En la semana del 15 de mayo, nuestra Abadía recibió la visita canónica que corresponde realizar cada cuatro años, viniendo en esta ocasión el Abad-Presidente de la Congregación de Solesmes y el Abad de San Salvador de Leyre. A la semana siguiente, la Hospedería acogió el Encuentro Ibérico de Abades y Abadesas de la Orden Benedictina en España y Portugal, entre los días 22 y 26 de mayo. Con esta ocasión, recibimos también la visita del Abad Primado de la Orden, Dom Gregory Polan, entre los días 24 y 26 de mayo, y tuvimos la dicha de que celebrase la Santa Misa en la Basílica el jueves 25 de mayo, memoria de San Beda el Venerable, monje inglés de los siglos VII-VIII. Todos los abades, abadesas, priores y prioras han quedado muy satisfechos en su estancia en el Valle de los Caídos. El P. Abad Primado pudo además conocer la cercanía de los niños de la Escolanía al término de la Misa del día 25.
XIII Domingo del Tiempo Ordinario
Hermanos en Cristo Jesús: El Señor os ha invitado a este banquete, a su mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Es un banquete del que podemos salir inmensamente saciados, pues hay dos mesas repletas de dones. ¡Qué pena que nosotros no sepamos aprovecharnos mejor de estas dos mesas de que disponemos cada vez que celebramos el memorial de la muerte y resurrección de Cristo! La Eucaristía es el sacramento que celebra el hecho central de la vida de Jesús, su misterio salvador, el fin por el cual se hizo hombre. Vino a salvarnos y para ello entregó su vida, derramó su sangre como sacrificio de expiación o reparación de nuestros pecados. Este gran acontecimiento de la historia es ni más ni menos que el centro de la misma y la razón de ser de nuestra existencia. Pues Dios nos creó por amor a nosotros, para que participemos de su vida divina. Pero como el hombre iba a frustrar el primer proyecto por el pecado de Adán, desde la eternidad preparó el Señor el remedio en la muerte redentora de Cristo. Por eso al celebrar o hacer actual y vivo este misterio de su muerte y resurrección podemos nosotros recibir una parte sobreabundante de las gracias que en tal acontecimiento obtuvo nuestro Redentor.
Por otra parte, la mesa de la Palabra: es decir, las lecturas que la Iglesia ha dispuesto para nuestra consideración en este domingo, al ser una palabra viva, también nos hace caer en la cuenta de los dones que hemos recibido o que podemos recibir si tenemos fe, si le suplicamos humildemente al Espíritu Santo que nos haga permeables y dóciles a la Palabra que se ha proclamado. El Señor hará que la Palabra fecunde nuestro espíritu y brote en él el deseo y la fuerza de aceptarla y ponerla en práctica. Es una fuerza tan poderosa que actúa como una medicina que mata los gérmenes nocivos que hay en nuestro interior, y que impiden que la hagamos parte de nuestra vida cotidiana. La Palabra de Dios purifica nuestro interior, lo hace lúcido para descubrir los engaños en que nos habíamos dejado envolver, y nos descubre que hay una salida. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que a veces esta palabra nos sorprende a nosotros mismos, porque se nos cuela en el corazón con una fuerza sorprendente. Es como un encuentro con el Señor mismo, que nosotros no habíamos preparado ni hecho méritos especiales para que así sucediera. Pero de pronto se ilumina nuestro ser, nuestra inteligencia, y empieza uno a recolocar todo nuestro interior. Ve que se desvanecen sus antiguos prejuicios, y se abre un nuevo horizonte. Es lo que san Ignacio de Loyola llama en sus Ejercicios “la consolación sin causa precedente”. El Señor sale a mi encuentro aunque no le había dado motivo para ello, y es que había alguien rezando, aun sin conocerme, para que así sucediera. Pues el Señor respeta nuestra libertad y, en cierto modo, tiene las manos atadas hasta que se las desatamos con la oración y el sacrificio. Pero cada uno debe hacer todo lo posible para que esas manos divinas puedan actuar en mí mismo poniendo interés en escuchar y comprender bien la Palabra escuchada o leída. Yo mismo he de vencer mi pereza y ponerme a la escucha, sí, y todos los días con constancia he de suplicar esa ayuda del Espíritu y he de ser humilde, porque la luz viene de Él, no sale naturalmente del espíritu humano. Tenemos que pedirle a Dios, al Espíritu Santo, que obre en nuestras facultades naturales y con su poder creador nos dé una capacidad nueva. En el Salmo 51, el célebre Miserére, decimos: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.” Y cuando he hecho esto me diré a mí mismo: El Espíritu Santo ya se había adelantado, sin yo darme cuenta, para que le pidiera esto, que me parecía había sido iniciativa completamente mía.
Pero eso no sólo sucede con la Palabra directa de la Escritura sagrada, sino también por medio de la palabra predicada y anunciada por sus profetas y predicadores. Por eso es tan importante que los predicadores no tengamos miedo de predicar la Palabra de Dios sin tapujos, ni componendas con lo políticamente correcto. El pecado, estamos comprobando, y bien lo hemos comprobado estos días, cada vez es más descarado y amparado por las leyes, mientras que está prohibido manifestar la fe y predicarla tal cual es. Si uno la predica parcialmente y la deforma, o pone como esencia de la misma fe la duda en vez de la luz y certeza que proviene de la fe, entonces hasta los medios de comunicación dan cabida a su predicación, y hasta vienen a los monasterios micrófono en mano. Lo que ocurre es que entonces la oración colecta que hemos rezado no sería la fe de la Iglesia en contra de lo que se nos ha transmitido como fe apostólica, que lo que se ora en los textos de la liturgia eso mismo es profesión de nuestra fe: “Padre de bondad, que por medio de la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad”. Pero hoy día cuando uno predica todos los mandamientos con todas sus consecuencias, se desata la persecución hasta que esa voz es silenciada.
Las lecturas que se han proclamado tanto la del segundo libro de los Reyes, referente a la acogida que una mujer dio en su casa al profeta Eliseo para favorecer su predicación, como la del Evangelio, en que Jesús dice que “el que acoge a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta”, nos revelan la importancia de alimentarnos de la mesa de la Palabra de Dios, poniendo todos los medios para que llegue íntegra a nosotros. Lógica consecuencia de todo esto es que hemos de favorecer a sacerdotes o laicos que se esfuercen y vivan con integridad el respeto y veneración a la Eucaristía, aquellos que no se permiten la frialdad o el no significarse con gestos, como ponerse de rodillas para recibir la comunión, que no están bien vistos hoy día, porque en la Iglesia nos estamos acostumbrando a vivir de las modas. Los buenos cristianos de todos los tiempos no se han dejado influir por las modas, que tampoco faltaron en sus días. Los sacerdotes íntegros no acomodan su predicación a las modas eclesiales, que son puro sometimiento a lo políticamente correcto. Si no somos capaces de denunciar el error y la corrupción, que imperan por todas partes hasta con exhibicionismo repugnante, no somos verdaderos discípulos de Cristo. Pero Jesús se atrevió a llamar “zorro” a Herodes, que había mandado decapitar a san Juan Bautista, y bien sabían Él y sus oyentes los que se estaba jugando.
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La Eucaristía nos da esa fuerza para vivir los mandamientos, para enfrentarnos a los perseguidores y para poner por encima a Dios de todos nuestros afectos y gustos terrenos. La abnegación que Jesús nos enseña, el llevar la cruz de cada día, el alimentarnos cada día de la Palabra de Dios cuando no nos apetece, o la tentación de la pereza nos mueve a dejarlo para mañana, u otro día en que nos encontremos dispuestos, no se puede vencer sin alimentarnos de la mesa de la Eucaristía. Y la mera asistencia a la Eucaristía sin meditar y orar la Palabra de Dios en silencio acaba en ser una costumbre rutinaria sin vida. El objetivo es que podamos decir con verdad ese Salmo que solemos recitar con frecuencia (63,2): “Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.” O también lo hemos escuchado en la lectura de San Pablo a los Romanos: “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.”
Actuación de la Escolanía del Valle de los Caídos en Leganés
El sábado 20 de mayo por la tarde, la Escolanía del Valle de los Caídos participó con su canto en una Misa celebrada en la Plaza Mayor de Leganés por el Sr. Obispo de Getafe, Mons. Joaquín María López de Andújar y Cánovas del Castillo, con motivo del 900 aniversario de la aparición de Nuestra Señora de Butarque (es la Patrona de la localidad) a un molinero. Con esta ocasión, el Papa Francisco ha concedido un año santo y la coronación de la imagen de la Virgen, que tuvo lugar en la ceremonia. Entre otras piezas, la Escolanía interpretó el Himno y la Oda a Nuestra Señora de Butarque.
Visita del Seminario Menor de Getafe y del Colegio Diocesano de Illescas al Valle de los Caídos
El jueves 18 mayo y el sábado 20 mayo, respectivamente, alumnos del Seminario Menor de Rozas de Puerto Real, de la diócesis de Getafe, y del Colegio Diocesano “Virgen de la Caridad” de Illescas (Toledo), visitaron el Valle de los Caídos y fueron atendidos en un caso por el P. Alfredo Maroto y en el otro por el P. Prior Administrador. Los muchachos del Seminario de Rozas estuvieron por la tarde del jueves y los de Illescas por la mañana, llegando a la Santa Misa de 11 h. en la Basílica y quedando muy impresionados del canto de la Escolanía.
Nueva charla-coloquio de Germán Ubillos en la Escolanía del Valle de los Caídos
El jueves 18 mayo por la mañana, D. Germán Ubillos Orsolich, amigo ya de los escolanos del Valle de los Caídos y Premio Nacional de Teatro, tuvo un nuevo encuentro con carácter de charla-coloquio, concretamente con los alumnos de 6º de Primaria y de 1º y 2º de ESO, en esta ocasión en el Aula de Piano – Salón de la Escolanía. El profesor de Lengua y Literatura, D. Jorge, aprovechó para realizar una entrevista que había preparado y los niños pudieron una vez más hacerle preguntas sobre aspectos relativos a la literatura.
XII Domingo de Tiempo Ordinario
Queridos hermanos: se nos acaba de proclamar en el evangelio: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Nuestro paso por la tierra es temporal, aquí no tenemos morada permanente. Nuestra muerte no es el fin, sino el comienzo de la verdadera vida, como dice el prefacio de difuntos: “La vida de tus fieles, Señor, no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.
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Meditar en esta idea nos puede ayudar a mejorar nuestra vida cristiana. Muchas veces nos acomplejamos ante las cada vez más frecuentes agresiones y amenazas a la fe cristiana, casi siempre a la católica. Basta estar mínimamente atento a lo que sucede a nuestro alrededor para darnos cuenta de que nuestra fe está perseguida en muchas parcelas de nuestra vida. Frases del estilo “la única iglesia que ilumina es la que arde” o “arderéis como en el 36” son cada vez más habituales, ante nuestra pasividad generalizada. Detrás de esta persecución perfectamente organizada, que nos quieren vender como espontánea, se halla un número relativamente pequeño de personas, pero con enorme poder económico y mediático a sus espaldas.
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Ante esto, no debemos amilanarnos, empezando por los sacerdotes; el Señor nos lo repite varias veces en el evangelio de hoy. Si Jesús fue prudente y lo principal de su mensaje lo transmitió en privado a sus más allegados, hoy en día los sacerdotes, siempre guardando la caridad por encima de todo, debemos proclamar nuestra fe sin medias tintas, porque hasta los cabellos de la cabeza tenemos contados. Dice S. Agustín: “Considerad cuánto valéis. ¿Quién de nosotros puede ser despreciado por nuestro Redentor, si ni siquiera un solo cabello lo será?”. Aunque si seguimos los criterios evangélicos, que chocan con el mundo, inevitablemente nos enemistamos con él, no temamos la persecución, porque Dios estará con nosotros y nada podrá sucedernos sin que Él lo permita o disponga para nuestro bien.
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Queridos hermanos, Jesús nos asegura: “a quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos”. Jesús defenderá a quienes le hayan confesado valientemente ante los hombres. Así lo hizo Sto. Tomás Moro, que celebramos el pasado jueves 22, padre de familia y primer ministro de Enrique VIII, que ordenó martirizarlo por oponerse a la anulación de su matrimonio con la hija de los Reyes Católicos. Este hombre para la eternidad, desde la cárcel escribió una carta en la que tranquilizaba a una de sus hijas afirmando: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.
Es el motivo principal que aparece también en el salmo de este domingo: “Señor, que me escuche tu gran bondad”. La confianza del justo en la misericordia y omnipotencia de Dios le permite afrontar con ánimo sereno todas las dificultades que se le presentan. Jeremías también se veía acosado por sus enemigos, que lo acusaban injustamente. A pesar de que su único recurso era su confianza en Dios, Jeremías cumplía su misión de anunciar lo que el Señor le encomendaba. La sola confesión de nuestra fe con nuestra asistencia regular a la misa y la recepción habitual del sacramento de la reconciliación o penitencia con absolución individual ya supone proclamar que Jesucristo es nuestro único Salvador.
En su encíclica sobre la Iglesia y la Eucaristía, el Papa S. Juan Pablo II dejó muy clara la vigencia de la norma del Concilio de Trento concretando la severa exhortación del apóstol Pablo en la carta a los Corintios, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”, según la enseñanza de la Iglesia, expuesta, entre otros muchos documentos, en el Catecismo y en el Código de Derecho canónico, que recogen además el ayuno eucarístico de 1 hora antes de recibir la comunión.
El reconocimiento de nuestra condición pecadora no es ningún obstáculo para nuestra confianza en la misericordia de Dios, como se ha proclamado en la carta a los Romanos: “Con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos”. Solo hay un mal que temer, la pérdida del alma propia y ajena, pero el sufrimiento pasajero provocado por este mundo, ofuscado en alejarse de Dios, es nada al lado de la gloria que nos espera, que ni ojo vio ni oído oyó. ¿Qué es el dolor de la cruz, por muy intenso que pueda ser, comparado con una eternidad de amor contemplando el rostro del Hijo del hombre?
Queridos hermanos: perseveremos en la lectura orante de la Palabra de Dios, de la mano del Señor y de su Madre, a quien la meditación constante de las palabras de su Hijo le impidió vacilar en su fe. La Eucaristía es para nosotros una luz en medio de la oscuridad que nos rodea y un ancla de salvación que nos mantiene unidos con el Señor, con su Vicario el Papa Francisco y con todos los cristianos que, a pesar de la persecución religiosa, perseveran en la confesión de su fe. Precisamente este martes 27, en que se celebra a S. Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia, D.m. el Santo Padre celebrará las bodas de plata de su ordenación episcopal. Es un motivo más para orar especialmente por él y por sus intenciones al frente de la barca de Pedro. Él se enfrenta cada día a numerosas dificultades y problemas en su solicitud por la Iglesia y los católicos en cualquier rincón del mundo.
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Colaboremos a la salvación del mundo con nuestra oración, que es un valor permanente, que nunca se pierde, que no está sujeto a los vaivenes de las encuestas ni de los escaños ni de los mercados. Encomendemos todo esto a Ntra. del Valle, a los 52 beatos cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica y a los 5 siervos de Dios cuyos restos también custodiamos aquí: Clementino, Ernesto, Eudosio, Francisco y Valero. No olvidemos también a la nueva beata benedictina, la oblata Itala Mela, beatificada hace 15 días, en la víspera de la Stma. Trinidad, de cuya inhabitación en nuestra alma tanto escribió ella. Que así sea








