, la sangre de los mártires la hizo ser fecunda en frutos de santidad, de firmeza en la defensa de la fe y de capacidad misionera. Y por eso, la patria hispana, que sería desde tales inicios tierra de Cristo y “tierra de María”, como la denominara San Juan Pablo II, vería igualmente desde épocas muy remotas crecer la vida monástica, como recordamos hoy en esta memoria de San Millán y los Santos Monjes Españoles.
En efecto: desde testimonios contemporáneos al final del período romano en los siglos IV y V, como los de la monja peregrina Egeria o Eteria y la relación de San Agustín con los monjes de la isla balear de Cabrera, y hasta nuestros días, España ha sido tierra de fuerte arraigo monástico y de santos y santas que han abrazado este género de vida. En ella brotaron pronto, en la época visigótica, grandes santos patriarcas del eremitismo como Emiliano o Millán y del cenobitismo como Fructuoso de Braga; San Braulio de Zaragoza, biógrafo del primero, se dirigió al segundo llamándole “esplendor sagrado de España”. Aquella España visigótica vio escribir y practicar reglas monásticas originarias que se perpetuaron durante siglos hasta que se afianzase en ella la de Nuestro Padre San Benito. San Fructuoso, precisamente, peregrinó por la Lusitania y la Bética hasta tu tierra gaditana para venerar las reliquias de los mártires hispanorromanos y en el entorno de Cádiz fundó monasterios masculinos y femeninos, entre los cuales brilló la santa monja Benedicta, que reunió en torno a sí a 80 discípulas que quisieron vivir la esponsalidad con Cristo, tal como también San Leandro se la hubiera propuesto a su hermana Santa Florentina igualmente en la provincia Bética.
España ha sido fecunda en santos abades como Domingo de Silos y sus amigos Íñigo de Oña, Sisebuto de Cardeña y García de Arlanza, pacificadores de reyes enfrentados, y ha dado testimonios impresionantes como el de la monja reclusa Santa Oria. Ha sido fecunda y al mismo tiempo fecundada por la sangre de monjes y monjas mártires como los mozárabes, los de Cardeña o los de los años 30 del siglo XX, donde no podemos olvidar a nuestros benedictinos de Silos en Madrid y a los de El Pueyo y Montserrat, así como a los cistercienses de Viaceli y sus hermanas de Algemesí, al restaurador de los jerónimos y a los no beatificados aún de la cartuja de Montalegre y de los ermitaños de la Luz de Murcia.
España ha visto nacer Órdenes monásticas como los jerónimos en el siglo XIV y más tarde los basilios, con cuyos fundadores en la Sierra de Córdoba trabaron amistad espiritual Santa Teresa de Jesús y San Juan de Ávila; además, el Beato Juan de España había dado nacimiento a la rama femenina de la Cartuja en el siglo XII. Todo esto, sin olvidar las reformas monásticas bajomedievales y que buena parte de la reforma de algunas Órdenes mendicantes como la franciscana por vía de fray Pedro de Villacreces y más tarde San Pedro de Alcántara, y la carmelitana por medio de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, se orientaron en una línea de acentuación de los valores monásticos. Santa Teresa, queriendo retornar a los orígenes más puros del Carmelo, recordó a las carmelitas que eran comunidades de ermitañas y por eso en esta reforma se abrieron pronto “desiertos” en su rama masculina.
Pero no puedo ni debo alargarme más en este recuerdo y elogio del monacato hispano y de sus santos y santas, pues de una homilía en la que proponerte un ideal y animarte a vivir desde esos preciosos ejemplos, correría el riesgo de pasar a una conferencia.
El objetivo esencial de la vida monástica –lo sabes bien–, tanto entre los monjes españoles como entre todos los monjes cristianos, y así nos lo ha propuesto Nuestro Padre San Benito, es la búsqueda de Dios mediante la configuración con Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo. Así decía San Braulio que San Millán vivía sus austeridades en la dureza del clima riojano “por amor de Dios, en la contemplación de Cristo y con la gracia del Espíritu Santo” (Vita Aemiliani, IV). Como monje, tienes que aspirar a ser morada de la Santísima Trinidad y a vivir en el seno de la Santísima Trinidad, a vivir la inhabitación trinitaria como la oblata benedictina Beata Ítala Mela y a buscar la unión transformante del alma en Dios que de forma tan hermosa y con tantas imágenes tomadas de la Sagrada Escritura y del paisaje castellano nos expuso San Juan de la Cruz.
Quisiera proponerte además algunos modelos de monjes jóvenes que han vivido este ideal en tiempos recientes y en tierras hispánicas, y de ellos me voy a fijar en tres. El primero, el del cisterciense San Rafael Arnáiz, muerto por dura enfermedad a los 27 años recién cumplidos, maestro del amor de Dios y del vivir y sufrir crucificado con Cristo bajo el amparo maternal de la Virgen María. El segundo, el del Beato Aurelio Boix, monje de El Pueyo, quien a sus 21 años dijo a sus padres y a su hermano que iba a unir en breve el holocausto de su vida por la reciente profesión monástica y la unión definitiva a Dios, su Amor, por la inmolación gloriosa del martirio. Y el tercero, el del Siervo de Dios portugués Bernardo de Vasconcelos, fallecido a los 30 años, quien descubrió para sí y enseñó para otros la vivencia íntima de la Santa Misa como misterio supremo de la Liturgia, de la vida de la Iglesia y del verdadero espíritu cristiano.
Que ellos y todos los Santos Monjes Españoles, bajo la guía de Jesús y de María, te ayuden en tu camino monástico.
Conmemoración de todos los fieles difuntos
Queridos hermanos:
La Iglesia Católica dedica de un modo especial el mes de noviembre a la intercesión por las almas de los difuntos y, si ayer celebrábamos la solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad ante Dios y a la salvación eterna, la conmemoración litúrgica de hoy nos abre la puerta a este mes en el que se nos anima a orar por las ánimas del purgatorio. Tenemos ciertamente el deber de ofrecer nuestras oraciones, penitencias, limosnas y el Santo Sacrificio de la Misa para que las almas que se encuentran en ese estado puedan pasar a disfrutar de Dios. La conmemoración de los Fieles Difuntos fue instituida por el abad San Odilón de Cluny a inicios del siglo XI.
La Iglesia Católica afirma la existencia del Purgatorio y lo definió solemnemente como un dogma en el II Concilio de Lyon en 1274. En la Sagrada Escritura, y muy especialmente en los libros de los Macabeos, hay numerosos textos en los que se descubre la realidad del Purgatorio o de unas penas purgatorias. Y es que es lógico que, para poder pasar a contemplar la belleza infinita de Dios en la eternidad, las almas deban estar limpias de toda mancha dejada por sus pecados. Lo mismo que cuando una persona asiste a una boda o a un encuentro importante tiene que ir con un vestido limpio, para ver a Dios tenemos que estar perfectamente purificados.
San Agustín, San Gregorio Magno y otros Padres de la Iglesia trataron el tema del Purgatorio. San Gregorio Magno, biógrafo de nuestro Padre San Benito y primer papa-monje, resaltó en sus libros de los Diálogos la fuerza inmensa que posee el Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por las almas de los difuntos para que queden liberadas de las penas purgantes y que así puedan pasar a la gloria celestial. Ciertamente, la Santa Misa es lo más grande que existe y que sucede sobre la faz de la tierra, pues es la actualización de la Pasión, la Muerte, la Resurrección y la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, trascendiendo las barreras del espacio y del tiempo. A ella debiéramos acudir siempre con devoción, con admiración y con asombro renovado ante lo que sucede delante de nosotros.
El mes de noviembre nos coloca ante las realidades de lo que tradicionalmente se ha conocido como los “Novísimos” y de los cuales hoy por desgracia no hablamos mucho los sacerdotes.
Ciertamente, el bien o el mal que hagamos en esta vida tienen repercusiones de cara a nuestra salvación eterna, a la que Dios nos invita. Nuestra vida no se termina con la muerte: más bien comienza. Todos debiéramos meditar acerca de la muerte, no con un sentido tétrico, sino como una realidad de la vida humana ante la que ésta encuentra su sentido y ante la que debe decantarse por el bien o por el mal, teniendo presente que tras ella vendrá la realidad eterna, ya de gloria en el Cielo, ya de pena en el Infierno, porque éste también existe. El Infierno no lo ha originado un Dios cruel, sino la obstinación diabólica y humana en el mal hasta el último momento, que se cierra a la misericordia divina.
Los “Novísimos” se deben meditar siempre con esperanza, ya que la actitud cristiana es de esperanza, virtud teologal infundida por Dios en nuestra alma para confiar en la grandeza de la bondad y de la misericordia de Dios, que nos invita al arrepentimiento y a la conversión para alcanzar la vida eterna.
“Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1Tim 2,3-4), dice San Pablo. Y Jesús nos habla de la inmortalidad y de que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos” (Mc 12, 27; Lc 20,38). Dios desea que todos podamos llegar a gozar del Cielo, de la visión de Él mismo, introduciéndonos en la misma vida divina, que es vida de amor entre las tres divinas personas, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Y por eso quiere que le roguemos por la liberación de las ánimas benditas del Purgatorio, pues nuestras oraciones y sacrificios por ellas, y sobre todo el Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por ellas, puede así conducirlas al Cielo.
En todo el mes de noviembre se puede ganar en esta Basílica indulgencia plenaria aplicable por las almas del Purgatorio, con las debidas condiciones de confesión sacramental, comunión eucarística, oración por el Papa y aversión al pecado.
Que María Santísima, que esperó con fe la Resurrección de su Hijo, interceda por las ánimas del Purgatorio y nos lleve a meditar en los misterios que ahora la Iglesia nos propone.
Todos los Santos
Queridos hermanos:
En la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia honra a todos aquellos hermanos nuestros que han alcanzado ya la gloria celestial en la eternidad, tanto los que están oficialmente beatificados y canonizados, como aquella ingente multitud de hombres y mujeres que, habiendo pasado en su mayor parte desapercibidos y siendo desconocidos para nosotros, vivieron la vida cristiana con fidelidad. Entre ellos pueden contarse muchos familiares y amigos nuestros que han sido un verdadero ejemplo de vida cristiana para quienes los conocieron.
Como afirmaremos en el Credo, una de las cuatro notas de la verdadera Iglesia es la santidad. Lo dice el Salmo 92: “La santidad es el adorno de tu casa” (Sal 92,5). Y lo es porque su fundador, Nuestro Señor Jesucristo, es santo y envía sobre ella el Espíritu Santo para que la vivifique y la santifique, produciendo en ella frutos de santidad. A pesar de las miserias y de los pecados de los cristianos, la Iglesia es esencialmente santa. Por eso mismo nos deben doler nuestros propios pecados y los de todos los hijos de la Iglesia, y especialmente de los sacerdotes, pues empañan la imagen de pureza que debe brillar en la Iglesia como Esposa de Cristo. En definitiva, debemos orar y sacrificarnos para que “la santa Iglesia, esposa de Dios, señora y madre nuestra, vuelva a ser libre, casta y católica”, como dijera el Papa y monje benedictino San Gregorio VII en el siglo XI.
Desde sus mismos orígenes, la Iglesia rindió un culto especial a los mártires y los tomó como modelo, y muy pronto asoció a ellos a otros hombres y mujeres que sobresalieron por haber vivido las virtudes en grado heroico. La meta del cristiano es la santidad y el logro de la salvación eterna, porque suponen la fidelidad y entrega absoluta a Dios y el disfrute de su contemplación para siempre. En consecuencia, el ideal cristiano es la santidad: “¡Ser santos!”, como han proclamado muchos santos. “¡Hagámonos santos, que todo lo demás es tiempo perdido!”, nos han dicho muchos de ellos.
La santidad consiste básicamente el ejercicio heroico de las virtudes. Y la virtud es una disposición permanente del alma para obrar el bien y evitar el mal. Para poder ejercitarla de un modo perfecto necesitamos la ayuda de la gracia divina, que es un anticipo de la gloria celestial y se nos comunica por medio de los sacramentos, la oración y las buenas obras; la gracia es la participación, ya en la tierra, de la naturaleza y de la vida divinas, como nos dice la segunda carta de San Pedro (cf. 2Pe 1, 3-4).
Seamos santos, iluminemos al mundo que nos rodea con nuestro ejemplo y aspiremos al Cielo, viviendo las Bienaventuranzas que Jesús nos ha proclamado en el Evangelio (Mt 5,1-12) y anhelando pertenecer al séquito de los santos que eternamente glorifican a Dios, según la descripción del Apocalipsis (Ap 7,2-4.9-14), sabiendo que entonces, como nos ha dicho el apóstol San Juan, “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,1-3).
La solemnidad de Todos los Santos, por tanto, es un doble estímulo a ser santos en la tierra y a alcanzar la gloria de los santos en el Cielo. Los santos, con su vida y con su ejemplo, han sido capaces de aportar al mundo caridad y justicia. Pero además, nos sirven de modelo para alcanzar la dicha eterna en el Cielo. Son un aliciente para la esperanza cristiana, la cual es una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad, por la cual confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para llegar a ella apoyados en el auxilio omnipotente de Dios.
La solemnidad de hoy y el mes de noviembre, dedicado a los Fieles Difuntos, nos recuerdan la realidad trascendente del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios y redimido por la Sangre de Jesucristo. Nos recuerdan la realidad de la inmortalidad del alma y la fe en la resurrección final de los cuerpos, según el modelo del Cuerpo resucitado de Jesucristo en estado glorioso. No está de más recordar, en consecuencia, que rezar por vivos y difuntos es una de las obras de misericordia espirituales, y enterrar a los muertos es una de las obras de misericordia corporales. Y de ahí el respeto que la fe cristiana, acorde con la Ley Natural inscrita en el corazón de todos los hombres cuya razón gobierna adecuadamente en sus vidas, impone a la memoria de los difuntos, a sus restos mortales y a sus sepulturas.
En los tiempos que vivimos y en los que absurdamente se han generado en España problemas que no existían, bueno sería recordar lo que, en una época en que no sobresalían los mediocres, se cuenta de un gobernante de una gran talla cultural, moral y cristiana, como fue Carlos I. Según se narra en cierta tradición, ante el sepulcro de Lutero en Wittenberg, cuando alguno le propuso exhumar sus restos y dispersarlos, contestó: “No hago la guerra a los muertos; descanse en paz. Ya está delante de su Juez”. El ejemplo de Carlos I es el que corresponde al caballero cristiano español: dar la batalla por la verdad desde esa nobleza de alma y desde esa altura de miras, con la ayuda de Dios y de Santa María Virgen, con el ejemplo de los santos y de los héroes, siendo capaces de construir el futuro sin destruir el pasado y haciendo reinar el amor sobre el odio. Que Santa María, Reina de todos los Santos, nos ayude en el camino de la santidad.






