El grupo de antiguos escolanos “Nova Schola” (escolanos de las últimas promociones, entre 15 y 19 años) ofreció un concierto el sábado 1 abril en la Iglesia de San Fermín de los Navarros de Madrid, bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga en la parte de Gregoriano y de D. Raúl N. Trincado Dayne en la de Polifonía. Los mismos dirigieron un concierto de esta coral el Martes Santo, 11 abril, en la Iglesia de la Concepción de Madrid (C/ Goya). Por su parte, la prestigiosa formación “Schola Antiqua”, también de antiguos escolanos, bajo la dirección de D. Juan Carlos Asensio, dio un concierto junto con el “Coro de la Sociedad Coral de Madrid” el jueves 6 de abril en la Parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, y lo ofreció nuevamente el sábado 8 de abril en la Iglesia de San Juan Bautista de Ávila (en la cual fueron bautizados Santa Teresa de Jesús y Tomás Luis de Victoria); el repertorio fue el Oficio de Difuntos de Tomás Luis de Victoria (1548-1611), que es un Requiem para seis voces compuesto en 1603 para las exequias de María de Austria, hermana de Felipe II. Todos estos conciertos fueron muy valorados por el público asistente.
Solemnidad de la Virgen del Valle
Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de Santa María de El Paular y Santa Cruz del Valle de los Caídos, recordando también hoy a los monjes de Santa María de El Parral que no han podido venir; hermanos todos en el Señor:
Las ocasiones en que los monjes de las comunidades mencionadas nos podemos reunir son siempre motivo de alegría, porque nos permiten confraternizar en nuestro ideal común de servir y seguir al Señor en el camino de la vida monástica, nos posibilitan alentarnos mutuamente en medio de las dificultades sufridas y de un modo especial ante la crisis de vocaciones del mundo occidental de hoy, y nos deben encender en el amor de Dios y de la Santísima Virgen, que es la que nos sostiene como Patrona singular en los tres lugares. Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra, la Madre de la Iglesia y Reina de todos los monjes, es nuestro modelo más perfecto de seguimiento de su divino Hijo en la vida consagrada. A Ella, en este tiempo pascual, la invocamos particularmente como Reina del Cielo, que se alegra con la Resurrección de Cristo y nos transmite a nosotros esa misma alegría pascual.
Con el ejemplo de María, los monjes debemos ser portavoces de la alegría pascual. No en balde se ha dicho: un santo triste es un triste santo. Si nuestro ideal es la santidad, es decir, vivir las virtudes cristianas ejemplarmente e incluso en grado heroico, y si la santidad es reflejo de una vida inmersa en Dios y embebida de las realidades sobrenaturales, hallaremos ahí precisamente la fuerza y la alegría. Aun en medio de las dificultades y de los padecimientos, la presencia de Cristo vivo y resucitado entre nosotros siempre tiene que ser motivo de alegría. María enseñó a los apóstoles a mantener la llama de la esperanza después de la Pasión y la Muerte de su Hijo: cuando todos se vinieron abajo y sintieron el fracaso y la frustración, Ella sostuvo la fe y la esperanza de la Iglesia. Por eso Ella sería también la primera en alegrarse ante la Resurrección de su Hijo, porque fue la única que había permanecido firme en la convicción de que esto sucedería, como así fue.
Las muchas dificultades por las que hoy atraviesa la vida religiosa y que palpamos de manera evidente en cada una de nuestras comunidades día a día, no deben permitir que desaparezca o decaiga una profunda vida interior, de oración, de trato íntimo con Dios. Si esta raíz fundamental desaparece, entonces sí que vendrá el hundimiento absoluto. Pero si nuestra vida está firmemente arraigada en Dios y sólo en Dios y además se encuentra sostenida por María, no sólo permaneceremos fieles dentro de los planes que la Providencia pueda tener sobre nosotros (sean los del aparente éxito o los del aparente fracaso desde el punto de vista humano, que eso no importa), sino que además viviremos todo el acontecer de nuestra vida monástica con alegría, con esa alegría pascual que nace de la conciencia de la presencia real de Cristo resucitado entre nosotros.
María es nuestra luz, es nuestro faro, es la estrella que ilumina nuestra navegación por este mundo. Al pie de la Cruz, Ella ha permanecido fiel; tras la Muerte de su Hijo, Ella se ha mantenido en la fe en su Resurrección; después de su Resurrección, Ella ha alentado la vida de la Iglesia naciente y ha recibido junto con toda la Iglesia, como Madre de la Iglesia, la fuerza y el aliento vivificante del Espíritu Santo, quien ha estado siempre unido estrechamente a Ella desde su Inmaculada Concepción y de un modo especial desde que acogió el plan divino sobre Ella para convertirse en la Madre de Dios.
Acudamos, pues, a María como puerto seguro, donde, bien amarrados a Ella, las tormentas de la vida no nos podrán hundir y, una vez superadas, podremos volver a navegar por los mares que desee su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
Concierto de la Escolanía del Valle de los Caídos en Valmojado
El Lunes Santo, 10 abril, la Escolanía del Valle de los Caídos ofreció un concierto gregoriano y polifónico de Cuaresma, Semana Santa y Pascua en la Iglesia Parroquial de Valmojado (Toledo), dirigido respectivamente por el P. Laurentino Saénz de Buruaga y D. Raúl Trincado Dayne, y al piano estuvo Dª Valentina Nadia. La iglesia se llenó de asistentes, que aplaudieron con gran entusiasmo en las piezas y al final del concierto. Aplausos especiales recibieron también D. Cecilio Domínguez, profesor de Gregoriano en nuestra Escolanía y antiguo escolán, vecino de Valmojado, y los también vecinos de Valmojado Jesús y Samuel Rodríguez Martín-Urda, escolanos actuales, el primero de los cuales destacó además como solista. Asistieron el párroco y el alcalde de la población, así como algunas otras autoridades.
Concierto de la Escolanía del Valle de los Caídos en Talavera de la Reina
El Miércoles Santo, 12 abril, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos dio un concierto en la Basílica de Nuestra Señora de Prado de Talavera de la Reina, que se llenó de personas que quisieron escucharlo. El repertorio fue de Cuaresma, Semana Santa y Pascua y estuvo repartido, como es habitual en los conciertos de nuestra Escolanía, en una primera parte de Gregoriano, bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga, y una segunda de Polifonía, dirigida por D. Raúl N. Trincado Dayne, con Dª Valentina Nadia como pianista. Asistieron varias autoridades civiles y religiosas y presidió el Sr. Rector de la Basílica y Vicario Episcopal de Talavera de la Reina, D. Felipe García Díaz-Guerra. El público aplaudió con gran entusiasmo y la Escolanía recibió numerosos elogios. La Escolanía del Valle cuenta actualmente con dos hermanos talaveranos en sus filas, Alejandro y Eduardo F. S., como allí se hizo notar, y con un educador igualmente talaverano, D. Víctor Hidalgo, que hizo la presentación. Al día siguiente apareció una noticia en “La Voz de Talavera”, cuyo enlace ofrecemos: El gregoriano de la Escolanía del Valle de los Caídos brilló con luz propia en la talaverana Basílica del Prado.
Vía Crucis monumental en el Valle de los Caídos
El sábado 8 de abril, la Abadía Benedictina Santa Cruz del Valle de los Caídos y el Foro San Benito de Europa organizaron el rezo del Vía Crucis por el recorrido monumental, como es típico ya en esta fecha del Sábado de Pasión, así como del sábado más cercano a la Fiesta de la Santa Cruz del 14 de septiembre. Se contó para ello con la colaboración de Patrimonio Nacional, Delegación del Gobierno en Madrid, Guardia Civil, Protección Civil y los Ayuntamientos de la Leal Villa de El Escorial y de San Lorenzo de El Escorial. Asistieron unas 370 personas de todas las edades, pero sobre todo jóvenes y familias jóvenes con niños, y, como es de costumbre, se respiró un aire de silencio y recogimiento. Ya en la Basílica, al término del acto, se facilitó a los fieles poder venerar el “Lignum Crucis” o reliquia de la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, que el papa San Juan XXIII donó a la Basílica con motivo de su consagración en junio de 1960 por el cardenal Gaetano Cicognani.
II Domingo de Pascua
Queridos hermanos: en este domingo de la octava de Pascua, el mismo día en que el Autor de la vida sale victorioso del sepulcro, se aparece a sus discípulos y les comunica el poder de perdonar los pecados. Pero en una nueva aparición a los ochos días, como Tomás permanecía recalcitrante ante la resurrección, le confirma en la certeza de que está vivo y de que no es un fantasma, le muestra sus llagas y le permite ver y palpar. Si la fe de los apóstoles es el cimiento de la fe de la Iglesia, la duda del apóstol incrédulo es una gracia para los que seguimos con muchas dudas dos mil años después y a los que nos debe llenar de gozo saber que vale mucho más la fe que ver y palpar a Jesucristo con los sentidos corporales. Además hoy celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, instituida por S. Juan Pablo II y en la que el santo papa en 2005 murió en el Señor y comenzó a vivir para siempre.
La Misericordia divina es infinita, como nos enseña la oración colecta del comienzo de la Eucaristía. No la puede abarcar ni el santo en su contemplación, ni el pecador arrepentido que ha dado la espalda a su perdición, de la que era consciente cuando se encaminaba a su extravío, sin poner remedio hasta su conversión. Es necesario que cuando celebramos los misterios centrales de la fe, alabemos la Misericordia de Dios y acudamos al sacramento de la penitencia o reconciliación, que restaura la amistad con Dios, perdida cuando cometemos un pecado mortal. Esta pérdida no quiere decir que Dios nos abandone: Dios nos ama más cuanto más le hacemos sufrir por nuestro alejamiento por el pecado. Aunque Dios nos busca con tesón, las oraciones de los que rezan por nosotros, no siempre por nuestro nombre, le permiten obrar con holgura, pues es sumamente respetuoso de nuestra libertad.
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De ahí el cambio del “por muchos” recientemente introducido en la fórmula eucarística en la consagración del vino: Cristo murió por todos los hombres, pero el derramamiento de su sangre no beneficia a todos, pues Dios respeta a quienes, en el uso soberano de su libertad, por desgracia rechazan conscientemente la oferta de la salvación. El mundo se jacta de esa libertad mal usada, de esa prerrogativa divina de optar contra el mismo que nos ha creado y amado tanto. El hombre de hoy se ha vuelto desagradecido y no distingue la luz de las tinieblas, ve la luz material, pero es un cegato espiritual; ha perdido el sentido de la trascendencia y se está distanciando como nunca de Dios. Esto debe estimularnos a orar y sacrificarnos continuamente por esta noble causa de intentar atraer a todos los alejados del Señor que caminan a su perdición.
Si nos duele que no crean tantos hermanos nuestros, los pocos afortunados que por la misericordia de Dios conservamos la fe, tendremos que vivirla con mayor intensidad y convicción. A todos nos llama la atención ver a un católico rezar concentrado discretamente ante el sagrario. Si todos los católicos tomásemos el santo propósito de entregarnos a la oración cada vez que entramos en una iglesia, por la conversión de los alejados, nos daríamos cuenta de los progresos espirituales alcanzados. Podríamos rezar la invocación inicial de la Coronilla de la Divina Misericordia, aprobada por la Iglesia y que el Señor inspiró a Sta. Faustina Kowalska: “Padre eterno, yo te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y del mundo entero”. Aunque uno solo de todos los presentes tomase esta determinación, no pasaría desapercibida su influencia en el Cuerpo místico y habría conversiones silenciosas.
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No se trata de que en una iglesia y menos aún en esta basílica subterránea, no se pueda hablar nada ni preparar las celebraciones más complejas ni explicar el motivo de su construcción ni el contenido de su arte ni escuchar conciertos ni mucho menos aún enseñar las verdades de nuestra fe. Pero sí podemos acortar mucho nuestras conversaciones vanas y especialmente y en esto todos faltamos mucho, siempre deberíamos empezar o concluir nuestra entrada en una iglesia con una oración que honre al único Dios verdadero. Esta es nuestra casa, pero en la casa de Dios rigen sus propias normas y no las que a cada cual se le antojan, como en nuestro hogar. Cuando visitamos los templos de otras religiones, respetamos las estrictas exigencias que nos imponen en todos los detalles, mientras que en nuestra propia casa, en el templo católico, cada vez todos nos descuidamos más y más, en una espiral que no parece tener límite, en conversaciones, compostura, decoro y ahora que llega el buen tiempo en la vestimenta.
Aunque no veamos visiblemente a Dios, quien reza y respeta el lugar sagrado cree que habita Dios en él y es su casa, se cree invitado a entrar en el cielo unos instantes, a pesar de ser pecador y no estar purificado del todo y especialmente es escuchado cuando es consciente y agradece este privilegio. Eso significan las palabras de Jesús a Tomás y a todos nosotros: Bienaventurado quien cree sin haber visto mi rostro con sus ojos corporales.
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Por último, queridos hermanos, hoy en esta basílica, por concesión expresa de la Santa Sede, puede lucrarse indulgencia plenaria con las acostumbradas condiciones de confesión sacramental con absolución individual, comunión eucarística, exclusión de todo afecto al pecado y oración por las intenciones del Papa. Además hoy, en toda la Iglesia universal, fiesta litúrgica de la Divina Misericordia, podemos ganar una indulgencia especial todos los que agradezcamos y recibamos su misericordia, confesemos hoy y comulguemos: recibiremos de su misericordia infinita el perdón de todos nuestros pecados y la gracia desmedida de la remisión de todas nuestras culpas, es decir, un estado de alma semejante al de un recién bautizado. Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que nos dé la gracia para no desaprovechar este privilegio tan especial del día de hoy. Que así sea.








