Un año más, en esta ocasión el 17 de diciembre, la Escolanía del Valle de los Caídos ha amenizado la entrada en la última semana de Adviento camino hacia la Navidad 2016. Han estado acompañados por el grupo coral Nova Schola, conjunto formado hace unos años, por jóvenes entre 15 y 18 años, que decidieron seguir unidos coral y espiritualmente a la comunidad de monjes y a la Escolanía donde recibieron su educación cuando eran niños. Este año contamos con la asistencia del Excmo. y Rvdmo. Mons. Juan Antonio Martínez Camino, Obispo Auxiliar de Madrid, representante del Arzobispado de Madrid, S.E. Rvdma Metropolita Policarpo, Arzobispo Ortodoxo del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla en España y Portugal, Exarca del Mar Mediterráneo, el Rvdmo. Archimandrita Demetrio y otros representantes de los Patriarcados Ortodoxos de Constantinopla y Rumanía, el Sr. Delegado de Patrimonio Nacional D. Manuel Terrón Bermúdez, representantes del Muy Ilustre Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial y el Presidente de Televisión Regional de Castilla – La Mancha (que ha emitido el concierto posteriormente), quienes pudieron disfrutar como todos los asistentes de esta ya tradicional, pero como cada año única recepción y bienvenida de la Navidad. El concierto estuvo bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga en Gregoriano y D. Raúl Trincado en Polifonía, con Dª Valentina como pianista. Destacaron como solistas Roger A. Sandoval, Manuel Núñez y Jesús Rodríguez.
Recital en San José de Valderas (Alcorcón, Madrid)
El viernes 16 de diciembre, la Escolanía del Valle de los Caídos ofreció un concierto en San José de Valderas (Alcorcón, Madrid), bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga para el canto gregoriano y de D. Raúl Neftalí Trincado Dayne en la polifonía, y con D. Ignacio Muñoz al cargo del órgano; la mayor parte estuvo dedicada a villancicos, tanto dos monódicos (“Madre en la puerta hay un niño” y “Romance del ciego”), como otros polifónicos. Todo el coro recibió grandes aplausos y felicitaciones y es obligado destacar la actuación de los solistas: Roger A. Sandoval, Manuel Núñez y Jesús Rodríguez.
Misa de Navidad
Queridos hermanos:
Esta noche celebrábamos el nacimiento del Hijo de Dios como hombre verdadero, encarnado en el seno de la Santísima Virgen por obra del Espíritu Santo y nacido de Ella en Belén, conforme a las profecías mesiánicas referidas a Él. En esta noche santa, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre, se nos manifestaba como la luz que alumbra a todo hombre y que ilumina al pueblo que antes caminaba en tinieblas. Y ahora, en esta Misa del día de Navidad, después del misterio encantador de la noche del nacimiento en Belén, parece como si la propia claridad del día quisiera proponernos penetrar en la profundidad del misterio mismo del Verbo encarnado. Así, por lo menos, lo sugieren las lecturas que la Sagrada Liturgia nos propone.
Desde luego, el texto de la Carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura (Hb 1,1-6) es de una riqueza teológica indudable. Hemos podido escuchar que el Hijo de Dios es “el reflejo de su gloria” –de la gloria del Padre– e “impronta de su ser”, al que el Padre ha dicho: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”. El Padre sólo puede haber dicho esto a su Hijo unigénito, engendrado por Él eternamente, en ese “hoy” que es el “hoy” eterno. Al conocerse y amarse a Sí mismo, el Padre engendra eternamente una Imagen perfecta de Sí mismo, que es el Hijo, el Verbo. Por eso decimos en el Credo niceno-constantinopolitano, frente a la vieja herejía de Arrio, que Jesucristo es “engendrado, no creado”, y en la exactísima formulación griega y latina afirmamos que es “consubstancial” al Padre”, homoousios. También San Pablo dice en la Carta a los Colosenses que Jesucristo es “imagen del Dios invisible” (Col 1,15). Y en la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, la Sabiduría divina, identificada en la Tradición de la Iglesia con la persona del Verbo, es “una exhalación de la potencia de Dios y un limpio efluvio de la gloria del Todopoderoso”, “irradiación esplendorosa de la eterna luz y espejo inmaculado de la energía de Dios y una imagen de su bondad” (Sab 7,25-26).
Riquísimo es sin lugar a dudas asimismo el comienzo del Evangelio de San Juan que acabamos de escuchar (Jn 1,1-18). En él se nos presenta la realidad del Verbo de Dios, el Logos, la Palabra: el Hijo unigénito de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, existente desde el principio, coeterno con el Padre, que está junto a Dios, en el seno del Padre, y Él mismo es Dios.
Por el Verbo, como dice el evangelista, se hizo todo, pues Dios Padre ha obrado la Creación por la Palabra, por el Verbo. Así lo entendieron los Padres de la Iglesia cuando, al meditar y explicar el relato del Génesis sobre la Creación (Gn 1), observaron que Dios ordenaba la creación de los seres por medio de su Palabra, que es el mismo Hijo de Dios. Y esto, culminado además en la obra redentora, es lo que constituye a Jesucristo en el “primogénito de toda criatura”, como dice la Carta a los Colosenses, “porque en Él fueron creadas todas las cosas, celestes y terrestres, visibles e invisibles” (es decir, tanto los seres materiales y el hombre como los ángeles), y “todo fue credo por Él y para Él” (Col 1,15-17). Hasta tal punto la Creación depende de Él, que, como dice la misma carta, no sólo “Él es anterior a todo”, sino que “todo se mantiene en Él” (Col 1,18): es decir, Jesucristo, por el Espíritu Santo, sostiene la existencia y la vida del mundo. Y así será que, según se afirma en la Carta a los Efesios, en la plenitud de los tiempos y conforme a su plan eterno, Dios recapitulará e instaurará todas las cosas en Cristo, tanto las del cielo como las de la tierra (Ef 1,10).
Si maravilloso es todo esto, todavía lo es más, si cabe, considerar el modo en que el Verbo de Dios ha asumido la naturaleza humana, de tal modo que, sin dejar de ser verdadero Dios, es perfecto hombre y modelo del hombre nuevo, pues con ello nos ha abierto la vía de nuestra dignificación e incluso de nuestra deificación. Lo hemos rezado en la oración colecta de este día: “¡Oh Dios!, que de forma admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza y de un modo más admirable todavía elevaste su condición por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”. Esta realidad teológica está presente en el rito de la mezcla del agua y del vino por el sacerdote.
Como nos ha dicho San Juan en el Evangelio, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria y de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Jesucristo, el Verbo encarnado, ha venido a comunicarnos la vida divina por medio del Espíritu Santo, elevando nuestra dignidad para hacernos hijos de Dios (cf. Jn 1,12; Ef 1,5; 1Jn 3,1-2), para participar de la misma naturaleza y vida divinas, al decir de San Pedro en su definición de la gracia (cf. 2 Pe 1,4). Conforme al Magisterio de la Iglesia en los primeros concilios ecuménicos, el Hijo de Dios se encarnó por nosotros y en Él su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación. En Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable.
Hermanos: meditemos el misterio de Cristo en toda su profundidad y enamorémonos de Él, de tal modo que podamos llegar a decir con San Pablo: “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19), y por eso “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). Así lo vivieron muchos santos monjes, como el Beato Pablo Giustiniani, que afirmó: “Feliz el alma aniquilada en sí misma, convertida enteramente a Dios, que no vive más en sí, sino en Cristo, toda absorta en su amor. Más feliz aún el alma licuada al fuego del amor, aniquilada a sí misma y a Cristo, que no vive ni siquiera en Cristo, sino que vive sólo porque Cristo vive en ella”.
Que María Santísima nos lleve a contemplar estos misterios y a hacer nuestra vida una con la de Cristo. Para todos, Feliz Navidad.
Misa del Gallo
Queridos hermanos:
Esta noche, como hemos rezado en la oración colecta después del canto del Gloria, es una “noche santa”, porque ha sido iluminada con el nacimiento de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación. Él es “la luz verdadera”, como también hemos recitado en la misma oración; es “la luz grande” que anunció el profeta Isaías, según hemos escuchado en la primera lectura (Is 9,2-7).
Jesucristo es la luz enviada por el Padre, “irradiación esplendorosa de su gloria”, según se nos dice en el libro de la Sabiduría y lo repite la Carta a los Hebreos (Sab 7,25; Heb 1,3). Por eso, “el pueblo que caminaba en tinieblas”, al decir de Isaías, ahora ha recibido la luz de Cristo para caminar sobre seguro: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). El pueblo de Israel aguardaba al Mesías, al Salvador, y Éste no es otro que Cristo. Nosotros también caminamos en tinieblas cuando olvidamos que sólo Cristo puede iluminar nuestra vida en este mundo; caminamos en tinieblas cuando ponemos nuestros objetivos y nuestros anhelos en otras cosas que excluyen a Cristo; caminamos en tinieblas cuando, ante los sufrimientos que nos pueden venir en la vida, no miramos a Cristo para encontrar en Él consuelo, aliento y esperanza. Sin Cristo caminamos en tinieblas; con Él, caminamos en la luz.
El mismo nacimiento de Cristo nos ofrece luz para muchas cosas en nuestra vida, como les sucedió a los pastores a los que el ángel anunció este acontecimiento, según hemos escuchado en el texto del Evangelio de San Lucas (Lc 2,1-14): a ellos, se ha dicho, “la gloria del Señor los envolvió de claridad”.
Primero, y ante todo, se nos ha manifestado que Él es el Salvador, el Mesías, el Señor. Y exactamente eso es lo que San Pablo expresa en la carta a Tito que hemos leído: es “el gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo” (Tt 2,11-14). Isaías le ha llamado “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”. Por eso, no busquemos otros redentores y salvadores; es inútil que procuremos encontrar fuera de nuestra fe católica las respuestas a las preguntas fundamentales que se hace el ser humano acerca de la vida y de la muerte; es absurdo sustituir a Jesucristo por un líder político, por una ideología, por el dinero o por cosas vanas que mañana ya no tienen ningún valor, ni siquiera material.
La segunda gran enseñanza del nacimiento de Cristo, de ese Mesías Salvador que es verdadero Rey y Señor, es la humildad, que es la virtud sobre la que pivota fundamentalmente la espiritualidad de la Regla de San Benito. Jesucristo ejerce su realeza y su señorío por su condición divina, pues como Dios es Señor de toda la Creación, pero nos ha dado ejemplo de cómo ejercerlo desde la humildad y el abajamiento, desde lo que en griego se denomina la kénosis. Él, siendo Dios, se ha abajado asumiendo la naturaleza humana para elevarnos a nosotros hacia Dios e introducirnos en la vida divina, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Todo un Dios eterno y omnipotente se ha hecho Hombre y ha nacido Niño por nosotros. En la noche que ahora celebramos, su abajamiento se nos presenta ante todo en su Infancia, en este hacerse Niño y en su nacimiento, no en un palacio, como correspondería al verdadero Rey que es Cristo, sino en un pobre pesebre, porque ni siquiera había sitio en la posada para Él (Lc 2,7).
Por lo tanto, y unida a la humildad, el nacimiento de Cristo también nos enseña el valor de la pobreza, virtud por la que San Francisco de Asís tenía una devoción singular. La pobreza, además de la pobreza de espíritu que es propiamente la humildad, significa sobre todo el desprendimiento de todo lo superfluo, de todo lo innecesario, de todo aquello que no necesitamos, de lo que nos ata a lo temporal y perecedero y nos impide volar libremente hacia las realidades celestiales y eternas, que son las más importantes y las que debemos esperar. En estos días de las fiestas navideñas, es muy importante no olvidar este valor de la pobreza rectamente entendida, ya que el consumismo que en estas fechas nos asalta nos hace olvidar fácilmente cuál es el verdadero objetivo de nuestra vida y nos hace olvidar también que hay pobres que necesitan de nuestra ayuda generosa.
En fin, entre otras muchas lecciones más, el nacimiento de Cristo nos ofrece además la enseñanza y la lección de la vida familiar: la Sagrada Familia, formada por María, José y el Niño Jesús es el modelo de toda familia cristiana, de un matrimonio que vive la fidelidad mutua, de una familia unida, de una familia que vive inmersa en el amor de Dios, de una familia que vive en espíritu de oración y trabajo, de una familia que rehúye lo superfluo, de una familia que ha sabido vivir la pobreza y la humildad.
Como todos los años, en esta noche quiero que tengamos un recuerdo para nuestros hermanos cristianos perseguidos, especialmente en Próximo Oriente. Su ejemplo nos alienta a quienes vivimos la fe tal vez más aletargados.
Que María, José y el Niño os concedan a todos una Feliz Navidad.
Conciertos de Nova Schola y Schola Antiqua en Madrid
En fechas recientes, con motivo de la Navidad, los dos coros nacidos de la Escolanía del Valle de los Caídos, es decir, la prestigiosa Schola Antiqua y la más reciente Nova Schola, han ofrecido algunos conciertos en Madrid. Los jóvenes de Nova Schola lo hicieron el sábado 10 de diciembre por la tarde en la Ermita de San Antonio de la Florida, bajo la dirección del P. Laurentino Sáenz de Buruaga para el canto gregoriano y de D. Raúl Neftalí Trincado Dayne en la polifonía, y con D. Ignacio Muñoz al cargo del órgano. Su actuación fue muy valorada por el público asistente. Por su parte, Schola Antiqua, bajo la dirección de D. Juan Carlos Asensio, dio su tradicional concierto navideño en la Iglesia del Monasterio benedictino de Nuestra Señora de Montserrat de Madrid, de la calle de San Bernardo, donde este coro realiza habitualmente sus ensayos. Para la primera mitad del año 2017, Schola Antiqua tiene previstas varias actuaciones, siendo algunas de ellas en Polonia y Hungría.
Profesión jubilar de Fr. Julio Iglesias
El sábado 10 de diciembre, fiesta de Nuestra Señora de Loreto (y memoria también de Santa Eulalia de Mérida), Fr. Julio Iglesias Grande hizo la profesión jubilar de los cincuenta años de sus votos monásticos, renovándolos ante el P. Prior Administrador de la Abadía, que celebró la Santa Misa conventual. Fr. Julio se vio acompañado este día de varios familiares y amigos, algunos de ellos venidos incluso desde lejos, que compartieron la alegría del acontecimiento. Desde hace ya muchos años, viene ejerciendo el cargo de sacristán de la Basílica de la Santa Cruz, al que añade otros más y los que ha cumplido en tiempos anteriores en la Abadía, en la Escolanía y en la Hospedería interna.








