Concierto de la Escolanía del Valle de los Caídos en el Teatro Timanfaya (Puerto de la Cruz, Tenerife).
Corpus Christi 2017 (Ciclo A) Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Queridos hermanos:
Los ángeles del cielo alimentan constantemente su vida espiritual con la contemplación del Hijo de Dios. Su felicidad se nutre de esa contemplación del misterio trinitario en el Verbo divino. Por eso se dice con verdad que Jesucristo es el “pan de los ángeles” y el “pan del cielo”. Casiodoro, casi contemporáneo de San Benito en la Italia de su época, afirma: “Cristo con razón es llamado pan de los ángeles, porque ellos en verdad se alimentan con la alabanza de Él mismo. Pues no se ha de creer que los ángeles comen pan corporal, sino que se nutren con aquella contemplación del Señor con la que una sublime criatura se alimenta. Pero este pan del cielo sacia a los ángeles y a nosotros nos sirve de alimento en la tierra: a ellos deleitándoles con su contemplación; a nosotros restaurándonos con su santa visitación” (Comentarios del Salterio, Ps 77)
Hemos escuchado en el Deuteronomio (Dt 8,2-3.14b-16a) que Dios alimentó al pueblo de Israel en su Éxodo por el desierto con un pan bajado del cielo: el maná. Por eso el maná ha sido visto siempre en la Tradición de la Iglesia como una figura que profetizaba la Eucaristía.
Y en el texto del Evangelio de San Juan (Jn 6,51-59), tomado del sermón del “pan de vida”, el mismo Jesús se nos presenta como “el pan que ha bajado del cielo” para darnos la vida eterna. Jesús nos dice que Él es el verdadero Hijo de Dios, enviado a nosotros por el Padre, y que ha venido a darnos la vida eterna, dándonos su Cuerpo y su Sangre. Esto sucede, como sabéis, en el Sacramento de la Eucaristía que hoy celebramos en esta solemnidad del Corpus Christi y que fue instituido por Jesucristo en la Última Cena, como un anticipo de su Sacrificio en la Cruz y de todo el misterio pascual, es decir, de su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión.
En verdad, pues, este “pan del cielo” y “pan de ángeles” (cf. Sal 77,24-25) es Jesucristo: Él alimenta espiritualmente a los ángeles que lo contemplan en el cielo y alimenta también la vida de nuestras almas cada vez que lo recibimos en la Eucaristía. Nos lo ha dicho San Pablo en la primera carta a los Corintios (1Cor 10,16-17): el pan que es el Cuerpo de Cristo y el cáliz del vino que es su Sangre nos unen a todos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Quien come la carne de Cristo y bebe su Sangre, como el mismo Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, habita en Él y Él a su vez en aquel que lo recibe. Pero no olvidemos que en cada una de las especies consagradas, tanto en el pan como en el vino, está realmente Cristo entero, y de ahí que la comunión bajo una sola de las dos especies sea verdaderamente comunión completa.
Queridos hermanos: seamos muy conscientes de esta realidad maravillosa, de que realmente en la Sagrada Eucaristía está Jesucristo, el verdadero Hijo Unigénito de Dios hecho hombre para nuestra salvación. Al recibir la Sagrada Comunión, recibimos realmente a Dios en nuestras almas; recibimos a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso, quiero recordar algunas disposiciones necesarias para recibir la comunión.
En primer lugar, hacen falta unas disposiciones internas, fundamentalmente tres: estar en gracia de Dios, saber a quién vamos a recibir y cumplir el ayuno eucarístico de una hora previa a la comunión. Es fundamental hallarse en estado de gracia, es decir, sin tener pecado mortal, como ha recordado la Iglesia siempre. Si uno se encuentra en pecado mortal, debe acercarse antes al Sacramento de la Penitencia o Reconciliación y confesarse debidamente, con el propósito claro de enmendar sus pecados y de no querer vivir más en pecado mortal.
En segundo lugar, también son necesarias unas disposiciones externas, pero de ellas quiero incidir sobre todo en algo que hoy, por la pérdida inconsciente del sentido natural y también sobrenatural del pudor, que es la custodia de la intimidad, se olvida con frecuencia: me refiero a la modestia en el vestir. Nuestra sociedad ha perdido progresivamente el valor de la decencia y el decoro en el vestir, incluso a la hora de entrar en un lugar sagrado como es una iglesia e incluso al comulgar. Al sacerdote muchas veces se le plantea la duda de dar o no dar la comunión a una persona, tanto hombre como mujer, que se acerca vestida casi como si fuera a la playa, y muchas veces le da la comunión considerando la ignorancia y la buena voluntad de esa persona y que interiormente puede encontrarse en gracia de Dios, y asimismo con el fin de evitar un escándalo mayor rechazando en público a un comulgante. Pero deberíamos ser conscientes de que vamos a recibir a Dios mismo y que, por lo tanto, deberíamos evitar ciertos vestidos que muchas veces son más bien desvestidos.
En fin, que la Santísima Virgen, la Mujer que llevó en su seno al mismo Hijo de Dios, nos haga tomar conciencia de la grandeza de la Eucaristía y de las disposiciones adecuadas para recibir a Jesucristo en este Sacramento, que es el verdadero pan de los ángeles bajado del cielo para alimentar nuestras almas. Que en este fin de curso Ella bendiga a los niños de nuestra Escolanía, que tienen la misión de los ángeles de dar gloria a Jesús Sacramentado, y bendiga también a los niños que han venido a las pruebas de acceso para el curso próximo. A los padres de unos y de otros os expreso nuestro agradecimiento por el servicio prestado y por la confianza depositada.
Conferencia del Plan Director en la Escolanía del Valle de los Caídos
El lunes 15 de mayo, un agente de la Guardia Civil ofreció una conferencia para los alumnos de Educación Primaria y otra para los de Secundaria de nuestra Escolanía, tratando temas relativos a riesgos de redes sociales y acoso escolar. Este tipo de conferencias, que forman parte del “Plan Director” del Ministerio de Interior, tiene lugar todos los años en la Escolanía desde hace varios cursos. Es una buena ocasión para que los escolanos tomen conciencia de estos problemas y conozcan además a los agentes de la Guardia Civil y la labor que desarrollan en favor de los niños y de la sociedad.
Actuaciones de la Escolanía del Valle de los Caídos en Albacete
El viernes 12 de mayo a las 21 h., la Escolanía del Valle de los Caídos ofreció un concierto de gregoriano y polifonía sacra y profana en el Teatro-Circo de Albacete, bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga en la parte de canto gregoriano y la de D. Raúl N. Trincado en la de polifonía. El acto, muy anunciado previamente -entre otros medios en el diario “La Tribuna de Albacete”-, fue considerado un éxito por los asistentes, que llenaron el lugar. El sábado 13 de mayo por la mañana, los niños visitaron la ciudad de Albacete y por la tarde, a las 18 h., cantaron una Misa celebrada por el Sr. Obispo en la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima, con motivo del centenario de las apariciones de la Santísima Virgen a los pastorcitos de Fátima.
Peregrinaciones al Valle de los Caídos a inicios de mayo
Entre las peregrinaciones realizadas al Valle de los Caídos a inicios de mayo, cabe destacar algunas como las que aquí reflejamos. El sábado 6 de mayo vino un grupo de Francia, que participó en la Misa conventual de 11 h., como suelen hacer el primer sábado de mes. El miércoles 10 de mayo, asistieron a la Misa conventual en la Basílica 70 peregrinos de Cursillos de Cristiandad de Chile y Argentina, así como 25 de una parroquia de Seúl (Corea del Sur), cuyo sacerdote concelebró. El viernes 12 de mayo también asistió a la Misa conventual un grupo de unos 40 peregrinos de Corea del Sur. A todos estos grupos se deben sumar los numerosos que rezan frecuentemente el Vía Crucis por el recorrido monumental.
Pentecostés
Queridos hermanos:
Como sabéis, el nombre de origen griego con que denominamos la solemnidad de hoy, “Pentecostés”, hace referencia a los cincuenta días transcurridos desde la Resurrección del Señor hasta la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura, tomada del libro de los Hechos (Hch 2,1-11). Con este acontecimiento, a partir del cual los Apóstoles recibieron luz y fuerza para anunciar el Evangelio por el mundo, consideramos que comenzó propiamente la vida de la Iglesia, que nuestro Señor Jesucristo instituyó sobre la roca firme de los mismos Apóstoles y con Pedro a la cabeza. En efecto, Él prometió enviar al Paráclito, al Espíritu Santo, que había descendido sobre Él mismo el día de su Bautismo en el Jordán, y en la Cruz exhaló el espíritu para comunicarnos también el Espíritu Santo; igualmente, en el relato del Evangelio hemos escuchado cómo, apareciéndose a los Apóstoles después de resucitar, les comunicó el Espíritu Santo y les dio el poder de absolver y de retener los pecados (Jn 20,19-23).
Es ciertamente el Espíritu Santo quien guía, alienta y santifica la vida de la Iglesia después de la Ascensión del Señor a los Cielos, como nos ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios al hablar de la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas que Él suscita para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b-7.12-13). Y sin embargo, ¡cómo ignoramos la acción de la tercera persona de la Santísima Trinidad! Un gran teólogo dominico español fallecido hace unos años, el P. Royo Marín, le denominó “el Gran Desconocido”, porque tristemente muchas veces no somos conscientes de la importancia de su acción en el alma y en el conjunto de la Iglesia. Por el contrario, los cristianos orientales son grandes devotos del Espíritu Santo y ellos sí son muy conscientes de su acción eficaz en la vida de la Iglesia y en los sacramentos.
El Espíritu Santo, que es el Amor y el Don del Padre y del Hijo, pues el Padre y el Hijo se aman en el Espíritu Santo, es enviado igualmente por el Padre y por el Hijo para vivificar la Iglesia y para comunicar la vida espiritual en nuestras almas, introduciéndonos en el seno mismo de la vida divina, en esa corriente infinita de amor intratrinitario, del amor entre las tres divinas personas. Por eso se dice también que Él es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es además el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre y que nos enseñará todo lo referente a Dios y a la vida espiritual (Jn 14,26).
En la Edad Media se compusieron algunas piezas de gran belleza en honor del Espíritu Santo. Así, en la secuencia que hoy se ha cantado, se le reconoce como Espíritu divino, Padre amoroso del pobre, Don, Luz que penetra las almas y Fuente del mayor consuelo. Se le llama igualmente “dulce huésped del alma”, y ciertamente deberíamos ser conscientes de esta realidad: si permanecemos en gracia de Dios, sin pecado mortal, el Espíritu Santo se hospedará en nuestra alma y con Él juntamente también el Padre y el Hijo, según lo anunció Jesús: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Esta maravilla, conocida como “inhabitación trinitaria en el alma”, debería ser para nosotros una fuente inagotable de vida interior, de vida en Dios, de vida inmersa en la misma vida de Dios, hasta el punto de que alcanzáramos la unión transformante del alma en Dios, de la que nos hablan los grandes místicos. Lo cual, no lo olvidemos, siempre es gracia, siempre es don, porque es don del mismo Don de Dios, esto es, del Espíritu Santo.
Pidamos al Espíritu Santo que nos inunde con sus siete dones, concedidos para que seamos dóciles a sus propias inspiraciones para elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él. Si recordamos lo que deberíamos haber aprendido en el Catecismo, son los dones de sabiduría, de inteligencia o entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios. Son disposiciones permanentes que nos hacen dóciles para seguir los divinos impulsos del Espíritu Santo.
Queridos hermanos: oremos al Espíritu Santo, pidámosle que nos conceda sus siete dones, que haga efectivos en nosotros sus frutos, que nos permita conocerle mejor a Él mismo y conocer mejor al Padre y al Hijo, que nos aliente el deseo del Cielo y el ansia de penetrar en la vida trinitaria. Pidámosle que nos haga ser conscientes de que Él suscita la santidad de la Iglesia y de que Él hace realidad lo que se celebra en los sacramentos y que éstos sean eficaces para nuestras almas. Hay momentos que resultan muy adecuados especialmente para pedir la luz y la fuerza al Espíritu Santo: así, cuando una persona debe dar un consejo, cuando tenemos un problema que no sabemos cómo resolver, cuando vamos a estudiar o a redactar algo, cuando nos asalta una tentación, cuando un sacerdote se dispone a confesar, etc. Con una sencilla jaculatoria invocando al Espíritu Santo podemos pedirle luz y fuerza.
Que María Santísima, que estaba presente con los Apóstoles el día de Pentecostés, nos ayude a conocer mejor al Espíritu Santo para progresar con provecho en nuestra vida espiritual penetrando en el misterio de Dios. Y pidámosle también que Ella ruegue para que el Espíritu Santo fortalezca a los cristianos perseguidos, especialmente en estos días a los coptos de Egipto, entre quienes la devoción al Espíritu Santo y a la Virgen María ocupa un lugar muy importante.







