El viernes 24 de noviembre, el P. Juan Pablo Rubio, monje de la Abadía Santa Cruz y profesor en la Universidad de San Dámaso de Madrid y en el Pontificio Ateneo San Anselmo de Roma, ofreció una ponencia sobre “Los mozárabes frente al rito romano: balance historiográfico de una relación polémica”, dentro del “Primer Congreso Internacional sobre Cultura Mozárabe”, celebrado en Córdoba entre el jueves 23 y el domingo 26 de noviembre. Por su parte, en la tarde del mismo viernes 24, D. Juan Carlos Asensio, antiguo escolán del Valle de los Caídos y director de la prestigiosa formación coral de antiguos escolanos “Schola Antiqua”, así como profesor del Departamento de Musicología de la Escuela Superior de Música de Cataluña y del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, actuó como moderador en la mesa redonda y debate sobre “Canto, himnos y partituras existentes”, en el cual participaron el profesor y liturgista D. Félix Mª Arocena y el experto en música antigua hispana D. Eduardo Paniagua.
La Escolanía del Valle de los Caídos y el P. Superior en el XIX Congreso Católicos y Vida Pública
El sábado 18 de noviembre, dentro del XIX Congreso “Católicos y Vida Pública” organizado por la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), celebrado en el Campus de Montepríncipe de la Universidad San Pablo-CEU de Madrid y dedicado este año al tema “La acción social de la Iglesia”, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos ofreció un concierto a las 16,30 h., el cual contó con una primera parte de canto gregoriano y una segunda de polifonía variada (sacra, villancicos, popular brasileña, africana). La primera parte estuvo dirigida por el P. Laurentino Sáenz de Buruaga y la segunda por D. Raúl N. Trincado Dayne. El público, que contó con la presencia de varias autoridades, entre ellas el presidente de la ACdP, mostró su satisfacción con nutridos aplausos. Después del descanso, tuvo lugar una mesa redonda y debate moderado por D. Justino Sinova, director de la revista virtual “El Debate de Hoy”, acto en el cual participó el P. Santiago Cantera, Prior Administrador de la Abadía Santa Cruz y antiguo profesor de Historia de la Universidad San Pablo-CEU y miembro también en su día de la ACdP. Junto con él participaron los presidentes de la asociación “Acción Social Empresarial” (ASE), D. Luis Hernando de Larramendi; de las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), D. Gonzalo Ruiz; y de las Hermandades del Trabajo, Dª María Luisa San Juan. Los vídeos del concierto y del debate se pueden visualizar en los siguientes enlaces:
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https://congcatolicos.nirestream.com/videoteca/acto-cultural-escolania-del-valle-de-los-caidos
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https://congcatolicos.nirestream.com/videoteca/debate-la-accion-social-de-la-iglesia
Misa de Navidad
Hoy hemos amanecido con la noticia, seguramente poco difundida, de que Dios ha nacido esta noche, aunque el anuncio no proviene de los medios de comunicación habituales, sino del Evangelio y de la liturgia cristina, que son bastante más fiables.
Cristo ha venido a la vida dos veces: en la Navidad, en la que fue dado a luz por su Madre María, y cuando por sí mismo retomó la vida en la resurrección. Lo cual quiere decir que Él es el dueño de la vida: nacido eternamente del Padre, nacido en el tiempo de una Mujer, María, cuando Él lo determinó, y renacido por sí mismo a ella tras la muerte transitoria que el hombre le impuso y que él aceptó voluntariamente: porque ‘nadie me quita la vida; soy Yo quien la doy, quien la entrego, cuando quiero, y quien la retomo cuando quiero’ (cf Jn 10, 18).
El nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, no es sólo un acontecimiento histórico, precisamente el que divide la historia en dos mitades: ‘antes y después de Cristo’, continuamos diciendo, sino el acontecimiento humano decisivo. En él la vida se encuentra con su autor original, con Aquel “en quien vivimos y existimos” (Hch 17, 28), con quien la da y la quita soberanamente, aunque sea para devolverla a continuación.
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Porque en Él está la vida presente y eterna. Pero no sólo en su forma existencial, sino en su significado esencial. Jesús no vino solamente para ser uno más entre nosotros. Cierto que “fue semejante en todo a nosotros, menos en el pecado” (Hbr 4, 15). Ese pecado que significa el alejamiento de Dios , y que pone en entredicho la verdad y calidad de nuestra existencia, porque significa nuestro desvarío en relación con el designio divino sobre nosotros. De hecho esa condición humana, formada a imagen de la divina, es la impronta definitoria del hombre.
La finalidad de esta presencia de Dios entre nosotros no tiene otro objeto que el persuadirnos de que nuestra existencia sólo tiene como meta su realización según el plan de Dios. Dios es el alma y la vida del hombre y del mundo. Cuando se desposee de ellos de forma habitual el ser humano se vacía de sí mismo hasta que, falto de sustancia vital, su estructura interna se desvanece y su consistencia histórica se desintegra. Si permanece en la negación de esa realidad, que es la que justifica su presencia en el mundo creado por Dios, tendríamos tal vez que preguntarnos si hay todavía razón para seguir hablando de una historia humana cuando el hombre ya no cumple en ella su fin primordial. Entonces sólo la voluntad y el amor creadores de Dios siguen dando una oportunidad a la rectificación hasta que el tiempo se agote.
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El hombre ha sido concebido como templo de Dios. Cuando este templo se declara vacío u ocupado por otras divinidades, su destino es la extinción, porque entonces el hombre es ya un espejismo en el que se extingue a la vez la finalidad de su existencia, la raíz de su naturaleza específica, y su propia razón de ser. El que se ha desvanecido, en realidad, no es Aquél que existe por Sí mismo, según el nombre hebreo de Dios, sino el hombre que se ha desconectado de su matriz originaria.
De hecho, el vacío que se produce al expulsar a Dios de la existencia no es llenado con ninguno de los infinitos sucedáneos con que lo sustituimos. La idea que se ha impuesto en los últimos tiempos de que es el hombre el que se da íntegramente su propia figura, conduce más bien a su propia anulación.
Hoy se considera un atentado contra el hombre seguir afirmando la actualidad de Cristo y de su Evangelio. Pero la frivolidad radical de nuestro tiempo, tanto como su inhumanidad extremada, desdicen por sí mismas esa pretensión. Cristo espera su tiempo para reafirmar, de manera inapelable, que Él es el único centro del hombre y de la historia, los cuales tendrán que ser reconstruidos sobre la piedra angular en que fueron asentados. Porque, como dice el salmo 44, “Tu Trono, oh Dios, permanece para siempre”, o como escuchamos tantas veces en el tiempo de Adviento y de Navidad, Él es el Padre del siglo futuro, el único que posee y configura por sí mismo el presente y el porvenir.
Hoy nos encontramos con que hemos desarmado la estructura humana y espiritual que sostiene el mundo, la que el Hijo de María, nacido esta noche, vino a restablecer, no sólo desde el aposento de María, sino desde el seno de la humanidad. Nos encontramos con que hemos borrado las palabras de verdad que han dado consistencia al hombre, y que hemos anulado las realidades fundamentales que están en el origen y en el curso de nuestra historia. Lo que queda es la perplejidad de quienes, como resultado, se preguntan dónde estamos y qué es lo que nos espera. Por eso volvemos a encontrarnos con la pregunta con la que se abren l os salmos que se recitan en el Oficio nocturno de la noche de Navidad: “¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso?” (Sal 2, 1).
Pero no hay otras respuestas que las que nos ha ofrecido Aquel que las dio a conocer desde los orígenes y que, en el tiempo, ha “venido para dar testimonio de la verdad”. Esa verdad que dice: “de Mí sale la ley, mis mandamientos son luz de los pueblos” (Is, 31..). La misma que hemos oído en el Evangelio: “En Él estaba la vida, y la vida era la luz y la vida de los hombres” (Jn 1, 4). Fuera de ella sólo nos queda la vida natural, semejante a la de los restantes seres vivos de la naturaleza. Pero este no es el proyecto de Dios sobre el hombre, ni esa vida natural nos permite participar en la vida de los hijos de Dios, ni en la semejanza con Él, que es la única razón de ser del hombre. Jesús repite en este nuevo nacimiento que celebramos, y lo reitera cada año y cada día: ‘Yo soy la Luz, Yo soy la Ley del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas’ (cf Jn 8, 12)
Misa del Gallo
Queridos hermanos:
Esta “noche santísima”, como la ha denominado la oración colecta, es una noche grande, una noche especial, una noche que desde niños todos hemos vivido con gozo. Incluso aunque pueda presentársenos a veces con cierta dureza por el recuerdo y la falta de alguien que ya no está físicamente entre nosotros o por alguna circunstancia que nos cause dolor, todos somos capaces de descubrir que existe algo que traspasa esta noche y le da un sentido trascendente. No son, desde luego, los anuncios publicitarios, los adornos, las luces de colores y ni siquiera las cenas o las reuniones familiares que, en ocasiones, como digo, pueden tener lugar ya sin alguien que antes nos acompañaba. Es algo mucho más profundo lo que da un significado singular a esta noche. Es, sin duda, el Nacimiento de Cristo, la luz verdadera que alumbra a todo hombre, la luz que brilla en medio de la tiniebla, como sucedió en Belén, donde apareció esa “luz grande” anunciada por el profeta Isaías en la primera lectura (Is 9,2-7). Por eso, según el texto del Evangelio de San Lucas (Lc 2,1-14), “la gloria del Señor envolvió de claridad” a los pastores.
El Niño Jesús en el portal de Belén, recostado sobre el pesebre porque la Sagrada Familia no tuvo sitio en la posada, nos enseña en esta noche cuál es su camino: camino de humildad y de pobreza. Jesucristo ejerce su realeza y su señorío por su condición divina, pues como Dios es Señor de toda la Creación. Pero este Rey universal hecho Niño pobre nos ha dado ejemplo de cómo ejercer ese señorío sobre todas las cosas desde la humildad y el abajamiento, desde el anonadamiento, desde lo que en griego se denomina la kénosis y San Pablo ha expuesto magistralmente en la carta a los Filipenses (Flp 2,5-11). Él, siendo Dios, se ha anonadado asumiendo la naturaleza humana para elevarnos a nosotros hacia Dios e introducirnos en la vida divina, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Todo un Dios eterno y omnipotente se ha hecho Hombre y ha nacido Niño por nosotros.
De forma natural, los niños suscitan en nosotros la ternura, y ¡cuánto más si consideramos que el Niño al que contemplamos es todo un Dios de poder infinito que se ha hecho pequeño y débil para hacerse uno de nosotros y vivir entre nosotros! Por eso, si el Verbo encarnado nos enseña este camino de anonadamiento y humildad, es por lo que San Pablo nos exhorta a imitarle: “Tened los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,5). Es decir, tenemos que imitar a Cristo e imitarle desde Niño. Él es el modelo supereminente del hombre nuevo redimido por su Sangre, es quien nos esclarece el misterio del hombre como dice el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, n. 22) y, como enseña Santo Tomás de Aquino, “el mismo Verbo encarnado es causa eficiente de la perfección de la naturaleza humana” (Summa Theologiae, III, q. 1, a. 6 in c).
¿Cómo imitarle, entonces? Como exhorta San Pablo: teniendo sus mismos sentimientos, pensando como Cristo y amando como Cristo. Es decir, como también señala el Apóstol en el texto de Filipenses al que me refiero, viviendo unidos y concordes “con un mismo amor y un mismo sentir”, no obrando por rivalidad ni por ostentación, considerando superiores a los demás, buscando el interés de los demás y no encerrándonos en nuestros propios intereses (Flp 2,2-4).
Es un camino de humildad muy distinto de los caminos que este mundo y el demonio nos proponen. Jesús nos ha enseñado ese camino de humildad haciéndose Niño, asumiendo la debilidad humana, naciendo incluso en pobreza material. Sin dejar de ser Dios, se anonadó asumiendo nuestra naturaleza humana y en ella misma se humilló por obediencia a los designios del Padre celestial, asumiendo la muerte e incluso una muerte de cruz, la más ignominiosa del mundo romano. Pero eso precisamente fue lo que llevó a su exaltación gloriosa, a su Resurrección con la que ha abierto las puertas a la elevación del hombre hacia Dios.
Éste es, pues, el Niño que, como nos ha dicho Isaías, “lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz”. Este Rey y Redentor universal nos enseña el valor de la pobreza: primero y ante todo, la pobreza de espíritu, que es propiamente la humildad; pero también el desprendimiento de todo lo superfluo, de todo lo innecesario, de lo que nos ata a lo temporal y perecedero y nos impide volar libremente hacia las realidades celestiales y eternas, que son las más importantes y las que debemos esperar. En estos días de las fiestas navideñas, no nos dejemos arrastrar por el consumismo que nos hace olvidar cuál es el sentido profundo de la Navidad y el verdadero objetivo de nuestra vida.
Este año, gracias a Dios, nuestros hermanos cristianos perseguidos de Irak están pudiendo volver a sus ciudades y hogares destrozados. Tengámoslos presentes en nuestras oraciones para que puedan reconstruir sus bienes, sus vidas y la presencia cristiana en aquellas tierras donde rezan en arameo, la lengua que habló Jesús en Palestina.
Que María, José y el Niño os concedan a todos una Feliz Navidad.
Encuentros de Nova Schola en el Valle de los Caídos
Entre el viernes 10 y el domingo 12 de noviembre, y posteriormente entre el viernes 8 y el sábado 10 de diciembre, el grupo de antiguos escolanos “Nova Schola de Madrid” se concentró nuevamente en la Escolanía del Valle de los Caídos, como viene haciendo periódicamente, con el fin de ensayar su repertorio con sus directores (P. Laurentino y D. Raúl Trincado), ayudar a solemnizar el canto litúrgico en la Basílica y poder ofrecer algunos fines de semana libres a los escolanos actuales, así como mantener su vinculación con el Valle y alentar su vida cristiana.
Conferencia en la Escolanía del Valle de los Caídos
El jueves 9 de noviembre por la mañana, D. Emilio Domínguez, doctor y profesor de Filología Inglesa, impartió en la Escolanía del Valle de los Caídos una conferencia sobre el escritor británico-sudafricano y católico Roy Campbell. Asistieron los cursos de 6º de Educación Primaria y Educación Secundaria Obligatoria. El acto, que tuvo muy buena acogida por parte de los alumnos, fue organizado por el profesor de Lengua y Literatura del Colegio-Escolanía y forma parte del ciclo de conferencias-coloquio “Conoce a los autores”.








