El próximo martes 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción, se inaugura el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, un acontecimiento destacado en el Pontificado del Papa Francisco y en la vida de la Iglesia. Entre las novedades están el rezo del Rosario cada tarde en la Plaza de San Pedro o un espectáculo de luces e imágenes el mismo día de su inauguración. El Papa emérito Benedicto XVI ha aceptado la invitación del Papa Francisco a participar en la apertura de la Puerta Santa con la que dará inicio el Jubileo. La comunidad benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos desea sumarse a este momento de gracia por medio de una adoración eucarística el mismo día 8. Tendrá lugar en la basílica entre las 14:00h y las 17:00h. A partir de las 16:00h un sacerdote estará disponible para oír confesiones.
Ejercicios espirituales del 4 y al 8 de diciembre
Entre las nuevas actividades que los monjes de Santa Cruz desarrollan en Valle de los Caídos se encuentran los retiros espirituales de 3 a 5 días, que tienen lugar en la Hospedería externa y que son una oportunidad de ahondar en la fe siguiendo el estilo de vida benedictino. Esta iniciativa se enmarca en la misión asumida por la comunidad monástica de acoger a quienes se acercan al monasterio a la búsqueda de un clima de paz y recogimiento, y de compartir con ellos su experiencia espiritual. Dentro del ciclo litúrgico del Adviento, entre los días 4 y 8 de diciembre se tendrá una tanda de Ejercicios espirituales, animada por un monje de la Abadía, que culminará con la solemne celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción.
Visita de alumnos del colegio Juan Pablo II
Los jueves 5 y 12 de noviembre recibimos un nutrido grupo de alumnos de 1º y 2º de ESO del Colegio Juan Pablo II de Madrid, perteneciente a la Fundación Educatio Servanda. La jornada estuvo repartida entre la visita de Valle de los Caídos y la convivencia con los cantores de nuestra Escolanía. En ambas ocasiones asistieron a la Misa conventual, tras ser saludados por el P. Prior, visitaron la Basílica y dieron un paseo por el exterior hasta la Escolanía. A continuación los escolanos les ofrecieron un breve recital. Después de la comida compartieron juegos y deportes con los escolanes.
Domingo I de Adviento
Queridos hermanos en Cristo:
En el pórtico de este nuevo año cristiano que iniciamos con el primer domingo de Adviento, la Iglesia nos hace un fuerte llamamiento a vivir en la verdadera esperanza. Adviento es tiempo de espera… espera vigilante y serena, espera activa y gozosa, porque ALGO nuevo está para suceder, porque ALGUIEN está para venir. Mi primera invitación, hermanos, es que estrenéis, no repitáis, este tiempo de esperanza y espera. Que todos nos pongamos en camino a la Esperanza, amando aquello que aguardamos.
1. Ciertamente creemos que ALGO NUEVO ESTÁ PARA SUCEDER en nuestras vidas, en nuestra historia, en este mundo nuestro. Así lo hemos escuchado en la lectura del profeta Jeremías: Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que cumpliré la promesa que hice a Israel y Judá. La novedad es promesa de salvación, es promesa de justicia. A nosotros, ahogados tantas veces en una cultura que pretende alejarnos de Dios, se nos invita a dirigir la mirada hacia el lugar de la Promesa del Señor.
2. Confesamos también que ALGUIEN ESTÁ PARA VENIR, está en camino, ya próximo. Este “Alguien” es Cristo, presente misteriosamente allí donde dos o tres se reúnen en su nombre, pero que visiblemente también aparecerá al final de los tiempos. Esa venida es la que el Señor describe a sus discípulos en el evangelio que hemos escuchado. Jesús anuncia la angustia y el miedo de muchos que no estaban preparados y la confianza de los creyentes que podrán ponerse en pie, sin temor, y levantar la cabeza para contemplar su liberación del pecado y de la muerte.
3. Ahora bien, desconocemos el momento de la venida del Señor y nos preguntamos ¿QUÉ DEBEMOS HACER DURANTE LA ESPERA? Y Jesús nos ofrece la respuesta cuando dice: Estad siempre despiertos y manteneos en pie. Sed como centinelas en la noche, seguros de que llegará la luz del día. El Señor nos pide una actitud vigilante, actitud que debe estar sostenida por el amor. Por eso san Pablo nos recuerda que es el amor el que nos fortalece internamente para presentarnos santos e irreprensibles cuando vuelva Jesús.
El inicio del Adviento es una oportunidad de revisar nuestro amor a Dios, nuestro amor a cada hermano, porque no existe esperanza auténtica sin amor, porque es falsa la espera de quien no ama. Nuestra esperanza ha de procurar siempre el amor y la paz, la paz como bien supremo. En un mundo dañado por la división y las guerras, que niega la venida del Señor y se resiste a ella, nosotros debemos ser artífices de la verdadera paz, de la paz de Cristo. Qué bien lo expresaba el papa san Juan XXIII cuando decía que «la paz es una casa, la casa de todos. Es el arco que une la tierra con el cielo». Por eso nuestro trabajo por la paz es esperanzador, prepara y anticipa la venida de Cristo, los cielos nuevos y la tierra nueva, la pascua de la creación. Adviento nos urge a poner a punto nuestro amor, a revisar nuestro respeto al prójimo, nuestra justicia, nuestra paz interior y exterior. Este tiempo de preparación para la Navidad no es pasividad para el cristiano, no consiste en cruzarse de brazos, sino que exige esfuerzo y lucha.
Me gustaría recordaros, finalmente, hermanos, aquellas palabras de san Juan de la Cruz: «el alma que vive en esperanza tanto alcanza de Dios cuanto de Él espera». Esperadlo todo de Dios con la certeza de que Él colmará plenamente vuestros anhelos. Sabed que la esperanza da la medida espiritual de nuestra alma y es señal clara de que aspiramos a la comunión con Dios, porque la promesa no es otra que vivir junto a Él por toda la eternidad.
Os invito a que viváis un Adviento cristiano, a que pongáis sólo en Dios vuestros deseos, con la certeza de que los veréis infinitamente colmados. Que santa María nos acompañe en el itinerario espiritual que hoy comenzamos y nos ayude a ser constructores de paz en nuestros hogares, en nuestros trabajos, en nuestras comunidades; que todos encuentren en nosotros un motivo para seguir esperando la venida del Salvador.
Misa Funeral
Queridos hermanos:
Ofrecemos hoy especialmente el Santo Sacrificio de la Misa por las almas de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco en el aniversario de su muerte. A ellos unimos, como se hace en esta Basílica todos los días del año, la intercesión por las almas de todos los Caídos en la Guerra Española de 1936-1939, de uno y de otro bando.
El mes de noviembre está dedicado de un modo singular a la oración por todos los difuntos, pues la fe que tenemos en la vida eterna nos lleva a orar por aquellos que ya han fallecido, para rogar a Dios que con su Misericordia infinita borre sus pecados y permita que gocen de su visión y su compañía por siempre; y, si ya se encuentran en el Cielo, la comunión de los santos hace que esta oración sea eficaz en beneficio de otras almas. En este sentido, el Santo Sacrificio de la Misa posee una fuerza extraordinaria, ya que se trata del mismo Sacrificio redentor de Cristo en la Cruz que se renueva y actualiza en el altar y, según San Gregorio Magno, alcanza ante Dios un gran valor al ofrecerse por las almas de los difuntos. Por eso, la Misa por un difunto no es un homenaje humano hacia él, como se dice en algunos medios de comunicación poco informados en materia teológica, sino el acto máximo de nuestra oración por él ofreciendo el mismo Sacrificio de Cristo, que ha derramado su Sangre por la salvación de su alma y por la de todas.
Y así, lo que diariamente se realiza en esta Basílica, bajo los brazos redentores de la Cruz, en este altar y junto a un monasterio benedictino que es heredero de una tradición que se remonta al siglo VI, es la celebración de estos misterios, aplicando especialmente sus frutos a la salvación de las almas de los Caídos de uno y de otro bando y a la paz y la prosperidad de España. En cuanto a los dos difuntos por los que hoy oramos de un modo más particular, hay que recordar que ambos manifestaron en sus testamentos la confianza de ser acogidos por la Misericordia divina a la hora de la muerte, el deseo de morir en el seno de la Iglesia Católica y una expresión de perdón y de paralela petición de perdón a quienes tenían algo contra ellos.
Después de tantos años, produce gran tristeza observar que hoy se alientan odios que tenían que estar desaparecidos. Aquel deseo de José Antonio en su testamento, de que la suya fuera “la última sangre española que se vertiera en discordias civiles”, y el deseo paralelo de Antonio Machado de que se pudiera superar la división entre las “dos Españas”, parece que hubiera quedado lamentablemente olvidado y hoy se sigue utilizando a los muertos como arma arrojadiza. La convivencia no la imposibilitan los muertos, quienes ya no pueden causar daño alguno, sino que la podemos impedir los vivos, incapaces tal vez de aprender de su ejemplo tanto sus aciertos como sus errores.
Es urgente procurar la unidad entre todos los españoles e ilusionarlos comúnmente por el anhelo de revitalizar España, de sacarla adelante de sus problemas, bebiendo de su rica historia y de su tradición, a la vez que con un proyecto de futuro. Aquella definición de Patria como “proyecto sugestivo de vida común” que ofreció Ortega y Gasset (quien contó con admiradores en ambos bandos en la guerra del 36, entre ellos José Antonio), es válida para hoy. No olvidemos, además, que el recto amor a la Patria es una virtud derivada del cuarto mandamiento de la Ley de Dios y está inscrito en el corazón de todo ser humano.
Cuando el rencor y el odio campean en los corazones, es necesario buscar la unidad en un proyecto común. Es imposible construir una sociedad desde el odio, que corroe permanentemente el interior de quien lo padece e impide vivir en paz y ser feliz, porque únicamente aspira a la eliminación o la humillación del adversario, aunque sea infamando su memoria mucho después de que haya desaparecido físicamente y no reconociendo absolutamente nada bueno en él. Y para vencer el odio, es imprescindible el perdón, y éste nos lo enseña Cristo desde la Cruz, perdonando a sus verdugos, abriendo las puertas del Paraíso al ladrón arrepentido y ofreciéndonos a todos la herida de su Costado para penetrar en su Corazón misericordioso. Es así como tantos mártires de la fe murieron perdonando por amor a Cristo. Así lo hizo un jovencísimo obrero cordobés de 21 años, el Beato Bartolomé Blanco, que dirigió las siguientes palabras a sus familiares antes de su muerte en 1936:
“Mi última voluntad es que nunca guardéis rencor a quienes creáis culpables de lo que os parece mi mal […]. Os encomiendo que venguéis mi muerte con la venganza más cristiana, haciendo todo el bien que podáis por quienes creáis causa de proporcionarme una vida mejor. Yo los perdono de todo corazón y pido a Dios que los perdone y los salve”.
Encomendemos a Nuestra Señora del Valle las almas de quienes hoy recordamos de un modo especial y las de todos los Caídos de nuestra guerra de uno y de otro bando, y pidámosle que en España y en el mundo reine la paz.
XXXII Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos en Cristo Jesús: Celebramos hoy la “fiesta de la dedicación de la basílica de Letrán en honor de Cristo Salvador, construida por el emperador Constantino como sede de los obispos de Roma. Su anual celebración en toda la Iglesia latina es un signo permanente de amor y de unidad con el Romano Pontífice (s. IV)”. Así se expresa el martirologio romano. El papa S. Dámaso fue ordenado en esta basílica romana, dedicada el 9 de noviembre del año 324 y a la que el papa Silvestre otorgó el título de “El Salvador”. La basílica de Letrán, una de las cuatro basílicas mayores de Roma, fue residencia habitual de los papas hasta el periodo de Aviñón y sede de más de veinticinco concilios, cinco de ellos ecuménicos.
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En el calendario litúrgico de la archidiócesis de Madrid se anticipa todos los años esta fiesta del 9 al 8 por su coincidencia con la solemnidad de la Almudena, patrona de la archidiócesis. Al ser la dedicación de la basílica de Letrán una fiesta del Señor, prevalece litúrgicamente sobre el domingo XXXII del TO y por eso las lecturas, el prefacio y las oraciones de la misa son las propias de esta fiesta del Señor. Él se digna habitar en una morada terrena, ha acampado entre nosotros y ha hecho de nosotros templos de su gloria. Son muestras del amor de Dios que no meditamos suficientemente. Hemos sido convocados a la casa del Señor a colmar este vacío. Cuando venimos a la Iglesia, suscitamos una gran oposición en los que huyen del encuentro con Dios. Dentro de nosotros también está esa lucha entre vivir según criterios humanos al margen de Dios o llevar una vida según el Espíritu.
La figura de Zaqueo que se nos ha proclamado en el Evangelio resulta un modelo admirable de elección acertada y costosa, pero solo posible a partir de una primera mirada de amor que le dirigió el Señor, antes incluso de subirse al árbol, mezcla de curiosidad y de necesidad imperiosa de ser liberado. Zaqueo, bajo de estatura, no era feliz con su dinero: por eso luchó por ver a Jesús, llegar a cruzar sus miradas para ser visitado en su interior y sanar. Logró mucho más de lo que esperaba: aquella mirada de Jesús antes de subirse al árbol, cuando él buscaba liberarse de las cadenas a que le tenía atado el dinero y sobre todo su manera injusta de procurárselo y egoísta de administrarlo.
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Jesús nos ofrece a cada uno venir a la casa de Dios a encontrarnos con Él y hacer de nuestro cuerpo un templo del Espíritu, como nos ha enseñado san Pablo: “el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.” Ambas cosas se celebran en esta fiesta de la dedicación. A nosotros nos toca escuchar en nuestro interior esas llamadas de Dios que nos invita a cruzarnos las miradas, como cuando Jesús llamó a sus discípulos o como la mirada de amor que dirigió a Pedro después de que le había negado, para asegurarle que contaba con su amor, a pesar del desprecio tan grande que le había hecho.
Pecamos porque en ese momento de tentación y de decisión costosa, damos preferencia a las atractivas propuestas del placer, de la fama, del poder y no consideramos la propuesta del amor de Dios, que supera infinitamente todas esas opciones miserables que en nuestra imaginación se visten seductoramente de plenitud. La tentación nos atrapa porque no le miramos a Él con frecuencia y porque estamos descentrados y distraídos del amor insuperable que Dios nos ofrece. Una manera de superar la tentación es venir a la casa de Dios a encontrarnos con Él, pues su presencia real en la Eucaristía tiene un poder seductor por el que debemos dejarnos cautivar. Cuando recibimos con frecuencia los sacramentos de la Eucaristía y de la penitencia, nuestra alma recupera o acrecienta la paz que tenía y se hace más patente la presencia del Espíritu Santo en nosotros. No es cualquier cosa centrar nuestra vida en Cristo como referencia constante.
Pero además del significado de la dedicación de la iglesia en que celebramos habitualmente los misterios de Dios, la celebración de Letrán como templo primero en que el Papa pudo tener su cátedra en libertad, es celebrar la unidad de la Iglesia, la única Iglesia que Cristo fundó. Es muy significativo que precisamente en la basílica de S. Juan se firmara el Tratado de Letrán en 1929, con el que Pío XI logró la libertad del papa de todo soberano temporal y con ello el libre ejercicio de la misión evangelizadora de la Iglesia.
Pero me interesa destacar ante todo que Cristo, al fundar su Iglesia, quiso que fuera una sola, no una pluralidad. Aunque nuestros hermanos separados se reúnan en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, la Iglesia católica no puede entrar en ese juego, pues sería traicionar la voluntad del mismo Señor. Aunque admitamos respetuosa y esperanzadamente que los hermanos separados son comunidades cristianas, Iglesia cristiana solo hay una en la voluntad de Dios y menos aún hay un sinfín de religiones, todas igualmente válidas, en ese sincretismo religioso que nos quiere imponer a la fuerza el Nuevo Orden Mundial. Otra cosa es que los católicos no logremos vivir bien esta voluntad de Dios, que no quiere nuestra autosuficiencia ni nuestro orgullo, como si poseyéramos un bien que hemos conquistado nosotros.
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Debemos unirnos por la oración y la caridad en esta voluntad de Dios de ser uno. Incluso dentro de la Iglesia católica nos vemos tentados al cisma. Nos tenemos que unir en torno al Papa, por encima de si es de nuestro gusto o si nos gusta más el estilo de otros anteriores: eso ha de pasar a un plano muy secundario. Lo principal es cerrar filas en torno al verdadero vicario de Cristo, hoy Francisco y rezar para que el Señor le asista con su luz, le libre de sus enemigos, que son también los nuestros y para que con su magisterio reúna a todos los hijos de Dios dispersos, para que sea el humilde siervo de los siervos de Dios y para que dé testimonio de Cristo, dando su vida por sus ovejas. Que esta Eucaristía sea prefiguración de esa Jerusalén que baja del cielo, de una Iglesia unida y única reunida en el amor de Dios. Encomendémoslo a Ntra. Sra. del Valle y a todos los BB. mártires cuyas reliquias se custodian en esta basílica y que dieron su vida para mantener incólume la fe de España. Que así sea







