Entre los grupos de peregrinos que han acudido al Valle de los Caídos a comienzos del mes de diciembre, cabe destacar algunos como el del sábado 2 de diciembre, de catequesis de Coslada (Marid); asistieron a la Misa conventual de 11 h. y un sacerdote encargado del grupo concelebró en ella. El domingo 3 de diciembre asistió un grupo de peregrinos de Portugal. El martes 5 de diciembre vino un grupo de sacerdotes de retiro, a los que el P. José Ignacio impartió algunas charlas sobre Evagrio Póntico, autor monástico antiguo del Oriente cristiano. Entre el miércoles 6 de diciembre y el sábado 9, estuvo alojado en la Hospedería Externa un grupo de la parroquia de Cerceda (Madrid), que realizó ejercicios espirituales con su párroco y asistió diariamente a la Santa Misa conventual y al rezo de Vísperas. Asimismo, alojado en este caso en la Hospedería interna, un grupo de fieles de Cuenca también realizó ejercicios espirituales desde el miércoles 6 hasta el domingo 10. Por otro lado, el miércoles 6 de diciembre visitó el Valle un grupo de peregrinos del movimiento “Verbum Dei”, los cuales asistieron a la Misa conventual.
Ingreso de un nuevo postulante en la Abadía
El viernes 3 de noviembre ingresó el candidato Carlos D. G., de 24 años, como nuevo postulante en la comunidad benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Es natural de Cádiz, en cuyo seminario ha realizado varios cursos y venía ya tratando desde hace años con el maestro de novicios y sus formadores en el citado seminario acerca de su vocación monástica. Es licenciado en la carrera civil de Filosofía, que estudió previamente a su entrada en el seminario de Cádiz.
Epifanía 2018
Queridos hermanos:
La solemnidad de hoy tiene en España y en otros países del Occidente cristiano un simpático y entrañable carácter por la celebración de la fiesta de los Reyes Magos, que despierta siempre las sonrisas de los niños y a todos nos llena de gozo, tanto al ver sus rostros felices como al recordar nuestra propia infancia. En su vivencia popular, nos invita a la generosidad, a saber compartir y a transmitir alegría. En otros países, sobre todo del centro y del este de Europa, es la figura de San Nicolás quien suscita semejantes valores y virtudes. En cualquier caso, todo esto refleja una vez más el carácter hondamente cristiano de las fiestas navideñas: sin el Niño Jesús, la Navidad carece de sentido y de esencia. Por eso, es absurdo dejar de felicitar la Navidad para decir un indeterminado y anodino “Felices Fiestas”, es malintencionado eliminar los belenes para ofrecer una versión de la Navidad paganizante y vacía de contenido y es perverso utilizar las cabalgatas de Reyes para ideologizar a los niños.
Sin Jesucristo, ciertamente, falta la luz al mundo. Ninguna estrella creada artificiosamente por el hombre para intentar apagar la luz de la estrella que guio a los Magos puede ser luz para nosotros. Sólo Jesús, que es “la luz del mundo” (Jn 8,12), nos puede iluminar y demostrar que toda otra luz nace de Él y a Él orienta.
Eso es lo que descubrieron aquellos misteriosos Magos de Oriente, sabios del mundo antiguo de los que nos habla el relato de San Mateo (Mt 2,1-12), buscadores de la verdad, astrónomos de la época, escudriñadores de las escrituras sagradas de religiones antiguas y de los mismos textos bíblicos, en los cuales fueron capaces de comprender que venía el Mesías, el Salvador del mundo, el Redentor de todos los hombres, para darnos la única y definitiva luz que nos sacaría de las tinieblas. Muy posiblemente eran sacerdotes de la religión de Persia reformada por Zoroastro, como el nombre de “magos” refleja, aunque es posible que alguno viniera de otras tierras, como Etiopía o el sur de Arabia. Nada obsta a que además pudieran tener condición regia, como la tradición afirma conforme a las profecías mesiánicas, entre ellas el salmo 71 que se ha cantado, y como los conocimientos históricos nos permiten deducir.
La gran enseñanza que nos ofrecen estos Magos es la búsqueda del Niño nacido en Belén, a quien ellos reconocieron como el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, el verdadero “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”, Jesús, el “Salvador” del mundo. Ellos han sido testigos beneficiados de esta
“Teofanía” o “Epifanía” del Señor, es decir, de su manifestación a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres y no solamente a los judíos. Así, como nos ha anunciado el profeta Isaías (Is 60,1-6), desde Jerusalén y Judea, donde la gloria del Señor ha amanecido, su luz ilumina ahora a la tierra que estaba cubierta de tinieblas y a los pueblos que caminaban en oscuridad. Es el misterio que San Pablo expone a los Efesios y que antes estaba reservado sólo a los judíos (Ef 3,2-3a.5-6).
La Iglesia antigua celebraba juntos tres aspectos de esta Epifanía o Teofanía, como tres elementos de una misma manifestación del Dios Salvador a todos los hombres: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná. Todavía hoy la Iglesia, y muy singularmente los monjes, recordamos los tres hechos en el canto de una preciosa antífona de Laudes. En el Oriente cristiano se mantiene muy clara la conciencia de la vinculación de los tres aspectos y para la Iglesia de Etiopía es la gran fiesta del año litúrgico, aunque en los calendarios orientales suele haber ciertas diferencias en la situación de las fechas.
El mensaje de la Epifanía es un mensaje esperanzador, que nos anuncia la buena nueva de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. Cristo ha venido a salvarnos y debemos gozarnos de ello y transmitirlo a todos. En consecuencia, por intercesión de los Magos, a quienes en la Tradición de la Iglesia veneramos como santos reyes, encomendemos la conversión de todos los pueblos y recordemos especialmente a los pueblos de Oriente. Pidamos al único Dios verdadero, trino en la unidad y uno en la Trinidad, que se dé a conocer a los musulmanes que pueblan mayoritariamente aquellas tierras. Y tengamos muy presentes a los cristianos que sufren una persecución angustiosa allí mismo. En estos días, los coptos de Egipto, herederos de la antigua civilización egipcia enriquecida por el helenismo y llena de un nuevo vigor gracias al aliento vital del cristianismo, vienen sufriendo una presión durísima con atentados contra sus iglesias, casas, comercios y personas. La relación entre sus patriarcas, a los que llaman también “papas”, y los papas católicos desde Pablo VI, viene siendo excelente, y actualmente lo es entre Tawadros II y el papa Francisco. Pidamos a Jesucristo, el único Salvador, en torno a quien afirmamos ya una misma fe sobre su divinidad y su humanidad, que sostenga a nuestros hermanos coptos en la persecución y que pueda llegar el día en que alcancemos con ellos la plena unidad, gracias a la sangre de sus mártires que les honra.
Con María Santísima, a quien los Magos tuvieron la dicha inmensa de conocer al llegar a adorar al Niño Dios, queramos mostrar en Él al Emmanuel, haciendo visible el mensaje de la Epifanía, es decir, la manifestación de Dios al mundo para anunciar la salvación a todos los pueblos.
Presencia de la Abadía del Valle de los Caídos en el I Congreso Internacional sobre Cultura Mozárabe
El viernes 24 de noviembre, el P. Juan Pablo Rubio, monje de la Abadía Santa Cruz y profesor en la Universidad de San Dámaso de Madrid y en el Pontificio Ateneo San Anselmo de Roma, ofreció una ponencia sobre “Los mozárabes frente al rito romano: balance historiográfico de una relación polémica”, dentro del “Primer Congreso Internacional sobre Cultura Mozárabe”, celebrado en Córdoba entre el jueves 23 y el domingo 26 de noviembre. Por su parte, en la tarde del mismo viernes 24, D. Juan Carlos Asensio, antiguo escolán del Valle de los Caídos y director de la prestigiosa formación coral de antiguos escolanos “Schola Antiqua”, así como profesor del Departamento de Musicología de la Escuela Superior de Música de Cataluña y del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, actuó como moderador en la mesa redonda y debate sobre “Canto, himnos y partituras existentes”, en el cual participaron el profesor y liturgista D. Félix Mª Arocena y el experto en música antigua hispana D. Eduardo Paniagua.
La Escolanía del Valle de los Caídos y el P. Superior en el XIX Congreso Católicos y Vida Pública
El sábado 18 de noviembre, dentro del XIX Congreso “Católicos y Vida Pública” organizado por la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), celebrado en el Campus de Montepríncipe de la Universidad San Pablo-CEU de Madrid y dedicado este año al tema “La acción social de la Iglesia”, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos ofreció un concierto a las 16,30 h., el cual contó con una primera parte de canto gregoriano y una segunda de polifonía variada (sacra, villancicos, popular brasileña, africana). La primera parte estuvo dirigida por el P. Laurentino Sáenz de Buruaga y la segunda por D. Raúl N. Trincado Dayne. El público, que contó con la presencia de varias autoridades, entre ellas el presidente de la ACdP, mostró su satisfacción con nutridos aplausos. Después del descanso, tuvo lugar una mesa redonda y debate moderado por D. Justino Sinova, director de la revista virtual “El Debate de Hoy”, acto en el cual participó el P. Santiago Cantera, Prior Administrador de la Abadía Santa Cruz y antiguo profesor de Historia de la Universidad San Pablo-CEU y miembro también en su día de la ACdP. Junto con él participaron los presidentes de la asociación “Acción Social Empresarial” (ASE), D. Luis Hernando de Larramendi; de las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), D. Gonzalo Ruiz; y de las Hermandades del Trabajo, Dª María Luisa San Juan. Los vídeos del concierto y del debate se pueden visualizar en los siguientes enlaces:
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https://congcatolicos.nirestream.com/videoteca/acto-cultural-escolania-del-valle-de-los-caidos
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https://congcatolicos.nirestream.com/videoteca/debate-la-accion-social-de-la-iglesia
Misa de Navidad
Hoy hemos amanecido con la noticia, seguramente poco difundida, de que Dios ha nacido esta noche, aunque el anuncio no proviene de los medios de comunicación habituales, sino del Evangelio y de la liturgia cristina, que son bastante más fiables.
Cristo ha venido a la vida dos veces: en la Navidad, en la que fue dado a luz por su Madre María, y cuando por sí mismo retomó la vida en la resurrección. Lo cual quiere decir que Él es el dueño de la vida: nacido eternamente del Padre, nacido en el tiempo de una Mujer, María, cuando Él lo determinó, y renacido por sí mismo a ella tras la muerte transitoria que el hombre le impuso y que él aceptó voluntariamente: porque ‘nadie me quita la vida; soy Yo quien la doy, quien la entrego, cuando quiero, y quien la retomo cuando quiero’ (cf Jn 10, 18).
El nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, no es sólo un acontecimiento histórico, precisamente el que divide la historia en dos mitades: ‘antes y después de Cristo’, continuamos diciendo, sino el acontecimiento humano decisivo. En él la vida se encuentra con su autor original, con Aquel “en quien vivimos y existimos” (Hch 17, 28), con quien la da y la quita soberanamente, aunque sea para devolverla a continuación.
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Porque en Él está la vida presente y eterna. Pero no sólo en su forma existencial, sino en su significado esencial. Jesús no vino solamente para ser uno más entre nosotros. Cierto que “fue semejante en todo a nosotros, menos en el pecado” (Hbr 4, 15). Ese pecado que significa el alejamiento de Dios , y que pone en entredicho la verdad y calidad de nuestra existencia, porque significa nuestro desvarío en relación con el designio divino sobre nosotros. De hecho esa condición humana, formada a imagen de la divina, es la impronta definitoria del hombre.
La finalidad de esta presencia de Dios entre nosotros no tiene otro objeto que el persuadirnos de que nuestra existencia sólo tiene como meta su realización según el plan de Dios. Dios es el alma y la vida del hombre y del mundo. Cuando se desposee de ellos de forma habitual el ser humano se vacía de sí mismo hasta que, falto de sustancia vital, su estructura interna se desvanece y su consistencia histórica se desintegra. Si permanece en la negación de esa realidad, que es la que justifica su presencia en el mundo creado por Dios, tendríamos tal vez que preguntarnos si hay todavía razón para seguir hablando de una historia humana cuando el hombre ya no cumple en ella su fin primordial. Entonces sólo la voluntad y el amor creadores de Dios siguen dando una oportunidad a la rectificación hasta que el tiempo se agote.
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El hombre ha sido concebido como templo de Dios. Cuando este templo se declara vacío u ocupado por otras divinidades, su destino es la extinción, porque entonces el hombre es ya un espejismo en el que se extingue a la vez la finalidad de su existencia, la raíz de su naturaleza específica, y su propia razón de ser. El que se ha desvanecido, en realidad, no es Aquél que existe por Sí mismo, según el nombre hebreo de Dios, sino el hombre que se ha desconectado de su matriz originaria.
De hecho, el vacío que se produce al expulsar a Dios de la existencia no es llenado con ninguno de los infinitos sucedáneos con que lo sustituimos. La idea que se ha impuesto en los últimos tiempos de que es el hombre el que se da íntegramente su propia figura, conduce más bien a su propia anulación.
Hoy se considera un atentado contra el hombre seguir afirmando la actualidad de Cristo y de su Evangelio. Pero la frivolidad radical de nuestro tiempo, tanto como su inhumanidad extremada, desdicen por sí mismas esa pretensión. Cristo espera su tiempo para reafirmar, de manera inapelable, que Él es el único centro del hombre y de la historia, los cuales tendrán que ser reconstruidos sobre la piedra angular en que fueron asentados. Porque, como dice el salmo 44, “Tu Trono, oh Dios, permanece para siempre”, o como escuchamos tantas veces en el tiempo de Adviento y de Navidad, Él es el Padre del siglo futuro, el único que posee y configura por sí mismo el presente y el porvenir.
Hoy nos encontramos con que hemos desarmado la estructura humana y espiritual que sostiene el mundo, la que el Hijo de María, nacido esta noche, vino a restablecer, no sólo desde el aposento de María, sino desde el seno de la humanidad. Nos encontramos con que hemos borrado las palabras de verdad que han dado consistencia al hombre, y que hemos anulado las realidades fundamentales que están en el origen y en el curso de nuestra historia. Lo que queda es la perplejidad de quienes, como resultado, se preguntan dónde estamos y qué es lo que nos espera. Por eso volvemos a encontrarnos con la pregunta con la que se abren l os salmos que se recitan en el Oficio nocturno de la noche de Navidad: “¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso?” (Sal 2, 1).
Pero no hay otras respuestas que las que nos ha ofrecido Aquel que las dio a conocer desde los orígenes y que, en el tiempo, ha “venido para dar testimonio de la verdad”. Esa verdad que dice: “de Mí sale la ley, mis mandamientos son luz de los pueblos” (Is, 31..). La misma que hemos oído en el Evangelio: “En Él estaba la vida, y la vida era la luz y la vida de los hombres” (Jn 1, 4). Fuera de ella sólo nos queda la vida natural, semejante a la de los restantes seres vivos de la naturaleza. Pero este no es el proyecto de Dios sobre el hombre, ni esa vida natural nos permite participar en la vida de los hijos de Dios, ni en la semejanza con Él, que es la única razón de ser del hombre. Jesús repite en este nuevo nacimiento que celebramos, y lo reitera cada año y cada día: ‘Yo soy la Luz, Yo soy la Ley del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas’ (cf Jn 8, 12)








