El miércoles 2 de agosto, 15 consagradas del “Regnum Christi” asistieron a la Misa conventual en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y a continuación la visitaron; fueron recibidas por el P. Alfredo Maroto. Ese mismo día, también otras familias y grupos de peregrinos recibieron el saludo de la comunidad benedictina por medio de algunos de sus monjes. El sábado 5 de agosto asistió a la Misa conventual un grupo de 40 peregrinos de Francia y el domingo 6, Fiesta de la Transfiguración del Señor, lo hizo un grupo de unos 80 peregrinos de Portugal. Aparte de otros grupos después, cabe resaltar uno de 80 peregrinos de México el domingo 13, que celebró la Misa en la capilla de la Hospedería y a continuación visitó la Basílica y oró en ella, y otro más reducido de Tenerife el martes 15, solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora.
Domingo XXII del Tiempo Ordinario
Hermanos en el Señor: Las palabras que hemos escuchado en el evangelio son tan profundas que han conmovido a los creyentes de todos los tiempos. Y nosotros no queremos irnos de esta celebración sin que hallen el eco que se merecen en nuestro corazón. Las hemos escuchado muchas veces, pero la Palabra de Dios ilumina nuestra vida cada vez que se la escucha con deseo de poner la verdad que viene de Dios por encima de nuestras cavilaciones y de lo que sería la inconsistente postura de dejarse llevar por lo que dice la mayoría para no tener problemas.
Si las palabras de Jesús han conmocionado la conciencia de tantos discípulos suyos a lo largo de los siglos, seguramente a muchos habrá sorprendido una vez más haber escuchado este relato de la primera lectura que nos ha introducido en la intimidad del profeta Jeremías, el cual se veía seducido por el llamamiento divino, y confiesa que se dejó arrastrar por esa voz divina, sin duda por el atractivo incomparable del que es la Verdad y por el consuelo de Dios que se abaja de tal modo al nivel humano que llega hasta hacer al profeta partícipe de esa especie de angustia al no encontrar a casi nadie dispuesto: ‘¿a quién enviaré?, ¿quién irá en mi Nombre?’ En el caso de Jeremías le dice que ha sido elegido antes de que se formara en el vientre materno como profeta no sólo de Israel, sino de las naciones (1,5). El profeta Jeremías no podía sospechar que las palabras que Dios iba a poner en su boca comprendieran incluso esa gran prueba escatológica previa al establecimiento del Reinado de Dios en este mundo. En lo humano era lógico el temor de Jeremías. Pero a pesar de querer detener el ímpetu de las palabras que Dios ponía en su boca, y sabiendo que se jugaba su seguridad personal, su misión le sobrepasaba y no se podía callar. En este aspecto Jeremías venía a ser una imagen viva de la vivencia humana que iba a tener Jesús en su ministerio profético. No podía rebajar el mensaje divino, aunque a los hombres de todos los tiempos su lenguaje pareciese duro e intolerable para los oídos humanos.
Y así nos adentramos en el mensaje tan decisivo que nos sitúa nada menos que en la encrucijada en que se decide nuestra salvación o condenación eterna. Hermanos, un servidor de la palabra divina no puede edulcorarla por su cuenta, no puede quitarle aquello que tiene la sal que en su gusto tan ácido y chocante tomada en bruto, hay que administrarla tal cual, porque si no se la priva de su acción benéfica en las almas, que le hace al que así la toma expulsar la mediocridad, y le protege en la tentación de ajustarse a este mundo, como nos ha dicho san Pablo.
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Aunque sea impopular el hablar de la condenación eterna, e incluso blasfematorio en la corrección que nos quiere imponer la apostasía militante que impera en el ambiente, si no lo hiciésemos así los ministros de Dios: flaco servicio haríamos a su Palabra. Nos estaríamos predicando a nosotros mismos, buscaríamos el aplauso de los que ajustan su paso al criterio del príncipe de este mundo.
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Este mundo, hermanos, camina ciego a su perdición. Nos toca ir contra corriente. Esa es nuestra contribución inestimable a nuestros hermanos en el mundo, que no se detienen a pensar qué es eso del infierno. No meditan lo terrible que es una pena eterna: no en una cómoda cárcel moderna, sino penas insufribles en el cuerpo y en el espíritu por haber perdido el amor de Dios, que nos tenía envueltos en su solicitud amorosa aquí en la tierra y nunca lo habían valorado los que se han condenado.
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Jesús nos ha hablado con toda claridad de que si uno no toma su cruz y le sigue, por esa misma itinerario que lleva al Calvario, no es su discípulo y eso le conduce a la perdición. Si uno evita lo que resulta costoso a su sensibilidad: como puede ser aceptar las correcciones y ser humilde, no mostrando enfado y oposición al que le corrige, o evita el confesarse frecuentemente y cuando lo hace quita gravedad a sus pecados y los desfigura, porque no está suficientemente arrepentido, o porque no quiere sufrir la corrección que le tenga que hacer el confesor, o no quiere aceptar la cruz de sus limitaciones humanas en la enfermedad, o en la precariedad económica, o en sus deficiencias morales, entonces no es discípulo de Cristo: está como esperando que Dios haga un milagro con él: que le convierta en santo sin esfuerzo ninguno. Pero ¿sabéis cuál es el mayor milagro que Dios puede obrar en nosotros? El mayor milagro es la obediencia y la fidelidad a las palabras del Señor. Son muchas las formas de huir de la cruz en sus dimensiones de servicio y caridad al prójimo y no digamos en su vertiente de mortificación de nuestros impulsos pasionales con respecto a la lujuria, la sobriedad, la vanidad o el dominio de la lengua. La palabra de Dios a través del apóstol Santiago considera que un hombre es perfecto sólo por el dominio de la lengua. Pero recordemos, para resumir, que el medio más ordinario de progreso espiritual es el examen de conciencia diario de nuestros pecados, hecho, eso sí, a conciencia. Pidámosle al Señor ese milagro: que a través del examen de conciencia, de la meditación y contemplación de la palabra de Dios y de las correcciones que nos hagan personas con discernimiento, que no abundan, le seamos fieles.
La pregunta decisiva que ha movido a tantos a la conversión es esta: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” El hombre se marca a sí mismo objetivos ridículos, se encierra en mundos pequeños, porque no busca la verdad que viene de Dios. No quiere descubrir la grandeza del conocimiento que nos proporciona la Palabra de Dios, que es un conocimiento sobrenatural: el cual está muy por encima de los que nosotros podemos alcanzar con mucho esfuerzo por nuestras fuerzas y facultades humanas. Idolatramos nuestros pensamientos y supuestos descubrimientos: Tenemos que aprender a ser humildes y pequeños ante Dios para poder participar de su grandeza y de los tesoros de su ciencia y sabiduría. Dejémonos llevar de su mano cada día y en el silencio sea Él quien nos descubra y grabe en nuestro interior su camino que nos lleve a su mismo Corazón. En la oración colecta hemos expresado esto mismo al Señor: “infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre, (es decir, el amor a tu persona divina) y concédenos que al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves.”
Tenemos una tarea ingente de ayudar a que todos descubran la verdad. Este es el mayor apostolado, decirles: arrepiéntete o morirás en el fuego que no se extingue. No basta ni siquiera confesar los pecados de labios afuera; sin nuestras lágrimas y verdadero arrepentimiento nuestros pecados permanecen, aunque nos hayamos confesado de ellos. Solo el corazón arrepentido recibe la misericordia divina. El tiempo se acaba, el tiempo de vivir como si nada pasara, como si nada fuera a pasar después de estar ofendiendo a Dios tan bárbaramente por todas partes. ¿Dios se puede cruzar de brazos ante esta provocación pública a su santidad de autoridades y súbditos? Un arrepentimiento sincero mueve montañas, y el que merecía el infierno por sus pecados alcanza la misericordia divina y la corona de gloria. Pero tenemos que arrepentirnos de verdad para heredar el Reino de los cielos.
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Miremos a Jesús en la Cruz y no nos avergoncemos viéndole tan dolorido y ensangrentado, clamando por nuestro arrepentimiento y conversión. Comprendamos hasta dónde llega el amor más grande que existe, el único Amor perfecto: el del Padre que entrega a su Hijo para salvación del mundo. No nos podemos permitir mirar a otro lado y que los que nos rodean, familiares y amigos y compañeros de trabajo o de ocio, acaben en el infierno mientras nosotros deseamos ir al Cielo. Tenemos que trabajar por su salvación y pedir a Dios nos quite el miedo de amonestarlos seriamente para impedir su condenación eterna. Este es el mensaje de las lecturas de hoy, ¿estamos dispuestos a hacerlas vida en nosotros?
Estancia del Obispo de Alcalá en la Abadía
Como en los últimos años, también en 2017 nos ha honrado con su visita el Obispo de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla, que se ha alojado en el monasterio entre el jueves 20 y el domingo 23 de julio para tomar unos días de retiro y descanso. Los monjes benedictinos hemos podido compartir estos días con él y conversar en algunos momentos, a la vez que él ha participado en la vida de la comunidad.
Domingo XXI del Tiempo Ordinario
¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Para los discípulos, queridos hermanos, responder a aquella pregunta de Jesús fue fácil. De sobra conocían las diferentes opiniones que circulaban acerca de él. Ellos le contestaron: Unos dicen que eres Juan Bautista, otros [dicen] que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Pero el Señor comprendía que todas esas respuestas eran imperfectas, porque no veían en su persona más que un hombre. Y es entonces cuando añade una segunda pregunta: Y vosotros que estáis conmigo: ¿qué decís de mí?, ¿quién decís que soy yo? En realidad, es ésta una pregunta que el Señor continúa haciendo a los cristianos de cada generación, una pregunta que nos interpela hoy a nosotros, aquí reunidos, que confesamos ser seguidores de Cristo. El Señor nos vuelve a preguntar: ¿Tú quién dices que soy yo?, ¿quién soy yo para ti?, ¿qué testimonio das de mí?
Nuestra respuesta ha de apoyarse en la fe de san Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Ciertamente, esa profesión de fe sí que expresa la verdad acerca de Jesús, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, en palabras del obispo Ireneo Lyon. Pero además, fijaos que su confesión supuso un cambio radical en la vida del primero de los apóstoles: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso te lo ha revelado mi Padre. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre ti voy a edificar mi Iglesia. Con el cambio de nombre, Pedro recibe la misión de ser fundamento mismo de la fe de la Iglesia. El papa Juan Pablo I comentaba así esta página del Nuevo Testamento: «Son palabras graves, importantes y solemnes que Jesús dirige a Simón… Jesús le cambia de nombre, poniéndole el de Pedro, y significando con ello la entrega de una misión especial… Me parece escuchar, como dirigidas a mí, las palabras que según san Efrén, Cristo dirige a Pedro: Simón, mi apóstol, yo te he constituido fundamento de la Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro, porque tú sostendrás todos los edificios» (Alocución 3-IX-1978).
Ciertamente, la respuesta de la fe, hermanos, como en el caso de san Pedro, implica un cambio en la vida, un compromiso, una conversión, implica salir de nuestros estrechos horizontes personales para abrirnos por completo al horizonte de la gracia de Dios. Supone abandonar los caminos que no conducen a ninguna parte y tomar la senda que conduce a la vida. Si hacemos silencio en nuestro interior, podremos escuchar la voz del Señor: ¿Quién dices que soy yo?
Si os dais cuenta, en este domingo se nos presenta una ocasión preciosa para revisar la coherencia entre nuestra fe y nuestra vida, o mejor dicho, para comprobar la medida de nuestra fe examinando cómo vivimos. La fe que se traduce en obras, en un empeño decidido por imitar a Jesucristo en el día a día es la respuesta a la pregunta de Jesús. Esa coherencia es de suma importante, porque –como decía san Juan Pablo II– «los hombres de hoy están cansados de palabras y discursos vacíos de contenido, que no se cumplen. El mundo se resiste a creer las palabras que no van acompañadas de un testimonio de vida». Somos verdaderos creyentes, verdaderos testigos cuando nuestra existencia interpela a los hombres y mujeres de nuestra generación, cuando habla el discurso elocuente de las obras, de la vida entera, cuando habla el lenguaje del amor. Tu vida manifiesta tu fe en Jesús. No sirven los discursos vacíos, la fe que sólo es teoría: ama y dilo con tu vida, cree y dilo con tus obras. Y que tus obras y tu vida revelen que Jesús es el Señor, que Él es el Salvador del mundo.
Respondamos a Jesús con una fe auténtica y generosa. Dichoso tú si respondes con san Pedro: Tú eres el Mesías, el salvador. Dichoso tú si aceptas la misión que el Señor te encomienda, si te mantienes fiel allí donde él te ha llamado, [dichoso tú] si vences todo aquello que te impide dar un testimonio claro y valiente de Jesucristo en tu ambiente familiar y profesional.
La Palabra de Dios nos invita también hoy a renovar e intensificar nuestra oración por el sucesor de Pedro. No ceséis de orar por el Papa para que Dios le conceda luz y fortaleza. No os apartéis nunca de Pedro porque «donde está Pedro, allí está también la Iglesia; y donde está la Iglesia, no hay muerte, sino vida eterna» (San Ambrosio).
Pidamos a nuestra Señora, Maestra de la fe y Madre de los Apóstoles, que nos ayude con su intercesión maternal para que en medio de las vicisitudes del mundo, el amor y la esperanza nos hagan tener los corazones firmes en la verdadera alegría, que es Cristo.
Santa María Reina
El 22 de agosto se celebra la fiesta de Santa María Reina, que la liturgia ha hecho coincidir con el octavo día después de la celebración de la Asunción de María, el pasado 15 de agosto. Con ocasión de aquélla fiesta el P. Anselmo Álvarez, Abad Emérito del Valle, pronunció en la Basílica la siguiente homilía:
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“La Madre de Dios ha sido elevada en cuerpo y alma a los cielos”, ha proclamado la Iglesia y han creído los siglos cristianos. Vosotros estáis aquí porque participáis de esta fe y queréis celebrarla en unión con toda la Iglesia, y de alguna manera compartirla con todos los hombres. Porque nuestra Madre ha sido objeto de este privilegio único, del que todos nosotros estamos llamados a participar algún día, cuando Dios convoque ante Sí a todos los que fuimos llamados originalmente a ser ascendidos hasta Él, después de nuestro paso por esta tierra.
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Esto forma parte de las palabras y de las promesas divinas que no pasan, que tienen un cumplimiento indefectible, en el tiempo y en la forma previstos por Él. Aunque a veces tengamos la impresión de que son palabras demasiado incomprensibles y demasiado vagas, e incluso demasiado innecesarias para un tiempo y una humanidad que considera que ya ha aprendido lo suficiente para prescindir de ellas, e incluso de quien las pronunció.
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Porque ahora somos nosotros los que nos estamos elevando por nosotros mismos, los que estamos creando una tierra y unos cielos nuevos, hechos a nuestra imagen y a nuestra medida. Esta es la idea de la ascensión o de la asunción que nos estamos forjando quienes hemos dejado atrás la fe en el Dios revelado y aparecido en la persona de Jesús.
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Pero no ha habido ninguna otra revelación ni ningún otro Maestro. Ni lo va a haber, aunque hayan aparecido legiones de pseudo maestros y pseudocristos. De ellos hemos escuchado infinitas palabras que el viento se ha llevado o que han traído tormentas apocalípticas. Sólo Sus palabras, las del Señor, “permanecen eternamente”, con la frescura y la eficacia que únicamente pertenecen al Verbo de Dios.
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Esas palabras y esos hechos que nos hablan a través de realidades como las ascensión de Jesús y la asunción de María, y que nos dicen que la mirada, y la acción y las aspiraciones esenciales del hombre deben sobrevolar la tierra, y dirigirse a la patria de donde provenimos y a la que, convencidos o no, nos dirigimos. En ellos hay una dirección, una tensión permanente hacia arriba, que es lo que caracteriza esencialmente la dimensión del hombre, destinado a habitar temporalmente esta tierra y a regresar a su patria de origen.
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Nada ha cambiado en esta perspectiva, ni nada va a cambiar, pese a los esfuerzos que llevamos haciendo desde hace mucho tiempo para transformar el signo de esta realidad. El hombre no va a dejar de ser, fundamentalmente, el que ha sido imaginado por Dios, por mucho que se empeñe en darse una realidad distinta, según le fue sugerido desde el principio por quien el Evangelio llama el padre de la mentira.
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Pero el hecho de que nos empeñemos en plantar definitivamente nuestra tienda en este suelo, en echar en él raíces profundas, y en renunciar a cualquier horizonte que no alcancen nuestros ojos, da todavía mucho más realismo a este acontecimiento de la asunción de la Virgen. Él nos abre, una vez más, los ojos ante la única vocación humana auténtica, que culmina en nuestra proyección hasta el seno de Dios, no sólo en el momento final, sino según una realidad que, como la escala de Jacob, va ascendiendo a lo largo de nuestra existencia.
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Ningún empeño va a modificar este plan de Dios acerca del hombre, y por el contrario puede hacer estéril aquella parte de la historia humana que se empeñe en cambiar los designios de Dios acerca de ella. Más aún, tal empeño puede volverse completamente contra ella, y así podemos concluir que está sucediendo hoy, si tenemos ojos para ver y oídos para escuchar. Toda planificación que intente sustituir la realidad humana modelada por Dios por cualquiera de nuestros designios humanos, es una construcción levantada sobre arena. Es la lección permanente de la historia, tantas veces advertida por la palabra de Dios.
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Por el contrario, el misterio de la asunción de María nos está mostrando la opción abierta por Dios al hombre: la ascensión, el progreso, el salto al infinito, al mundo de lo absolutamente superior a lo terrestre, sin dejar de pisar la tierra y hacer en ella la obra humana y terrestre que se nos encomendó en el momento de nuestra creación. No hay ninguna renuncia a ninguno de los proyectos que fueron previstos como tarea del hombre en la tierra. Más bien es la posibilidad de darles la fecundidad de una obra que es de Dios y del hombre al mismo tiempo. Por eso, los tiempos modernos están encomendados especialmente a María, porque al mostrarnos el único camino que la humanidad está llamada a recorrer, nos ha abierto las puertas de la ciudad que nos espera, las de nuestra verdadera tierra del reino de los cielos.
Grupos de peregrinos a mediados y finales de julio
El miércoles 19 de julio, asistieron a la Misa conventual de 11 h. en la Basílica de la Santa Cruz un grupo de 18 hermanos y jóvenes del Hogar de la Madre, que fueron atendidos por Fr. Miguel; otros 10 Misioneros del Verbum Dei fueron atendidos por el P. Alfredo Maroto; también asistieron otras 10 Agustinas de la Conversión de Sotillo de la Adrada (postulantes y formadora) y 10 carmelitas samaritanas de Valladolid. En la tarde del mismo día 19, un grupo de 25 peregrinos católicos de Taiwán, con el P. A. Núñez, SJ, al frente, y entre los que se contaba el Dr. Fangzhong, catedrático de Historia Eclesiástica de la Universidad de Fujen y de la Facultad de Teología San Roberto Belarmino de Taipei, visitaron la Basílica y luego la Biblioteca del Centro de Estudios Sociales, siendo recibidos por el P. Prior Administrador. El viernes 21 de julio por la mañana, un grupo de 70 niños y jóvenes de la parroquia de Sonseca (Toledo) celebró la Santa Misa a las 12,30 h. en Capilla del Santísimo y visitó la Basílica. El sábado 22 de julio, un grupo de enfermos con un sacerdote y otros asistentes al cargo de ellos pasaron un día de campo en el Valle. El lunes 31 de julio, un grupo de unos 40 españoles y franceses se alojó en la Hospedería y visitó también el lugar.






