El miércoles 5 de abril, D. Juan de Ávalos, arquitecto y artista, e hijo del gran escultor del Valle de los Caídos del mismo nombre, impartió una conferencia en la Escolanía sobre la figura y la obra de su padre, no sólo en su labor artística en el Valle, sino también en otros lugares y especialmente fijándose en la obra religiosa; asimismo, se quería ofrecer a los alumnos la posibilidad de conocer la obra artística del propio hijo del gran escultor. La conferencia, que ha sido la segunda del ciclo “Conoce a los autores” que este curso se han comenzado a organizar por parte de la Escolanía, concluyó con un animado turno de preguntas, pues se desea que tengan propiamente el carácter de charlas-coloquio que susciten el interés de los escolanos por el desarrollo de las actividades literarias, artísticas y culturales en general. Al término de la conferencia, D. Juan de Ávalos fue invitado a comer con la Comunidad Benedictina en el refectorio monástico.
Vigilia Pascual
Queridos hermanos:
Acabamos de escuchar cómo el evangelista San Mateo, uno de los apóstoles del Señor y verdadero testigo de las apariciones de Cristo Resucitado, narra la noticia de la Resurrección del Señor que el ángel anunció a las santas mujeres en el sepulcro vacío y el encuentro que ellas tuvieron a continuación con el mismísimo Jesús, quien les exhortó a la alegría (Mt 28,1-10). Ellas, invitadas por el ángel, pudieron ver con sus propios ojos el sepulcro vacío, quedando impresionadas y llenas de alegría.
Sabemos que los apóstoles y los otros discípulos fueron inicialmente escépticos ante la noticia de la Resurrección (Mt 28,17; Mc 16,13-14), tomándolo por un delirio de las santas mujeres (Mc 16,11; Lc 24,11), hasta que ellos mismos vieron también el sepulcro vacío (Lc 24,12; Jn 20,6-8) y contemplaron al Señor resucitado, e incluso Santo Tomás tuvo que meter el dedo en las llagas de sus manos y la mano en la herida del costado (Jn 20,24-29). Es decir, nadie del entorno de Jesús era dado a inventar la historia de su Resurrección, pues, aunque habían escuchado muchas veces de sus labios que, después de padecer y de morir en la cruz, habría de resucitar de entre los muertos, no terminaban de comprender ni de creer estas palabras. La Resurrección de Cristo, por lo tanto, no fue una invención de la primitiva comunidad cristiana; creyeron en ella, por decirlo coloquialmente, al toparse de lleno con esta realidad.
Tampoco se trataba de una sugestión colectiva o de una simple presencia espiritual, como sugirió a algunos la impresión primera que tuvieron de encontrarse ante un fantasma (Lc 24,36-45) y como algunos teólogos arrastrados por un racionalismo falto de fe han pretendido. Al contrario, el cuerpo de Jesucristo verdaderamente resucitó. Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes, con un cuerpo glorioso, a las santas mujeres, a los apóstoles y a otros discípulos. De hecho, la frase que acabamos de escuchar en el Evangelio, expresada por el ángel dos veces, define esencialmente nuestra fe: “Ha resucitado”. La Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe que hay que afirmar sin temor. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como nos recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).
La Resurrección de Cristo supone la certeza de su victoria como auténtico Mesías Salvador, como Hijo de Dios hecho hombre, sobre la muerte, el pecado y el demonio. Es la demostración más clara de que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que ha asumido nuestra naturaleza humana hasta identificarse con nosotros en el sufrimiento y en la muerte, y que por su naturaleza divina y por ser en la persona divina del Verbo en la que ambas naturalezas se unen, es también capaz de recuperar la vida.
Además, la Resurrección de Cristo, como nos ha dicho San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6,3-11), nos invita a andar en una nueva vida, “pues si hemos sido incorporados a Él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya”. Con la Resurrección de su Hijo, Dios ha obrado una nueva creación del hombre, ha elevado aún más la dignidad del hombre, nos ha propuesto el modelo del “hombre nuevo” del que habla San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25; Col 3,9-10).
Esta nueva creación del hombre, esta nueva vida a la que estamos llamados y que culminará con la resurrección del cuerpo al final de los tiempos y la gloria eterna, se nos transmite desde que recibimos el sacramento del Bautismo y se nos aumenta cada vez que recibimos la Sagrada Eucaristía. Es la vida de la gracia, que la segunda carta de San Pedro define como una participación en la naturaleza divina (cf. 2Pe 1,4) y que se nos derrama por el Espíritu Santo. Si Cristo no hubiera resucitado, no habríamos recibido el Espíritu Santo en plenitud. Y San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe” (1Cor 15).
Alegrémonos, pues, con la Resurrección de Cristo, como se llenaron de alegría las santas mujeres y luego los apóstoles y otros discípulos al comprobar la verdad del primer anuncio del ángel a ellas. Alegrémonos con María Santísima, quien, según consideran muchos autores de la Tradición de la Iglesia y a pesar de que los Evangelios canónicos no lo refieran porque lo den por sobreentendido, sería seguramente la primera en conocer la noticia y la primera en recibir la visita de su Hijo Resucitado. A todos, pues, Feliz Pascua de Resurrección.
Por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.
Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor
Queridos hermanos:
Acabamos de escuchar, en el relato de la Pasión según San Juan, que cuando uno de los soldados romanos fue a quebrar las piernas de Jesús y de los malhechores para que terminaran de morir –pues la muerte por crucifixión se producía sobre todo por asfixia y quebrar las piernas aceleraba el final–, al ver que Él había muerto ya, le traspasó el costado con la lanza y al punto salió sangre y agua. El evangelista, testigo del hecho, remarca la veracidad del relato y trae a colación las profecías de los libros del Éxodo y de los Números (Ex 12,46; Núm 9,12) que muestran así a Jesús como el verdadero Cordero pascual que se inmola por nosotros y al que no se quebrará ni un hueso, y la de Zacarías que afirma: “Mirarán al que traspasaron” (Zac 12,10).
Jesús ha sido traspasado por nuestros pecados y ha querido ser traspasado por el amor: su amor hacia nosotros ha hecho posible que la lanza se clavase en su costado, abriendo la vía de acceso a su Corazón, del cual ha brotado una fuente inagotable de amor para con nosotros y la fuente misma de la vida divina que se nos comunica a partir de aquí, por el Espíritu Santo, a través de los sacramentos y de los otros medios por los que se nos transmite la gracia. Esa efusión de sangre y agua de la herida del costado refleja que Él nos lo ha dado todo; sobre todo, nos ha dado la vida de amor existente entre las tres divinas personas, entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Asumiendo la naturaleza humana y en unión sin mezcla ni confusión con la naturaleza divina en la persona divina del Verbo, Jesucristo se ha identificado con nosotros para elevarnos hacia Dios; su humanidad nos ha hecho posible el acceso a la divinidad.
Si ayer contemplábamos el Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús que nos daba el mandamiento nuevo del amor, hoy podemos descubrir algunas facetas más de su Corazón, en el cual se simboliza y se sintetiza todo el amor de Dios al hombre. La lanzada ha traspasado el costado de Jesús abriéndonos el camino a su Corazón, al mismo amor de Dios. Ese amor infinito y eterno enciende y abrasa su sed: “Tengo sed”, ha dicho en la cruz (Jn 19,28).
Es una sed no sólo física, que también la padeció severamente en la cruz como consecuencia de la dureza de la Pasión y de la misma crucifixión, de la pérdida de sangre que comenzó en la agonía en Getsemaní y sobre todo en la flagelación, del tremendo camino del Calvario con la cruz a cuestas, de la dificultad de respirar en la cruz que le obligaba a coger todo el aire posible por la boca resecando la garganta al máximo. Además de esta sed terrible que sufrió por nosotros, Jesucristo expresó aquí su sed de amor: sed de amarnos a todos y cada uno y sed de recibir el amor de todos y cada uno; sed de amar a los amigos y a los enemigos, y a aquellos que hoy mismo le aman y a los que le desprecian y le ofenden. Y sed también de entregar el espíritu, cumpliendo la Escritura y muriendo por nosotros, y de que con su muerte nos fuera derramado el Espíritu Santo (cf. Jn 19,30).
El Corazón de Jesús ha padecido por amor, cumpliendo sobre sí la profecía del Siervo de Yahveh, el Siervo sufriente de Dios, como hemos escuchado en la primera lectura de Isaías (Is 52,13-53,12). Su Corazón sacerdotal es el del verdadero Sumo Sacerdote que se ha compadecido de nuestras flaquezas y ha sido probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado, de tal modo que ha dado satisfacción por nuestros pecados y se ha convertido así en autor de salvación eterna, como nos ha enseñado la Carta a los Hebreos (Hb 4,14-16; 5,7-9). Por lo tanto, Jesucristo es el verdadero y único Mesías Redentor. No busquemos redentores en otras religiones, filosofías o doctrinas políticas.
En fin, contemplemos también el amor del Corazón de Jesús en otro hecho notable que narra el evangelista: cuando Jesús dio su Madre al propio Juan, “el discípulo que tanto quería”, nos la entregó también a nosotros como Madre (Jn 19,26-27): María, por su asociación como auténtica Corredentora con Jesucristo, según la llamó Pío XI, ha sido así constituida Madre espiritual de la Iglesia y de todos los hombres, Abogada y Medianera de todas las gracias.
Os invito además a tener muy presentes a los cristianos de Tierra Santa, para quienes va destinada la colecta de hoy, y también a encomendar a todos los cristianos del Próximo Oriente, que en estos tiempos comparten la Pasión de Cristo como víctimas de una cruel persecución. De un modo especial, tengamos un recuerdo para los coptos de Egipto, verdaderos mártires de Cristo que han sufrido atentados salvajes el Domingo de Ramos pasado.
Por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.
Jueves Santo. Misa vespertina de la Cena del Señor
Queridos hermanos:
El Jueves Santo celebramos tres acontecimientos fundamentales en la vida de la Iglesia: la institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio ministerial y el día del amor fraterno. Los tres se encuentran íntimamente unidos entre sí y beben de la misma fuente, que es el Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús, el cual se dispone a entregarse al Supremo Sacrificio de la Cruz por nuestra Redención. Por tanto, nos podemos detener un poco a meditar contemplando este Corazón de Jesús que nos da el mandamiento del amor.
El culto al Sagrado Corazón de Jesús supone en realidad la entraña misma del cristianismo, según han señalado papas como Pío XI, Pío XII o San Juan Pablo II, entre otros, porque en él está simbolizado todo el Amor de Dios, de un Dios que por amor a los hombres ha querido encarnarse para redimirles del pecado y devolverles la dignidad perdida. En el Corazón de Jesús está expresado el supremo amor del Redentor, un amor capaz de entregarse hasta la muerte, como Él mismo dice en la Última Cena al darnos el mandamiento del amor: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como Yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,12-13.17).
Al escuchar mañana el relato de la Pasión según San Juan, veremos cómo el evangelista nos desvela el misterio de este Corazón cuando, estando al pie de la Cruz en el Calvario, observe cómo un soldado, viendo que Jesús ya estaba muerto, le traspasó el costado con una lanza y al punto salió sangre y agua. Cristo entonces lo entregó todo, nos dio todo su amor y nos descubrió que la vía de su humanidad nos permite llegar a lo íntimo de su divinidad: penetrando por la llaga de su costado, podemos alcanzar su Corazón y sumergirnos en la inmensidad del amor divino. El mismo San Juan, en la Última Cena, ya había reclinado su cabeza sobre el pecho de Jesús (Jn 13,23.25), enseñándonos así a dejar reposar nuestras vidas en Él y escuchar los latidos de un Corazón que arde de amor hacia nosotros.
El Corazón de Jesús se revela también especialmente como Corazón Eucarístico y Sacerdotal en el discurso que San Juan recoge en el capítulo 6 de su Evangelio, en el cual Jesús se descubre como el Pan de vida que se entrega para darnos la vida eterna: sólo Él, verdadero Dios, puede darnos la vida misma, que es la vida divina, la vida que fluye de la Trinidad, y nos la da por el Espíritu Santo en los Sacramentos, de un modo muy singular en la Eucaristía.
También en el mismo Evangelio de San Juan se revela este Corazón Eucarístico y Sacerdotal de Jesús en otros muchos pasajes, pero muy especialmente en el capítulo 17, el de la gran oración sacerdotal de Cristo al Padre al final de la Última Cena, justo antes de salir al huerto de Getsemaní, que es una lectura recomendada precisamente para meditarla ante el Monumento después de la celebración de hoy y durante la vela nocturna que podemos hacer junto a él. Esta oración presenta tres partes: la oración de Jesús por Sí mismo, la oración de Jesús por sus discípulos y la oración de Jesús por sus discípulos futuros, es decir, por la Iglesia que Él mismo ha fundado ya en sus apóstoles. Esta gran oración es como el Memento del Sumo Sacerdote cuando se encuentra ya dispuesto a consumar el Sacrificio de nuestra Redención. Revela el amor eterno de Cristo al Padre en el seno de la vida trinitaria y también un inmenso amor a su Esposa, la Iglesia, por la cual se entrega a la muerte redentora para transmitirnos la misma vida divina de la Trinidad por el Espíritu Santo: “ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste” (Jn 17,3-4).
Esta gran oración sacerdotal brota del Corazón de Jesús en el momento previo a su supremo Sacrificio redentor como Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, después de haber instituido la Sagrada Eucaristía. Jesús ruega por la unidad entre sus discípulos, por la unidad de la Iglesia, modelada sobre la vida de unión amorosa que viven entre sí las tres Personas divinas en el seno de la Trinidad. En esta oración, por lo tanto, podemos contemplar íntimamente unidas entre sí esas tres facetas que queremos resaltar en el Corazón de Jesús: la Eucaristía, el Sacerdocio y el mandamiento nuevo del amor. Es una expresión sublime del Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús que nos da el mandamiento del amor.
En este día pidamos especialmente por la santidad de los sacerdotes: que el Corazón de Jesús nos purifique y perfeccione según su modelo, para que el pecado, la mundanidad y la desidia no manchen la pureza del gran don que hemos recibido y que nos obliga a vivir como “otros Cristos”, según dijera el Papa Pío XI (Ad catholici sacerdotii, n. 30).
Que María Santísima, la gran contemplativa que conservaba y meditaba todas las cosas de su Hijo en lo íntimo de su Corazón Inmaculado (Lc 2,19.51), nos ayude a penetrar en estos misterios.
En los días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria en nuestra Basílica con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.
Grupos de peregrinos a finales de marzo e inicios de abril
Entre los peregrinos que últimamente han venido al Valle de los Caídos, hay que destacar en primer lugar los grupos que han rezado el Vía Crucis por el recorrido monumental. Aparte del organizado por la Abadía y el Foro San Benito de Europa el sábado 8 de abril, sobre el cual se informará en otra noticia, podemos resaltar algunos como el realizado el viernes 31 marzo por profesores y alumnos del Real Colegio Alfonso XII de San Lorenzo de El Escorial, de los PP. Agustinos; ese mismo día, asistió a la Misa conventual de las 11 h. en la Basílica de la Santa Cruz un grupo de jóvenes peregrinos franceses. El sábado 1 abril, el rezo del Vía Crucis lo hizo un grupo de alumnos y alumnas del Colegio Vera Cruz de Galapagar con algunas religiosas al frente y luego estuvieron presentes en la Misa conventual, a la que además asistieron unos 40 peregrinos franceses. El domingo 2 de abril vinieron unos 240 peregrinos de Portugal; hay que tener presente que este año se celebra el centenario de las apariciones de la Santísima Virgen en Fátima. Al final de la Misa entonaron piadosos cantos marianos, como el Ave de Fátima y la Salve.
Nuevos beatos en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos
El sábado 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, el Cardenal Angelo Amato, en nombre del Papa Francisco, beatificó en Almería a 116 nuevos beatos mártires del siglo XX en España, víctimas de la persecución religiosa en 1936-1939. Entre los nuevos beatos de la diócesis almeriense hay veinte que se encuentran sepultados en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, con lo cual el número total de beatos en la Basílica asciende en estos momentos a 52, y a los que hay que sumar cinco siervos de Dios de una causa de la diócesis de Madrid abierta el 18 de marzo pasado, como ya se informó en otra noticia anterior. En la actualidad, estos 52 beatos de la Basílica representan los diversos estados de la vida cristiana: sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos. Por parte de la Comunidad benedictina se están preparando un folleto y un pequeño libro sobre los 52 beatos y los 5 siervos de Dios, así como mayor información para nuestra página web.







