Como todos los años (en esta ocasión fue el miércoles 20 de abril), varios agentes de la Guardia Civil impartieron a los niños de la Escolanía unas conferencias encuadradas dentro del “Plan Director” del Ministerio de Interior. Este año versaron sobre los riesgos y el uso adecuado de las redes sociales e internet. Un agente ofreció una para los escolanos de Secundaria y otro adaptó otra a los de Primaria. Los chicos quedaron muy contentos y al final cantaron a los guardias civiles en agradecimiento por lo aprendido.
Se defiende una tesis doctoral sobre el Beato Cardenal Schuster, OSB
El próximo día 24 de mayo tendrá lugar en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (Pamplona) la defensa de la tesis doctoral titulada “La iniciación cristiana en la enseñanza del beato Ildefonso Schuster (1880-1954)”, presentada por D. Rubén Mestre. El P. Juan Pablo Rubio formará parte del tribunal académico, donde estará también el profesor Alfonso Berlanga, amigo de nuestra comunidad y director de la investigación. El Cardenal Schuster fue monje y abad del monasterio de San Pablo Extramuros de Roma y desde 1929 arzobispo de la iglesia de Milán. Se le reconoce, además, como uno de las figuras ilustres del Movimiento de renovación litúrgica iniciado en la abadía de Solesmes. Su vida fue un modelo de oración intensa y entrega generosa en su ministerio pastoral.
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Una réplica del Valle de los Caídos en Filipinas
La Colina del Valor (Shrine of Valor), situada en el monte Samat, en la Península de Bataán, en Filipinas, es el monumento construido en recuerdo y oración por los Caídos en la II Guerra Mundial. Recuerda la “Marcha de la muerte de Bataán”, en la que se procedió al traslado forzoso de alrededor de 76.000 prisioneros de guerra estadounidenses y filipinos en marzo de 1942, desde el extremo sur de Bataán hasta los campos de concentración japoneses. La marcha se caracterizó por una serie de abusos físicos y matanzas que ocasionaron la muerte de varios miles de prisioneros, tanto civiles como militares. El monumento fue construido tomando como modelo la cruz monumental del Valle de los Caídos.
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Pentecostés
Queridos hermanos:
La solemnidad de Pentecostés, conocida a veces antiguamente como “Pascua del Espíritu Santo”, nos lleva a recordar y celebrar de un modo especial lo que sucedió a los cincuenta días de la Resurrección de Jesucristo, según hemos escuchado en la lectura de los Hechos de los apóstoles (Hch 2,1-11): el momento en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, infundiéndoles luz y fuerza para anunciar al mundo entero sus enseñanzas y su salvación. En ese momento, la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, estaba con ellos.
Jesús se lo había prometido a los apóstoles en el discurso de despedida antes de sufrir la Pasión: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. […] Mora en vosotros y está en vosotros” (Jn 14,16-17). “El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,26). Él haría posible que los apóstoles dieran testimonio de Cristo (Jn 15,26-27).
Por lo tanto, el Espíritu Santo acompaña, sostiene y alienta a la Iglesia en su caminar en el tiempo que va de la Ascensión de Jesucristo a los cielos hasta la Parusía, su segunda venida gloriosa al final de los tiempos. El Espíritu Santo es quien vivifica y santifica la Iglesia como enviado del Padre y del Hijo (cf. Jn 15,26). Por eso, como ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios, Él suscita la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b-7.12-13). En la aparición recogida en el Evangelio de hoy (Jn 20,19-23), Jesús concedió ya el Espíritu Santo a los Apóstoles, pero no lo recibirían en plenitud hasta el día de Pentecostés.
Según profesaremos al rezar el Credo, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Como sabemos, es la tercera persona de la Santísima Trinidad; es el Amor que une al Padre y al Hijo; es el Don, el regalo que ellos nos hacen, que nos dan, para que nos llene de vida y de santidad. Es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre. Por eso el Espíritu Santo recibe todos esos nombres, como se reconoce en los bellísimos himnos a Él dedicados y en la secuencia que se ha cantado antes del aleluya.
Lamentablemente, nuestra devoción al Espíritu Santo suele ser muy tenue, muy escasa, y en ocasiones incluso nula. Parece que nos resulta la persona más desconocida de la Santísima Trinidad, la más lejana, la más abstracta. Y sin embargo, Él es quien hace posible, no sólo la vida y la santidad de la Iglesia, sino la propia vida espiritual y la santificación de cada creyente. Como nos enseña San Pablo en la carta a los Romanos, por el Espíritu Santo recibimos la adopción filial de Dios, somos hechos hijos adoptivos de Dios en su Hijo unigénito, que es Jesucristo (Rm 8,14-17).
El Espíritu Santo, según hemos dicho recordando las palabras de Jesús, mora en nosotros y está en nosotros (cf. Jn 14,17). ¿Cuándo sucede esto? Cuando nos encontramos limpios de pecado mortal (pues existe un pecado de muerte, como nos recuerda la primera carta de San Juan: cf. 1Jn 5,16-17); cuando nos hallamos en estado de gracia, el Espíritu Santo habita en nuestra alma. Y no sólo Él, sino que Él hace posible que habite en nuestra alma la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el mismo Espíritu Santo. Jesús lo anunció también a los apóstoles: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).
Ésta es la inhabitación trinitaria en el alma, que es fuente inmensa de vida espiritual para el cristiano consciente de tal maravilla, pues de ella extrae una riquísima vida interior de unión con Dios, como la vivieron en su comunidad contemplativa la Beata carmelita Isabel de la Trinidad y en su vida seglar la oblata benedictina Ítala Mela. Y por eso, como se ha cantado en la secuencia antes del aleluya, llamamos al Espíritu Santo “dulce huésped del alma”. Él nos concede sus siete dones para que seamos dóciles a sus inspiraciones, elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él: son los dones de sabiduría, de inteligencia o entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios. Y también nos concede sus doce frutos para la vida espiritual.
En fin, puesto que el Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, pidámosle por la Iglesia, encomendemos al Papa, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a todos los fieles. Con frecuencia nos resulta más fácil criticar la Iglesia y criticar a otros. Pero, ¿rezamos por estas intenciones? ¿Rezamos por los que detentan responsabilidades, para que no se equivoquen en su gestión? Nuestras críticas forman parte de eso que el Papa llama con razón “la lengua que mata”. A veces justificamos nuestras críticas diciendo que son “constructivas”, pero en realidad son sólo destructivas y, si además caen en la difamación y en la calumnia, podemos estar al borde de incurrir en pecado mortal, si no es que caemos de lleno. En vez de tanto criticar, oremos, pues la murmuración deja en un estado de amargura, mientras que en la oración siempre encontramos paz.
Nuestra Señora del Valle
Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de Santa María de El Paular, Santa María de El Parral y Santa Cruz del Valle de los Caídos, hermanos todos en el Señor:
Un año más, los monjes de las tres mencionadas comunidades próximas nos reunimos fraternalmente para celebrar esta memoria de Nuestra Señora del Valle, la fiesta de la Santísima Virgen como Patrona de este santuario enclavado en el centro de España como lugar de oración y de culto, de paz y de encuentro con Dios. María nos abraza a las tres comunidades como Patrona de todas y de cada una de ellas y nos abraza a todos los discípulos de Cristo, señalándonos cómo debemos buscar, seguir e imitar a su divino Hijo, a quien, como nos exhorta San Benito, nada debemos anteponer, y a quien, como nos enseña San Jerónimo, debemos conocer leyendo con amor la Sagrada Escritura.
En este año de la Misericordia, el abrazo de María a estos sus hijos espirituales, que somos los miembros de la Iglesia, se intensifica como Madre de Misericordia. Por eso los cristianos la invocamos con amor, devoción y respeto, con fe y esperanza, confiando en la fuerza poderosa de su intercesión ante Dios en nuestro favor.
María es la más perfecta, la más excelsa y la más hermosa de todas las criaturas salidas de las manos de Dios. Más aún: siendo por naturaleza inferior a los ángeles, ha sido sin embargo elevada por Él a la dignidad de Reina de los Ángeles. A Ella la honran y sirven estas criaturas espirituales por ser la Madre del Verbo encarnado, a quien contemplan y alaban. La razón de esta singular dignidad y excelsitud de María radica en que, desde la eternidad, Dios la eligió amorosamente para ser la Madre de su Hijo. Por lo tanto, la Maternidad divina es la raíz de todos los otros privilegios y gracias con que Dios la ha ennoblecido. En verdad, María no es únicamente Madre de Jesús-hombre, sino Madre de Jesucristo entero, verdadero Dios y verdadero Hombre, como en su momento sentenció de manera bien clara el Concilio de Éfeso.
La estrechísima unión existente entre María y su Hijo ha llegado hasta tal punto que Él la asoció a su obra redentora: por su fiat en la Anunciación nos llegó el Salvador, luego lo crio y lo cuidó amorosamente, más tarde lo acompañó muchas veces y finalmente unió su dolor al suyo en la Pasión, sufriendo una verdadera “Compasión”, es decir, “padeciendo con” Cristo. Por eso es la primera Colaboradora a la obra de la redención y con acierto el papa Pío XI no dudó en denominarla “Corredentora”.
Tan asociada estuvo a su Hijo, que Éste nos la quiso dejar por Madre a la Iglesia y a todos los hombres desde la Cruz, cuando se la encomendó a San Juan Evangelista y a él se lo entregó como hijo. De aquí nace la Maternidad espiritual de María, que Ella ejerce como Abogada y Medianera de todas las gracias desde el Cielo. Y de esta Maternidad espiritual procede el que los hombres la invoquemos como particular Patrona en las naciones, en las regiones, en las poblaciones, en los barrios, en los monasterios, en las asociaciones piadosas, en las cofradías, en diversas entidades e instalaciones religiosas, civiles y militares, etc.
Los monjes del Valle hemos comprobado muchas veces la protección de María: en momentos turbulentos y en situaciones adversas, el recurso a Ella ha detenido la mano amenazante, ha paralizado el mal que se cernía, ha disuelto misteriosamente el peligro inminente. Su manto maternal ha cubierto nuestras vidas y ha protegido a nuestro monasterio y al Valle del ataque de la vieja serpiente. No deberíamos olvidar la lección, sino aprenderla y recordar que, asistiendo a María, mirando e invocando a la Estrella que es María –como exhortaba San Bernardo– podremos salir adelante en todas las dificultades personales y comunitarias, internas y externas.
Que la “llena de gracia” nos alcance de su divino Hijo a los monjes de las tres comunidades hermanas las gracias necesarias para nuestra salvación y la gracia de vivir santamente y con fidelidad nuestra vida monástica, como monjes de Cristo y de Santa María. Y que Ella alcance también a todos los fieles la santidad en su estado de vida.
Conciertos de la Escolanía en abril
El sábado 9 de abril la Escolanía de la Santa Cruz ofreció un concierto con repertorio de Semana Santa y Pascua en la Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares (Madrid), cuyo superior es antiguo escolán. Por su parte, el sábado 16 de abril el escenario de la actuación de la Escolanía fue La Granja (Segovia). En ambas ocasiones el P. Laurentino Sáenz de Buruaga dirigió el canto gregoriano y D. Ignacio Muñoz la polifonía. El acompañamiento de órgano estuvo a cargo de D. José Manuel Martín Delgado.








