El Miércoles Santo, 12 abril, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos dio un concierto en la Basílica de Nuestra Señora de Prado de Talavera de la Reina, que se llenó de personas que quisieron escucharlo. El repertorio fue de Cuaresma, Semana Santa y Pascua y estuvo repartido, como es habitual en los conciertos de nuestra Escolanía, en una primera parte de Gregoriano, bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga, y una segunda de Polifonía, dirigida por D. Raúl N. Trincado Dayne, con Dª Valentina Nadia como pianista. Asistieron varias autoridades civiles y religiosas y presidió el Sr. Rector de la Basílica y Vicario Episcopal de Talavera de la Reina, D. Felipe García Díaz-Guerra. El público aplaudió con gran entusiasmo y la Escolanía recibió numerosos elogios. La Escolanía del Valle cuenta actualmente con dos hermanos talaveranos en sus filas, Alejandro y Eduardo F. S., como allí se hizo notar, y con un educador igualmente talaverano, D. Víctor Hidalgo, que hizo la presentación. Al día siguiente apareció una noticia en “La Voz de Talavera”, cuyo enlace ofrecemos: El gregoriano de la Escolanía del Valle de los Caídos brilló con luz propia en la talaverana Basílica del Prado.
Vía Crucis monumental en el Valle de los Caídos
El sábado 8 de abril, la Abadía Benedictina Santa Cruz del Valle de los Caídos y el Foro San Benito de Europa organizaron el rezo del Vía Crucis por el recorrido monumental, como es típico ya en esta fecha del Sábado de Pasión, así como del sábado más cercano a la Fiesta de la Santa Cruz del 14 de septiembre. Se contó para ello con la colaboración de Patrimonio Nacional, Delegación del Gobierno en Madrid, Guardia Civil, Protección Civil y los Ayuntamientos de la Leal Villa de El Escorial y de San Lorenzo de El Escorial. Asistieron unas 370 personas de todas las edades, pero sobre todo jóvenes y familias jóvenes con niños, y, como es de costumbre, se respiró un aire de silencio y recogimiento. Ya en la Basílica, al término del acto, se facilitó a los fieles poder venerar el “Lignum Crucis” o reliquia de la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, que el papa San Juan XXIII donó a la Basílica con motivo de su consagración en junio de 1960 por el cardenal Gaetano Cicognani.
II Domingo de Pascua
Queridos hermanos: en este domingo de la octava de Pascua, el mismo día en que el Autor de la vida sale victorioso del sepulcro, se aparece a sus discípulos y les comunica el poder de perdonar los pecados. Pero en una nueva aparición a los ochos días, como Tomás permanecía recalcitrante ante la resurrección, le confirma en la certeza de que está vivo y de que no es un fantasma, le muestra sus llagas y le permite ver y palpar. Si la fe de los apóstoles es el cimiento de la fe de la Iglesia, la duda del apóstol incrédulo es una gracia para los que seguimos con muchas dudas dos mil años después y a los que nos debe llenar de gozo saber que vale mucho más la fe que ver y palpar a Jesucristo con los sentidos corporales. Además hoy celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, instituida por S. Juan Pablo II y en la que el santo papa en 2005 murió en el Señor y comenzó a vivir para siempre.
La Misericordia divina es infinita, como nos enseña la oración colecta del comienzo de la Eucaristía. No la puede abarcar ni el santo en su contemplación, ni el pecador arrepentido que ha dado la espalda a su perdición, de la que era consciente cuando se encaminaba a su extravío, sin poner remedio hasta su conversión. Es necesario que cuando celebramos los misterios centrales de la fe, alabemos la Misericordia de Dios y acudamos al sacramento de la penitencia o reconciliación, que restaura la amistad con Dios, perdida cuando cometemos un pecado mortal. Esta pérdida no quiere decir que Dios nos abandone: Dios nos ama más cuanto más le hacemos sufrir por nuestro alejamiento por el pecado. Aunque Dios nos busca con tesón, las oraciones de los que rezan por nosotros, no siempre por nuestro nombre, le permiten obrar con holgura, pues es sumamente respetuoso de nuestra libertad.
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De ahí el cambio del “por muchos” recientemente introducido en la fórmula eucarística en la consagración del vino: Cristo murió por todos los hombres, pero el derramamiento de su sangre no beneficia a todos, pues Dios respeta a quienes, en el uso soberano de su libertad, por desgracia rechazan conscientemente la oferta de la salvación. El mundo se jacta de esa libertad mal usada, de esa prerrogativa divina de optar contra el mismo que nos ha creado y amado tanto. El hombre de hoy se ha vuelto desagradecido y no distingue la luz de las tinieblas, ve la luz material, pero es un cegato espiritual; ha perdido el sentido de la trascendencia y se está distanciando como nunca de Dios. Esto debe estimularnos a orar y sacrificarnos continuamente por esta noble causa de intentar atraer a todos los alejados del Señor que caminan a su perdición.
Si nos duele que no crean tantos hermanos nuestros, los pocos afortunados que por la misericordia de Dios conservamos la fe, tendremos que vivirla con mayor intensidad y convicción. A todos nos llama la atención ver a un católico rezar concentrado discretamente ante el sagrario. Si todos los católicos tomásemos el santo propósito de entregarnos a la oración cada vez que entramos en una iglesia, por la conversión de los alejados, nos daríamos cuenta de los progresos espirituales alcanzados. Podríamos rezar la invocación inicial de la Coronilla de la Divina Misericordia, aprobada por la Iglesia y que el Señor inspiró a Sta. Faustina Kowalska: “Padre eterno, yo te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y del mundo entero”. Aunque uno solo de todos los presentes tomase esta determinación, no pasaría desapercibida su influencia en el Cuerpo místico y habría conversiones silenciosas.
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No se trata de que en una iglesia y menos aún en esta basílica subterránea, no se pueda hablar nada ni preparar las celebraciones más complejas ni explicar el motivo de su construcción ni el contenido de su arte ni escuchar conciertos ni mucho menos aún enseñar las verdades de nuestra fe. Pero sí podemos acortar mucho nuestras conversaciones vanas y especialmente y en esto todos faltamos mucho, siempre deberíamos empezar o concluir nuestra entrada en una iglesia con una oración que honre al único Dios verdadero. Esta es nuestra casa, pero en la casa de Dios rigen sus propias normas y no las que a cada cual se le antojan, como en nuestro hogar. Cuando visitamos los templos de otras religiones, respetamos las estrictas exigencias que nos imponen en todos los detalles, mientras que en nuestra propia casa, en el templo católico, cada vez todos nos descuidamos más y más, en una espiral que no parece tener límite, en conversaciones, compostura, decoro y ahora que llega el buen tiempo en la vestimenta.
Aunque no veamos visiblemente a Dios, quien reza y respeta el lugar sagrado cree que habita Dios en él y es su casa, se cree invitado a entrar en el cielo unos instantes, a pesar de ser pecador y no estar purificado del todo y especialmente es escuchado cuando es consciente y agradece este privilegio. Eso significan las palabras de Jesús a Tomás y a todos nosotros: Bienaventurado quien cree sin haber visto mi rostro con sus ojos corporales.
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Por último, queridos hermanos, hoy en esta basílica, por concesión expresa de la Santa Sede, puede lucrarse indulgencia plenaria con las acostumbradas condiciones de confesión sacramental con absolución individual, comunión eucarística, exclusión de todo afecto al pecado y oración por las intenciones del Papa. Además hoy, en toda la Iglesia universal, fiesta litúrgica de la Divina Misericordia, podemos ganar una indulgencia especial todos los que agradezcamos y recibamos su misericordia, confesemos hoy y comulguemos: recibiremos de su misericordia infinita el perdón de todos nuestros pecados y la gracia desmedida de la remisión de todas nuestras culpas, es decir, un estado de alma semejante al de un recién bautizado. Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que nos dé la gracia para no desaprovechar este privilegio tan especial del día de hoy. Que así sea.
Confirmaciones de alumnos de la Escolanía del Valle de los Caídos
El sábado 8 abril, Mons. Antonio Ángel Algora, Obispo Emérito de Ciudad Real, administró el sacramento de la Confirmación a los escolanos de 2º de ESO y a algunos familiares, dentro de la Misa conventual de 11 h. en la Basílica de la Santa Cruz. Después de la ceremonia y de compartir un rato con los chicos y las familias y de hacerse algunas fotos con ellos, pudo disfrutar de la paz del Valle y posteriormente rezar la hora de Sexta con la Comunidad Benedictina y comer en el refectorio monástico, saludando a los monjes y departiendo un tiempo también con ellos.
Ejercicios espirituales en la Hospedería del Valle de los Caídos
Entre el viernes 7 y el domingo 9 de abril, más de 40 personas participaron en la tanda de ejercicios espirituales organizados por la Abadía benedictina en la Hospedería de la Santa Cruz, que fueron impartidos en esta ocasión por el P. Alfredo Maroto. Desde que se ha reanimado la convocatoria de estos ejercicios, la acogida es magnífica y las personas que asisten (mayoritariamente seglares, pero también en ocasiones sacerdotes y religiosas y religiosos) vuelven muy satisfechas espiritualmente a sus hogares. Los participantes tienen la ocasión también de asistir al rezo de Laudes y Vísperas en la capilla del monasterio y a algunas otras horas del Oficio Divino si lo desean.
Domingo de Resurreción
Queridos hermanos:
La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la culminación de su Pasión redentora, pues con ella ha vencido a la muerte, al pecado y al demonio. Los misterios de dolor conducen ciertamente a los misterios de gloria. Su Ascensión a los Cielos hará posible también que sea enviado sobre la Iglesia el Paráclito, el Espíritu Santo. Por eso la realidad de la Resurrección define y determina por completo la vida de la Iglesia y del cristiano.
San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe. […] Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados. […] Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad” (1Cor 15,14.17.19).
En efecto, si nos quedáramos simplemente con el mensaje de Jesús como una enseñanza moral y a Él no lo viéramos más que como un hombre bueno, al estilo de Buda o de otro fundador de alguna religión o escuela filosófica, pero que finalmente hubiera muerto sin nada más después, nos podríamos considerar unos auténticos fracasados. Seríamos los hombres más desdichados del mundo. Así se sintieron en un primer momento muchos de sus discípulos al verlo colgado en la cruz o cuando les llegó la noticia de su crucifixión. En tal desazón se encontraban los discípulos de Emaús (Lc 24,13.19-21) y por eso también los apóstoles se encerraron en una casa llenos de miedo (Jn 20,19).
Si todo hubiera terminado con la muerte en la cruz, habría sido realmente un fracaso. Jesús podría haber pasado a la Historia, en todo caso, como un héroe asesinado injustamente, incluso como un ejemplo a imitar en su conducta y como un maestro por sus enseñanzas. Pero no habría pasado más que como un hombre.
Sin embargo, Jesucristo es verdadero Dios y una de las pruebas más grandes de su divinidad es precisamente su Resurrección gloriosa. Gracias a ella, nosotros podemos tener la esperanza de nuestra inmortalidad, la certeza de que nuestra alma es inmortal y de que nuestro cuerpo resucitará como el suyo al final de los tiempos para reunirse definitivamente con el alma. Gracias a su Resurrección, podemos estar seguros de la existencia de la vida eterna y de que estamos llamados a gozar de Dios en ella. Así puede afirmar San Pablo en la misma Carta a los Corintios: “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1Cor 15,20). Él ha sido el primero en resucitar para siempre, abriéndonos la esperanza de la vida eterna que habíamos perdido por el pecado de Adán. Él es así el nuevo Adán, como el propio San Pablo lo refleja: “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados” (1Cor 15,21-22).
Sólo Jesucristo podía abrirnos el camino auténtico para la vida eterna, por ser verdadero Dios y verdadero hombre. Con su Pasión, Muerte y Resurrección, ha obrado lo que nadie podía hacer: redimirnos del pecado y reconciliarnos con el Padre, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y que también nosotros podamos llamarle “Padre” (cf. Rom 8,15; Mt 6,9; Lc 11,2). Nadie, salvo Jesucristo, puede salvar de verdad al hombre.
La Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe que hay que afirmar sin temor, como decíamos en la Vigilia Pascual. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como enseña el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).
Pero además, la Resurrección conlleva para nosotros una inmensa alegría: la alegría pascual. El cristianismo no es una religión de la tristeza, como algunos pretenden decir, sino de la alegría. Si todo acabara en la Pasión y la Cruz, pudiera ser lo primero. Pero la Resurrección de Cristo transforma por completo al cristiano, le infunde alegría y paz, felicidad y esperanza, como les sucedió a las santas mujeres, a los apóstoles y a todos los discípulos. Más aún: al enviarnos Jesús después el Espíritu Santo, Éste nos robustece, alienta y santifica con sus dones y frutos. De este modo, la vida del cristiano ante el mundo es una vida transfigurada por la Resurrección.
Pidamos a María Santísima, que vivió con singular gozo la alegría de la Resurrección de su Hijo, que seamos capaces de penetrar en la comprensión de estos misterios de gloria para poder llegar al Cielo.
Debo decir, en nombre de la comunidad benedictina, que, a pesar de que los días de la Semana Santa suponen un redoblado esfuerzo para dicha comunidad y una alteración de su vida ordinaria, nos satisface plenamente comprobar la respuesta que los fieles habéis dado viniendo a las celebraciones de la Basílica y a nuestras hospederías interna y externa, valorando la solemnidad de la liturgia con que queremos dar a Dios el culto debido y reconociendo el Valle de los Caídos como un foco de irradiación espiritual en el centro de España.
Recuerdo también que, por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro y durante toda la Octava de Pascua se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.
A todos, feliz Pascua de Resurrección.








