El domingo 25 de enero la Hospedería externa del Valle de los Caídos ha acogido la conferencia titulada “Libertad, igualdad, fraternidad y descristianización” a cargo del Dr. D. Javier Paredes Alonso, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá de Henares. La conferencia se encuadra dentro del ciclo “Europa: Raíces, Identidad y Misión”, organizado por la Fundación Foro San Benito de Europa. La próxima cita de este ciclo tendrá lugar el 22 de febrero con la intervención del Dr. D. Dalmacio Negro Pavón, quien hablará sobre “La Gran Revolución y la gran contrarrevolución”.
III Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos:
Los evangelios de los domingos posteriores a la fiesta del Bautismo del Señor nos presentan los comienzos del ministerio de Jesús, los primeros pasos de su vida pública. Los evangelistas muestran a ese maestro que recorría los caminos de Galilea anunciando la llegada del reino de Dios, proclamando los tiempos mesiánicos, enseñando, curando enfermos, consolando afligidos. Tal vez al contemplar a ese Cristo peregrino, un autor de nuestro tiempo se atrevió a decir que «el verdadero protagonista de la historia es el Mendigo: Cristo mendigo del corazón del hombre». Esta bella imagen no la podemos separar de esta otra: «el corazón del hombre [es] mendigo de Cristo» (L. Giussani). Sí, hermanos, hemos venido a esta celebración porque nuestra alma está sedienta de verdad, sedienta de plenitud, ansía escuchar palabras de vida eterna y sabemos que sólo él, Jesús, mendigo que llama a la puerta de nuestro corazón, puede saciarnos y colmar de sentido y esperanza nuestra realidad.
Después de haber escuchado la Palabra de Dios, me gustaría compartir con vosotros dos reflexiones que se desprenden del relato evangélico. La primera es el mensaje de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». La segunda es su iniciativa de llamar a unos hombres como discípulos. Ambos, mensaje y llamada, constituyen dos hechos que encierran una enseñanza profunda y positiva para nosotros.
Jesús exhorta a la conversión. Su llamada es apremiante como la de Jonás a los ninivitas o la de san Pablo a los corintios. Se trata de cambiar completamente de orientación y de conducta; se trata también de creer, de acoger la buena noticia, que consiste en que Dios va a intervenir para nuestra salvación y nos pide eliminar todo obstáculo. A nosotros el lenguaje de la conversión nos recuerda la Cuaresma y nos produce un cierto rechazo, porque lo relacionamos en seguida con privaciones, ascesis, erradicación de vicios y pecados tan arraigados en nuestra vida. Pero, en realidad, tenemos que agradecer esta llamada, debemos dar gracias por esta exhortación al arrepentimiento y al cambio: porque Dios quiere derramar su amor sobre nosotros, quiere transformar nuestra existencia para que sea bella, fecunda y plena de alegría. El de Jesús, además, es un anuncio positivo y esperanzador. Es como si dijera: «creed que la etapa final de la historia ha comenzado con mi presencia entre vosotros». Él es el Evangelio, anuncio de una victoria que lleva a los hombres la paz y el bienestar (A. Vanhoye).
Podríamos añadir que la conversión en la Biblia incluye al menos dos aspectos o realidades: una conversión religiosa y una conversión ética. La conversión religiosa es la decisión de poner a Dios por encima de todo. No significa llegar a ser santos en seguida, pero indica la determinación radical de situarle sobre todas las cosas y de someternos a él. Se trata de un cambio de horizontes fundamental e importantísimo: mi vida tiene en cuenta la primacía de Dios y de él dependo en todo. La conversión ética, por su parte, es la manifestación visible y externa de la anterior: consiste en la decisión de no servir a los ídolos, de no ser esclavos del dinero, del placer desordenado, del éxito o el poder. Esta conversión es un don de Dios, no es fruto únicamente de nuestro esfuerzo; es el Espíritu Santo en nosotros, es Cristo que vive y actúa en nosotros. Por tanto, la decisión consiste en aceptar la idea de someternos a la guía del Espíritu Santo y de abrazar una vida nueva según el Espíritu (C.M. Martini). Estas dimensiones de la conversión son las que difunden el reinado de Dios en nuestro entorno y en nuestra sociedad.
El segundo aspecto que quisiera comentar es la iniciativa de Jesús que llama a los primeros discípulos inmediatamente después del anuncio de la buena noticia. Se dirige a unos hermanos que trabajaban como pescadores en el lago de Tiberíades: Simón y Andrés, Santiago y Juan. Por un lado, el esquematismo de estas escenas de vocación encierra un significado doctrinal. La síntesis de una vocación cristiana es que Jesús ve, llama y el llamado lo sigue sin condiciones (M. Iglesias). Como veis, la iniciativa es toda de Jesús; a los discípulos no se les pide que tengan unas cualidades humanas especiales, sino una obediencia pronta. San Marcos nos dice que lo dejaron todo, abandonaron todo lo que tenían y a sus seres queridos, y fueron en pos de Jesús. Su camino posterior será un seguirle y estar con él, descubriendo lo que ha hecho de ellos sin mérito por su parte, aunque exigiéndoles la disponibilidad y el desprendimiento de todo lo que poseen y han sido hasta entonces.
Hoy Jesús, peregrino y mendigo, maestro y Señor, pasa también por nuestra vida, pasa junto a nosotros que andamos a menudo encerrados en nuestros quehaceres, cegados en nuestras ocupaciones, sin más horizonte que el terreno, con una fe pobre y adormecida… Y el Señor nos ofrece el don de ser sus discípulos; discípulos disponibles y audaces, que contagien la alegría de creer en el Evangelio, el gozo de servir en la propagación del reino de Dios. En realidad, no tienes que hacer cosas extraordinarias: basta que le escuches, que le mires, que le prestes atención, porque la vocación es una palabra que nos es dirigida, una semilla que nace y crece dentro de la relación con Dios. La vocación es aceptar un diálogo en el que yo no digo ni la primera ni la última palabra: sólo tengo que contestar.
A los más jóvenes que participáis en esta eucaristía, os diría que una de las cosas más bellas de la vida es discernir la llamada del Señor. Sea cual sea la llamada, respondedle con prontitud y con generosidad, como hicieron los primeros discípulos, que no eran ricos, pero lo dejaron todo por él. El camino no es otro que tomar en serio la Escritura como palabra dirigida a ti. Su meditación diaria, perseverante, hace posible que Dios ilumine tu vida y la dirección que has de tomar.
A la virgen María, primera discípula de Cristo, le suplicamos que nos ayude a alcanzar la verdadera libertad para vivir en estado de conversión y en una gratitud constante, porque la presencia de Jesús es el Evangelio capaz de dar vida al mundo.
Comienza el periodo de prueba de voces para el curso 2015/2016
A partir de la próxima semana los profesores del Área musical de la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos comenzarán a visitar algunos centros escolares y catequesis de distintas provincias con el fin de seleccionar nuevos cantores. Las pruebas de voz están abiertas a todos los niños a partir de nueve años que estén interesados en conocer la Escolanía y entrar a formar parte de ella el próximo curso. Además de estas salidas, quienes estén interesados en conocer esta prestigiosa institución pueden ponerse en contacto directamente con nosotros.
Actuaciones musicales de enero
El próximo sábado 17 de enero la Escolanía del Valle de los Caídos ofrecerá un recital en la casa de la familia Berrocal. Esta actuación, de repertorio navideño, se ha convertido en una hermosa tradición para la Escolanía, y es una oportunidad para sobrellevar el retorno a las clases después de las vacaciones de Navidad. Asimismo los chicos pueden disfrutar de una espléndida colección de belenes de muy diferentes estilos y épocas. Por otra parte, el sábado 24 de enero la Escolanía actuará en la iglesia parroquial de Bernuy de Porreros, muy cerca de Segovia (a las 18h00). El concierto quedará dividido en una primera parte de canto gregoriano, dirigida por el P. Laurentino Sáenz de Buruaga, y una segunda de repertorio polifónico, dirigida por Iñaki Muñoz Albert.
II Domingo después de Navidad
Queridos hermanos:
Durante este tiempo de Navidad la Iglesia nos invita a tomar conciencia del acontecimiento central de la Encarnación, contemplando a Jesús recién nacido. Hacedlo con toda sencillez, sin pretender buscar elevadas reflexiones o elaborar demasiados razonamientos. Se trata sobre todo de llenarse de una presencia, de estar ante Él en silencio, en pobreza y humildad de corazón, adorándole y permaneciendo a su lado con amor y con inmensa gratuidad. Es ésta la mejor actitud con la que podemos presentarnos ante el niño Jesús. Él está aquí: ¡Jesús se encuentra en medio de nosotros, es «Dios con nosotros»! No habla, no actúa, no puede pronunciar palabras que nos iluminen, no sabe hacer nada útil; simplemente está. Y esto es lo que importa: que haya venido a estar entre nosotros. Permanecer ante él puede convertirse en una plegaria fecunda y provechosa para nuestra alma, en fuente de paz y de gozo, porque el niño Jesús cambia el corazón de quien lo contempla y lo adora, otorgándole un corazón de hijo de Dios.
El pasado domingo, dentro de la octava del Nacimiento del Señor, contemplábamos a la familia humana de Jesús. Resulta conmovedor ese realismo con que el Hijo de Dios se ha insertado en nuestra historia: Jesús se encuentra con nosotros, aceptando desde el principio los inconvenientes de una existencia pobre; ha tomado sobre sí toda nuestra debilidad e impotencia. Lo cual constituye un testimonio de amor verdadero: «Tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos», subraya la Carta a los Hebreos. San Lucas por tres veces escribe que el niño fue depositado en un pesebre que se utilizaba para los animales. Este detalle apunta la extraordinaria precariedad de su primera situación en la tierra.
La liturgia de hoy, por su parte, está centrada en nuestra relación con Dios: una relación que se ha vuelto verdaderamente estrecha, íntima, muy bella, mediante la Encarnación de Jesús. El Prólogo del evangelio de san Juan manifiesta que la Palabra de Dios es el Hijo unigénito de Dios, que se ha encarnado: «La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios». Por consiguiente, existe una unión estrechísima entre la Palabra y Dios. Y al final del Prólogo se llama a la Palabra «Hijo único». La Palabra no es, por tanto, una criatura, sino una persona divina; es «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero» como confesamos en el Credo (A. Vanhoye).
Esta persona divina se ha encarnado verdaderamente. De este modo, ahora, para orientar nuestra vida, no sólo disponemos de una ley o de una institución, sino de una persona que ha asumido una naturaleza como la nuestra. Por eso Jesús se ha hecho camino para nosotros. Los ejemplos de su vida entre los hombres son verdadera norma de conducta, senda por la que caminar seguros hacia Dios y hacia la felicidad eterna. Desde que Jesús se ha hecho camino y se ha considerado siervo («Yo estoy entre vosotros como el que sirve», dirá), nuestra vida cristiana encuentra en el servicio a Dios y al prójimo uno de sus núcleos más fuertes y fecundos. El camino del servicio sencillo, alegre y discreto está en la base de nuestra espiritualidad. Si llegamos a gozar de ser servidores tendremos alegría permanente A la beata Teresa de Calcuta le gustaba decir que el fruto del silencio es la oración, el fruto de la oración es la fe, el fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz. En la realización del servicio de amor, que cada uno realiza según su vocación y carisma, podemos tener presente también la frase atribuida a san Ignacio de Loyola: «Trabaja como si todo dependiera de ti, sabiendo que todo depende de Dios». Se trata de la indiferencia: haz las cosas lo mejor que puedas, pero recuerda que eres sólo un servidor, así que deja que las cosas fructifiquen por sí mismas. Deja a Dios hacer su trabajo.
Ahora bien, el Hijo único de Dios, que acampó entre nosotros, no nos ha reducido a una servidumbre sin horizontes. Es Él quien nos da la posibilidad de llegar a ser hijos adoptivos de Dios. Nosotros no somos dioses como lo es Jesús, pero participamos de una manera profunda en esta filiación de la Palabra encarnada. Dice san Juan: «A cuantos recibieron [la Palabra] les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Ése es el objetivo de la Encarnación: el Hijo único de Dios se ha hecho hombre no sólo para estar entre nosotros, sino para ser precisamente uno de nosotros e introducirnos en una relación íntima con el Padre celestial. Jesús nos trae esta adopción filial y nos confiere una dignidad extraordinaria. Acojamos y agradezcamos este magnífico don.
En vísperas de la gran solemnidad de la Epifanía, tomemos conciencia de la única seguridad en la que podemos apoyarnos: la seguridad de ser amados por Dios, de amarle y amar a todos. Las cosas materiales, los regalos están bien en la medida en que son un gesto de amor y apertura hacia los demás. Pero no nos quedemos ahí. Dios mismo quiere entregársenos como don supremo, el único don que puede saciar nuestra sed de felicidad, de dicha en plenitud. Al mismo tiempo no deja de llamarnos para anunciar la persona de Cristo, convirtiéndonos así en don para los demás. Que nuestra meditación de este gran misterio se traduzca en servicio, en disponibilidad, en testimonio de Jesús hecho hombre por amor a nosotros.
Que por la intercesión maternal de la Virgen María gocemos de los bienes de esta vida como don de lo alto y que agradezcamos siempre el abajamiento del Verbo encarnado que se ha hecho camino y nos ha alcanzado la gracia de ser hijos de Dios.
Navidad
Queridos hermanos:
El texto del Evangelio de San Juan de hoy (Jn 1,1-18) sintetiza y resume a la perfección, en unas palabras breves y a la vez profundas, todo el misterio de Jesucristo. Él es la Palabra, el Verbo de Dios, el Logos divino coeterno con el Padre y que ha asumido la naturaleza humana, haciéndose verdadero hombre sin dejar de ser Dios.
Con acierto se ha indicado en muchas ocasiones que el cristianismo, a diferencia de otras religiones, no es tanto una doctrina y un culto, como más bien fundamentalmente una Persona: Jesucristo. Él es el Hijo de Dios hecho hombre para religar al hombre con Dios, para redimir al hombre caído, para devolverle la dignidad perdida a consecuencia del pecado y conducirle de nuevo a la comunión amorosa con el Dios que es comunión de Personas en el amor. Jesucristo, verdadero Dios, ha traído al hombre la plenitud de la revelación del Dios vivo: por eso nos ha dicho San Juan que Él es “la luz verdadera que alumbra a todo hombre”; Él, “el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”, quien nos hace posible conocer al Dios único en esencia y trino en Personas.
En la Carta a los Hebreos hemos escuchado (Heb 1,1-6) que el Hijo de Dios es “el reflejo de su gloria” ?de la gloria del Padre? e “impronta de su ser”. Y tal como se nos dice, está por encima de los ángeles, porque Dios no dijo jamás a un ángel: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”; el Padre sólo puede haber dicho esto a su Hijo Unigénito, engendrado por Él eternamente, en ese “hoy” que es el “hoy” eterno. Al conocerse y amarse a Sí mismo, el Padre engendra eternamente una Imagen perfecta de Sí mismo, que es el Hijo, el Verbo. En efecto, San Pablo dice a los Colosenses que es “imagen del Dios invisible” (Col 1,15) y ya en el libro de la Sabiduría se anunciaba que es “una exhalación de la potencia de Dios y un limpio efluvio de la gloria del Todopoderoso”, “irradiación esplendorosa de la eterna luz y espejo inmaculado de la energía de Dios y una imagen de su bondad” (Sab 7,25-26). La generación del Verbo por el Padre, por tanto, se realiza en un “hoy” eterno, sin un antes y un después temporal. Por eso decimos en el Credo niceno-constantinopolitano, frente a la vieja herejía de Arrio, que es “engendrado, no creado”, y en la exactísima formulación griega y latina afirmamos que es “consubstancial” al Padre”, homoousios.
San Juan nos ha dicho que se hizo carne, se hizo hombre, y habitó entre nosotros. Efectivamente, se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María, que es así verdadera Madre de Dios. Y al llevar esto a cabo, Jesucristo, verdadero Hombre, ha elevado la naturaleza humana a la máxima dignidad al asumirla perfectamente y llevarla a su glorificación.
Por todo ello, el cristianismo hace gala de su nombre y es cristocéntrico. Jesucristo es sin lugar a dudas el centro y el eje de la Historia, el Esperado de las naciones (Is 42,4 y Mt 12,21; Is 11,10.12 y Rom 15,12), manifestado en la plenitud de los tiempos (Gal 4,4; 1Pe 1,20), nacido de una Mujer (Gal 4,4) que es verdadera Madre de Dios. En la Carta a los Hebreos (Heb 1,1-6) hemos escuchado también una afirmación de esta centralidad de Jesucristo como eje de la Historia de la Salvación y de la Historia entera del mundo, pues “ahora, en esta etapa final, [Dios] nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo”.
Autores cristianos antiguos han explicado la Historia precisamente en torno a esta idea de “las edades del mundo” culminantes en Jesucristo: San Agustín, San Gregorio Magno, San Isidoro de Sevilla, San Beda el Venerable y todos Padres de la Iglesia que han expuesto una teología de la Historia con mayor o menor profusión han recogido y expuesto esta visión.
En fin, con el deseo de tener presente en nuestro recuerdo y en nuestra oración a los cristianos del Próximo Oriente que están viviendo una época especialmente dura de persecución y violencia, podría ser bueno y hermoso meditar en estos días el misterio del Verbo encarnado conforme a los textos de las fórmulas y declaraciones cristológicas comunes que con los Papas Pablo VI y Juan Pablo II, beato ya el primero y santo el segundo, se alcanzaron con diversas Iglesias separadas de aquellas tierras, siendo la primera de ellas la del Beato Pablo VI y el Patriarca Copto Shenuda III de Egipto en 1973, en la cual, lejos de toda sospecha de herejía monofisita que antes se atribuía erróneamente a los coptos no católicos, se hacen afirmaciones tan bellas como la confesión en que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo Único de Dios, se encarnó por nosotros y “en Él su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación. Su divinidad no se separó de su humanidad ni un solo instante, ni un abrir y cerrar de ojos. Él, siendo Dios eterno e invisible, se hizo visible en la carne y tomó sobre Él la forma de siervo. En Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable”.
Que María, a quien los católicos y todos estos cristianos orientales separados confesamos como verdadera Madre de Dios, les conceda a ellos la paz y a todos alcanzar un día la unidad en la contemplación del misterio del Verbo encarnado. Feliz Navidad para todos.







