Recientemente un grupo de escolanes ha visitado la exposición “Cantorales. Libros de música litúrgica en la Biblioteca Nacional”. Allí pudieron aprender las razones de su gran tamaño, su utilidad en los coros de las catedrales o monasterios, su evolución a lo largo de los siglos, la calidad de sus preciosas miniaturas. De entre todos los ejemplares expuestos, los que más les llamaron la atención fueron los que pertenecieron a los Reyes Católicos, que a pesar de tener un tamaño más reducido, destacan por la belleza de sus capitales historiadas, los pautados en tinta roja y el uso de pan de oro para indicar los inicios o los finales. La visita fue una experiencia enriquecedora en uno de los grandes centros culturales de Madrid.
Miércoles de Ceniza
Queridos hermanos:
Con la celebración de hoy damos comienzo a la Cuaresma, tiempo litúrgico especialmente orientado a la conversión interior, a una vuelta hacia Dios, del que nos hemos venido apartando por el pecado. Es una oportunidad que Él nos concede, pero que exige de nosotros la respuesta adecuada. De hecho, tal vez nos pueda sorprender un poco la invitación que hace San Pablo en la segunda lectura, tomada de su segunda Carta a los Corintios (2Cor 5,20-6,2): “Dejaos reconciliar con Dios”; y un poco más adelante, nos dice: “Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios”.
El Apóstol nos pide que nos dejemos reconciliar con Dios: evidentemente, está diciendo que, si nosotros libremente no queremos que Él nos perdone, no nos podrá perdonar, porque Él respeta nuestra libertad. El perdón exige sólo una cosa: arrepentimiento sincero. Si el pecador no se arrepiente, no se le perdona, porque él mismo se niega a ser perdonado. No es falta de misericordia por parte de Dios, sino falta de sinceridad por nuestra parte cuando nos empeñamos en mantenernos en nuestro pecado, tal vez en nuestra vida de falsedad e hipocresía.
El arrepentimiento, en efecto, debe ser sincero. Si sólo es de palabra y externo, se queda en nada. Quizá a otros hombres podamos engañarlos, pero a Dios nunca, pues Él conoce lo más secreto de nuestro corazón. Por eso el rey-profeta David ha rogado en el Salmo 50, el Salmo “Miserere”: “Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Y el profeta Joel también ha transmitido la invitación de Dios a convertirnos de todo corazón, rasgando los corazones, no las vestiduras (Jl 2,12-18).
La Cuaresma es un tiempo para la conversión. Conversión auténtica, sincera, interior, del corazón y del alma. No puede quedarse meramente en lo externo. Es a lo que tanto Joel como el propio Jesús nos exhortan: de nada valen la limosna, la oración y el ayuno, de nada sirven la penitencia y las palabras piadosas, si realmente no queremos cambiar por dentro. Ninguna validez tienen las promesas devotas que luego no se cumplen. Hace falta arrepentimiento sincero. Con Dios no se juega: a Él no se le engaña. No podemos jugar diciendo hoy una cosa y mañana otra, cambiando de parecer ante Dios o ante los hombres según nos conviene, haciendo cálculos humanos para ver qué situación nos resulta más propicia a nuestros intereses en cada momento. Tal vez engañemos a los hombres, pero no a Dios.
Y para que el arrepentimiento sea sincero y creíble, debe existir además verdadero propósito de la enmienda, es decir, una intención firme de corregirnos en aquello que fue nuestro pecado o en aquello que lo motivó; y, en la medida de lo posible, también debemos tener la intención firme de reparar el daño ocasionado.
Todo esto, evidentemente, exige otra cosa más, una virtud fundamental que para San Benito es la que debe ser la virtud principal en todo monje: la humildad (RB VII). Ante Dios sólo podemos presentarnos con humildad, porque Él es nuestro Creador y, por medio de su Hijo Unigénito, nos ha hecho además ser hijos adoptivos suyos. Ante Dios no podemos reclamar nuestros derechos, como lo pretendió Lucifer y luego lo hizo Adán tentado por éste. Ante Dios no cabe, por nuestra parte, más que la mirada humilde, sencilla y sincera, la del que se reconoce pequeño y pecador, la del que mira con ojos limpios y transparentes, la del que pide perdón sin esperar nada a cambio.
Si no lo hacemos así, echaremos en saco roto la gracia de Dios, según nos ha amonestado el Apóstol. Lo repito: a Dios no se le engaña; ni siquiera el hombre más hábil para engañar a los demás logra engañar a Dios.
Sin embargo, si logramos en esta Cuaresma adquirir las actitudes y las virtudes que hemos señalado, no dudemos que alcanzaremos la Misericordia amorosa de Dios. Experimentaremos entonces su dulzura y su perdón. Por medio de la penitencia exterior y de la conversión interior, participando de los padecimientos de Cristo en la Pasión, participaremos después también de la gloria de su Resurrección y Ascensión (cf. RB Pról., 50). Porque la Cuaresma no se cierra en sí misma, sino que se abre a su culminación en la Pascua: es camino que nos conduce al Cielo.
Que María Santísima nos ayude a vivir este tiempo con espíritu de conversión y de humildad.
VI Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos en Cristo Jesús: El peor mal que puede padecer el hombre es sin duda perder la conciencia del pecado. La liturgia de este domingo es un regalo del Señor abriéndonos los ojos ante el peligro tan serio que nos amenaza siempre, pero que es el mal de nuestro tiempo. Vivimos en oscuridad y confusión a pesar de que tendemos a pensar que nunca hemos sido tan lúcidos para detectar las posibles amenazas que nos envuelven. El hombre de hoy se autoengaña y piensa que los males que nos aquejan y nos hacen infelices son económicos o políticos. Pero nunca queremos enfrentarnos a la raíz del mal: nuestro pecado. Pensamos que el pecado no tiene que ver con el desarrollo de la historia.
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La lectura del Levítico, con sus prescripciones sobre la lepra, puede parecer a primera vista inadecuada para el hombre de hoy, un resto arqueológico venerable como documento histórico, pero nada más. Sin embargo, hermanos, nos ayuda a abrir nuestra mente a un nivel de comprensión más elevado: la que acepta que Dios creó todo bueno, pero que el pecado apareció en el mundo y lo tiene sojuzgado. Debemos trasladar al pecado, conforme ha hecho la tradición de la Iglesia, las minuciosas prescripciones del Levítico acerca del diagnóstico que debe emitir el sacerdote sobre la lepra y el aislamiento a que debe estar sometido el leproso para no contagiar. ¡Qué inmensos beneficios se seguirían para nuestro tiempo si aplicásemos al pecado las mismas precauciones que el Levítico aplica al leproso! ¡Qué rumbo tan diferente tomarían nuestras vidas si ante las ocasiones de pecado nos gritásemos interiormente!: “¡Impuro, impuro!”. Sin embargo, dada nuestra debilidad, jugueteamos incautamente con ellas o no acudimos a la oración para evitarlas.
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San Pablo se atreve a ponerse como modelo ante los corintios, pero enseguida dice que él sigue el ejemplo de Cristo. Si Cristo ha sufrido por nosotros, nosotros también debemos hacer la pequeña parte que nos toca sin queja ninguna, pues el Señor ya ha retirado lo que está por encima de las fuerzas de nuestra naturaleza caída en el pecado.
En el Evangelio la lepra es vista bajo una perspectiva diferente: Jesús se acerca al leproso y hasta lo toca, en contra de las prescripciones de la ley mosaica, porque ni la enfermedad ni el pecado pueden nada contra Él. Es más, Jesucristo anuncia así con sus gestos que ha venido a salvar del peor mal, del pecado y una prueba contundente es que puede curar en un instante la lepra, enfermedad incurable hasta hace pocas décadas. Hay otro aspecto mucho más profundo en la misión salvadora del Mesías: Jesús, como el Siervo doliente de los cánticos de Isaías, llega a ser considerado un leproso en su Pasión. Y añade el profeta: “sus heridas nos han curado”. Es decir, Jesús sufre en lugar de nosotros: no nos ha ahorrado todo dolor, pero la parte mayor la ha asumido Él. ¡Cómo tendríamos que agradecerle en cada Eucaristía, que significa acción de gracias, esta parte mayor de la pena que nos corresponde por nuestros pecados!
Nuestra parte, queridos hermanos, es confesarnos, superar la vergüenza por haber pecado y la pereza para acudir al confesor, estar vigilantes con la oración, prevenir y alejarnos de las ocasiones de pecado, ver con realismo nuestra debilidad y no desafiar al pecado orgullosamente. La súplica del leproso debería acudir a nuestros labios con simplicidad pero con plena confianza: “Si Tú quieres, puedes limpiarme”. Y también nos toca proclamar las maravillas que ha obrado Dios en nosotros: dar testimonio de tantas veces como la confesión ha supuesto para nosotros palpar la misericordia de Dios que nos fortalecido y nos ha dado paz cuando estábamos inquietos. Es decir, también debemos ayudar a los que viven en pecado y advertirles con toda caridad que no pueden comulgar hasta que el pecado desaparezca. Muchas veces se recibe por ignorancia el Señor sacramentado en un cuerpo rehén de Satanás. Ni debemos pasar de largo ni actuar con prepotencia o haciendo sufrir al que peca no por estar en pecado, sino por la forma tan falta de humildad y delicadeza como a veces se lo decimos.
Participar de la Eucaristía es un don inmerecido, pero ya que se nos da, no dejemos de comulgar por descuido de confesarnos a tiempo ni por pereza de acudir a la Eucaristía, pues de nuestra participación en ella puede depender la conversión de muchos, incluso de vuestros propios hijos, que quizás se hayan alejado, pero que a lo mejor tampoco estamos haciendo por ellos todo lo que está en nuestras manos. Es un gran misterio, pero la salvación de muchos depende del sacrificio y oración de unos pocos.
Por último hermanos, con este domingo se cierra la 1ª parte del tiempo ordinario, pues estamos a tres días del inicio de la Cuaresma. Aunque el próximo miércoles no es de precepto, si no recibierais la ceniza sería empezar con mal pie la Cuaresma, tiempo favorable para nuestra conversión personal, sobre todo con los 3 medios que la Iglesia nos propone: oración, ayuno y limosna. Miércoles de ceniza y Viernes Santo son los dos únicos días al año en que el ayuno obliga a una sola comida, aunque pudiendo tomar algo de alimento por la mañana y por la noche, guardando las legítimas costumbres en la cantidad y calidad de los alimentos. La abstinencia de carne no puede sustituirse por otras mortificaciones, limosnas, obras de piedad o de caridad, los viernes de Cuaresma, salvo dispensa.
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Queridos hermanos: pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de vivir esta Cuaresma con humildad y pobreza de espíritu, dominio de nuestros instintos y obediencia a la voluntad de Dios, esperando la Pascua con gozo de espiritual anhelo. Si en la tentación acudimos a María, Ella nos ayudará en el combate cristiano contra las fuerzas del mal. Que así sea. Y ahora pongámonos en pie para recitar la profesión de fe.
Cursos en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo
El P. Juan Pablo Rubio, miembro de nuestra comunidad, permanece entre los meses de febrero y marzo en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo en Roma (PIL) para impartir dos cursos. El primero lleva por título “Lectura y hermenéutica de manuscritos litúrgicos” y está centrado en el estudio de las fuentes medievales del Rito Romano. El segundo, dentro del Master universitario en Música Litúrgica, trata del análisis y la interpretación del Canto Gregoriano. Erigido en 1961 por la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades, el PIL tiene grado de Facultad en Sagrada Liturgia, pudiendo conceder los títulos académicos de Licenciatura y Doctorado.
Presentación del Señor
Queridos hermanos:
En este día de hoy, la Iglesia ha celebrado tradicionalmente de forma conjunta tres aspectos de una misma fiesta: la Presentación del Señor en el Templo, la Purificación de la Santísima Virgen María y la Candelaria o Fiesta de Simeón, quizá lo más llamativo litúrgicamente por la procesión de las candelas. Los tres aspectos aparecen perfectamente explícitos en la lectura del Evangelio (Lc 2,22-40).
En la Presentación del Señor y la Purificación de María contemplamos la humildad y la obediencia de Jesús y de su Santísima Madre al observar fielmente los preceptos de la Ley mosaica: todo primogénito varón hebreo debía ser redimido en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento para quedar consagrado a Dios y la madre debía someterse al rito de la purificación (Ex 13). Jesús y María, sin necesidad de hacerlo, han querido cumplir lo que establecía la Ley.
En esta circunstancia, el Evangelio recoge la profecía del anciano Simeón y de Ana, que estaban aguardando el advenimiento del Mesías. Simeón, en concreto, exclamó las palabras del Nunc dimittis (Lc 2,29-32): “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Unas palabras en las que Cristo es denominado lumen Gentium, “luz de las gentes”, “luz de las naciones”, la luz que alumbra a todos los pueblos.
En efecto, en la fiesta de hoy descubrimos a Cristo como la única luz verdadera, la luz que alumbra a todos los hombres, según Él mismo se ha presentado: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Sólo Él puede iluminar y hacer comprender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.
Y también sólo Él puede ser el fundamento de la vida religiosa y consagrada, cuyo día celebramos hoy. En consecuencia, los consagrados no debemos hacer perder a Cristo la centralidad absoluta que siempre debe tener en nuestra vida, en nuestra vocación; no debemos sustituirlo por sucedáneos que al final nos harán insoportables la vida en comunidad, los votos religiosos y hasta el sentido mismo de una vida dedicada a Dios. Podemos correr el riesgo de dejarnos seducir por sucedáneos que nos lleven a buscar fuera de Dios lo que sólo en Dios podemos encontrar. A este peligro estamos sometidos todos, más aún si tenemos en cuenta que el demonio aborrece los votos religiosos y trata de arrebatar a Dios las almas enteramente consagradas a su servicio y a su amor. Por eso es fundamental que cada persona consagrada haga diariamente un examen de conciencia en el que se pregunte si el centro real de su vida sigue siendo Jesucristo o lo ha desplazado por algo humano.
En fin, en este día debemos pedir también a Jesucristo, verdadera luz del mundo, por las vocaciones religiosas, y más concretamente en nuestro caso por las vocaciones monásticas. Hoy hacen falta jóvenes capaces de dar una respuesta generosa a la llamada de Dios, jóvenes conscientes de que sólo Dios es capaz de llenar el alma y la vida entera como nadie ni nada es capaz de hacerlo. Que María Santísima, Modelo para todos los consagrados, nos alcance de Dios esta gracia para la Iglesia.
El fondo antiguo de la Biblioteca en la red
La Biblioteca de la comunidad benedictina de Santa Cruz del Valle de los Caídos cuenta entre sus fondos propios con una sección de obras pertenecientes a los siglos XVI-XVIII. Las temáticas que destacan en ella son la historia eclesiástica, el derecho canónico, la patrística, la liturgia y las obras de autores de la tradición monástica. A finales de 2012, cuando dicho fondo se reunió en una sala independiente, pudo acometerse su informatización y descripción detallada por parte del proyecto “Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español”. Recientemente, el trabajo realizado, tras su revisión, se ha volcado en la web, lo que favorecerá su conocimiento entre los investigadores.







