El Lunes de Pascua, 17 abril, como es tradición en este día, la Escolanía del Valle de los Caídos hizo una excursión como premio al esfuerzo especial realizado durante la Semana Santa. Los escolanos salieron muy pronto para poder llegar al monasterio de Santo Domingo de Silos, casa-madre de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos, donde cantaron en la Misa conventual a las 11 h. junto con la Comunidad benedictina de aquel emblemático cenobio burgalés. Santo Domingo de Silos, cuyo sepulcro pudieron visitar y ante el cual rezaron, es el Patrono de la Escolanía y el que precisamente le da su nombre oficial como centro de enseñanza (“Colegio-Escolanía Santo Domingo de Silos”). Después de visitar el monasterio, siendo muy bien recibidos por el P. Abad Dom Lorenzo Maté y por la Comunidad benedictina, los niños jugaron y comieron con sus formadores en el recinto de los campamentos de Silos, mientras los monjes que iban lo hicieron con la Comunidad. Por la tarde marcharon todos a Covarrubias, donde visitaron la Colegiata gracias al párroco, quien reunió a la población para que los niños interpretasen algunas piezas musicales.
Celebración de la Semana Santa en el Valle de los Caídos
Como todos los años, la Semana Santa ha reunido a un gran número de fieles en el Valle de los Caídos. El sábado 8 de abril por la tarde tuvo lugar el Vía Crucis organizado por la Abadía Benedictina y el Foro San Benito de Europa por el recorrido monumental, como ya se describió en otra noticia. El día 9 se celebró en la Basílica la Misa del domingo de Ramos, con la procesión desde la explanada de entrada; el buen tiempo, al igual que el resto de los días, acompañó favorablemente la celebración. El Viernes Santo fue el día de mayor afluencia, sin por ello desmerecer ni mucho menos el Jueves Santo y la Vigilia Pascual, ceremonia ésta de gran belleza. En conjunto, este año se ha contabilizado un número muy alto de fieles, al que hay que añadir la afluencia también masiva de turistas. La Escolanía, como es habitual, ha solemnizado todas las celebraciones. Entre las personas que han acompañado a la Comunidad benedictina en estos días, hay que destacar la presencia del vicario episcopal de Madrid para la Vida Consagrada. Por otra parte, se han ofrecido las conferencias espirituales que todos los años se imparten en la Hospedería durante el Triduo Sacro, por parte de varios monjes y también de algún invitado, así como la Hora Santa el Jueves y el rezo del Vía Crucis el Viernes. Por su parte, la Escolanía también ha tenido actos de piedad para los niños y los familiares, como el Vía Crucis del Viernes Santo al mediodía.
IV Domingo de Pascua
Hermanos en el Señor: Estamos celebrando en esta Pascua el Sacrificio de Jesús por nosotros, su entrega generosa: “padeció su pasión por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”, hemos escuchado en la segunda lectura. Nosotros hemos desterrado de nuestro lenguaje muchas expresiones de la Sagrada Escritura. Nos hemos acostumbrado a un mensaje blandengue que no convence a nadie. Sólo queremos oír aquello que concuerda con las alabanzas de los que quieren vivir en este mundo sin la contradicción y persecución con la que fustiga este mundo a los que quieren seguir de verás el ejemplo de nuestro Señor haciendo el bien y soportando el sufrimiento. “Para esto hemos sido llamados los cristianos”. Si nuestro pastor y guía “llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia, y sus heridas nos han curado”, eso significa que no podemos renegar de la herencia que nos ha dejado. Tenemos que andar su misma trayectoria, de una manera u otra. Muchos son los que nos comportamos como enemigos de la Cruz de Cristo. Pero si decidimos “volver al guardián y pastor de nuestras vidas”, entonces tendremos luchas en esta vida, pero también la paz de andar por el único camino verdadero. No caminar por el camino que es Cristo, no entrar por la única “puerta” verdadera que es Él, es el camino de la perdición: fijarnos nosotros un fin que no sólo carece de consistencia, sino que acaba en la ruina perpetua.
El sábado próximo Dios mediante, celebraremos el centenario de las apariciones de Fátima, que tuvieron lugar el 13 de mayo de 1917. Su mensaje es el mensaje que se viene predicando desde que Cristo envió a sus apóstoles a dar testimonio a todo el mundo: todo lo que habían visto y oído de Él. Pero ese mensaje que hace hincapié en la oración y la penitencia y en el culto al Inmaculado Corazón de María como barrera contra el espíritu del mundo tenemos el peligro de irlo disminuyendo o deteriorando por influencia de los enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Por lo cual Dios dispuso, como expresó el Concilio Vaticano II, tanto en la Constitución referente a la Iglesia (Lumen Gentium 12), como en el Decreto sobre el Apostolado de los seglares (Apostolicam Actuositatem, 3) que el Espíritu Santo además de dirigir y santificar a la Iglesia mediante los sacramentos, los ministerios diversos en la Iglesia y el ejercicio de las virtudes, también distribuyera gracias especiales entre los fieles de cualquier condición por medio de los carismas extraordinarios, que deben ser acogidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia. Estos dones extraordinarios, si bien no deben pedirse con presunción, y de estar sometidos al juicio de la Iglesia, le compete a ella ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno. Las apariciones de la Virgen en Fátima y en tantos otros lugares responden a esta necesidad imperiosa de salvar la estabilidad y permanencia de la barca de Pedro en medio de las muchas tormentas que la sacuden provenientes no sólo de fuera, sino también por parte de algunos de sus miembros.
Muchas veces nos ha podido suceder, o quizás ese es nuestro problema actual, que hayamos seguido a falsos pastores que eran en realidad ladrones y bandidos, es decir, “ladrones de gloria, porque la buscan para sí mismos y no para el Padre como hacía Jesús (cf. 5, 43 s.; 7, 18); y salteadores de almas, porque se apoderan de ellas y, en vez de darles el pasto de las Palabras reveladas (v. 9) para que tengan vida divina (v. 10; 6, 64), las dejan “extenuadas y abandonadas,” (Mt. 9, 36) y “se apacientan a sí mismos” (J. Straubinger 07).
Para evitar caer en tales manos no tenemos otra salida que conocer cada día mejor a Jesucristo acudiendo a su Palabra por una parte, pero también entablando diálogo personal con Él en la oración, e imitando todo lo que Él ha hecho. Las enseñanzas de Jesús no se limitan a sus palabras, por más sublimes que sean. Para que se nos grabaran en el corazón y fuesen eficaces llegó hasta el punto de no contentarse con enviarnos mensajeros que nos hablaran de su parte, sino que asumió nuestra naturaleza humana, y sufriendo una muerte sacrificial reparadora nos diese la vida y así no tuviésemos duda sobre lo que nos enseñó y pensásemos que su mensaje es irrealizable, o que es uno más entre tantos. Todo lo que ha dicho lo ha dejado bien rubricado con su vida. Y la firma imborrable de que es verdad todo lo dicho por Él la tenemos en su muerte en la Cruz y su resurrección. ¿De qué otra persona se pueden decir las palabras de San Pedro que se han proclamado en la segunda lectura: “Él no cometió pecado, ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente”?
El signo de identidad, por nuestra parte, de que seguimos el verdadero camino, y para esto se apareció la Virgen en Fátima, entre otras cosas, es que nos abracemos a la cruz, la que nos ha tocado en la vida. Y entonces la cruz se convierte en una luz que nunca se extingue: La Luz de la Gracia, del Bien y del Amor, que durará por los siglos de los siglos. Si uno se agarra fuertemente a la Cruz de Cristo presente en su vida y sus ojos no dejan de mirar esa Luz de la que proviene la Gracia, entonces ese tal no se separará de la Luz. No se perderá, ha encontrado el camino verdadero.
Nunca nos dijo el Señor que su camino fuera fácil, y esto se lo dejó bien claro la Virgen a los tres pastorcitos Jacinta, Francisco y Lucía, pero es el camino de la Salvación. Desde que el demonio corrompió nuestras almas por el pecado original el camino del dolor y del sufrimiento se ha convertido en nuestra senda hasta llegar a la Vida Eterna. Lo que el mundo aborrece, la cruz, es Vida para los que aceptan las contradicciones, las enfermedades, las limitaciones económicas, sociales y personales, como el bien de sus almas, y en cambio para los que las rechazan es condenación eterna, si ni siquiera en el último instante de su vida se acogen a la Salvación que viene de la Cruz de Cristo. El Señor por su parte hasta el último aliento de nuestra vida nos está suplicando que nos acojamos a su Cruz, que vino a traernos la Salvación y la Redención de nuestras almas. La Sangre que brota de sus heridas nos limpia y lava de todo pecado. Si el hombre acepta lavarse en los sacramentos con la Sangre del Cordero, recibiéndolos con las debidas disposiciones, queda limpio de sus pecados.
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Es tal la unión que busca tener el Señor con nosotros que no hay un instante en que su Corazón no anhele estar con nosotros, pero nosotros somos ingratos con Él, y sólo le concedemos los tiempos fijados por nuestra mente y nuestra razón. Somos como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, deseamos la independencia de ese Padre que tanto nos ama y preferimos comer aparte con nuestros amigos, ignorando de donde procede todo lo que tenemos y que somos hijos suyos.
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Cuando nosotros decidamos darle al Señor toda nuestra vida, todo nuestro tiempo, y ya sea en nuestros trabajos, como en nuestro descanso, ya estemos compartiendo alegres momentos de ocio con nuestros hermanos o en soledad, y estemos unidos a Él de corazón y en Él cifremos todos nuestros deseos. Entonces no ansiará nuestra alma otros apriscos que no sea el del Señor. No existirá en nuestra vida el tiempo de estar con el Señor y el tiempo de hacer nuestra voluntad al margen de la suya o contra su voluntad. Mientras mantengamos esa separación entre nuestros momentos de estar con Él y aquellos otros para disfrutar de nuestra independencia de sus mandatos, el león rugiente aprovechará todos esos resquicios en los que no estamos unidos en su voluntad para perder nuestras almas.
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Hoy la colecta está destinada a las vocaciones nativas. La oración de la Iglesia se eleva hoy pidiendo al Señor que en todas latitudes no falten vocaciones de almas generosas consagradas y seglares que entreguen su vida al apostolado, para que el mundo crea y no perezca.
Nosotros en esta Eucaristía tenemos la ocasión de conocer, como los discípulos de Emaús, más íntimamente al Señor. Ellos no entendieron la Escrituras hasta que celebraron con el Señor ese partir su Pan que su Cuerpo y sangre para la vida del mundo. Este es el pasto que nos ofrece el Señor a sus ovejas. Aquí anticipamos lo que será la visión de Dios en la gloria futura. No impidamos con nuestras resistencias a la cruz, nuestra oposición a las personas con las que nos toca convivir, con odios o antipatías, con rebeliones apara aceptar nuestras limitaciones de todo tipo, lo que Dios ha permitido nos sucediera en nuestra vida y así podamos recibir tantos dones como nos quiere dar.
Solemnidad de la Virgen del Valle
Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de Santa María de El Paular y Santa Cruz del Valle de los Caídos, recordando también hoy a los monjes de Santa María de El Parral que no han podido venir; hermanos todos en el Señor:
Las ocasiones en que los monjes de las comunidades mencionadas nos podemos reunir son siempre motivo de alegría, porque nos permiten confraternizar en nuestro ideal común de servir y seguir al Señor en el camino de la vida monástica, nos posibilitan alentarnos mutuamente en medio de las dificultades sufridas y de un modo especial ante la crisis de vocaciones del mundo occidental de hoy, y nos deben encender en el amor de Dios y de la Santísima Virgen, que es la que nos sostiene como Patrona singular en los tres lugares. Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra, la Madre de la Iglesia y Reina de todos los monjes, es nuestro modelo más perfecto de seguimiento de su divino Hijo en la vida consagrada. A Ella, en este tiempo pascual, la invocamos particularmente como Reina del Cielo, que se alegra con la Resurrección de Cristo y nos transmite a nosotros esa misma alegría pascual.
Con el ejemplo de María, los monjes debemos ser portavoces de la alegría pascual. No en balde se ha dicho: un santo triste es un triste santo. Si nuestro ideal es la santidad, es decir, vivir las virtudes cristianas ejemplarmente e incluso en grado heroico, y si la santidad es reflejo de una vida inmersa en Dios y embebida de las realidades sobrenaturales, hallaremos ahí precisamente la fuerza y la alegría. Aun en medio de las dificultades y de los padecimientos, la presencia de Cristo vivo y resucitado entre nosotros siempre tiene que ser motivo de alegría. María enseñó a los apóstoles a mantener la llama de la esperanza después de la Pasión y la Muerte de su Hijo: cuando todos se vinieron abajo y sintieron el fracaso y la frustración, Ella sostuvo la fe y la esperanza de la Iglesia. Por eso Ella sería también la primera en alegrarse ante la Resurrección de su Hijo, porque fue la única que había permanecido firme en la convicción de que esto sucedería, como así fue.
Las muchas dificultades por las que hoy atraviesa la vida religiosa y que palpamos de manera evidente en cada una de nuestras comunidades día a día, no deben permitir que desaparezca o decaiga una profunda vida interior, de oración, de trato íntimo con Dios. Si esta raíz fundamental desaparece, entonces sí que vendrá el hundimiento absoluto. Pero si nuestra vida está firmemente arraigada en Dios y sólo en Dios y además se encuentra sostenida por María, no sólo permaneceremos fieles dentro de los planes que la Providencia pueda tener sobre nosotros (sean los del aparente éxito o los del aparente fracaso desde el punto de vista humano, que eso no importa), sino que además viviremos todo el acontecer de nuestra vida monástica con alegría, con esa alegría pascual que nace de la conciencia de la presencia real de Cristo resucitado entre nosotros.
María es nuestra luz, es nuestro faro, es la estrella que ilumina nuestra navegación por este mundo. Al pie de la Cruz, Ella ha permanecido fiel; tras la Muerte de su Hijo, Ella se ha mantenido en la fe en su Resurrección; después de su Resurrección, Ella ha alentado la vida de la Iglesia naciente y ha recibido junto con toda la Iglesia, como Madre de la Iglesia, la fuerza y el aliento vivificante del Espíritu Santo, quien ha estado siempre unido estrechamente a Ella desde su Inmaculada Concepción y de un modo especial desde que acogió el plan divino sobre Ella para convertirse en la Madre de Dios.
Acudamos, pues, a María como puerto seguro, donde, bien amarrados a Ella, las tormentas de la vida no nos podrán hundir y, una vez superadas, podremos volver a navegar por los mares que desee su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
Conciertos de Schola Antiqua y Nova Schola
El grupo de antiguos escolanos “Nova Schola” (escolanos de las últimas promociones, entre 15 y 19 años) ofreció un concierto el sábado 1 abril en la Iglesia de San Fermín de los Navarros de Madrid, bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga en la parte de Gregoriano y de D. Raúl N. Trincado Dayne en la de Polifonía. Los mismos dirigieron un concierto de esta coral el Martes Santo, 11 abril, en la Iglesia de la Concepción de Madrid (C/ Goya). Por su parte, la prestigiosa formación “Schola Antiqua”, también de antiguos escolanos, bajo la dirección de D. Juan Carlos Asensio, dio un concierto junto con el “Coro de la Sociedad Coral de Madrid” el jueves 6 de abril en la Parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, y lo ofreció nuevamente el sábado 8 de abril en la Iglesia de San Juan Bautista de Ávila (en la cual fueron bautizados Santa Teresa de Jesús y Tomás Luis de Victoria); el repertorio fue el Oficio de Difuntos de Tomás Luis de Victoria (1548-1611), que es un Requiem para seis voces compuesto en 1603 para las exequias de María de Austria, hermana de Felipe II. Todos estos conciertos fueron muy valorados por el público asistente.
Concierto de la Escolanía del Valle de los Caídos en Valmojado
El Lunes Santo, 10 abril, la Escolanía del Valle de los Caídos ofreció un concierto gregoriano y polifónico de Cuaresma, Semana Santa y Pascua en la Iglesia Parroquial de Valmojado (Toledo), dirigido respectivamente por el P. Laurentino Saénz de Buruaga y D. Raúl Trincado Dayne, y al piano estuvo Dª Valentina Nadia. La iglesia se llenó de asistentes, que aplaudieron con gran entusiasmo en las piezas y al final del concierto. Aplausos especiales recibieron también D. Cecilio Domínguez, profesor de Gregoriano en nuestra Escolanía y antiguo escolán, vecino de Valmojado, y los también vecinos de Valmojado Jesús y Samuel Rodríguez Martín-Urda, escolanos actuales, el primero de los cuales destacó además como solista. Asistieron el párroco y el alcalde de la población, así como algunas otras autoridades.








