La Abadía de la Santa Cruz ha anunciado ya la celebración del III Ciclo de Liturgia, que este año está dedicado a la Palabra de Dios y su relevancia en la celebración litúrgica. El motivo es el inicio de la renovación de los leccionarios en lengua española. Tendrá lugar entre abril y junio de 2016. La apertura correrá a cargo de D. Manuel Fanjul García, quien presentará los nuevos Leccionarios de la Palabra de Dios (3 de abril). Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche abordará los “Signos litúrgicos que acompañan la proclamación de la Palabra de Dios en las celebraciones de la Iglesia” (17 de abril). A continuación, el P. Juan Pablo Rubio Sadia, OSB, disertará sobre “El canto gregoriano, intérprete de la Palabra de Dios en la Liturgia” (22 de mayo). El punto final lo pondrá el profesor D. José Antonio Goñi Beásoain de Paulorena, con una conferencia titulada “Liturgia de la Palabra y Liturgia de la vida” (5 de junio). Animamos a asistir a este ciclo formativo a todos aquellos que deseen profundizar en la importancia de la Liturgia como marco privilegiado para leer y comprender la Palabra de Dios. Las conferencias se celebrarán en la Hospedería externa y el acceso será libre.
Miércoles de ceniza
Queridos hermanos:
El tiempo de Cuaresma al que hoy damos inicio es, ante todo, un período de profunda conversión, según se nos ha exhortado en la lectura del profeta Joel: “Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas” (Jl 2,12-13).
En estas palabras, así como en el salmo “Miserere” (Sal 50) que se ha cantado, se descubre la realidad de la Misericordia divina, en la que el Papa Francisco ha querido incidir de un modo especial proclamando un año jubilar con este motivo. Nuestro Dios, el único Dios verdadero, es un Dios cuya entraña íntima es el amor, según lo proclama San Juan (1Jn 4,8.16). La vida de Dios es una vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Por ese amor infinito ha querido comunicar el ser y el amor llevando a cabo la obra de la Creación y restaurándola por medio de la Redención. Ciertamente, la Redención realizada por Jesucristo es la expresión máxima del amor y la misericordia de Dios por el hombre: al ver al hombre caído por el pecado original, el Dios que es amor y misericordia nos ha enviado a su Hijo para hacerse hombre –según hemos celebrado recientemente en la Navidad– y para salvarnos muriendo en la Cruz y resucitando gloriosamente, como celebraremos en la Semana Santa y el Tiempo Pascual, hacia el cual apunta la Cuaresma.
Dios está siempre dispuesto a perdonarnos, pero exige de nosotros solamente una cosa: el arrepentimiento y el espíritu de conversión; sólo nos pide un corazón contrito y humillado, con propósito de la enmienda para cambiar de vida. Dios respeta nuestra libertad: por eso pide nuestro arrepentimiento, pero no lo fuerza. Si nosotros, por soberbia y orgullo, nos resistimos, no nos arrepentimos de nuestros pecados y no queremos convertirnos de verdad, la misericordia de Dios no puede actuar en nosotros. Somos nosotros mismos los que nos condenamos al cerrarnos a su acción salvadora, igual que el enfermo que se niega a ser curado.
Por eso la Cuaresma, como nos ha advertido apóstol San Pablo en la segunda carta a los Corintios, es “tiempo de gracia” y “día de salvación” (2Cor 6,2). Aprovechémosla para reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de ellos y volvernos hacia Dios, con el propósito firme y veraz de cambiar (no valen las promesas vacías ni las simples palabras externas).
Y todo esto hace que, frente a esa imagen negativa y oscura que con frecuencia se tiene de la Cuaresma, sea en realidad un tiempo que apunta a la alegría de la salvación: de hecho, habrá de culminar en la Pascua. El carácter penitencial es inherente a la Cuaresma y debe reafirmarse sin temor, pero en no pocas ocasiones será necesario explicar con nitidez el espíritu con que se deben afrontar las prácticas penitenciales. Ante todo, la penitencia se hace con miras a la obtención de un gran fin: la conversión interior del corazón y el retorno del pecador al cobijo misericordioso de Dios.
Esto es lo que hemos podido observar al escuchar las palabras de Jesús en el texto del Evangelio que la liturgia nos propone para este día: Él, que pasó cuarenta días con sus cuarenta noches de rigurosa penitencia en el desierto antes de iniciar su vida pública, nos anima a entregarnos a la oración, al ayuno y a la limosna, debiendo hacerlo no de un modo hipócrita con el que pretendamos alcanzar las alabanzas humanas que nos hagan tener fama de hombres piadosos, sino desde la intimidad del corazón, donde nuestra oración, nuestro ayuno y nuestra limosna serán conocidos y recompensados por Dios (Mt 6,1-8.16-18). Más aún, Jesús nos dice que debemos vivir nuestras prácticas piadosas, penitenciales y caritativas con alegría: “Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido” (Mt 6,18).
También San Benito nos anima a los monjes a vivir la Cuaresma con espíritu alegre, hablándonos de estos “días santos” en los que nuestros ofrecimientos deben hacerse “con gozo del Espíritu Santo”, “lleno de anhelo espiritual” a la espera de “la santa Pascua” (RB 49).
Que María Santísima nos ayude a vivir la Santa Cuaresma con estas actitudes para imitar a su divino Hijo y poder unirnos a Él.
Retiros espirituales animados por los monjes benedictinos
A partir de este mes de febrero comienzan, en la Hospedería externa, una serie de cuatro tandas de retiros espirituales, abiertas tanto a sacerdotes y religiosos/as como a seglares. El P. José Ignacio González dirigirá la tanda de febrero (días 12-14); el P. Juan Pablo Rubio, la de mayo (27-29); el P. Alfredo Maroto, la de junio (24-26); y el P. Santiago Cantera, la de julio (22-25). Durante esos días los ejercitantes tendrán la oportunidad de participar en las celebraciones litúrgicas de la comunidad monástica. Se trata de una oferta que quiere fomentar la interioridad, el discernimiento, la formación espiritual en un marco litúrgico que permite, al mismo tiempo, disfrutar de un magnífico entorno natural.
Domingo V del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos: al comienzo del tiempo ordinario leemos, tanto en el Evangelio como en los profetas, sus respectivas vocaciones al ministerio de la predicación. Los profetas eran considerados en el Antiguo Testamento los hombres que hablaban de pa45rerte de Dios instruyendo y advirtiendo al pueblo de sus pecados. Sus profecías sobre el Mesías ocupa gran parte de sus escritos. Predijeron dónde y cuándo había de nacer, la paz que traería consigo su nacimiento y los sufrimientos que había de padecer para salvar a su pueblo.
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Pero Jesús también elige a los apóstoles para que sean sus testigos ante el mundo de su vida y de sus palabras. Su misión es incluso más importante que la de los profetas, pues iban a ser testigos de la muerte y resurrección de Cristo y su misión no se limitó al pueblo de Israel, sino que era a todo el mundo. Además no transmitían sólo la esperanza de un Mesías, sino la Redención que obró Jesucristo y el modo de vivir que había de tener el nuevo pueblo de Dios, su Iglesia.
Pero hoy aquí en esta celebración eucarística nos podemos fijar en algo que nosotros podemos imitar tanto de los profetas como de los apóstoles. Ellos recibieron su vocación cuando contemplaron a Dios, cuando repasaron en su corazón el obrar divino en favor de los hombres; percibieron cómo Dios se hace cercano a nosotros al permitir ser visto de un ser mortal en su trono divino o cómo les ayuda de modo milagroso en su duro trabajo de procurar el sustento familiar. Al que es capaz de admirar y agradecer el comportamiento amoroso de Dios, se encuentra con que Dios le elige para ser, entre los hombres, anunciador de ese misterio de un Dios que se enamora de la debilidad humana y se enciende en amor cuando el hombre le contempla agradecido. Nadie puede anunciar lo que no ha visto. Pero hay muchos ciegos que no contemplan las maravillas de la misericordia divina.
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La Eucaristía no es una de tantas maravillas sino la maravilla por excelencia. Que Dios se digne darnos parte en su vida divina a través de medios tan ínfimos, ¿no es para tener hambre y sed de tan gran misericordia?
La Eucaristía nos descubre el amor de Dios y lo acrecienta. Y para colmo no sólo podemos gustarla en la celebración, sino que su presencia permanente en el pan consagrado nos permite continuar la acción vivificante y reparadora de este admirable sacramento.
Por otra parte el próximo miércoles, D.m., entramos en la Cuaresma, que empieza el miércoles de ceniza y no el I domingo de cuaresma. La Iglesia nos propone tres medios para nuestra conversión en todo tiempo y en especial en cuaresma: oración, ayuno y limosna. La oración se fortalece con el ayuno, que obliga sólo el miércoles de ceniza y Viernes Santo. Ambos días no olvidéis hacer una sola comida, aunque pudiendo tomar algo de alimento por la mañana y por la noche. Os recuerdo además la obligación de absteneros de carne todos los viernes de Cuaresma, obligación que puede cambiarse por una práctica piadosa únicamente los demás viernes fuera de Cuaresma.
Precisamente el próximo viernes 12 será el día del ayuno voluntario a favor de Manos Unidas, una ONG católica de voluntarios, benéfica y sin ánimo de lucro, que lucha contra el hambre, la desnutrición, la miseria, la enfermedad, el subdesarrollo y la falta de medios educativos.
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Acudamos a los beatos mártires cuyas reliquias se custodian en esta basílica y a Ntra. Sra. la Virgen del Valle para pedirles que presenten todas nuestras intenciones al Señor.
Candelaria
Queridos hermanos:
En esta fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, recordamos también según la Tradición de la Iglesia, la Purificación de la Santísima Virgen María y la Candelaria o Fiesta de Simeón, como hemos tenido presente en la procesión de las candelas. Son en realidad tres aspectos de una misma fiesta que contemplamos en la lectura del Evangelio (Lc 2,22-40).
En la Presentación del Señor y la Purificación de María nos podemos maravillar ante la humildad y la obediencia de Jesús, recién nacido, y de su Santísima Madre, por su observancia fiel de los preceptos de la Ley dada a Moisés a este respecto (Ex 13). Es sin duda sorprendente que el Hijo de Dios sea presentado al mismo Dios y su Madre, libre de toda mancha de pecado y siendo toda pura, decida someterse obedientemente a la Ley de Dios en el rito de la purificación.
Por otra parte, debemos contemplar la escena de la profecía del anciano Simeón y de la profetisa Ana, dos personas de edad avanzada que esperaban el advenimiento del Mesías. La Iglesia recita así desde antiguo, en el rezo de las Completas al final del día, las palabras de Simeón (Nunc dimittis, Lc 2,29-32), en las que Cristo es reconocido como lumen Gentium: “luz de las gentes”, “luz de las naciones”, la luz que alumbra a todos los pueblos gentiles de la tierra, además de ser la gloria de Israel. Ciertamente, sólo Cristo es la luz verdadera para todos los hombres. Él es “irradiación esplendorosa de su gloria (del Padre) / de la eterna luz” (Sab 7,25; Heb 1,3), Él es “la luz del mundo” (Jn 8,12). Sólo Él, por tanto, puede iluminar y hacer comprender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.
Hoy se clausura, por otra parte, el año que el Papa Francisco ha querido dedicar de un modo especial a la vida religiosa y consagrada, cuyo único fundamento no es otro que Jesucristo. La vida del consagrado o de la consagrada sólo tiene sentido en Él, sólo puede hallar fundamento en Él y sólo debe tender hacia Él como su fin. La persona que ha consagrado su vida a Dios siguiendo de lleno a su Hijo Jesucristo con la gracia recibida del Espíritu Santo, erróneamente buscará fuera de Dios lo que sólo en Dios puede encontrar. Por eso, como ha dicho el Papa, en la vida consagrada hay que entrar por la puerta, no por la ventana como los ladrones y los salteadores: este entrar por la puerta significa que es necesario abrazar y vivir la consagración a Dios con pureza de intención, con limpieza de corazón, no buscando otro objetivo más que a Dios mismo. Si esto no se vive así, entonces se vive en un engaño que acaba dañando a la propia persona y a los que la rodean. El peligro de los sucedáneos en la vida consagrada es muy grande: podemos pretender llenar una vida que nosotros mismos hayamos vaciado de contenido, pero al final esos sucedáneos dejan vacío, no llenan ni satisfacen. Por eso San Bernardo se examinaba a sí mismo con frecuencia, con relación a su vocación: “Bernardo, ¿a qué has venido?” Vivamos el consejo de San Benito: “No anteponer nada al amor de Cristo!” (RB IV, 21 y LXXII, 11).
Que María Santísima nos ayude a los religiosos a ser fieles en nuestra consagración y a todos nos muestre la luz verdadera, que es su Hijo Jesucristo.
Cursos en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo
El P. Juan Pablo Rubio, miembro de nuestra comunidad, permanece entre los meses de febrero y marzo en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo (Roma) para impartir dos cursos especializados. El primero lleva por título “El esquema lectio cum cantico en el Rito romano” y ofrece una visión de la liturgia como un eminente diálogo salvífico entre Dios y su pueblo. El segundo, dentro del Master universitario en Música Litúrgica, aborda el Canto Gregoriano en sus vertientes teórica (historia y modalidad) y práctica (interpretación). Erigido en 1961 por la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades, este centro universitario de la Orden Benedictina, situado en el Aventino cerca de la basílica de Santa Sabina, posee facultad para conceder títulos académicos de licenciatura y doctorado en Ciencia Litúrgica.







