El sábado 31 de octubre la Escolanía del Valle de los Caídos animó con sus cantos la Eucaristía que clausuraba el XIII Congreso de Escuelas Católicas de España, que ha tenido lugar en Madrid durante los días 29 y 31, bajo el lema “Sabemos educar. Libertad y compromiso”. La celebración, tenida en el Hotel Auditorium, contó con unos 1800 participantes y fue presidida por el Sr. Arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro.
Nuestros monjes estudiantes asisten a cursos teológicos en Cóbreces
Entre los días 13 y 30 de octubre nuestros dos monjes estudiantes, fr. Javier Martín y fr. Miguel Torres, han asistido a diversos cursos de formación teológica en la Abadía cisterciense de Viaceli (Cóbreces), junto a otros 35 monjes y monjas de diversos monasterios cistercienses y benedictinos de España. Con un ritmo bastante intenso, han recibido clases de Antropología Teológica, Patrología, Sacramentos del Orden y del Matrimonio, Liturgia, Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles. Además de disfrutar del precioso paisaje cántabro y de la calurosa acogida de la comunidad anfitriona, han tenido una buena ocasión de conocer monjes de otras comunidades y compartir experiencias sobre la vida monástica en nuestra realidad actual.
La Escolanía canta en Almería
Los pasados días 15 y 16 de octubre la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos tuvo dos actuaciones en la Catedral de Nuestra Señora de la Encarnación de Almería, con motivo de la clausura del año teresiano. El día 15 participó en la misa pontifical, presidida por el obispo de la diócesis, Mons. Adolfo González Montes, en la que se bendijo una imagen de San Juan de Ávila. Al día siguiente, los escolanes ofrecieron un concierto con un repertorio de piezas con textos de Santa Teresa de Jesús. Como en ocasiones anteriores, la acogida de los fieles almerienses fue excepcional. Además, aprovechando el buen tiempo, los niños pudieron disfrutar de la playa y hacer una visita a la localidad de El Ejido.
Festividad de todos los Santos
Queridos hermanos:
La solemnidad de Todos los Santos fue instituida por la Iglesia con el fin de honrar a todos aquellos hermanos nuestros que han alcanzado la gloria celestial en la eternidad, ya estén oficialmente beatificados y canonizados, ya hayan vivido la vida cristiana con fidelidad a Dios y ejercitando las virtudes aunque nos sean desconocidos. Esta fiesta nos permite descubrir, en consecuencia, cuál es el fin último del hombre, cuál es la meta a la que Dios le ha llamado y cuál es también la realidad del hombre en su ser natural creado por Dios, en su condición de ser herido por el pecado original y en su elevación hasta lo más alto por la acción de la gracia, la cual no destruye la naturaleza del hombre, sino que la lleva a su culminación, como enseña Santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae, I, q. 1, a. 8).
Es urgente clarificar en nuestros días esta realidad del hombre. El mundo occidental vive hoy inmerso en una profunda crisis antropológica, en una confusión absoluta sobre lo que el hombre verdaderamente es, porque se ha pretendido negar de forma radical su relación con el Creador. Las filosofías subjetivistas y materialistas de la Modernidad, queriendo poner al hombre en el centro de todas las cosas, no han hecho sino descentrarlo de su realidad y desvincularlo de su proyección hacia la trascendencia. El último eslabón de esta cadena es la ideología de género. Esta teoría, que se aplica en varias leyes, se enseña en colegios y universidades y se difunde por numerosos medios de comunicación, sostiene que las diferencias entre el varón y la mujer no corresponden a una naturaleza fija que haga a unos seres humanos varones y a otros mujeres, y que las diferencias en la manera de pensar, obrar y valorarse a sí mismos son el producto de una cultura y de una época determinados. En consecuencia, según quienes la defienden, el sexo ya no es definitorio y cada uno podrá elegir libremente el tipo de “género” al que quiera pertenecer, todos igualmente válidos: heterosexual, homosexual (gay o lesbiana) y bisexual. Además, últimamente se añaden las categorías “intersexual, transexual y queer”.
La ideología de género, por tanto, supone la negación misma de la naturaleza humana y del orden natural, como la recta razón y el sentido común descubren de inmediato. Supone la negación de esa realidad que el Génesis expresa cuando dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza: “a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gén 1,27). El Papa Francisco ha incidido en esto, advirtiendo que, “para conocerse bien y crecer armónicamente, el ser humano necesita de la reciprocidad entre hombre y mujer” y que “la remoción de la diferencia (que efectúa esta ideología) es el problema, no la solución” (Audiencia del 15-IV-2015).
En el fondo, y como ha advertido con gran claridad el cardenal Sarah, detrás de la ideología de género cabe descubrir la mano de “el Satán”, de aquel que es “el acusador” del hombre (cf. Job1,6; Zac 3,1-2; Ap 12,10), el que por envidia busca su perdición y ha introducido la muerte (cf. Sab 2,23-24). No olvidemos que la furia de Satanás crece a medida que el curso de la Historia discurre hacia la consumación de los tiempos y la segunda venida de Cristo, porque el demonio sabe que su tiempo se acaba. Pero, frente a este proyecto diabólico que destruye al hombre negando el orden natural, es urgente poner nuevamente en valor el proyecto de Dios sobre el hombre, y de él nos habla la fiesta de hoy.
El proyecto divino sobre el hombre parte de la misma naturaleza humana, creada sabiamente por Dios. Parte, por tanto, de una naturaleza sexuada diferenciada en varón o mujer y que los diferencia física y psíquicamente, aunque ambos gozan de la misma dignidad ante Dios, pues el ser humano, varón o mujer, dispone siempre de una constitución de alma y cuerpo unidas sustancialmente. Es un ser con un componente material y espiritual estrechamente unidos y que lo define por esencia. Y es un ser personal, creado a imagen y semejanza de Dios, lo cual le confiere una dignidad de la que carece un animal irracional (Santo Tomás de Aquino, S. Th., I, q. 29, a. 3 in c, e ibíd. ad 2).
Por eso, Dios llama al hombre, varón y mujer, caído por el pecado original pero redimido por la sangre de Cristo, a acoger la gracia divina que lo puede elevar hasta adentrarse en lo más íntimo de Dios y llegar a hacerse uno con Él, siendo distinto en sustancia y sin perder su carácter personal, pero alcanzando una unión transformante de voluntades por el amor (cf. San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 38-39). Dios nos llama, pues, a ser santos, cada uno en su estado: principalmente el matrimonial, el sacerdotal y el de la vida consagrada; cada uno recibiendo la gracia que le santifica en ese estado y creciendo en las virtudes, para vivir ya en esta vida, por medio de la gracia, la unión con Dios, hasta alcanzar la unión perfecta con la Santísima Trinidad en el Cielo.
En consecuencia, ya en esta vida debemos aspirar a tal transformación en Dios, que sea Él quien viva en nosotros. Es lo que dice San Pablo: “no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20); y el mismo Jesús: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad”, y “el que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,16-17.23).
Seamos santos, iluminemos al mundo que nos rodea con nuestro ejemplo y aspiremos al Cielo, viviendo las Bienaventuranzas que Jesús nos ha proclamado en el Evangelio (Mt 5,1-12) y anhelando pertenecer al séquito de los santos que eternamente glorifican a Dios, según la descripción del Apocalipsis (Ap 7,2-4.9-14), sabiendo que entonces, como nos ha dicho el apóstol San Juan, “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,1-3). Busquemos la contemplación de Dios y el Cielo, donde, como dice San Agustín, “descansaremos y contemplaremos; contemplaremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que será la dicha que no tiene fin” (De civitate Dei, XXII, 30). Que la Santísima Virgen, la toda santa y asunta al Cielo, nos ayude a llegar a esta meta.
XXX Domingo del Tiempo Ordinario
Hermanos todos que habéis venido a la casa de Dios para hablar con Él, para darle culto, para manifestar vuestro amor a Aquel que sabéis que os ama y desea también ser amado por todos sus s hijos.
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Acabamos de escuchar ese relato tan sencillo y profundo del ciego Bartimeo en el que tantos han sabido reconocer su propia necesidad de salvación. Saberse ciegos, necesitados de Dios, que es el único que puede salvar, es una gran sabiduría. Y llegar a gritar esta necesidad delante de todos es un testimonio de fe, que enseguida encontró eco en el Corazón de Cristo. Bartimeo sabe a quién ha acudido. Está ciego en sus ojos corporales, pero sabe ver que esa circunstancia de que Jesús pase junto a Él es la gran oportunidad de su vida. Por lo que le han contado previamente de Jesús y por lo que ha meditado esa noticia, ha llegado a la conclusión de que Jesús es el Mesías esperado por tantos creyentes judíos durante siglos.
En Bartimeo reconocemos unas actitudes que son las que en este domingo podemos meditar y llegar a interiorizar esta palabra que hemos escuchado. Palabra de dios viva y eficaz, capaz de cambiar nuestras vidas si nosotros nos dejamos interpelar por ella.
Lo primero que nos llama la atención cuando nos comparamos con este ciego es su confesión de Jesús, su testimonio, pues le llama no por el nombre habitual o de pila como decimos los cristianos, sino por su título mesiánico: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Muchos de los que seguían a Jesús nada más se fijaban en que hacía milagros y pensaban en ver cosas maravillosas, en el espectáculo nunca visto por ellos. Iban tras Jesús por curiosidad. Otros por interés: o estaban enfermos o tenían algún familiar que podía ser curada de enfermedad que era una carga insoportable para él y para su familia. Pero nuestro ciego ve mucho más en Jesús. Ha interiorizado la Palabra que había escuchado en la sinagoga y descubierto la concordancia de las profecías de los profetas con las obras y las palabras que le habían contado de Jesús de Nazaret.
Esta actitud modélica cuestiona nuestra participación en la liturgia, pues debe ser cada celebración un testimonio de fe de unos para otros, también para los que no asisten a nuestras celebraciones, pero ven en casa que sois fieles a disponeros a ir a la Iglesia cada domingo y a otras celebraciones. Esto está muy bien, pero también debemos salir de cada celebración impactados por lo que hemos visto y oído como los contemporáneos de Jesús. Hemos visto que otros también creen y se toman la molestia de dejar trabajos, entretenimientos muy tentadores, un descanso sin límites, etc. y han venido a la Iglesia, e incluso a ésta que está tan lejos de vuestras casas. Pero también habéis oído la Palabra y ¿qué efecto ha producido? De aquí tenemos que salir con el compromiso de cambiar. Me examino y descubro que yo no soy capaz de dar testimonio como Bartimeo en mi familia, en mi ambiente de trabajo. No se trata de hacerlo con violencia, enfado o descarado anti-testimonio: por ejemplo, digo que Dios nos ama a todos, y son varios los que no se sienten amados por mí. Pues ese testimonio al ser tan parcial o inconstante no llega a ningún corazón, no interpela a nadie. También la constancia. Nuestro ciego tuvo que aguantar que le estuviesen diciendo que se callara y él seguía llamándole a Jesús Hijo de David. Ni siquiera atenuó o rebajó el mensaje.
Otra cosa que llama la atención en el Bartimeo que nos presenta Marcos es la pobreza material y corporal del ciego, pero en cuanto le dicen que Jesús le llamaba a él tiró su única posesión: el manto. Para seguir a Jesús es necesario dejar algo de nuestros egoísmos, de nuestras pertenencias, de nuestra propia voluntad para secundar la voluntad de Dios. Sin renuncia no hay elección posible. Si decimos “hágase tu voluntad” como María, nuestra Madre, hemos de renunciar a algo. Ella dejó todo, toda su persona fue una renuncia a lo suyo y puso su voluntad en manos de Dios. Lo dijo y lo cumplió. Fue Madre de Jesús y Virgen totalmente desprendida para que Jesús cumpliera su misión y se fuera a predicar sin acapararlo e invocar sus derechos de madre viuda.
Cuántas veces la objeción que ponemos interiormente a Dios, para no darnos a Él enteramente, es sospechar que nos va a pedir algo que nos va a costar. Bartimeo se deshizo hasta de su manto y se llevó la sorpresa de que Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» ¿Por qué no hacemos la prueba de nuestra entrega total a Dios, de quitar aquello que le ofende en nuestras vidas, que no es conforme a su espíritu, para comprobar después que Dios no se deja ganar en generosidad? Bartimeo no sólo pidió compasión, le proclamó como el hijo de David por antonomasia, pues entre los presentes había muchos descendientes de David, al menos espiritualmente todos se sentían así. Pero todos entendieron, y a Jesús no le pasó inadvertida, esa confesión de fe.
También merece nuestra atención la misma petición en sí: «Ten compasión de mí». No hace una interminable exposición victimista de lo que ha padecido por su enfermedad. Una expresión muy concisa es suficiente. Lo sorprendente es que su petición está en plena conformidad con la enseñanza de Jesús, don precioso de su revelación profética: la oración no debe ser prolija en palabras, sino confiada (cf. Mt 6,7-8). Ahí debemos poner todo nuestro corazón, que le llegue al Señor esa confianza en que nos va a escuchar infaliblemente, aunque nos dé algo diferente a lo que pedimos o se haga de rogar para que se afiance nuestra confianza en Él.
La actitud de Bartimeo es la propia de un santo. Sus palabras y su disposición son perfectas. La mayoría de nosotros quizás no lleguemos a tanto. Pero sí podemos en esta Eucaristía que nos regala hoy el Señor exponerle nuestra confianza con toda sencillez. La lectura de Hebreos nos ha hablado de que tenemos en Jesús un Sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades. Esto nos debe animar a confiar plenamente y así llegar al fondo del Corazón de Jesús. Necesitamos que nos cure tantas llagas que ha producido en nosotros ese egoísmo casi incurable que padecemos. Sólo este Sumo Sacerdote puede presentarnos ante el Padre de las misericordias, para que devuelva a nuestro corazón la capacidad de amar generosamente que tuvo en el instante antes de que le alcanzara la contaminación del pecado original. Oremos también por toda la Iglesia necesitada de oración: muchos en ella están tentados, o su fe pasa por momentos difíciles; y por la Iglesia perseguida: aunque nos dan un testimonio de fe, que hemos de pensar más bien que es su oración la que nos sostiene a nosotros. Ampliemos nuestro horizonte y no temamos ser exagerados, pues la oración tanto alcanza cuanto es la confianza que en la misericordia de Dios se pone.
El P. Prior asiste a la beatificación de los monjes de Cóbreces
El día 3 de octubre tuvo lugar la beatificación del P. Pío Heredia y 17 compañeros mártires de la Orden Cisterciense. La mayor parte, dieciséis, eran monjes de la Abadía de Viaceli (Cóbreces, Cantabria) y dos eran monjas de la comunidad de Fons Salutis (Algemesí, Valencia). Con edades comprendidas entre los 19 y los 33 años, fueron martirizados por su fe y su condición religiosa en 1936. La emotiva ceremonia se celebró en la catedral de Santander en presencia de numerosos abades y abadesas cistercienses y monjes y monjas de la Orden. Fue presidida por el cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las causas de los Santos, acompañado por Nuncio de S.S. en España y varios obispos. La Congregación benedictina de Solesmes estuvo representada por el P. Abad de Silos, el P. Prior de Montserrat de Madrid y nuestro Prior Administrador, P. Santiago Cantera Montenegro.








