El viernes 23 de diciembre, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos ofreció un concierto de Navidad en la Casa de la Cultura de Fuensalida (Toledo), a las 19 h. Estaba organizado por el Ayuntamiento de la localidad y contó con la asistencia del Sr. Alcalde y de varios concejales y representantes de la corporación municipal, del Sr. Párroco y del P. Prior Administrador de nuestra Abadía benedictina. La primera parte, de canto gregoriano de Navidad y dos piezas monódicas actuales, fue dirigida por el P. Laurentino Sáenz de Buruaga. La segunda, de polifonía navideña, la dirigió D. Ignacio Muñoz, en ausencia de D. Raúl Neftalí Trincado, y al órgano estuvo Dª Valentina. También se contó con la colaboración de D. Cecilio Domínguez en varias funciones. Destacaron especialmente los solistas Adrián Gómez-Escalonilla, Manuel Núñez y Jesús Rodríguez, que junto con el coro y los directores y organista fueron intensamente aplaudidos y con el público puesto al final de pie para expresar su satisfacción. Hay que destacar, al igual que en el concierto del día anterior en El Escorial, el mérito de los escolanos: muchos, a pesar de querer ir, no pudieron cantar por encontrarse enfermos esa semana, y buena parte de los que acudieron al concierto lo hicieron con un sobreesfuerzo porque se estaban recuperando todavía; esto fue algo que el público valoró mucho.
Concierto de la Escolanía del Valle de los Caídos en El Escorial
El jueves 22 de diciembre, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos ofreció un concierto de Navidad en la Parroquia de San Bernabé, de la Leal Villa de El Escorial, a las 20 h. Estaba organizado por el Ayuntamiento de la localidad, con la colaboración de la citada Parroquia, y contó con la asistencia de la Sra. Concejala de Cultura y de otros representantes de la corporación municipal (el Sr. Alcalde, pese a su deseo, no pudo participar a última hora por motivos personales), del Sr. Párroco y del P. Prior Administrador de nuestra Abadía benedictina. Entre los asistentes, es digna de mencionar también la Escolanía del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, que honró con su presencia a la actuante. La primera parte, de canto gregoriano de Navidad y dos piezas monódicas actuales, fue dirigida por el P. Laurentino Sáenz de Buruaga. La segunda, de polifonía navideña, la dirigió D. Raúl Neftalí Trincado y al órgano estuvo Dª Valentina, con la colaboración también de D. Ignacio Muñoz en varias funciones. Destacaron especialmente los solistas Roger A. Sandoval, Manuel Núñez y Jesús Rodríguez, que junto con el coro y los directores y organista fueron intensamente aplaudidos y con el público puesto al final de pie para expresar su satisfacción. Hay que destacar, ante todo, el mérito de los escolanos, pues muchos, a pesar de querer ir, no pudieron cantar por encontrarse enfermos esa semana, y buena parte de los que acudieron al concierto lo hicieron con un sobreesfuerzo porque se estaban recuperando todavía; esto fue algo que el público valoró mucho. Lo mismo hay que decir de D. Raúl Trincado, que se encontraba enfermó y se esforzó en dirigir la polifonía.
Epifanía del Señor
Queridos hermanos:
La solemnidad de la Epifanía del Señor queda muchas veces en un segundo plano en su significado más profundo. La vivencia familiar y tradicional de la “fiesta de los Reyes Magos”, de indudable cuño cristiano y verdaderamente entrañable, realza la virtud moral de la generosidad y el compartir y transmitir alegría, sobre todo a los niños.
Pero, aun en su sentido cristiano, eso es en realidad el aspecto secundario de la solemnidad, pues lo que en este día propiamente celebra la Iglesia es la “Teofanía” o “Epifanía” del Señor, esto es, su manifestación a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres y no solamente a los judíos. El Niño que ha nacido en Belén es el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, y es el verdadero “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”; es realmente “Jesús”, el “Salvador” del mundo. Por eso, desde Jerusalén y Judea, donde la gloria del Señor ha amanecido, el profeta Isaías (Is 60,1-6) señala que esa luz ilumina ahora a la tierra que estaba cubierta de tinieblas y a los pueblos que caminaban en oscuridad. Es el misterio que San Pablo expone a los Efesios y que antes estaba reservado sólo a los judíos (Ef 3,2-3a.5-6): “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.
La Iglesia antigua celebraba juntos tres aspectos de esta Epifanía o Teofanía, como tres elementos de una misma manifestación del Dios Salvador a todos los hombres: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná. Todavía hoy la Iglesia, y muy singularmente los monjes, recordamos los tres hechos en el canto de una preciosa antífona de Laudes. En el Oriente cristiano se mantiene muy clara la conciencia de la vinculación de los tres aspectos y para la Iglesia de Etiopía es la gran fiesta del año litúrgico.
La adoración de los Magos, recogida por el relato de San Mateo (Mt 2,1-12), reviste un encanto que nos sigue cautivando y que ha calado a nivel popular. Nos encontramos ante unos hombres venidos de tierras lejanas de Oriente para adorar al Niño-Dios. No eran judíos, pero debían de conocer la Sagrada Biblia y las profecías que se referían al Mesías. Casi seguro eran sacerdotes de la religión de Persia reformada por Zoroastro o Zaratustra, como el nombre de “magos” refleja, seguidores de los libros sagrados del Avesta, adoradores de un dios cuasi-monoteísta ‒Ahura-Mazdah‒ y del fuego que lo representaba, y estudiosos de los astros a partir de los conocimientos de la antigua civilización mesopotámica. Es posible que alguno viniera de otras tierras, como Etiopía o Yemen y el sur de Arabia (las regiones de Saba), según las profecías y el origen geográfico de los regalos pudieran sugerir, aunque también los podían haber adquirido por su difusión comercial en el antiguo Oriente. Nada obsta a que además pudieran tener condición regia, como la tradición afirma conforme a las profecías mesiánicas, entre ellas la del salmo 71 que se ha cantado, pues en aquellos momentos el mundo persa vivía una situación de fragmentación en reinos de diverso tamaño y poder a raíz de la descomposición del antiguo Imperio desde su conquista por Alejandro Magno y algunos de ellos estaban gobernados por “magos”, por reyes-sacerdotes. Los historiadores incluso han identificado alguno de esos reyes con los nombres que la Tradición cristiana atribuye a los personajes del relato evangélico.
Aquellos hombres, dejándose llevar por la estrella que los guiaba, nos enseñan a buscar al único Salvador, rendirle culto y proclamarlo a todos. El mensaje de la Epifanía es un mensaje esperanzador, que nos anuncia la buena nueva de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. Cristo ha venido a salvarnos y debemos gozarnos de ello y transmitirlo a todos.
Las tradiciones añejas que giran en torno a la figura de estos Magos o Reyes Magos, sin que en realidad tenga mayor o menor importancia su fundamento histórico, apuntan en su simbolismo a ese sentido profundo de la Epifanía como manifestación de Dios a todos los pueblos: en el número de tres, sustentado sobre los tres regalos presentados al Niño Jesús (pues no se dice explícitamente en el Evangelio que los Magos fueran tres), se ha visto con frecuencia a las tres grandes razas humanas del Viejo Mundo (blanca, negra y amarilla) y las tres edades del hombre adulto (joven, mediana y anciana). Y esto, porque Jesucristo ha venido a salvar a todos los hombres y en todos se reconoce su dignidad. Con mayor fundamento exegético, la Tradición de la Iglesia ha comprendido que los tres regalos representan tres aspectos de la realidad de Jesucristo: el oro como Rey, el incienso como Dios y la mirra como Hombre verdadero (pues se trataba de un elemento de carácter funerario y, por tanto, profetizaba su muerte redentora).
En este día, encomendemos con los Magos la conversión de todos los pueblos y recordemos especialmente a los pueblos de Oriente, sobre todo a los cristianos que sufren una persecución angustiosa en aquellas regiones, asistiendo con frecuencia a la destrucción de sus iglesias y de sus casas y negocios, al asesinato de muchos de ellos (con frecuencia en una muerte martirial por una bomba en una iglesia, como ha sucedido aún hace poco en El Cairo), a la marginación y a la expulsión de sus lugares de residencia. Es nuestro deber orar por ellos y ayudarles en cuanto podamos, por ejemplo a través de la organización pontificia “Ayuda a la Iglesia Necesitada”.
Con María Santísima y con los santos Magos que la conocieron al adorar a su divino Hijo, seamos portadores del mensaje de la Epifanía, de la manifestación de Dios al mundo para anunciar la salvación a todos los pueblos.
Concierto de la Escolanía en la Basílica del Valle de los Caídos
Un año más, en esta ocasión el 17 de diciembre, la Escolanía del Valle de los Caídos ha amenizado la entrada en la última semana de Adviento camino hacia la Navidad 2016. Han estado acompañados por el grupo coral Nova Schola, conjunto formado hace unos años, por jóvenes entre 15 y 18 años, que decidieron seguir unidos coral y espiritualmente a la comunidad de monjes y a la Escolanía donde recibieron su educación cuando eran niños. Este año contamos con la asistencia del Excmo. y Rvdmo. Mons. Juan Antonio Martínez Camino, Obispo Auxiliar de Madrid, representante del Arzobispado de Madrid, S.E. Rvdma Metropolita Policarpo, Arzobispo Ortodoxo del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla en España y Portugal, Exarca del Mar Mediterráneo, el Rvdmo. Archimandrita Demetrio y otros representantes de los Patriarcados Ortodoxos de Constantinopla y Rumanía, el Sr. Delegado de Patrimonio Nacional D. Manuel Terrón Bermúdez, representantes del Muy Ilustre Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial y el Presidente de Televisión Regional de Castilla – La Mancha (que ha emitido el concierto posteriormente), quienes pudieron disfrutar como todos los asistentes de esta ya tradicional, pero como cada año única recepción y bienvenida de la Navidad. El concierto estuvo bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga en Gregoriano y D. Raúl Trincado en Polifonía, con Dª Valentina como pianista. Destacaron como solistas Roger A. Sandoval, Manuel Núñez y Jesús Rodríguez.
Recital en San José de Valderas (Alcorcón, Madrid)
El viernes 16 de diciembre, la Escolanía del Valle de los Caídos ofreció un concierto en San José de Valderas (Alcorcón, Madrid), bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga para el canto gregoriano y de D. Raúl Neftalí Trincado Dayne en la polifonía, y con D. Ignacio Muñoz al cargo del órgano; la mayor parte estuvo dedicada a villancicos, tanto dos monódicos (“Madre en la puerta hay un niño” y “Romance del ciego”), como otros polifónicos. Todo el coro recibió grandes aplausos y felicitaciones y es obligado destacar la actuación de los solistas: Roger A. Sandoval, Manuel Núñez y Jesús Rodríguez.
Misa de Navidad
Queridos hermanos:
Esta noche celebrábamos el nacimiento del Hijo de Dios como hombre verdadero, encarnado en el seno de la Santísima Virgen por obra del Espíritu Santo y nacido de Ella en Belén, conforme a las profecías mesiánicas referidas a Él. En esta noche santa, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre, se nos manifestaba como la luz que alumbra a todo hombre y que ilumina al pueblo que antes caminaba en tinieblas. Y ahora, en esta Misa del día de Navidad, después del misterio encantador de la noche del nacimiento en Belén, parece como si la propia claridad del día quisiera proponernos penetrar en la profundidad del misterio mismo del Verbo encarnado. Así, por lo menos, lo sugieren las lecturas que la Sagrada Liturgia nos propone.
Desde luego, el texto de la Carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura (Hb 1,1-6) es de una riqueza teológica indudable. Hemos podido escuchar que el Hijo de Dios es “el reflejo de su gloria” –de la gloria del Padre– e “impronta de su ser”, al que el Padre ha dicho: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”. El Padre sólo puede haber dicho esto a su Hijo unigénito, engendrado por Él eternamente, en ese “hoy” que es el “hoy” eterno. Al conocerse y amarse a Sí mismo, el Padre engendra eternamente una Imagen perfecta de Sí mismo, que es el Hijo, el Verbo. Por eso decimos en el Credo niceno-constantinopolitano, frente a la vieja herejía de Arrio, que Jesucristo es “engendrado, no creado”, y en la exactísima formulación griega y latina afirmamos que es “consubstancial” al Padre”, homoousios. También San Pablo dice en la Carta a los Colosenses que Jesucristo es “imagen del Dios invisible” (Col 1,15). Y en la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, la Sabiduría divina, identificada en la Tradición de la Iglesia con la persona del Verbo, es “una exhalación de la potencia de Dios y un limpio efluvio de la gloria del Todopoderoso”, “irradiación esplendorosa de la eterna luz y espejo inmaculado de la energía de Dios y una imagen de su bondad” (Sab 7,25-26).
Riquísimo es sin lugar a dudas asimismo el comienzo del Evangelio de San Juan que acabamos de escuchar (Jn 1,1-18). En él se nos presenta la realidad del Verbo de Dios, el Logos, la Palabra: el Hijo unigénito de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, existente desde el principio, coeterno con el Padre, que está junto a Dios, en el seno del Padre, y Él mismo es Dios.
Por el Verbo, como dice el evangelista, se hizo todo, pues Dios Padre ha obrado la Creación por la Palabra, por el Verbo. Así lo entendieron los Padres de la Iglesia cuando, al meditar y explicar el relato del Génesis sobre la Creación (Gn 1), observaron que Dios ordenaba la creación de los seres por medio de su Palabra, que es el mismo Hijo de Dios. Y esto, culminado además en la obra redentora, es lo que constituye a Jesucristo en el “primogénito de toda criatura”, como dice la Carta a los Colosenses, “porque en Él fueron creadas todas las cosas, celestes y terrestres, visibles e invisibles” (es decir, tanto los seres materiales y el hombre como los ángeles), y “todo fue credo por Él y para Él” (Col 1,15-17). Hasta tal punto la Creación depende de Él, que, como dice la misma carta, no sólo “Él es anterior a todo”, sino que “todo se mantiene en Él” (Col 1,18): es decir, Jesucristo, por el Espíritu Santo, sostiene la existencia y la vida del mundo. Y así será que, según se afirma en la Carta a los Efesios, en la plenitud de los tiempos y conforme a su plan eterno, Dios recapitulará e instaurará todas las cosas en Cristo, tanto las del cielo como las de la tierra (Ef 1,10).
Si maravilloso es todo esto, todavía lo es más, si cabe, considerar el modo en que el Verbo de Dios ha asumido la naturaleza humana, de tal modo que, sin dejar de ser verdadero Dios, es perfecto hombre y modelo del hombre nuevo, pues con ello nos ha abierto la vía de nuestra dignificación e incluso de nuestra deificación. Lo hemos rezado en la oración colecta de este día: “¡Oh Dios!, que de forma admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza y de un modo más admirable todavía elevaste su condición por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”. Esta realidad teológica está presente en el rito de la mezcla del agua y del vino por el sacerdote.
Como nos ha dicho San Juan en el Evangelio, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria y de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Jesucristo, el Verbo encarnado, ha venido a comunicarnos la vida divina por medio del Espíritu Santo, elevando nuestra dignidad para hacernos hijos de Dios (cf. Jn 1,12; Ef 1,5; 1Jn 3,1-2), para participar de la misma naturaleza y vida divinas, al decir de San Pedro en su definición de la gracia (cf. 2 Pe 1,4). Conforme al Magisterio de la Iglesia en los primeros concilios ecuménicos, el Hijo de Dios se encarnó por nosotros y en Él su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación. En Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable.
Hermanos: meditemos el misterio de Cristo en toda su profundidad y enamorémonos de Él, de tal modo que podamos llegar a decir con San Pablo: “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19), y por eso “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). Así lo vivieron muchos santos monjes, como el Beato Pablo Giustiniani, que afirmó: “Feliz el alma aniquilada en sí misma, convertida enteramente a Dios, que no vive más en sí, sino en Cristo, toda absorta en su amor. Más feliz aún el alma licuada al fuego del amor, aniquilada a sí misma y a Cristo, que no vive ni siquiera en Cristo, sino que vive sólo porque Cristo vive en ella”.
Que María Santísima nos lleve a contemplar estos misterios y a hacer nuestra vida una con la de Cristo. Para todos, Feliz Navidad.








