Al finalizar la XXXVI Semana de Estudios Gregorianos con la Misa en rito hispano-visigótico, dio comienzo el día 28 de agosto un retiro espiritual para seglares en la Hospedería externa animado por el P. Alfredo Maroto, maestro de novicios de la Abadía de la Santa Cruz. El grupo, de unos treinta participantes, ha asistido a algunos oficios litúrgicos con la comunidad benedictina. Esta iniciativa está teniendo una excelente acogida. El próximo retiro tendrá lugar los días 16-20 de septiembre.
XXII Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos en Xto. Jesús: las lecturas proclamadas nos han proporcionado el alimento que necesita nuestra inteligencia. Cuando el hombre se deja instruir por Dios, la verdad que procede de Él, que es la Verdad, hace al hombre rico en su entendimiento, sabio por el discernimiento y la comprensión de la voluntad de Dios. El hombre queda así equipado para su tránsito terreno, un camino lleno de dificultades que se pone a sí mismo el propio hombre, aunque muchas otras le vengan de fuera.
Tenemos la impagable suerte de ser los elegidos de Dios, a los que se nos dirige un mensaje que muchos desconocen, pero que por nuestra parte solemos olvidar con mucha frecuencia. El apóstol Santiago nos lo ha dicho bien claro en su carta: “Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los Astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la Palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas”. Cuando los hombres rechazamos ese don perfecto que viene de arriba, para sustituirlo con un sucedáneo fruto de nuestra voluntad, nos enfrentamos a Dios, caminamos por sendas tortuosas que nos alejan de Dios, la fuente de nuestra felicidad y de todo bien.
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La proclamación solemne de Moisés en el libro del Deuteronomio es ese beneficio y ese don perfecto que viene de arriba: “Estos mandatos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos. … ¿Cuál es la nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?”. Y a pesar de tener esta rica herencia y de poder comprobar a diario que cuando obedecemos los mandamientos de Dios sentimos una paz que ningún placer de este mundo nos puede proporcionar, nos empeñamos en trazarnos un camino diferente en la vida. Buscamos la felicidad por un camino solo aparentemente más corto y menos complicado. Nos parece que la sabiduría de Dios no está hecha para nosotros. Creemos haber descubierto una clave de felicidad mucho más fácil y accesible.
Queridos hermanos: el camino que el hombre se traza en contra de la ley natural causa tanto dolor al Señor que somos incapaces de imaginarlo. Además de todos nuestros pecados personales, los pecados tan diabólicos de la anticoncepción, el aborto y la manipulación genética, cometidos en forma tan descaradamente exagerada, son una apostasía que el demonio ha introducido en todas partes, incluso en naciones siempre tan católicas como España.
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La sangre de los no nacidos se eleva al cielo como un holocausto silencioso que requiere que se haga justicia. Estos niños asesinados en el vientre de sus propias madres oran por sus verdugos y por sus cómplices, que con toda desfachatez nos llaman terroristas a quienes sin ninguna violencia defendemos que se respete la vida del concebido no nacido. Estos insultos les salen gratis, porque son sistemáticamente silenciados por los poderes mediáticos, dominados por la dictadura del relativismo y por la ideología de género, que, como ha dicho Mons. Munilla, no es otra cosa que la metástasis del marxismo, camuflado ahora para subsistir en su diabólico propósito, condenado al fracaso de antemano, de construir un mundo sin Dios.
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Los detalles que narra el Evangelio nos pueden parecer ajenos a nuestro mundo. Aunque no hagamos problema de limpiar ritualmente las manos o los vasos, podemos aplicar la enseñanza de Jesús a nuestro entorno, donde al tiempo que se trata de introducir nuevos preceptos sociales, como no fumar en recintos cerrados o respetar a los animales no racionales, se nos presenta el aborto como un derecho fundamental innegociable, irrenunciable y exportable a toda mujer, cuya voluntad personal se eleva a la categoría de dogma infalible. Por desgracia, nuestra sociedad, ahora más que nunca, idolatra sus leyes e insaciables apetitos, por muy opuestos que sean a la sabiduría infinita de los mandamientos divinos y la ley natural. Una vez aparcado Dios de nuestra vida, se originan toda clase de crisis, se llega a una situación caótica y por muchos análisis que hagamos no salimos de ahí, porque cerramos los ojos para no ver la verdadera causa. Es necesario que palpemos que no remontaremos crisis sociales y económicas con nuestras propias fuerzas, porque solo con la ayuda de Dios podemos convivir en paz.
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Queridos hermanos: la celebración que estamos viviendo nos debería llevar a la alabanza de la ley de Dios. Los mandamientos de Dios no son pesados, sino luz que se proyecta sobre el camino de la verdad y de la vida y que nos libera de tantas esclavitudes. Muchas veces tenemos que repetírnoslo, porque no superamos nuestras pasiones desordenadas. Ahora es ese momento de lucidez en que queremos alabar a Dios por hacernos depositarios de este rico legado puesto en nuestras manos.
Todos deberíamos acudir, a ser posible todos los días, a esa fuente que es la Palabra de Dios, para restaurar la verdadera imagen de Dios en nuestro ser y no dejar que nuestro espíritu sea seducido por la envidia, la venganza, el orgullo, la frivolidad y el resto de maldades que nos ha dicho el Señor que salen de nuestro interior no purificado y hacen al hombre impuro. La comunión eucarística en gracia de Dios purificará nuestro ser y lo hará dócil a los mandamientos del Señor si se lo pedimos con fe vivificada por la caridad.
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Hermanos: no dejemos pasar ni un día sin comulgar en gracia de Dios o al menos sin una visita al Stmo. Si no podemos ir a la Iglesia, hagamos al menos la comunión espiritual. Digamos por ejemplo: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza humildad y devoción con que os recibió vuestra Stma. Madre, con el espíritu y fervor de los santos”. Pidamos a la Virgen del Valle, nuestra madre, que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de anhelar el encuentro íntimo con Él, anticipo de las que gustaremos en el cielo. Que así sea.
XXXVI Semana de Estudios Gregorianos
Entre los días 22 y 28 de agosto tendrá lugar en la Abadía de Santa Cruz del Valle de los Caídos la “Semana de Estudios Gregorianos” en su 36ª edición. La conferencia inaugural a cargo del profesor Juan Carlos Asensio versará sobre “Los libros litúrgico-musicales y la política libraria del Cardenal Cisneros”. Además de la formación musicológica, estética y espiritual que los alumnos reciben sobre el canto gregoriano, los profesores J.C. Asensio y J.P. Rubio, OSB, impartirán un curso monográfico sobre el rito y el canto hispano-visigodo. Como cierre especial de la Semana Mons. Ángel Fernández Collado, obispo auxiliar de Toledo, celebrará la Misa en la Basílica, el viernes 28 de agosto a las 11h00, según la antigua costumbre hispana.
Mons. Carlos Osoro preside la Solemnidad de San Benito
El pasado 11 de julio celebramos solemnemente la fiesta de San Benito de Nursia, Padre de los monjes de Occidente y Patrón de Europa. La celebración eucarística, retransmitida por 13TV, estuvo presidida por el arzobispo de Madrid Mons. Carlos Osoro. Asimismo, contamos con la grata presencia de nuestro nuevo Vicario episcopal D. Gil González Hernán y del Vicario para la Vida Consagrada, también recientemente nombrado, P. Elías Royón Lara, S.J. Un nutrido grupo de sacerdotes de las poblaciones vecinas y amigos nos acompañó también en este día.
Asunción de la Santísima Virgen María
Queridos hermanos:
La solemnidad que hoy celebramos es de arraigada tradición en la Iglesia y de un modo especial entre el pueblo fiel, que venera a la Santísima Virgen en el misterio de su Asunción y a la par bajo muy diversas advocaciones. Como dijo el Venerable Pío XII cuando definió el dogma en 1950, la Asunción de María a los Cielos en cuerpo y alma es el broche de oro y la coronación de todos los privilegios marianos (Munificentissimus Deus, 3, 8 y15-16). Ciertamente, la hemos visto en la lectura del Apocalipsis como la “figura portentosa en el cielo”, la “mujer vestida del sol, con la luna por pedestal, coronada con doce estrellas” (Ap 12,1).
Como todos los privilegios marianos, el de la Asunción tiene su razón de ser en la Maternidad divina: en efecto, convenía que María, que había compartido tan estrechamente la vida y la misión de su Hijo, fuera asociada a la gloria de Jesucristo resucitado y reinante en el Cielo. Por eso, al final de su vida terrena, fue elevada a los Cielos en cuerpo y alma por los ángeles. San Pablo lo ha dicho a los Corintios (1Cor 15,20-26): Cristo ha resucitado el primero de todos, como primicia de la resurrección de los cuerpos y garantía de la inmortalidad del alma. Es lógico, pues, que todas las generaciones hayamos venido felicitando a María y la proclamemos dichosa, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella, por Ella y para Ella (Evangelio: Lc 1,39-56).
La Asunción de María nos enseña muchas cosas, pero podemos resaltar algunas. Ante todo, nos indica hacia dónde debemos mirar: hacia su Hijo, Jesucristo, y hacia la meta de la vida eterna en el Cielo, cuyo camino es la imitación de Cristo. San Rafael Arnáiz, monje cisterciense señaló la ruta con claridad: “Todo por Jesús, y a Jesús por María”. La Asunción de María nos muestra que nuestros objetivos reales no deben estar aquí en la tierra: ¿para qué la ambición de poder, de riqueza, de gloria, de brillo o de fama, si nada de todo esto vamos a llevar con nosotros cuando nos llegue la hora de la muerte? ¿Acaso tales cosas nos van a ser valederas ante el juicio de Dios? Somos peregrinos en este mundo y nuestra meta última es el Cielo, donde María Santísima reina junto con su Hijo. Para entrar en el Cielo no nos van a servir de nada el dinero acumulado, ni los títulos universitarios, ni los cargos que hayamos detentado. En todo caso, se nos examinará sobre el uso que de ello hayamos realizado y si hemos hecho de estas cosas un fin en sí mismas.
Esto mismo nos debe hacer reflexionar sobre otra realidad muy importante en nuestros días: la Asunción de María nos enseña la dignidad del cuerpo humano. La Santísima Virgen, siguiendo los pasos de su divino Hijo, no conoció la corrupción del sepulcro y ha sido asunta al Cielo con su cuerpo en estado glorioso. Esto revela que el cuerpo está llamado a resucitar al final de los tiempos y a reunirse para siempre con el alma. Incluso la Filosofía, al abordar la metafísica de la persona humana, concluye la necesidad de reunión definitiva del cuerpo con el alma, porque la persona humana la constituye realmente la unión sustancial del cuerpo y del alma como forma del cuerpo.
Pero, en nuestro tiempo, el pansexualismo que ha conducido a una sociedad hipersexualizada, ha degradado la dignidad del cuerpo para rebajarlo a mero objeto de compra y venta, de exhibición y de obtención de placer que no va acompañado del entero crecimiento personal. El cuerpo, como el alma, está llamado al don, a la entrega por amor, bien a otra persona en el matrimonio, bien por entero guardándolo virginalmente para Dios mediante una consagración total de vida. En el estado presente, en nuestra vida terrena, debemos procurar nuestra santificación considerando que el cuerpo es templo del Espíritu Santo, como nos enseña San Pablo (1Cor 6,19-20). Si tuviéramos esto en cuenta, ¡cómo recuperaríamos el sentido natural y sobrenatural ya casi perdido del pudor y nos alejaríamos de las modas que hoy desnudan casi por completo a la mujer y la convierten en mero objeto! ¡Y cuánto nos cuidaríamos también de acudir a la Sagrada Comunión digna y decentemente vestidos! Muchas veces un sacerdote no sabe si dar o no la Comunión a algunos fieles.
Por eso, hermanos y hermanas, porque en esta sociedad que ha rebajado la dignidad del cuerpo y de la persona completa hemos perdido el sentido del pudor, que es la custodia de la intimidad de la persona, y porque casi nadie lo dice ya, me veo en la obligación de recordar que debemos acercarnos a recibir la Sagrada Comunión dignamente vestidos, decentemente, no como si fuéramos a la playa o de paseo en verano. Recordemos siempre que las iglesias son templos, lugares sagrados, donde Dios está presente, y que en la Eucaristía recibimos al mismo Jesús, al cual debemos acoger sin pecado mortal en nuestra alma y dignamente vestidos en el cuerpo.
Que María, la humilde enaltecida (cf. Lc 1,48.52), Madre espiritual de todos los hombres y Madre de la Iglesia que intercede ante su Hijo por nosotros y nos alcanza de Él las gracias que necesitamos como Abogada y Medianera, nos haga recuperar el sentido del pudor, la virtud de la castidad que realza la dignidad del cuerpo y el anhelo de Dios y del Cielo como meta suprema.
Domingo XV del Tiempo Ordinario
Hermanos en el Señor Jesús: Los profetas y Apóstoles enviados por Jesús nos anuncian que el Reino de Dios está cerca. Los profetas, como es el caso de Amós, además de denunciar el alejamiento de Dios en su tiempo, por parte de los que detentaban el poder civil y religioso, anunciaron el Día de Yahvéh, que es el anuncio a un tiempo del Mesías y de la renovación espiritual que ello supone y del juicio de Dios tras los frutos que esa venida debía haber producido. Ni los profetas ni los Apóstoles de Jesús conocían las fechas de estos acontecimientos históricos.
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Nosotros tampoco conocemos la fecha exacta de la Segunda venida del Señor. Y resulta que tampoco es conveniente saberlo, dada nuestra manera de ser: pues satisfecha la curiosidad no actúa en nuestro interior como llamada a la conversión. Pero tanto los profetas como los Apóstoles nos hablaron de estos acontecimientos salvíficos de gran magnitud. Y nosotros no podemos ignorarlos. Y menos aún no desear que se produzcan, pues el Señor nos dice al respecto: “alzad vuestras cabezas, se acerca vuestra liberación”.
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Históricamente hablando, Amós es el primero entre los profetas que habla del Día de Yahvéh. No era una novedad. Y ya tiene que salir al paso de una falsa concepción del mismo con estas palabras: “¡Ay de los que ansían el Día del Señor! ¿De qué os servirá el Día del Señor? ¡Será tiniebla y no luz!,” (5,18) pues entre sus contemporáneos había algunos que lo reducían a día glorioso y de triunfo, lo cual es sólo una parte del mismo. En otro lugar habla del castigo de la casa de Israel y de su definitiva y gloriosa restauración en el pequeño resto fiel (9,5-15). De esta manera queda claro que Amós entiende el Día de Yahvéh como juicio muy severo lleno de dolor y obscuridad y a la vez como el Día de la gran misericordia y bendición para los que permanecieren fieles o se arrepintieran sinceramente y supieran ver en el castigo una llamada a la conversión.
En el Salmo responsorial, el Salmo (84) propio del Adviento en la liturgia tradicional, también hemos percibido cómo en la perspectiva profética se anuncian unidas la doble venida mesiánica en la encarnación de Jesucristo, “La salvación está ya cerca y la gloria habitará en nuestra tierra”, y el establecimiento intrahistórico de su reino de justicia y amor todavía no cumplido, aunque sin aludir a la purificación previa: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. … El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto.”
El Evangelio nos ha desvelado una faceta del ministerio de Jesús a la que se quiere poner sordina en la pastoral moderna. Se trata del envío a sus Apóstoles: “dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos”. Esa autoridad que Jesucristo les da sobre los espíritus inmundos la explicita más adelante y dice, en el mismo pasaje que se ha proclamado hoy, que “echaban muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y les curaban”. Lo cual es una buena noticia, porque ese poder también lo han recibido los sucesores de los Apóstoles que son los obispos. Éstos por su parte comunican a los sacerdotes ese poder en medida diversa, según sean sacerdotes exorcistas o no. Son muchas las diócesis españolas en las que esta faceta tan importante del ministerio apostólico no está atendida ni nombrados sacerdotes exorcistas.
El Apóstol San Pablo da como una señal de los últimos tiempos, es decir, de ese tiempo al que se referían los profetas del Antiguo testamento con la expresión “el Día de Yahvéh”, la proliferación de doctrinas de demonios y del espiritismo en la primera carta a Timoteo: “El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos se alejarán de la fe por prestar oídos a espíritus embaucadores y a enseñanzas de demonios” (1Tim 4,1). Nosotros, tan súper informados como estamos, nos damos cuenta, si no miramos a otra parte, de la cantidad de sectas satánicas que aparecen cada día y que ya no se esconden, la ingente literatura sobre espiritismo que se pone en la actualidad incluso en manos de niños, la estadística escalofriante sobre la proporción de películas que tratan de estos temas, así como de vídeo juegos sobre esta temática con los que se contamina la juventud y los que no son tan jóvenes. Una buena parte de la apostasía en la que estamos inmersos procede de esta fuente. Y esta realidad constituye una señal más de la inminencia de los últimos tiempos.
El himno que abre la carta a los Efesios que se ha proclamado nos ha desvelado cómo Dios quiere “recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra”. Al presente parece que aquí en la tierra no le está sometido todo, pues los hombres hemos sido rebeldes, incluso una vez llevada a cabo la Redención del hombre por la muerte y resurrección de Cristo. Sin embargo, Dios, en su infinita misericordia, no desiste de su plan de reconducir todas las cosas a su origen. Queda pendiente, pues, la etapa que San Pablo denomina “la Redención completa del pueblo”, o sea la Parusía o Segunda venida de Cristo. Venimos de Dios y hemos de volver a Él. Y para ello es preciso que los hombres seamos purificados por la gran tribulación (Mt 24,21; Apc 7,14), paso previo a este recapitular todas la cosas en Cristo. Este es el gran acontecimiento de los últimos tiempos que parece ya muy próximo por el cumplimiento de las señales dadas por Dios, y del que no se quiere oír hablar.
Hermanos, ¿qué nos quiere decir el Señor a nosotros con toda esta información que está a nuestro alcance y con otros datos que completan esta visión de conjunto?
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A mi modesto entender el mensaje es: no podemos caminar como sonámbulos cuando nos acecha tan gran prueba y peligro para nuestra fe. Hemos de tomar medidas personales y ojalá se tomasen también a nivel colectivo para no sucumbir ante la densa tiniebla que nos va a envolver y ante el juicio que pesa sobre esta generación en esta etapa de la historia de la Salvación. Lo cual el Señor ya nos lo había anunciado desde antiguo en la Sagrada Escritura. Nuestra tarea es leer con ojos lúcidos la información que nos ofrecen la Palabra de Dios por una parte y los medios de comunicación y nuestra experiencia del trato y comunicación entre todas las personas que nos rodean, por otra. El Señor quiere que, a pesar del gran revulsivo que esto supondrá, estemos serenos ante tanta confusión y muy unidos a Él. Si nuestra relación con Él es fría o la hemos dejado de lado es preciso recuperarla hasta su más alto grado de intimidad. Urge tomar el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo en toda su radicalidad como punto básico de nuestra preparación. Y para ello examinar los fallos que sin duda todos tenemos. Esos enfermos a los que iban a curar los Apóstoles somos cada uno de nosotros, y el Señor nos dice: habla con ese amigo, familiar o compañero de trabajo al que has decidido ignorar. Vive el mandamiento del amor, no te quedes en bellas teorías.
Hemos venido aquí en busca de luz y salvación. La Eucaristía que celebramos nos introduce en el misterio de Cristo y nuestra participación incluye acoger la gracia que se nos ofrece en el plan completo de Dios de la Salvación, que incluye etapas que a nosotros nos son costosísimas de asumir. Queremos inmolar nuestra propia voluntad en aras de su voluntad salvífica que abarca mucho más de lo más que nosotros podemos comprender. Es una de las maneras que se nos ofrecen hoy de unirnos al sacrificio de Cristo en la Cruz del que ahora hacemos memoria sacramental.







