Entre el lunes 21 y el jueves 24 de agosto, Mons. D. Julián López Martín, Obispo de León, se retiró con los monjes benedictinos de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos para descansar y tener unos días de mayor vida espiritual, como ha venido haciendo de forma frecuente desde hace ya muchos años. En estos días, en los que ha coincidido con la Semana de Estudios Gregorianos (es liturgista y ha ocupado cargos en la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española y en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos), ha compartido la vida de los monjes y nosotros hemos podido gozar de su compañía y tiempos de conversación fraterna.
XXIII Domingo de Tiempo Ordinario
Queridos hermanos: tomar a Jesús como el camino que conduce a la vida se nos antoja a veces empresa casi imposible, porque el mundo, el demonio y la carne nos ponen interminables obstáculos que nos parece que no podremos superar. Pero las lecturas de hoy, además de ofrecernos una respuesta válida a esta inquietud del espíritu humano, nos ofrecen tanto la sabiduría divina para la buena dirección en las encrucijadas de la vida como el alivio necesario para que caminar por los senderos del Señor no sea una carga pesada ni una tarea abrumadora por no saber cómo abordarla.
Ante todo, las lecturas de hoy parten de nuestra situación después del pecado original, lo cual significa que toda buena obra que emprendamos se halla obstaculizada por los tres factores mencionados: el ambiente que nos rodea, el antiguo enemigo de nuestra salvación y nuestro propio egoísmo. Pero esta carrera de obstáculos se puede superar si, como proclaman tanto la profecía de Ezequiel como el Evangelio, nos aplicamos la corrección fraterna, que en el profeta Ezequiel se fija como tarea propia de profeta, pero que la Sagrada Escritura y la Iglesia han enseñado con toda claridad que somos un pueblo de profetas, sacerdotes y reyes. Todos somos partícipes de la función de la Cabeza que es Cristo, que al poseer por naturaleza la triple función de Profeta, Sacerdote y Rey no necesita ser investido como tal por autoridad humana y sin embargo acudió a Juan el Bautista para ofrecernos un modelo de obediencia, recibió el bautismo de penitencia del Bautista y ocupó su puesto, como uno más, en la fila de los pecadores. Todos los bautizados participamos de esa triple potestad y responsabilidad, pero también todos hemos de ser reconciliados con el Padre a través de una mediación humana, un sacerdote, como ha hecho el Papa Francisco a la vista de todos.
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Si nos remontamos en el Génesis a la amonestación de Dios a Caín, vemos el fondo de responsabilidad que nos afecta a todos: “¿Dónde está Abel, tu hermano?”. Caín trata de eludir su responsabilidad: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”. Ahí está la gran revelación desde las primerísimas páginas de la Biblia. No podemos escaparnos ante la misión que el Señor nos encomienda de ser custodios y protectores de nuestros hermanos, misión ante la que no nos deja indefensos ni ignorantes de cómo llevarla a cabo. Por san Pablo nos responde que hay un secreto que hace llevadero caminar por los senderos del Señor cuando dice: “todos los mandamientos se resumen en esta frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si temes errar el camino en medio de tantas opciones, limítate a amar al prójimo y no te equivocarás. Tenlo como centro de tu vida: un objetivo bien claro, sencillo, unificador en todas tus tareas y gratificante para ti mismo.
Jesús afina más su pedagogía en el Evangelio. La corrección fraterna ha de llevar un camino lleno de sabiduría, pues es el Creador del hombre quien nos enseña. Hay que hacer oración antes de dirigirse al hermano que obra mal, para evitar ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el que corrige y para abrir el corazón del hermano al propósito de enmienda. Si esta primera corrección confidencial no surte ningún efecto, hay que recurrir a dos testigos. Si ni aún así se corrige, se acude a la comunidad de hermanos en la fe. Muy diferente es lo que se suele hacer. Dentro de la Iglesia, enseguida se amenaza con pasarse al enemigo y acusar al presunto ofensor ante los tribunales civiles y los medios de comunicación, que persiguen por sistema a la Iglesia católica y a sus miembros. Fácilmente se pasa del santo propósito de corregir a contar la falta a todos e incluso a añadir ofensas a toda la Iglesia.
El Señor nos enseña que debemos ser celosos de la salvación de todos los hombres, que no podemos estar cómodamente instalados en nuestros intereses mientras peligra la salvación de un solo miembro del Cuerpo de Cristo. Cuántos que se dicen creyentes viven en pecado mortal como si no pasara nada, sin darle ninguna importancia, ni darse cuenta de que están con un pie en el abismo. Porque se ha perdido el sentido del pecado y por desgracia hemos olvidado que eso es poner en peligro temerario nuestra salvación.
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El Evangelio nos ofrece un remedio más general y eficaz a esas inquietudes apostólicas, para alcanzar con mayor amplitud este objetivo. Basta que dos cristianos se unan para suplicar al Señor por una necesidad para que el Señor acuda presto a socorrer lo que angustia a sus hijos, siempre que la petición sea conforme al querer de Dios. La oración unida al sacrificio, que llega incluso a la inmolación de la propia vida, tiene un poder insospechado para nuestras estrechas miras temporales. Esto requiere hacerlo al menos con consejo y mejor aún, bajo obediencia, pero no es solo para los santos, que también fueron mortales y pecadores. Hoy día apenas se predica de la penitencia y del dolor sufrido por amor al Señor y en reparación de los pecados propios y ajenos, cuando estamos más necesitados que nunca. El egoísmo ha crecido tan desmesuradamente que si Dios no nos concede una abundancia de gracias en orden a que haya almas que se ofrezcan generosamente para que Él disponga de sus vidas para esta causa de la conversión de los hombres, numerosos hermanos pueden perecer sin remedio por sus pecados. Encomendemos todo ello a Mª, Madre de los pecadores. Que así sea.
XXXVIII Semana de Estudios Gregorianos en el Valle de los Caídos
Entre el domingo 20 y el sábado 26 de agosto, se celebró en la Hospedería del Valle de los Caídos la XXXVIII Semana de Estudios Gregorianos, organizada por la Abadía benedictina de la Santa Cruz y la Asociación Internacional para el Canto Gregoriano – Asociación Hispana para el Estudio del Canto Gregoriano (AISGRE-AHisECGre). Este año se ha contado de un modo especial con Franz Karl Prassl como profesor invitado. Entre otros motivos dignos de destacar, ha sido profesor de canto gregoriano en la Universidad de Graz Art desde 1989 y presidente de la “Asociación Internacional para Himnología” de 1999 a 2011, así como profesor de gregoriano en el “Pontificio Istituto di Musica Sacra” de Roma. Tiene numerosas publicaciones sobre himnología, semiología gregoriana, liturgia e historia de la música religiosa, especialmente del siglo XII. También es fundador y director de “Grazer Choralschola”. Junto a él, han participado los habituales profesores del curso: los PP. José Ignacio González y Juan Pablo Rubio, ambos monjes de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos, y D. Juan Carlos Asensio; y como profesores colaboradores, los igualmente habituales D. Santos Carmelo Santamaría y D. Manuel Alberto Díaz-Blanco. No hay que olvidar a los grandes organizadores de la Semana: el P. Laurentino Sáenz de Buruaga y Dª Concepción Rodrigo. Como todos los años, los participantes han podido participar cantando en la Misa conventual de la Comunidad benedictina en la Basílica y en las Vísperas en la capilla del monasterio, además de disfrutar del paraje natural y de la paz del Valle. Hay que destacar la actuación muy apreciada del coro femenino en la Santa Misa.
Peregrinaciones al Valle de los Caídos en la primera quincena de agosto
El miércoles 2 de agosto, 15 consagradas del “Regnum Christi” asistieron a la Misa conventual en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y a continuación la visitaron; fueron recibidas por el P. Alfredo Maroto. Ese mismo día, también otras familias y grupos de peregrinos recibieron el saludo de la comunidad benedictina por medio de algunos de sus monjes. El sábado 5 de agosto asistió a la Misa conventual un grupo de 40 peregrinos de Francia y el domingo 6, Fiesta de la Transfiguración del Señor, lo hizo un grupo de unos 80 peregrinos de Portugal. Aparte de otros grupos después, cabe resaltar uno de 80 peregrinos de México el domingo 13, que celebró la Misa en la capilla de la Hospedería y a continuación visitó la Basílica y oró en ella, y otro más reducido de Tenerife el martes 15, solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora.
Domingo XXII del Tiempo Ordinario
Hermanos en el Señor: Las palabras que hemos escuchado en el evangelio son tan profundas que han conmovido a los creyentes de todos los tiempos. Y nosotros no queremos irnos de esta celebración sin que hallen el eco que se merecen en nuestro corazón. Las hemos escuchado muchas veces, pero la Palabra de Dios ilumina nuestra vida cada vez que se la escucha con deseo de poner la verdad que viene de Dios por encima de nuestras cavilaciones y de lo que sería la inconsistente postura de dejarse llevar por lo que dice la mayoría para no tener problemas.
Si las palabras de Jesús han conmocionado la conciencia de tantos discípulos suyos a lo largo de los siglos, seguramente a muchos habrá sorprendido una vez más haber escuchado este relato de la primera lectura que nos ha introducido en la intimidad del profeta Jeremías, el cual se veía seducido por el llamamiento divino, y confiesa que se dejó arrastrar por esa voz divina, sin duda por el atractivo incomparable del que es la Verdad y por el consuelo de Dios que se abaja de tal modo al nivel humano que llega hasta hacer al profeta partícipe de esa especie de angustia al no encontrar a casi nadie dispuesto: ‘¿a quién enviaré?, ¿quién irá en mi Nombre?’ En el caso de Jeremías le dice que ha sido elegido antes de que se formara en el vientre materno como profeta no sólo de Israel, sino de las naciones (1,5). El profeta Jeremías no podía sospechar que las palabras que Dios iba a poner en su boca comprendieran incluso esa gran prueba escatológica previa al establecimiento del Reinado de Dios en este mundo. En lo humano era lógico el temor de Jeremías. Pero a pesar de querer detener el ímpetu de las palabras que Dios ponía en su boca, y sabiendo que se jugaba su seguridad personal, su misión le sobrepasaba y no se podía callar. En este aspecto Jeremías venía a ser una imagen viva de la vivencia humana que iba a tener Jesús en su ministerio profético. No podía rebajar el mensaje divino, aunque a los hombres de todos los tiempos su lenguaje pareciese duro e intolerable para los oídos humanos.
Y así nos adentramos en el mensaje tan decisivo que nos sitúa nada menos que en la encrucijada en que se decide nuestra salvación o condenación eterna. Hermanos, un servidor de la palabra divina no puede edulcorarla por su cuenta, no puede quitarle aquello que tiene la sal que en su gusto tan ácido y chocante tomada en bruto, hay que administrarla tal cual, porque si no se la priva de su acción benéfica en las almas, que le hace al que así la toma expulsar la mediocridad, y le protege en la tentación de ajustarse a este mundo, como nos ha dicho san Pablo.
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Aunque sea impopular el hablar de la condenación eterna, e incluso blasfematorio en la corrección que nos quiere imponer la apostasía militante que impera en el ambiente, si no lo hiciésemos así los ministros de Dios: flaco servicio haríamos a su Palabra. Nos estaríamos predicando a nosotros mismos, buscaríamos el aplauso de los que ajustan su paso al criterio del príncipe de este mundo.
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Este mundo, hermanos, camina ciego a su perdición. Nos toca ir contra corriente. Esa es nuestra contribución inestimable a nuestros hermanos en el mundo, que no se detienen a pensar qué es eso del infierno. No meditan lo terrible que es una pena eterna: no en una cómoda cárcel moderna, sino penas insufribles en el cuerpo y en el espíritu por haber perdido el amor de Dios, que nos tenía envueltos en su solicitud amorosa aquí en la tierra y nunca lo habían valorado los que se han condenado.
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Jesús nos ha hablado con toda claridad de que si uno no toma su cruz y le sigue, por esa misma itinerario que lleva al Calvario, no es su discípulo y eso le conduce a la perdición. Si uno evita lo que resulta costoso a su sensibilidad: como puede ser aceptar las correcciones y ser humilde, no mostrando enfado y oposición al que le corrige, o evita el confesarse frecuentemente y cuando lo hace quita gravedad a sus pecados y los desfigura, porque no está suficientemente arrepentido, o porque no quiere sufrir la corrección que le tenga que hacer el confesor, o no quiere aceptar la cruz de sus limitaciones humanas en la enfermedad, o en la precariedad económica, o en sus deficiencias morales, entonces no es discípulo de Cristo: está como esperando que Dios haga un milagro con él: que le convierta en santo sin esfuerzo ninguno. Pero ¿sabéis cuál es el mayor milagro que Dios puede obrar en nosotros? El mayor milagro es la obediencia y la fidelidad a las palabras del Señor. Son muchas las formas de huir de la cruz en sus dimensiones de servicio y caridad al prójimo y no digamos en su vertiente de mortificación de nuestros impulsos pasionales con respecto a la lujuria, la sobriedad, la vanidad o el dominio de la lengua. La palabra de Dios a través del apóstol Santiago considera que un hombre es perfecto sólo por el dominio de la lengua. Pero recordemos, para resumir, que el medio más ordinario de progreso espiritual es el examen de conciencia diario de nuestros pecados, hecho, eso sí, a conciencia. Pidámosle al Señor ese milagro: que a través del examen de conciencia, de la meditación y contemplación de la palabra de Dios y de las correcciones que nos hagan personas con discernimiento, que no abundan, le seamos fieles.
La pregunta decisiva que ha movido a tantos a la conversión es esta: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” El hombre se marca a sí mismo objetivos ridículos, se encierra en mundos pequeños, porque no busca la verdad que viene de Dios. No quiere descubrir la grandeza del conocimiento que nos proporciona la Palabra de Dios, que es un conocimiento sobrenatural: el cual está muy por encima de los que nosotros podemos alcanzar con mucho esfuerzo por nuestras fuerzas y facultades humanas. Idolatramos nuestros pensamientos y supuestos descubrimientos: Tenemos que aprender a ser humildes y pequeños ante Dios para poder participar de su grandeza y de los tesoros de su ciencia y sabiduría. Dejémonos llevar de su mano cada día y en el silencio sea Él quien nos descubra y grabe en nuestro interior su camino que nos lleve a su mismo Corazón. En la oración colecta hemos expresado esto mismo al Señor: “infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre, (es decir, el amor a tu persona divina) y concédenos que al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves.”
Tenemos una tarea ingente de ayudar a que todos descubran la verdad. Este es el mayor apostolado, decirles: arrepiéntete o morirás en el fuego que no se extingue. No basta ni siquiera confesar los pecados de labios afuera; sin nuestras lágrimas y verdadero arrepentimiento nuestros pecados permanecen, aunque nos hayamos confesado de ellos. Solo el corazón arrepentido recibe la misericordia divina. El tiempo se acaba, el tiempo de vivir como si nada pasara, como si nada fuera a pasar después de estar ofendiendo a Dios tan bárbaramente por todas partes. ¿Dios se puede cruzar de brazos ante esta provocación pública a su santidad de autoridades y súbditos? Un arrepentimiento sincero mueve montañas, y el que merecía el infierno por sus pecados alcanza la misericordia divina y la corona de gloria. Pero tenemos que arrepentirnos de verdad para heredar el Reino de los cielos.
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Miremos a Jesús en la Cruz y no nos avergoncemos viéndole tan dolorido y ensangrentado, clamando por nuestro arrepentimiento y conversión. Comprendamos hasta dónde llega el amor más grande que existe, el único Amor perfecto: el del Padre que entrega a su Hijo para salvación del mundo. No nos podemos permitir mirar a otro lado y que los que nos rodean, familiares y amigos y compañeros de trabajo o de ocio, acaben en el infierno mientras nosotros deseamos ir al Cielo. Tenemos que trabajar por su salvación y pedir a Dios nos quite el miedo de amonestarlos seriamente para impedir su condenación eterna. Este es el mensaje de las lecturas de hoy, ¿estamos dispuestos a hacerlas vida en nosotros?
Estancia del Obispo de Alcalá en la Abadía
Como en los últimos años, también en 2017 nos ha honrado con su visita el Obispo de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla, que se ha alojado en el monasterio entre el jueves 20 y el domingo 23 de julio para tomar unos días de retiro y descanso. Los monjes benedictinos hemos podido compartir estos días con él y conversar en algunos momentos, a la vez que él ha participado en la vida de la comunidad.








