El pasado lunes 8 de febrero recibimos un grupo de unos 20 jóvenes de posconfirmación provenientes de la parroquia de Valmojado (Toledo), que vinieron acompañados de su párroco para tener una jornada de convivencia y oración. Los días 15 y 16 se alojaron en la Hospedería externa 120 peregrinos venidos de Francia, de camino a Fátima, guiados por religiosos de los Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús. En nuestra Basílica dedicaron a la oración la mañana del martes. Esa misma semana, el miércoles 17 de febrero: participaron en la Misa conventual en la Basílica alumnos de 2º de ESO del Colegio Monte Tabor de Pozuelo de Alarcón (Madrid), con el capellán y varios profesores. Fueron atendidos por el P. Alfredo Maroto y, más tarde, rezaron el Vía Crucis en la explanada de la Basílica.
II Domingo de Cuaresma
Queridos hermanos: el relato de la transfiguración del Señor no fue un bello sueño de los apóstoles con su maestro: poco antes de su muerte, sabiendo el escándalo que suponía para sus discípulos su ignominiosa muerte en cruz y las burlas y desprecios que habían de preceder a la misma, quiso ayudarles a creer con el testimonio de tres de ellos una vez que todo hubiese sucedido. Pedro, Juan y Santiago se encargarían de transmitirles un suceso inaudito que les había de confortar. El tesoro que se esconde en la transfiguración es la voz del Padre que nos dice que su Hijo es su palabra y que escucharle a Él es la mayor luz a la que podemos aspirar. Esa luz no solo ilumina, sino que además llena de paz, hace sentir en el cuerpo un bienestar y quietud que no procede de la sensibilidad, sino del espíritu.
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Abraham recibió una promesa que le llenaba de alegría, pero era tan grande que le costaba creerla y por eso preguntaba al Señor cómo saber si era verdad. Pedía al Señor que le ayudara a creer, pues le era muy difícil perseverar en la fe. El Señor le da una señal: los animales sacrificados puestos en unas piedras arden por la noche sin intervención humana. Estos milagros, que quedaron escritos y los creemos, no surten el mismo efecto que para los que fueron testigos, pero no somos por eso menos afortunados, porque el Señor está dispuesto a darnos otros signos de su amor.
Queridos hermanos: durante el año de la misericordia convocado por el Papa Francisco, tenemos una gran oportunidad de experimentar las maravillas que se encuentran en ese océano sin fondo de la misericordia divina, a través sobre todo del sacramento de la reconciliación o penitencia. Quizás hace tiempo que no te confiesas, pues a todos nos cuesta. Pero es necesario, una vez más, que hagas la prueba y que renueves tu experiencia de otras veces. Si no te contentas con una confesión de cumplimiento, si estás dispuesto a llegar al fondo, entonces no solo has de hacer un buen examen de conciencia, sino que debes disipar todas esas dudas de si te confesaste bien en ocasiones pasadas, para que no quede nada oculto en tu pasado. Por vergüenza quizá lo dijiste a medias tintas y no confesaste el pecado en toda su crudeza.
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Tu enfermedad espiritual quizá sea distinta: decir el pecado tal cual es, pero sin un firme y sincero propósito de quitar de raíz el obstáculo que hace que caigas una y otra vez para alejar de tu vida la ocasión de pecado. A veces basta cambiar el uso que das a algo: por ejemplo necesitas internet para trabajar. Pero si lo usas para tu “diversión” y acabas cayendo en la perversión, esa renuncia es dolorosa pero necesaria, para recuperar tu paz interior por vivir en gracia.
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Queridos hermanos: podemos experimentar un milagro en nuestro interior con una confesión en la que haya un antes y un después o una confesión regular que nos evite caer en pecado grave. Este milagro interior no es el que pudiste vivir cuando te confesaste después de mucho tiempo, sino el propósito firme de vivir en gracia, para poder comulgar regularmente todos los domingos o incluso todos los días, si haces el esfuerzo heroico de asistir diariamente a la S. Misa. Es una lucha titánica, porque supone confesarte a menudo, pero si quieres experimentar en tu interior algo de lo que sucedió en la transfiguración, estate seguro de que el precio a pagar está a tu alcance. No es solo para los santos, sino para cualquiera que esté dispuesto a entregarse al Señor y a tomarse la molestia de acudir a los sacramentos con regularidad y sinceridad. No importa que hayamos cometido muchos pecados o que llevemos todavía más años sin confesarnos: Él lo puede todo.
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Queridos hermanos: ¡Hagamos la prueba! El Señor está deseando que pongamos a prueba su misericordia. En eso precisamente consiste este año de la misericordia: Dios nos llama a salir del pecado. Es un llamamiento desgarrador, porque el mundo ha dado la espalda a Dios, quiere caminar como si Él no existiera. Para no sucumbir a esa frecuente tentación, necesitamos continuamente alimentar nuestra fe, acudir a la fuente de gracia, quitar los obstáculos que se oponen a ella, poner barreras al pecado y a todo lo que nos lleva a él. ¿Podremos oír hoy la voz del Señor, como dice el salmo 94? No endurezcamos nuestro corazón; que esta eucaristía lo ablande para que saquemos de una vez la espina que habíamos clavado en su sagrado corazón.
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Encomendemos todo esto a Ntra. Sra. del Valle. Que así sea.
Formación para los escolanes sobre el uso del agua
El martes 2 de febrero los escolanes del Valle de los Caídos han recibido unas charlas de formación, específicas para alumnos de Primaria y Secundaria, por parte de miembros del Canal de Isabel II. En ellas se explican temas relacionados con el uso del agua, el ahorro, la cloración y los procesos de depuración, etc. A través de una presentación de power point y con un pequeño taller-laboratorio de muestra se ofrece una formación adaptada a los niños acerca de la necesidad de un uso racional y adecuado del agua, íntimamente unido al cuidado del entorno natural. En años anteriores, se había organizado alguna actividad de este carácter con la visita de los alumnos de Secundaria a la depuradora del municipio de Guadarrama.
Miércoles de ceniza
Queridos hermanos:
El tiempo de Cuaresma al que hoy damos inicio es, ante todo, un período de profunda conversión, según se nos ha exhortado en la lectura del profeta Joel: “Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas” (Jl 2,12-13).
En estas palabras, así como en el salmo “Miserere” (Sal 50) que se ha cantado, se descubre la realidad de la Misericordia divina, en la que el Papa Francisco ha querido incidir de un modo especial proclamando un año jubilar con este motivo. Nuestro Dios, el único Dios verdadero, es un Dios cuya entraña íntima es el amor, según lo proclama San Juan (1Jn 4,8.16). La vida de Dios es una vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Por ese amor infinito ha querido comunicar el ser y el amor llevando a cabo la obra de la Creación y restaurándola por medio de la Redención. Ciertamente, la Redención realizada por Jesucristo es la expresión máxima del amor y la misericordia de Dios por el hombre: al ver al hombre caído por el pecado original, el Dios que es amor y misericordia nos ha enviado a su Hijo para hacerse hombre –según hemos celebrado recientemente en la Navidad– y para salvarnos muriendo en la Cruz y resucitando gloriosamente, como celebraremos en la Semana Santa y el Tiempo Pascual, hacia el cual apunta la Cuaresma.
Dios está siempre dispuesto a perdonarnos, pero exige de nosotros solamente una cosa: el arrepentimiento y el espíritu de conversión; sólo nos pide un corazón contrito y humillado, con propósito de la enmienda para cambiar de vida. Dios respeta nuestra libertad: por eso pide nuestro arrepentimiento, pero no lo fuerza. Si nosotros, por soberbia y orgullo, nos resistimos, no nos arrepentimos de nuestros pecados y no queremos convertirnos de verdad, la misericordia de Dios no puede actuar en nosotros. Somos nosotros mismos los que nos condenamos al cerrarnos a su acción salvadora, igual que el enfermo que se niega a ser curado.
Por eso la Cuaresma, como nos ha advertido apóstol San Pablo en la segunda carta a los Corintios, es “tiempo de gracia” y “día de salvación” (2Cor 6,2). Aprovechémosla para reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de ellos y volvernos hacia Dios, con el propósito firme y veraz de cambiar (no valen las promesas vacías ni las simples palabras externas).
Y todo esto hace que, frente a esa imagen negativa y oscura que con frecuencia se tiene de la Cuaresma, sea en realidad un tiempo que apunta a la alegría de la salvación: de hecho, habrá de culminar en la Pascua. El carácter penitencial es inherente a la Cuaresma y debe reafirmarse sin temor, pero en no pocas ocasiones será necesario explicar con nitidez el espíritu con que se deben afrontar las prácticas penitenciales. Ante todo, la penitencia se hace con miras a la obtención de un gran fin: la conversión interior del corazón y el retorno del pecador al cobijo misericordioso de Dios.
Esto es lo que hemos podido observar al escuchar las palabras de Jesús en el texto del Evangelio que la liturgia nos propone para este día: Él, que pasó cuarenta días con sus cuarenta noches de rigurosa penitencia en el desierto antes de iniciar su vida pública, nos anima a entregarnos a la oración, al ayuno y a la limosna, debiendo hacerlo no de un modo hipócrita con el que pretendamos alcanzar las alabanzas humanas que nos hagan tener fama de hombres piadosos, sino desde la intimidad del corazón, donde nuestra oración, nuestro ayuno y nuestra limosna serán conocidos y recompensados por Dios (Mt 6,1-8.16-18). Más aún, Jesús nos dice que debemos vivir nuestras prácticas piadosas, penitenciales y caritativas con alegría: “Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido” (Mt 6,18).
También San Benito nos anima a los monjes a vivir la Cuaresma con espíritu alegre, hablándonos de estos “días santos” en los que nuestros ofrecimientos deben hacerse “con gozo del Espíritu Santo”, “lleno de anhelo espiritual” a la espera de “la santa Pascua” (RB 49).
Que María Santísima nos ayude a vivir la Santa Cuaresma con estas actitudes para imitar a su divino Hijo y poder unirnos a Él.
III Ciclo de Liturgia dedicado a la Palabra de Dios en la celebración litúrgica
La Abadía de la Santa Cruz ha anunciado ya la celebración del III Ciclo de Liturgia, que este año está dedicado a la Palabra de Dios y su relevancia en la celebración litúrgica. El motivo es el inicio de la renovación de los leccionarios en lengua española. Tendrá lugar entre abril y junio de 2016. La apertura correrá a cargo de D. Manuel Fanjul García, quien presentará los nuevos Leccionarios de la Palabra de Dios (3 de abril). Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche abordará los “Signos litúrgicos que acompañan la proclamación de la Palabra de Dios en las celebraciones de la Iglesia” (17 de abril). A continuación, el P. Juan Pablo Rubio Sadia, OSB, disertará sobre “El canto gregoriano, intérprete de la Palabra de Dios en la Liturgia” (22 de mayo). El punto final lo pondrá el profesor D. José Antonio Goñi Beásoain de Paulorena, con una conferencia titulada “Liturgia de la Palabra y Liturgia de la vida” (5 de junio). Animamos a asistir a este ciclo formativo a todos aquellos que deseen profundizar en la importancia de la Liturgia como marco privilegiado para leer y comprender la Palabra de Dios. Las conferencias se celebrarán en la Hospedería externa y el acceso será libre.
Retiros espirituales animados por los monjes benedictinos
A partir de este mes de febrero comienzan, en la Hospedería externa, una serie de cuatro tandas de retiros espirituales, abiertas tanto a sacerdotes y religiosos/as como a seglares. El P. José Ignacio González dirigirá la tanda de febrero (días 12-14); el P. Juan Pablo Rubio, la de mayo (27-29); el P. Alfredo Maroto, la de junio (24-26); y el P. Santiago Cantera, la de julio (22-25). Durante esos días los ejercitantes tendrán la oportunidad de participar en las celebraciones litúrgicas de la comunidad monástica. Se trata de una oferta que quiere fomentar la interioridad, el discernimiento, la formación espiritual en un marco litúrgico que permite, al mismo tiempo, disfrutar de un magnífico entorno natural.








