El sábado 8 abril, Mons. Antonio Ángel Algora, Obispo Emérito de Ciudad Real, administró el sacramento de la Confirmación a los escolanos de 2º de ESO y a algunos familiares, dentro de la Misa conventual de 11 h. en la Basílica de la Santa Cruz. Después de la ceremonia y de compartir un rato con los chicos y las familias y de hacerse algunas fotos con ellos, pudo disfrutar de la paz del Valle y posteriormente rezar la hora de Sexta con la Comunidad Benedictina y comer en el refectorio monástico, saludando a los monjes y departiendo un tiempo también con ellos.
Ejercicios espirituales en la Hospedería del Valle de los Caídos
Entre el viernes 7 y el domingo 9 de abril, más de 40 personas participaron en la tanda de ejercicios espirituales organizados por la Abadía benedictina en la Hospedería de la Santa Cruz, que fueron impartidos en esta ocasión por el P. Alfredo Maroto. Desde que se ha reanimado la convocatoria de estos ejercicios, la acogida es magnífica y las personas que asisten (mayoritariamente seglares, pero también en ocasiones sacerdotes y religiosas y religiosos) vuelven muy satisfechas espiritualmente a sus hogares. Los participantes tienen la ocasión también de asistir al rezo de Laudes y Vísperas en la capilla del monasterio y a algunas otras horas del Oficio Divino si lo desean.
Conferencia de D. Juan de Ávalos en la Escolanía del Valle de los Caídos
El miércoles 5 de abril, D. Juan de Ávalos, arquitecto y artista, e hijo del gran escultor del Valle de los Caídos del mismo nombre, impartió una conferencia en la Escolanía sobre la figura y la obra de su padre, no sólo en su labor artística en el Valle, sino también en otros lugares y especialmente fijándose en la obra religiosa; asimismo, se quería ofrecer a los alumnos la posibilidad de conocer la obra artística del propio hijo del gran escultor. La conferencia, que ha sido la segunda del ciclo “Conoce a los autores” que este curso se han comenzado a organizar por parte de la Escolanía, concluyó con un animado turno de preguntas, pues se desea que tengan propiamente el carácter de charlas-coloquio que susciten el interés de los escolanos por el desarrollo de las actividades literarias, artísticas y culturales en general. Al término de la conferencia, D. Juan de Ávalos fue invitado a comer con la Comunidad Benedictina en el refectorio monástico.
Domingo de Resurreción
Queridos hermanos:
La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la culminación de su Pasión redentora, pues con ella ha vencido a la muerte, al pecado y al demonio. Los misterios de dolor conducen ciertamente a los misterios de gloria. Su Ascensión a los Cielos hará posible también que sea enviado sobre la Iglesia el Paráclito, el Espíritu Santo. Por eso la realidad de la Resurrección define y determina por completo la vida de la Iglesia y del cristiano.
San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe. […] Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados. […] Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad” (1Cor 15,14.17.19).
En efecto, si nos quedáramos simplemente con el mensaje de Jesús como una enseñanza moral y a Él no lo viéramos más que como un hombre bueno, al estilo de Buda o de otro fundador de alguna religión o escuela filosófica, pero que finalmente hubiera muerto sin nada más después, nos podríamos considerar unos auténticos fracasados. Seríamos los hombres más desdichados del mundo. Así se sintieron en un primer momento muchos de sus discípulos al verlo colgado en la cruz o cuando les llegó la noticia de su crucifixión. En tal desazón se encontraban los discípulos de Emaús (Lc 24,13.19-21) y por eso también los apóstoles se encerraron en una casa llenos de miedo (Jn 20,19).
Si todo hubiera terminado con la muerte en la cruz, habría sido realmente un fracaso. Jesús podría haber pasado a la Historia, en todo caso, como un héroe asesinado injustamente, incluso como un ejemplo a imitar en su conducta y como un maestro por sus enseñanzas. Pero no habría pasado más que como un hombre.
Sin embargo, Jesucristo es verdadero Dios y una de las pruebas más grandes de su divinidad es precisamente su Resurrección gloriosa. Gracias a ella, nosotros podemos tener la esperanza de nuestra inmortalidad, la certeza de que nuestra alma es inmortal y de que nuestro cuerpo resucitará como el suyo al final de los tiempos para reunirse definitivamente con el alma. Gracias a su Resurrección, podemos estar seguros de la existencia de la vida eterna y de que estamos llamados a gozar de Dios en ella. Así puede afirmar San Pablo en la misma Carta a los Corintios: “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1Cor 15,20). Él ha sido el primero en resucitar para siempre, abriéndonos la esperanza de la vida eterna que habíamos perdido por el pecado de Adán. Él es así el nuevo Adán, como el propio San Pablo lo refleja: “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados” (1Cor 15,21-22).
Sólo Jesucristo podía abrirnos el camino auténtico para la vida eterna, por ser verdadero Dios y verdadero hombre. Con su Pasión, Muerte y Resurrección, ha obrado lo que nadie podía hacer: redimirnos del pecado y reconciliarnos con el Padre, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y que también nosotros podamos llamarle “Padre” (cf. Rom 8,15; Mt 6,9; Lc 11,2). Nadie, salvo Jesucristo, puede salvar de verdad al hombre.
La Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe que hay que afirmar sin temor, como decíamos en la Vigilia Pascual. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como enseña el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).
Pero además, la Resurrección conlleva para nosotros una inmensa alegría: la alegría pascual. El cristianismo no es una religión de la tristeza, como algunos pretenden decir, sino de la alegría. Si todo acabara en la Pasión y la Cruz, pudiera ser lo primero. Pero la Resurrección de Cristo transforma por completo al cristiano, le infunde alegría y paz, felicidad y esperanza, como les sucedió a las santas mujeres, a los apóstoles y a todos los discípulos. Más aún: al enviarnos Jesús después el Espíritu Santo, Éste nos robustece, alienta y santifica con sus dones y frutos. De este modo, la vida del cristiano ante el mundo es una vida transfigurada por la Resurrección.
Pidamos a María Santísima, que vivió con singular gozo la alegría de la Resurrección de su Hijo, que seamos capaces de penetrar en la comprensión de estos misterios de gloria para poder llegar al Cielo.
Debo decir, en nombre de la comunidad benedictina, que, a pesar de que los días de la Semana Santa suponen un redoblado esfuerzo para dicha comunidad y una alteración de su vida ordinaria, nos satisface plenamente comprobar la respuesta que los fieles habéis dado viniendo a las celebraciones de la Basílica y a nuestras hospederías interna y externa, valorando la solemnidad de la liturgia con que queremos dar a Dios el culto debido y reconociendo el Valle de los Caídos como un foco de irradiación espiritual en el centro de España.
Recuerdo también que, por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro y durante toda la Octava de Pascua se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.
A todos, feliz Pascua de Resurrección.
Vigilia Pascual
Queridos hermanos:
Acabamos de escuchar cómo el evangelista San Mateo, uno de los apóstoles del Señor y verdadero testigo de las apariciones de Cristo Resucitado, narra la noticia de la Resurrección del Señor que el ángel anunció a las santas mujeres en el sepulcro vacío y el encuentro que ellas tuvieron a continuación con el mismísimo Jesús, quien les exhortó a la alegría (Mt 28,1-10). Ellas, invitadas por el ángel, pudieron ver con sus propios ojos el sepulcro vacío, quedando impresionadas y llenas de alegría.
Sabemos que los apóstoles y los otros discípulos fueron inicialmente escépticos ante la noticia de la Resurrección (Mt 28,17; Mc 16,13-14), tomándolo por un delirio de las santas mujeres (Mc 16,11; Lc 24,11), hasta que ellos mismos vieron también el sepulcro vacío (Lc 24,12; Jn 20,6-8) y contemplaron al Señor resucitado, e incluso Santo Tomás tuvo que meter el dedo en las llagas de sus manos y la mano en la herida del costado (Jn 20,24-29). Es decir, nadie del entorno de Jesús era dado a inventar la historia de su Resurrección, pues, aunque habían escuchado muchas veces de sus labios que, después de padecer y de morir en la cruz, habría de resucitar de entre los muertos, no terminaban de comprender ni de creer estas palabras. La Resurrección de Cristo, por lo tanto, no fue una invención de la primitiva comunidad cristiana; creyeron en ella, por decirlo coloquialmente, al toparse de lleno con esta realidad.
Tampoco se trataba de una sugestión colectiva o de una simple presencia espiritual, como sugirió a algunos la impresión primera que tuvieron de encontrarse ante un fantasma (Lc 24,36-45) y como algunos teólogos arrastrados por un racionalismo falto de fe han pretendido. Al contrario, el cuerpo de Jesucristo verdaderamente resucitó. Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes, con un cuerpo glorioso, a las santas mujeres, a los apóstoles y a otros discípulos. De hecho, la frase que acabamos de escuchar en el Evangelio, expresada por el ángel dos veces, define esencialmente nuestra fe: “Ha resucitado”. La Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe que hay que afirmar sin temor. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como nos recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).
La Resurrección de Cristo supone la certeza de su victoria como auténtico Mesías Salvador, como Hijo de Dios hecho hombre, sobre la muerte, el pecado y el demonio. Es la demostración más clara de que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que ha asumido nuestra naturaleza humana hasta identificarse con nosotros en el sufrimiento y en la muerte, y que por su naturaleza divina y por ser en la persona divina del Verbo en la que ambas naturalezas se unen, es también capaz de recuperar la vida.
Además, la Resurrección de Cristo, como nos ha dicho San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6,3-11), nos invita a andar en una nueva vida, “pues si hemos sido incorporados a Él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya”. Con la Resurrección de su Hijo, Dios ha obrado una nueva creación del hombre, ha elevado aún más la dignidad del hombre, nos ha propuesto el modelo del “hombre nuevo” del que habla San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25; Col 3,9-10).
Esta nueva creación del hombre, esta nueva vida a la que estamos llamados y que culminará con la resurrección del cuerpo al final de los tiempos y la gloria eterna, se nos transmite desde que recibimos el sacramento del Bautismo y se nos aumenta cada vez que recibimos la Sagrada Eucaristía. Es la vida de la gracia, que la segunda carta de San Pedro define como una participación en la naturaleza divina (cf. 2Pe 1,4) y que se nos derrama por el Espíritu Santo. Si Cristo no hubiera resucitado, no habríamos recibido el Espíritu Santo en plenitud. Y San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe” (1Cor 15).
Alegrémonos, pues, con la Resurrección de Cristo, como se llenaron de alegría las santas mujeres y luego los apóstoles y otros discípulos al comprobar la verdad del primer anuncio del ángel a ellas. Alegrémonos con María Santísima, quien, según consideran muchos autores de la Tradición de la Iglesia y a pesar de que los Evangelios canónicos no lo refieran porque lo den por sobreentendido, sería seguramente la primera en conocer la noticia y la primera en recibir la visita de su Hijo Resucitado. A todos, pues, Feliz Pascua de Resurrección.
Por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.
Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor
Queridos hermanos:
Acabamos de escuchar, en el relato de la Pasión según San Juan, que cuando uno de los soldados romanos fue a quebrar las piernas de Jesús y de los malhechores para que terminaran de morir –pues la muerte por crucifixión se producía sobre todo por asfixia y quebrar las piernas aceleraba el final–, al ver que Él había muerto ya, le traspasó el costado con la lanza y al punto salió sangre y agua. El evangelista, testigo del hecho, remarca la veracidad del relato y trae a colación las profecías de los libros del Éxodo y de los Números (Ex 12,46; Núm 9,12) que muestran así a Jesús como el verdadero Cordero pascual que se inmola por nosotros y al que no se quebrará ni un hueso, y la de Zacarías que afirma: “Mirarán al que traspasaron” (Zac 12,10).
Jesús ha sido traspasado por nuestros pecados y ha querido ser traspasado por el amor: su amor hacia nosotros ha hecho posible que la lanza se clavase en su costado, abriendo la vía de acceso a su Corazón, del cual ha brotado una fuente inagotable de amor para con nosotros y la fuente misma de la vida divina que se nos comunica a partir de aquí, por el Espíritu Santo, a través de los sacramentos y de los otros medios por los que se nos transmite la gracia. Esa efusión de sangre y agua de la herida del costado refleja que Él nos lo ha dado todo; sobre todo, nos ha dado la vida de amor existente entre las tres divinas personas, entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Asumiendo la naturaleza humana y en unión sin mezcla ni confusión con la naturaleza divina en la persona divina del Verbo, Jesucristo se ha identificado con nosotros para elevarnos hacia Dios; su humanidad nos ha hecho posible el acceso a la divinidad.
Si ayer contemplábamos el Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús que nos daba el mandamiento nuevo del amor, hoy podemos descubrir algunas facetas más de su Corazón, en el cual se simboliza y se sintetiza todo el amor de Dios al hombre. La lanzada ha traspasado el costado de Jesús abriéndonos el camino a su Corazón, al mismo amor de Dios. Ese amor infinito y eterno enciende y abrasa su sed: “Tengo sed”, ha dicho en la cruz (Jn 19,28).
Es una sed no sólo física, que también la padeció severamente en la cruz como consecuencia de la dureza de la Pasión y de la misma crucifixión, de la pérdida de sangre que comenzó en la agonía en Getsemaní y sobre todo en la flagelación, del tremendo camino del Calvario con la cruz a cuestas, de la dificultad de respirar en la cruz que le obligaba a coger todo el aire posible por la boca resecando la garganta al máximo. Además de esta sed terrible que sufrió por nosotros, Jesucristo expresó aquí su sed de amor: sed de amarnos a todos y cada uno y sed de recibir el amor de todos y cada uno; sed de amar a los amigos y a los enemigos, y a aquellos que hoy mismo le aman y a los que le desprecian y le ofenden. Y sed también de entregar el espíritu, cumpliendo la Escritura y muriendo por nosotros, y de que con su muerte nos fuera derramado el Espíritu Santo (cf. Jn 19,30).
El Corazón de Jesús ha padecido por amor, cumpliendo sobre sí la profecía del Siervo de Yahveh, el Siervo sufriente de Dios, como hemos escuchado en la primera lectura de Isaías (Is 52,13-53,12). Su Corazón sacerdotal es el del verdadero Sumo Sacerdote que se ha compadecido de nuestras flaquezas y ha sido probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado, de tal modo que ha dado satisfacción por nuestros pecados y se ha convertido así en autor de salvación eterna, como nos ha enseñado la Carta a los Hebreos (Hb 4,14-16; 5,7-9). Por lo tanto, Jesucristo es el verdadero y único Mesías Redentor. No busquemos redentores en otras religiones, filosofías o doctrinas políticas.
En fin, contemplemos también el amor del Corazón de Jesús en otro hecho notable que narra el evangelista: cuando Jesús dio su Madre al propio Juan, “el discípulo que tanto quería”, nos la entregó también a nosotros como Madre (Jn 19,26-27): María, por su asociación como auténtica Corredentora con Jesucristo, según la llamó Pío XI, ha sido así constituida Madre espiritual de la Iglesia y de todos los hombres, Abogada y Medianera de todas las gracias.
Os invito además a tener muy presentes a los cristianos de Tierra Santa, para quienes va destinada la colecta de hoy, y también a encomendar a todos los cristianos del Próximo Oriente, que en estos tiempos comparten la Pasión de Cristo como víctimas de una cruel persecución. De un modo especial, tengamos un recuerdo para los coptos de Egipto, verdaderos mártires de Cristo que han sufrido atentados salvajes el Domingo de Ramos pasado.
Por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.







