El lunes 12 y el martes 13 de junio, la Familia Silense (monasterios españoles de la Congregación de Solesmes: Abadías de Silos, Leyre y Valle de los Caídos, y Priorato de Montserrat de Madrid) tuvo un encuentro fraterno en la Abadía de San Salvador de Leyre, con ocasión de la celebración de las bodas de oro sacerdotales de Dom Luis Pérez, Abad Emérito de Leyre. Los monjes provenientes de Silos y del Valle fueron magníficamente recibidos por los de Leyre, con su Abad en ejercicio a la cabeza, Dom Juan Manuel Apesteguía. La delegación de Silos iba encabezada por su Abad, Dom Lorenzo Maté, y la del Valle por su Prior Administrador. El martes 13 tuvo lugar la celebración de los 50 años de sacerdocio del P. Luis, con la Santa Misa en la iglesia del monasterio y la comida fraterna en el refectorio después del rezo de Sexta, seguida de una recreación muy animada. El día 12, en el recreo de la noche antes de Completas, el P. Luis había ofrecido una síntesis de su vida agradecida al don del sacerdocio. A la ida hacia Leyre, los monjes del Valle que acudieron, hicieron escalas en Ágreda (Soria), donde pudieron visitar el monasterio de las monjas concepcionistas franciscanas y el Museo de la M. María Jesús de Ágreda, famosa mística del siglo XVII que mantuvo una importante relación epistolar con el rey Felipe IV, siendo recibidos por la M. Abadesa y la M. Vicaria; y también se detuvieron para visitar el castillo de Olite (Navarra). Al regreso, pararon en El Burgo de Osma (Soria).
Santiago Apóstol
“Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro”, nos ha dicho San Pablo en la segunda carta a los Corintios (2Cor 4,7-15). ¿A qué tesoro se refiere? A la fe en Jesucristo que se nos ha transmitido. Un tesoro que hemos recibido en España, según una venerable tradición, gracias a la labor evangelizadora del propio San Pablo –cosa que verifica el papa San Clemente I– y de Santiago, el primero de los apóstoles en beber el cáliz del martirio que el Señor le anunció en el texto del Evangelio que se ha leído (Mt 20,20-28) y que se nos ha narrado en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,33.5.12.27b-33; 12,1b). Por eso Santiago y San Pablo están representados en el mosaico de nuestra cúpula al frente de los grupos de santos y mártires españoles.
El tesoro de la fe es el mayor que sin duda alguna podemos haber recibido, porque es la fe en el Dios verdadero y en su Hijo Jesucristo, el único Salvador para todos los hombres y para todos los pueblos. Y así, como dice San Pablo a los corintios, aunque hoy nos aprieten por todos lados, nos acosen y nos derriben, no quedamos aplastados, ni desesperados, ni abandonados, ni derrotados, porque participamos de la vida y Pasión de Jesús y también de su presencia resucitada, que nos da una fuerza inquebrantable. Por eso, porque la Iglesia en España entiende que lo más precioso para nosotros es la fe recibida, pide en la oración colecta de la Misa que, por el martirio y la intercesión de Santiago, “España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos”.
¿España y la fe en Cristo? Hoy a algunos les produce escalofrío pensar en la relación entre España y la fe en Cristo, por rechazo a ambas o a una de las dos, y lamentablemente esta confusión está presente incluso entre algunos católicos, como confusión también supone el temor a hablar del concepto de “patria” y del patriotismo. Sin embargo, San Juan Pablo II no dudó en proponer una “teología de la patria” sobre fundamentos bíblicos (Memoria e identidad, Madrid, 2005, caps. 11-15) y explicó que la patria es un patrimonio, “el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados”, que “incluye también valores y elementos espirituales que integran la cultura de una nación” (Memoria e identidad, 2005, p. 78). Ya San Isidoro de Sevilla, invocado en la Edad Media como “Doctor de las Españas”, explicaba que “el nombre de patria se debe a que es común a todos los que en ella han nacido” (Etimologías, lib. XIV, 5, 19).
Asimismo, el santo papa Juan Pablo II enseñaba que el patriotismo es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios y que “significa amar todo lo que es patrio: su historia, sus tradiciones, la lengua y su misma configuración geográfica. Un amor que abarca también las obras de los compatriotas y los frutos de su genio”. Frente al riesgo del nacionalismo, que quiere sólo el bien de la propia nación sin contar con los derechos de las demás, el santo Papa proponía precisamente el patriotismo, porque es un amor social ordenado, un amor a la patria que reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia (ibid., pp. 85-88).
Ciertamente, el verdadero patriotismo es una virtud de Ley Natural, la virtud del recto amor a la patria, según lo ha entendido siempre la moral católica, que lo hace derivar de la piedad filial, del amor a los padres, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Así se expresa con claridad en el Catecismo de la Iglesia Católica, donde se dice que “el amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad” (nº 2239).
Como el amor a la patria es de Derecho Natural y, por lo tanto, se descubre universalmente en todos los pueblos, el siervo de Dios cardenal Van Thuan lo enseñaba y exhortaba a él en un poema del que selecciono algunos versos en los que, si queréis, podéis poner el nombre de España donde él dice Vietnam, y que tituló “Tú tienes una patria”: “Tú tienes una patria, el Vietnam; / un país tan amado, a lo largo de los siglos, / es tu arrogancia, tu alegría. […] Ama su historia gloriosa, / ama su pueblo laborioso, / ama sus heroicos defensores. […] Ayuda a tu patria con toda tu alma, / sé fiel a ella. / Defiéndela con tu cuerpo y con tu sangre, / constrúyela con tu corazón y con tu mente, / comparte la alegría de tus hermanos / y la tristeza de tu pueblo. / Un Vietnam. / Un pueblo. / Un alma. / Una cultura. / Una tradición. / Católico vietnamita, / ¡ama mil veces tu patria! / El Señor te lo enseña, la Iglesia te lo pide. / Pueda el amor de tu patria ser todo uno / como la sangre que corre en tus venas”.
La confusión, por tanto, no está en hablar del sentido de la patria o de España en concreto como patria, ni en entender que aquello que esencialmente ha configurado la tradición hispánica es la fe en Cristo. De algún modo, usando la imagen paulina, los hitos principales de la Historia de España y gran parte de las mejores obras de nuestro arte, de nuestra literatura y de nuestro pensamiento, son las vasijas de barro en las que España ha conservado y transmitido el tesoro de la fe en Cristo.
No dudemos, pues, en invocar hoy a Santiago como Patrón de España, como lo hiciera, entre otros muchos, Fray Luis de León, que recordaba que por la intercesión del Apóstol “son las Españas / del yugo desatadas / del bárbaro furor, y libertadas”, y “a España, a quien amaste / […] tu cuerpo le enviaste / para dar luz a donde / el sol su resplandor cubre y esconde” (Poesía a Santiago). Pidamos que Santiago, a quien ya San Beato de Liébana denominó “áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono” (Himno O Dei Verbum), y la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles, a la que Alfonso X el Sabio invocó como “Santa María de España”, conduzcan de nuevo a nuestra patria y a todas las patrias de Europa a descubrir y recuperar su esencia cristiana.
Encuentro con la comunidad ortodoxa rumana en Majadahonda
El domingo 11 de junio, el P. Prior Administrador de nuestra Abadía asistió a la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo en la capilla de la Iglesia Ortodoxa Rumana de Majadahonda por invitación de la comunidad rumana, que fue celebrada por Mons. Timotei, Obispo Ortodoxo Rumano en España y Portugal, asistido por el párroco de dicho Obispado en Majadahonda, P. Nicodemo. Aunque católicos y ortodoxos no pueden concelebrar juntos, el P. Prior Administrador fue situado en un lugar de honor durante la celebración eucarística y fue objeto de todas las deferencias y amabilidades por parte de los sacerdotes rumanos (P. Nicodemo y P. Sorin) y de Mons. Timotei, que agradeció la presencia del P. Santiago como muestra de cercanía entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa Rumana en España y por el aprecio existente en el seno de ésta hacia el Valle de los Caídos como santuario de reconciliación nacional y por la presencia benedictina en él. La relación fraterna entre la Abadía Benedictina y la comunidad ortodoxa rumana se viene estrechando desde hace unos años. Buena parte del aprecio al Valle viene de la condición monástica de Mons. Timotei y de varios de los sacerdotes rumanos. A continuación de la celebración litúrgica, hubo una comida de hermandad con platos típicos de Rumanía, presidida por Mons. Timotei y el P. Superior del Valle. La comunidad rumana en España supera en estos momentos el millón de personas.
Misa cantada y recital de la Escolanía del Valle de los Caídos en Hoyo de Manzanares
El sábado 10 de junio por la tarde, la Escolanía del Valle de los Caídos cantó en la Misa de víspera de domingo y ofreció a continuación un recital en la parroquia de Hoyo de Manzanares (Madrid), con asistencia de numerosos fieles. El canto fue dirigido por el P. Laurentino Sáenz de Buruaga y por D. Raúl Trincado, con Dª Valentina Naida al cargo del órgano. Los niños fueron muy bien acogidos por el párroco y su vicario, así como por los feligreses que les atendieron y Guillermo, buen amigo de la Comunidad benedictina, y al final les ofrecieron una merienda-cena. Antes de regresar al Valle, pudieron jugar en los jardines de la parroquia.
XV Domingo de Tiempo Ordinario
Queridos hermanos: la Palabra de Dios, que acaba de proclamarse, es imprescindible en toda acción sacramental. Aquí cobra un valor peculiar por el cual la gracia de Cristo Salvador se hace presente y eficaz, hasta el punto de que puede recibirse fuera de la celebración sacramental y no perder su eficacia, siempre que existan un impedimento legítimo de asistir a la celebración sacramental comunitaria y una referencia voluntaria con esa celebración. La celebración comunitaria, que exige el sacramento, tiene también una riqueza que no posee la oración personal escondida, aunque esta también sea imprescindible en la vida del cristiano, cuando participa en la celebración sacramental y cuando se dirige a Dios en el silencio y la soledad.
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Las lecturas nos proclaman estas realidades con lenguaje muy claro y accesible a todos los hombres de buena voluntad, pero sin esconder esa condición innegociable que siempre late en toda relación humana: que el grado de compromiso que estemos dispuestos a aceptar en nuestra relación con nuestro Señor, condicionará el grado de eficacia de su Palabra salvadora.
Las gráficas imágenes de la primera lectura parecen no hablar de este condicionamiento innegociable de la Palabra de Dios. Pero si acudimos al libro de la Biblia donde estas palabras se encuentran en su totalidad, sin esta reducción a unos versículos, aparece por cualquier página que se abra la Escritura. Lo grandioso de la Palabra y del amor de Dios del que nos habla la misma, es que si bien el hombre es frágil y no cesa de pecar, siempre que vuelva a Dios y se arrepienta sinceramente, en la Palabra encontrará la novedad de su acción sanadora, eficaz y portadora de salvación.
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El salmo responsorial, una oración de acción de gracias por la cosecha abundante, cobra todo su sentido aplicado a la semilla de vida eterna que Dios siembra en nuestras almas, como nos sugiere el versículo tomado del Evangelio que sirve de respuesta.
El Evangelio, a pesar de su antigüedad, refleja las actitudes de los hombres de hoy ante la Palabra de Dios y la persona de Jesús. La semilla caída al borde del camino representa al que no le interesa comprender la Palabra, al que se deja llevar por prejuicios y no la examina con objetividad, sino con prevención o miedo a que le comprometa y tenga que renunciar a su comodidad y antojos.
La semilla que brota en terreno pedregoso refleja la actitud de poca profundidad del que ha acogido la Palabra, pero, ante las opiniones desfavorables de los demás, teme por su prestigio o seguridad y se acomoda al pensamiento único que impone lo políticamente correcto, aun pisoteando los derechos a la vida y a la libertad religiosa supuestamente protegidos por la ley civil.
Por último, está muy bien caracterizada y es sumamente actual el perfil que refleja la semilla que cae entre zarzas. Ahí nos retratamos todos cuando, dejándonos llevar por los impulsos sensibles y faltándonos el silencio interior, necesario para que la Palabra germine en nuestro espíritu, buscamos nerviosos ser reconocidos como persona erudita, inteligente, eficiente, elegante…; cualquier cosa menos ser dóciles a la voluntad de Dios.
S. Pablo nos dice que todo este esfuerzo, de vivir según la senda que nos indica la Palabra viva y palpitante de Dios, no pesa nada en comparación de la gloria que un día se nos descubrirá por haber obrado conforme al plan de Dios. Hoy día hasta la creación padece, mucho más que en tiempo del apóstol, el sometimiento al imparable desorden introducido por el pecado del hombre. Si hasta la creación es sensible a nuestro pecado, ¿qué deberíamos hacer el ya reducido rebaño de católicos que queremos ser dóciles a lo que el Señor nos enseña como imprescindible para nuestra salvación?
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Precisamente ayer se conmemoraba a S. Félix, que, en la actual Túnez, ante la orden del procurador romano de arrojar al fuego los libros de la Biblia, respondió que prefería ser abrasado él antes que obedecer y por ello se le atravesó con la espada. ¿Estamos tan convencidos los cristianos de hoy, que creemos haber alcanzado la mayor clarividencia de todas las épocas en cuanto a la interpretación de la Palabra de Dios, del valor de esa Palabra? ¿Cómo puedo habitualmente encontrar un pequeño espacio de tiempo para orar y contemplar despacio algunos versículos de la Palabra de Dios? La Eucaristía es el espacio privilegiado para escuchar esta voz tan dulce que nos invita a este compromiso y a la vez es el manantial de la gracia que hace posible superar nuestras posibilidades humanas para llevarlo a término.
Hoy se celebra la Virgen del Carmen, que ocupa una de las capillas de la nave central de nuestra basílica. En el s. XIII, la Virgen Mª, con multitud de ángeles, se apareció al general de los carmelitas con el escapulario de la Orden en sus manos y le dijo: “Tú y todos los Carmelitas tendréis el privilegio de que quien muera con él no padecerá el fuego eterno”; es la promesa de la salvación eterna para cuantos mueren revestidos con el escapulario carmelita. Quien lleva el escapulario debe procurar tener siempre presente a la Virgen e intentar obrar como Ella (“He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”) y rezar todos los días una oración mariana, al menos 3 Ave Marías, mejor siempre en el mismo momento del día para que no se nos olvide. El escapulario ha de bendecirlo un sacerdote, aunque solo es necesario que lo imponga la primera vez. Por último, con motivo del 59 aniversario de la fundación de esta abadía, que D.m. se cumplirá mañana, encomiendo a vuestra oración las intenciones de la misma y en especial sus vocaciones. Que así sea
Plática a los sacerdotes de la diócesis de Alcalá
El jueves 8 de junio, fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, el P. Prior Administrador de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos ofreció una plática a los sacerdotes de la diócesis de Alcalá de Henares, presididos por su Obispo, Mons. Juan Antonio Reig Pla, centrada en el tema “Dom Antonio de Molina y el sacerdocio de Cristo”, que versó sobre la forma en que este autor cartujo de los siglos XVI-XVII entiende este tema en su obra “Instrucción de sacerdotes”, que gozó de gran importancia en España y otros países de Europa hasta el siglo XIX. La plática, tenida en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Torrejón de Ardoz, fue precedida por el rezo de la hora de Sexta y un tiempo de adoración del Santísimo Sacramento y luego fue seguida por la Santa Misa, celebrada por el Sr. Obispo. A continuación hubo una comida de hermandad a la que asistió también el P. Prior Administrador, quien acompañó en la presidencia al Sr. Obispo y a los Vicarios.








